Apocalipsis 13:18

666 the Number of the Beast
666 the one for you and me
-Iron Maiden “The Number of the Beast”

-1-

No es nada sencillo ser el padre del Anticristo.

Guardo el cadáver del sacerdote en una bolsa de plástico. Salvador, mi hermano seis años menor que yo, me mira con un gesto de aburrimiento. El cura está listo para visitar a Dios y a la fosa común. Me siento en el sofá de la sala, al lado de mi hermano, quien se limita a darme una palmada en la espalda. En un intento fallido por hacerme sentir mejor, me dice que el niño también es su sobrino. El pequeño demonio de seis años… literal.

Héctor, el padre de Seth, está en su cuarto, abrazándolo mientras ven una película. Sí. Su padre. Como yo. Lo que quiero decir es que somos una pareja gay que adoptó a un niño. ¿Pensaste que la idea del Anticristo ya era de por sí suficientemente perversa? Pues te tengo noticias: el tío del niño es activista contra la Iglesia Católica. Mi esposo es profesor universitario de Matemáticas y yo también me desempeño como docente especializado en, oh sí, el impacto del diablo en la cultura.

Me pregunto qué pensará el Papa (defensor a ultranza de la familia) de nosotros… creo que puedo darme una idea, porque al menos una vez al mes manda un asesino a sueldo para atacar a nuestro hijo. En ocasiones son amenazantes, como aquella monja machorra con barba de Chuck Norris, pero por lo general son como este sacerdote que acabo de meter a una bolsa negra de plástico: un idiota que sostiene un cuchillo en una mano y un crucifijo en la otra. Nunca han durado más que un par de horas. Cuando el asesino a sueldo del Vaticano en cuestión entra en escena, el pequeño Seth deja de ver caricaturas y mira fijamente a su contrincante. Odia que lo interrumpan cuando ve dibujos animados. Los ojos del niño cobran un tono rojo, su voz de vuelve cavernosa, y extiende una mano. El asesino levita y luego es azotado contra el suelo y el techo de la casa. Cuando mi hijo está furioso, lo hace estallar, esparciendo sus entrañas por toda la casa, mientras Phineas y Ferb abrazan a Perry el Ornitorrinco.

Pero Seth no es malo, sólo quiere lo que muchos: que la Iglesia lo deje en paz. Por lo general, es muy obediente. Soporta nuestros castigos y reprimendas cuando no hace algo bien, como aquella vez que sacó a su Bestia de Siete Cabezas en la playa de Acapulco, provocando la muerte de cientos de turistas. En cuanto vi las noticias, le dije: A ver, jovencito. ¿En qué quedamos?
—En que la Bestia de Siete Cabezas es mi responsabilidad, pa —dice, arremedando descaradamente mi tono de voz mientras no separa su mirada de la televisión.
—Y qué fue lo que hiciste?
—No la cuidé y mató mucha gente —nuevo arremedo.
—Y tu castigo es que no verás esto durante un mes —digo, mientras apago la televisión y Seth sale del cuarto haciendo un berrinche.

Salvador dice que no debo ser tan estricto. Intercede por su sobrino y dos horas después, Seth está viendo televisión como si nada hubiera pasado.
¿En qué momento dejé de ser un homosexual que visitaba los antros gays para volverme un padre responsable? ¿En qué momento dos sodomitas, un enemigo jurado del clero y el hijo del diablo formaron una familia feliz? Todo comenzó hace siete años…

Me enamoré de Héctor en la Universidad. Él se especializaba en la Teoría de Números y admiraba a G.H. Hardy, el gran matemático gay. Nos conocimos cuando hablé sobre “La Hora del Diablo” de Pessoa, y después de la conferencia me explicó el trasfondo del 666: “En realidad se cree que es un acrónimo, de DCLXVI osea: Domitius Caesar Legatos Xti Violenter Interfecit, que se traduce a que el César asesinó a los enviados de Cristo”. Vivimos un año juntos y contrajimos matrimonio. Después, me formuló la obligada pregunta: ¿Cuándo adoptaremos? Después de mucho insistir y platicarlo literalmente todas las mañanas, accedí pues yo me sentía un pésimo padre. De niño no pude cuidar mi a mi hámster. Recorrimos orfanatos católicos donde nos cerraron la puerta en la cara. Salvador, con su natural talento para quejarse de todo, usaba el argumento típico para estos casos, aunque no por ello menos válido: ¿No les dejan adoptar? ¡Si esos cabrones curitas violan niños!
—Así son las cosas, cuñado.
Yo sabía que visitar orfanatos católicos no era buena opción.

