Esmeralda – 2 de 2

El sudor bañaba a Eireiane, pringándola de inquietud. Rauda a la cabeza de todos, no podía permitirse dudar, anticipaba con su memoria cada vuelta, cada pasaje, pero sin esperanza de darle esquinazo a su perseguidora. Nunca antes le había faltado el aliento, pero estaba a punto de ocurrir. Con cada zancada, el peso de Lhyon parecía incrementar. El pequeñuelo se aferraba a su cuello, sin soltar su esmeralda. Por fin trastabilló, pero Kynna estaba a su lado para sostenerla.

—Vamos, tú puedes —le apremió mientras la levantaba del codo. El niño se aferró más fuerte a su cuello, quitándole el aliento.
“Dos esquinas más y veremos la entrada al cuenco” dijo para sí.
—¡Estamos por llegar, y franquearemos el estrecho con nuestros escudos y nuestras lanzas, pagará caro habernos seguido!— gritó con denuedo. La muchedumbre le contestó, exultante de miedo y furor guerrero, dispuesta a vencer o vender cara la vida. El chiquillo, arracimado, tembló contra ella. Bajó su manita izquierda hasta un omóplato, y un calambre quemante la hizo arquearse hasta casi perder el conocimiento.

Lhyon estaba desconcertado. La carrera, los gritos, el temor que se respiraba en el ambiente. Estuvo a punto de romper a llorar, pero aferró la esmeralda en su mano. Como si respondiera, la gema palpitó como algo vivo y le dio fortaleza. En sus oídos, los sonidos del cielo fueron adquiriendo ritmo y se empataron con los retumbos de las nubes que coronaban el Cuenco de Osamentas, y también con el agradable murmullo que hacía la esmeralda. Abrazó a su tía tan fuerte como pudo, y el ritmo del entorno cundió por todo su cuerpo. En su mano izquierda, la pequeña esmeralda comenzó a calentarse, primero tibia y luego quemando su mano, pero era un calor que le pertenecía, y perdió el miedo al instante. El fragor aumentó, sintió que su cuerpo se ablandaba. Lo invadió la imagen de un magnífico reptil alado, volando entre relámpagos, con su cuerpo cubierto por escamas de esmeralda y fuego. En un flojo intento de apretarse contra Eireiane, alcanzó a bajar un brazo por la espalda de su tía, y sintió que algo bullía dentro de él.

Se aferró de Kynna como pudo, con un dolor lacerante en la espalda, aunque sin ninguna herida. El nene se había desmayado, y de súbito el desánimo corrió entre todos. La magnífica correría se trocó en un ascenso desganado por el último tramo hacia la entrada del cuenco, como si el ansia de vivir y luchar casi hubiera abandonado a los messatanos. Los truenos arreciaron y las nubes que cubrían la mole escarpada se iluminaban por ráfagas de centellas. El sonido de tal pandemonium semejaba un rugido ufano, y algunos creyeron ver sombras enormes de seres volando entre las nubes y los relámpagos.
—¡Daaarcein, Darcein en los cielos!— gritó alguien, pero nadie hizo caso.

Lemenhev estaba en el umbral del camino al ascenso. Tras de sí había dejado árboles arrancados de cuajo y rocas destruidas. El bosque santuario había sido mancillado, y eso la llenaba de una loca alegría. A cada paso se acercaba más a su destino. Había nacido para destruir y remoldear, y ese bosque, así como las montañas frente a ella, pronto serían pasto de su furia. Las Portadoras eran excelente herramientas, pero en cada respiro crecía su confianza en su propia fuerza, en el irrefrenable vigor que la llenaba, producto de centurias de fuego contenido en las entrañas de la creación. ¡Ella era destrucción y ruina, y era cambio, y todo ante sus ojos estaba a punto de cambiar!

