Las huellas de El Pantera – 2 de 2

Quizás el error más notable de la narración en prosa de Daniel Muñoz es la forma de hacer descripciones por parte del personaje que se escapan de su personalidad guarra y más bien serían propias de una persona muy culta, esto se nota en la forma que describe la Plaza Garibaldi e incluso hace referencia de que Giusppe Garibaldi nunca imaginó que su nombre sería sinónimo de juerga, relajo y parranda para los mexicanos, con todo que a dicha plaza, el nombre que se le puso no fue en honor a él, sino de su pariente que luchó al lado de Francisco Villa. Y la descripción de dicho lugar sede de mariachis no ha cambiado mucho de los años setentas en que se ambienta la novela al periodo actual. Incluso en la anécdota se menciona a dos norteamericanas que se toparon con el Pantera, al grado de que una de ellas se lo quiso llevar al hotel al llamarlo, “Lancherrou”.

Él no tenía tiempo para dicha aventura, debía entrar al bar “Tequila-Mezcal” en busca del Curro y el resto de asesinos fanáticos de la tauromaquia. Ahí se sentó en la barra a pedir un ponche de granada e inventar ser primo del “Bomba”. Sólo así el cantinero le trasladó con el Curro, que más que un gánster parecía un empresario taurino. Así se presentó con un nombre falso, comentando que acababa de llegar de Estados Unidos y que es de los buenos en el oficio de sicarios, así fue conducido con los muchachos como los llamaron por un tipo apodado “Palma”. Ahí fue atacado con un fuerte golpe de cachiporra como ocurre en los clásicos de detectives y estando a punto de morir por obra del “Gallo”, Pantera empleó su técnica de un golpe a los testículos para mandar a mejor vida al “Bomba” y dejar inconsciente al “Gallo” metiéndolo en la cajuela del mustang para que cante, de paso mandó también a calacas subordinados del Curro. Eso no pasó desapercibido por el mismo que informó a Diana, la descripción era inconfundible, ¡El Pantera seguía vivo! Por lo que no tardó en reclamarle a Rosaura.

Para atacar la residencia de “La Bella Diana”, fue necesario utilizar a los cadetes de “La Academia de Policía de la Ciudad de México” que aún no eran corrompidos por la susodicha y a su jefe de instrucción física, honesto como Porfirio y Ramos que dijo llamarse Ignacio Segovia. El Gallo fue sacado ahí mismo de la cajuela del mustang para ser conducido a la Cruz Verde, casi al instante de ese grande y elegante prostíbulo salieron dos tipos arduamente conocidos por los verdes ojos del Pantera adentro de un coche no menos lujoso en el que estaban “El Curro” y el despiadado oficial Pérez Galindo. El hombre del mechón blanco no tardó en subir a su auto para perseguirlos, ambos hampones bajaron de su vehículo con pistola en mano, Porfirio Ayala fue quien los encaró y demostró que la mejor arma es el valor al desarmarlos con su presencia de militar. Era evidente que en dicha lucha habría bajas, pero para tener las menos posibles del bando de los buenos, el Pantera luego de calentar al Curro supo de Rosaura y usándolo de “Caballo de Troya” se metió a la mansión en busca de su mujer cuya habitación fue reemplazada por la persona de una gringa que dijo que la habían mandado al sótano, al momento en que se despachó a balazos al Flaco y al Mandril (apodos que les puso en el momento de verlos) y mató a mano limpia a Elpidio Osorio otro de los agentes corrompidos de la policía, casi al instante en que comenzó el ataque de los cadetes.

Incluso Medrano, otro oficial corrupto y fiel a Diana que portaba muy descaradamente su uniforme, salió del club y trató de desmoralizar a los jóvenes elementos; pero fue capturado por uno de ellos. Dentro de la mansión, la crema de la ciudad se levantaba al desnudo junto con sus compañeras de ocasión, en una narración arduamente cómica de un Pantera que se abría paso por los cuartos de la catedral de la prostitución capitalina en busca de su mujer hasta que tomó prestado un coche para iniciar la persecución de la mismísima Diana y el Currro que avanzaban en una limosina blindada muy al contrario del auto que robó Gervasio Robles confundido por un hampón y baleado en su nave ocasional, aunque saliendo ileso en su persona. Sin embargo, la persecución continuó hasta el bosque de Chapultepec, de nuevo hubo una descontextualización en la forma de narrar del personaje haciendo un recorrido histórico del lugar, desde los tiempos del Emperador Moctezuma y el grandioso zoológico que tanto impresionó a los conquistadores en la crónica de Bernal Díaz del Castillo, hasta el palacio que construyó Maximiliano de Habsburgo y el museo en su honor que a la fecha existe. Dicho discurso era más propio de un hombre culto, no de alguien que se supone que estudió hasta el quinto de primaria, sin embargo, es un buen resumen del lugar y de su contenido historiográfico que tanto ha sido pasmado por la dramaturgia de Rodolfo Usigli y la narrativa de Fernando del Paso. La descripción incluyó a los primeros corredores de la madrugada y el cómo el coche de la matrona se estrelló en un ahuehuete para que el Pantera diera un giro quemando llantas saliendo del coche para que las piernas no le respondieran quedando a merced de Diana y sus hombres. Para que Ramos lo salvará dándole un balazo en la pierna a Fierro que era quien le apuntaba en la cara, lo que ocasionó la huida de la rubia y un breve tiroteo en el que Erik Valdés cayó muerto, tiempo suficiente para la recuperación del felino que corrió tras su presa y mató a mano limpia a los dos últimos protectores de la dueña del hampa, de hecho en una cruel escena dejó que uno de ellos se ahogara en la fuente del Chapulín para entrar al museo a batirse con la bellísima delincuente en un duelo a espadas, ella resultó ser experta en el uso del florete y él sólo había recibido teoría en el uso del sable chino, sin embargo, logró desmantelar el arma de la diabólica mujer para que ella estuviera a su merced, sólo Ramos alcanzó a salvarla al convencerlo que era mejor castigo para ella pasar sus primaveras en la cárcel y salir siendo una vieja decrepita que nadie va a recordar como lo que fue.