Seis meses de búsqueda después, tocaron a la puerta de nuestra casa. Se trataba de una mujer vestida a usanza del siglo XIX. Parecía salida de una novela de Charles Dickens. La seguía un perro negro, del tamaño de un pony. El animal tenía una serpiente en lugar de rabo, y unos ojos tan rojos como un semáforo en señal de alto. Mostraba dientes filosos como navajas.
—Buenos días, tengo entendido que quieren adoptar a un niño —dijo con sonrisa diplomática—. Soy la Licenciada Baalberith… éste es Dafi —agregó, señalando al perro con la mirada.
—Hola, Dafi —dijo con voz tierna Héctor, intentando acariciarlo, pero el monstruo casi le arranca los dedos de una mordida.

Entonces me quedé petrificado. Cualquier conocedor del diablo en la cultura conoce ese nombre. Se trata de un demonio de segundo orden, encargado de todos los archivos del infierno y secretario general. ¿El nombre de Dafi? Pues es de perro…

La invitamos a pasar. La mujer se levantó el vestido para sentarse en nuestra sala, y con horror descubrimos que tenía patas de cabra. Una hora después llegó Salvador, con el rostro blanco. Gritando que había un puto perro gigantesco en el jardín. La mujer nos dijo que era enviada del Infierno. Mientras hablaba, una parvada de cuervos se posaba en nuestro jardín. Fue directo al grano: ustedes quieren adoptar un niño. Yo puedo encargarme de todo. De la legalización e incluso de los gastos de adopción. El problema es que ustedes se encargarán de preparar el terreno para la llegada del Anticristo. Creemos que será perfecto para hacer enfurecer a la Iglesia, que una familia conformada por un intelectual gay, un matemático gay y un activista anticlerical cuiden al hijo del Amo.

Nos quedamos petrificados. Fue una tarde en la que no dejamos de hablar entre los tres sobre lo que estaba sucediendo. Toda mi vida había creído que el diablo era un mito. Yo lo veía desde el punto de vista intelectual, no como una entidad que existiera en sí. Mi hermano lo veía como una especie de coco para espantar a los católicos, y mi esposo no pensaba en supercherías. ¿Qué haríamos? Bueno… el amor de padres y de tío nos ganó la partida. La Licenciada Baalberith dijo que no había por qué temer. No nos cobrarían nuestra alma. Y que no creyéramos que el Infierno era el bando de los malos… a final de cuentas, enfatizó, todo eso de Dios y el Diablo no es ni bien ni mal, nada de dualismo. Más bien, son como Pepsi contra Coca Cola. Se fue, silbándole a Dafi, quien había masacrado a todos los cuervos, dejando el jardín hecho un asco. Héctor intentó preguntar dónde estaba el niño, pero cuando menos nos lo imaginamos, en el cuarto de visitas ya había una cuna y todo lo necesario para cuidar a un bebé. Los tres nos acercamos a la cuna, temblando… para darnos cuenta que no era un monstruo, sino una hermosa criatura de cabello negro y ojos azules.

Durante los primeros dos años todo fue perfecto. La usual amargura de mi hermano se convirtió en alegría, y nuestro trabajo en letras y números pasó a segundo plano: el pequeño Seth (bautizado así en honor a la deidad egipcia) nos había transformado. El niño era un genio: al año ya hablaba con fluidez y al año y medio mi esposo le enseñó raíces cuadradas. Su primera acción maligna fue decirle a todos sus compañeros del jardín de niños “Dios no existe, son los papás”.