Los messatanos consigueron montar una defensa sólida en la entrada al Cuenco. El asombroso paisaje los había pasmado: tras de ellos había pilares de huesos enormes que se elevaban hacia el cielo y se perdían en las nubes de tormenta. Miríadas de enormes seres insectoides o reptilezcos pululaban entre los restos mondos, ignorándolos. Al frente estaban las guerreras, detrás, algunas jovencitas y mozalbetes, con los pocos niños al centro de un semicírculo. Todos estaban prestos para defenderse. Casi olvidaban el peligro de muerte, y algunos comenzaban a buscar formas volando entre las nubes de tormenta. Pero el rugido de Lemnehev los devolvió a la realidad.
Apareció en el camino. Una doncella esculpida en bronce y mármol negro, con labios finos y grandes ojos furiosos. Su efigie era magnífica, con cada músculo tenso, cada tendón dispuesto a la acción. Magnífica también era su panoplia: la tremebunda espada que chorreaba sangre y fuego, el largo venablo coronado de escarcha, un enorme escudo redondo a la espalda y grebas ricamente labradas con rostros de demonios. Se lanzó hacia ellos, segura de su fuerza. Los defensores resistieron como un faro de piedra sólida ante la tormenta y devolvieron los golpes al cien por uno, pero sin mellar la carne de la tremenda atacante. Eireiane yacía en la retaguardia, aún dolorida  y bramando órdenes. Como si el fuego de su espalda la impulsara, lanzó un venablo que alcanzó a herir el hombro de Lemnehev, que le respondió con una mirada torva y amenazante. Gritó de nuevo, animando a su séquito, para atender después al niño desmayado. Él cerraba sus ojos con fuerza, como si algo le doliera. Ella pasó la mano sobre sus párpados para abrirlos, y sintió un nuevo temblor: Lhyon había perdido el color verde de sus ojos. Los iris blancos le robaron la última tranquilidad que le restaba.

Un crujido de huesos rompió el instante. Lemnehev abría una brecha entre los defensores, que ahora caían como hojas en otoño ante los terribles embates. La sangre de los messatanos corría ya a raudales, y la bruja había comenzado una horrible carnicería. Cada paso, cada golpe, eran parte de un baile macabro que había ejecutado cientos de veces. Todo se tornó sórdido para Eireiane, los cuerpos rotos, el niño desfallecido, Kynna y unos cuantos más resistiendo. Y de entre pilares óseos del Cuenco una riada de insectos y reptiles salió disparada a cebarse con los cuerpos de los caídos, atacando a todo cuanto se movía, presa de un frenesí incontenible. La misma Lemnehev retrocedió espantada. Unas mandíbulas enormes se cerraban sobre Eireiane, pero alcanzó a rechazarlas en un reflejo que le salvó la vida. Por los cielos, la tempestad comenzó y los relámpagos cayeron sobre las pilas de huesos, la gente, las rocas, ¡la destrucción para quienes hollaron el santuario, eco del poder de los Darcein ancestrales! Para su horror, Lhyon se levantó entre la hecatombe y corrió hacia el centro del Cuenco.

Hacía instantes sólo había sido un niño, ¿o una gema? Visiones confusas y momentáneas invadían su mente: tormentas en el océano, vaivenes y olas, el seno de una mortal, un aguijonazo estelar de éter y polvo de estrellas, gemas verdes y abrazos cálidos. Caminaba, casi listo para el encuentro con los suyos. Todavía tenía un cuerpo pequeño, pero la simiente brillaba dentro de la esmeralda y el cambio estaba comenzando. Había pasado mucho tiempo, incluso en las cuentas de los antiguos Darcein, pero se sabía cerca del final de una ruta, de una migración que había llevado milenios.

Eireiane, Kynna y demás sobrevivientes se adentraban heridos y presurosos al Caldero. Los insectos estaba en la periferia, atacando todo, y detuvieron por momentos a la diosa de furia.  Tal vez quedaba alguna esperanza para ellos, tal vez el poder de los Darcein aún se manifestaría a su favor. Pero igualmente le preocupaba a Eireiane no perder de vista al niño, ¿qué lo impulsaba, qué había pasado? Al fin lo veía, escalando uno de los pilares de huesos, con una agilidad pasmosa. Los relámpagos arreciaron y una columna eléctrica cayó sobre Lemnehev, socarrando cadáveres y esparciendo el aroma del ozono. Pero la doncella avanzó incólume a la vista de todos. Entrecerró sus ojos, avisando de su último asalto. Los messatanos alistaron las armas una vez más. Lemnehev fue más rápida que antes, más cruenta, y derribó a varios de inmediato. Eireiane no pudo reaccionar, la atacante ya se enfilaba hacia ella, pero cambió el rumbo al ver al niño, decidida a cebarse en el cuerpecillo. Quiso alcanzarla, impedirle, interponerse, pero todo cuanto alcanzó a hacer fue cerrar los ojos ante la columna eléctrica que se encendió sobre el pequeño.