El último capítulo como tal, fue en toda su esencia la aclaración de los hechos o el desenlace de la narración aristotélica. Se comentó que todos los periódicos hablaron de la balacera en la mansión y la persecución en el paseo Chapultepec; pero como suele ocurrir en la realidad, no se reveló todo. El narrador omnisciente es el que dio cifras exactas de los sentenciados, sus ocupaciones y de cómo Diana terminó enseñando ballet a las internas de la cárcel de Santa Marta Acatitla. Porfirio Ayala mencionó la gran paradoja de su victoria, todo gracias a un ex convicto al que se haría lo posible por devolverlo a la vida. Lo que fue imposible pues al sacarlo del hospital fue llevado al Servicio Médico Forense por Rubén Ramos para encontrarse con el frío cadáver de Rosaura que fue golpeada al no delatar el plan, encontrada en el sótano del palacio de Diana aún viva par que muriera camino a la clínica. Gervasio Robles Villa pidió al oficial el resto de su paga y con ella pagó un funeral privado sólo para que él asistiera, jurando que quizás volvería a sonreír y a hacerle el amor a otra mujer; pero nunca volvería a ser el mismo. Aquí termina la primera novela del pantera.

Obra en prosa que presenta a un personaje romántico un tanto diferente al que siempre rodeado de mujeres se presenta en los cómics en sepia. Y sin embargo, esta novela tiene valor por sí misma y ha sido bastante olvidada. Tal vez por la desaparición de Grupo Editorial Vid. Al respecto hubo una segunda y última dentro de dicha línea que ya planteaba a un Pantera más similar al de las viñetas. Alrededor del año 2007 Televisa presentó una serie basada en este personaje que aunque decía propiamente “del cómic”. El actor no tenía el tan característico mechón blanco y en su estética era muy notable la influencia estadounidense, sobre todo del personaje de “The Punisher”, que al respecto le quitó muchos lectores a Gervasio Robles Villa durante los años noventas que comenzó a publicarse en español ante la notoria invasión de las publicaciones norteamericanas con el boom de “La Muerte de Superman”. A su vez retomó elementos olvidados del Kitsch cinematográfico mexicano del género de acción. Contando incluso en algunos episodios con su máximo exponente el actor Mario Almada y otros de importancia como Rodolfo de Anda. A todas luces la intención de dicha serie era renovar la acción mexicana transmitida a manera de serie televisiva ante un mercado globalizado que en ese tiempo ya tenía a su alcance, series como “Los Sopranos”. Y se retomaron elementos del ya clásico mal gusto mexicano proveniente del cine, desde entonces ya se decía que literalmente “era bueno de tan malo”. ¡Esta renovación no se logró! La población mexicana ya no reconocía de igual manera a personajes como el Pantera y a la fecha creen que los cómics se limitan al referente de las películas de Marvel. En la actualidad con Netflix esto es ahora más fácil de lograr, incluso es una oportunidad para renovar al personaje y regresarlo a las viñetas con una estética diferente al sepia incluso alejarlo del Kitsch, de la misma manera que su creador lo hizo en la novela que se acaba de reseñar. Por lo mismo, ahora también se puede aprovechar el éxito de los ya mencionados escritores mexicanos de novelan negra. Quizás el más indicado para una adecuada renovación del personaje que creara Daniel Muñoz con sus respectivos procesos legales para hacerlo, sea Francisco G. Haghenbeck, tanto por su origen como guionista de cómics, como por ser un referente del buen gusto mexicano en las temáticas y el estilo narrativo que le pone a sus novelas. Esta sería una oportunidad para que naciera “El Pantera” y dejara de existir el emblema: “Kitsch Pantera”.

Nota: En el año 2007 también escribí un artículo sobre este personaje que se publicó en el periódico independiente “Urbanía”, editado por egresados del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Dicho texto se perdió en el olvido como también se perdió dicha publicación cuyo fundador era todo un ejemplo del autofracaso. Sobra decir que en ese período salí adelante de una fuerte caída como ahora también lo estoy haciendo. De eso saco lo siguiente: si no crees en ti mismo y de antemano estás convencido de que vas a fracasar el resultado no será otro que el mencionado fracaso. Es necesario creer en el valor que uno mismo tiene, te pueden decir que eso es ser optimista, en realidad es ser inteligente. Ya que en la actualidad muchos confunde en ser pesimista con ser un perfecto imbécil, como fue el caso del mencionado editor de dicho periódico independiente. Por eso y por todo, hay que volverse a levantar.

Gerardo Martínez Acevedo

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