Un salmodio ancestral comenzó en su boca pueril y fue invadiendo cada fibra de su cuerpo, con la esmeralda incrustada en su palma, vibrando con electricidad y fuego. Alcanzó a ver la silueta de la dama furiosa, pero el fulgor que lo envolvía pronto la difuminó. Milenios de espera se condensaron en un instante. El ciclo vital inconmensurable de los Darcein se había ajustado a las nuevas condiciones, y en ese mismo lugar, que había sido un cementerio ancestral, el cuerpo de un niño y la simiente contenida en una gema, se fusionaron para concebir un nuevo ser. No era una Darcein como el de tiempos pasados, en donde los pueblos bárbaros les llamaban “dragones”. Era una criatura nueva, hecha de rescoldos antiguos, forjada en lejanos cuásares y templada con los vientos marinos. Surgía de la tormenta como electricidad pura, pero tomó aliento y carne y escamas de su alrededor. Pasado ese instante, no quedaba niño ni esmeralda ni pilar de huesos. Sólo un cuerpo reptílico se erguía, alto como un alerce maduro y robusto como el corazón de un diamante. Escamas tornasoladas cubrían sus extremidades y su tronco, y cuatro pares de alas correosas se extendían, preparándose para volar. El rostro alargado, lobuno, oteó los alrededores. Lemnehev aún se movía, su cuerpo cubierto de llagas y quemaduras. La mente del nuevo ser todavía estaba confusa pero tenía claro que la figura podría representar una amenaza en el futuro, y de sus fauces despidió un torrente de electricidad gélida que hizo añicos el cuerpo maltrecho. Las armas nefandas estaban intactas, pero él no entendía aún la importancia de esos artículos. Dirigió una mirada a la mujer más cercana que se acercaba pasmada y suplicante, y algo se removió dentro de él. El eco de unos brazos fuertes y acogedores, un beso en la frente, un canto en las noches. Pero miró ahora hacia el cielo, hacia las nubes relampagueantes, y remontó el vuelo para seguir a las siluetas que se dibujaban entre lo más alto de la tormenta, los espíritus de los suyos lo esperaban entre las nubes.

Kynna y los otros sobrevivientes presenciaron algo del prodigio. La amenaza había desaparecido, pero nadie estaba seguro de lo que habían visto, ¿era un Darcein lo que había surgido del cuerpo del pequeño Lhyon? Eireiane había sobrevivido también, y estaba arrodillada, inmóvil ante el sitio en donde el reptil despegó. Kynna se acercó y trató de sacarlo de su trance, pero no respondió; ojos velados con dendritas dibujadas en sus iris y un rictus de espanto absoluto dominaba su rostro.

Les tomó una hora partir. No quedaba mucho de los muertos pero tampoco había rastros de los tremendo carroñeros. Tomaron las Portadoras que había empuñado Lemnehev, pero no se atrevieron a tocar el cadáver, mutilado por relámpagos. Maltrechos, los sobrevivientes tomaron el camino de salida deseosos de regresar a lo que quedara de su hogar. La tormenta eléctrica había amainado pero oteaban sin cesar el cielo, cubierto de nubes espesas que de cuando en cuando dejaban atisbar una cola enorme o un ala membranosas. Estruendos que nacían en el cielo llenaban el Cuenco, pero no eran truenos. Algo vivía allá arriba ahora.

La capitana, ciega y agotada, se apoyaba en su fiel amiga mientras regresaban con paso cansino a Olivalle. No hablaba desde que desapareciera el niño, y no dejaba de voltear hacia el cielo.
—Alcancé a ver sus ojos esmeralda antes de que se subiera— le dijo a Kynna. —Lo sé —respondió ella. Y Kynna tampoco pudo dejar de ver hacia las nubes de tormenta, y más allá.

 

César Raziel Lucio Palacio

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