El Infierno era más que benévolo con nosotros. Cada mes llegaba un millón de dólares a nuestra cuenta bancaria. Por eso pudimos viajar a Europa cuando Seth cumplió tres años. En Wacken asistimos a un concierto de Iron Maiden, donde mi hijo me arrancó una lágrima de ternura cuando dijo con esa sonrisa de entusiasmo que sólo esbozan los niños: “Papi, están tocando mi canción”… y era “666 The Number of the Beast”. Visitamos Whitechappel en Londres, siguiendo el recorrido de Jack el Destripador. Una vez más, con emoción, dijo Seth: “Mi otro papá fue el que mató a esas prostitutas… pero a mis tres papás los quiero mucho y a mi tío también”. No entiendo por qué la Biblia dice que ese niño será el mal puro.

También visitamos el Vaticano, justo cuando el Papa oficiaba misa. Seth lo miró con odio y puedo jurar que entre la multitud el gran jefe de la iglesia lo miró a él y nadie más… y en ese momento, Su Santidad se tropezó con su palio, muriendo al instante.

—¡Seth! ¡No quiero que vuelvas a matar gente con tu telepatía! —le dije, sacudiéndolo del hombro.
—Déjalo en paz, estuvo bien —protestó Salvador.
—Por culpa de tu hermano, este mocoso será un malcriado —me dijo Héctor.
—No te metas con mi familia —le dije.
—¡Pues que él no se meta con la nuestra!

Y mientras nosotros teníamos la típica discusión familiar que se solucionaba diez minutos después, todo el Vaticano se conmocionaba ante la muerte del Papa y que sólo se solucionaba con un Cónclave.

Una semana después regresamos a México y nos encontramos con un sacerdote sentado en la sala de nuestra casa. Antes de llamar a la policía, nos dijo que la policía mexicana, así como el gobierno, trabaja para la Iglesia en México. Nos dijo que la Iglesia sabía quiénes éramos, que conocía todo sobre nosotros y que no descansarían hasta matar al niño. Que las profecías jamás se consumarían y que el segundo reinado de Cristo se lograría sin que su rival lo estorbara. Ante la pregunta de mi hermano, sobre por qué la Iglesia quería matar a un niño si supuestamente odia el aborto, el sacerdote respondió con total honestidad:

—No nos importa la niñez. No nos importa la familia. Lo único que nos importa es el poder por el poder mismo. No somos los buenos, ni el infierno los malos. Solo se trata de poder. Somos como Microsoft y Apple.

El sacerdote no terminó su monólogo. De súbito, se tocó el corazón y cayó muerto sobre la alfombra de la sala. Claro: Seth fue el responsable.

Dediqué mi tiempo a impartir conferencias sobre el anticristo en la Literatura contemporánea: “El Bebé de Rosemary” de Ira Levin y “La Profecía” de David Seltzer, e impartí un taller cinematográfico sobre las adaptaciones de Polanski y Donner. Mi hermano contrajo matrimonio y Héctor seguía enfrascado en la Teoría de Números. Por otro lado, las señales del Apocalipsis se empezaron a manifestar: el mundo sufrió más crisis económicas, más terremotos, más tsunamis, el calentamiento global aumentó y las guerras también. Después, la Bestia de las Siete Cabezas emergió del mar, buscando a la Ramera de Babilonia. (Con quien por cierto, mi hijo no tendría sexo. No.) La iglesia católica perdía cada vez más y más poder: menos jóvenes se ordenaban sacerdotes y cada vez salían a relucir más escándalos de pedofilia. Todo estaba preparado para la Batalla de Armageddon. Es parte de la rutina familiar.

 

-2-

Seth tiene ya dieciocho años. Es todo un hombrecito, caramba. Festejamos su cumpleaños y nos presentó a su novia.

—Papás… tío, tía… dicen que es una Ramera de Babilonia, pero no es cierto, son puros chismes.

Bueno… La chica es hermosa. Hay que aceptarlo. Y si mi hijo es feliz no puedo poner objeción.

En sus sermones, el nuevo Papa de la Iglesia Católica, Pedro II, habla del Anticristo, de los años de oscuridad que vendrían y de su infame reinado. Habla de dolor, de miseria. De la maldad del hijo del diablo.

—Ni que fuera el pinche fin del mundo, que no mame el Papa —protesta Salvador.

A nosotros no nos importa lo que ese idiota de Pedro II diga. La Iglesia pregona el odio ante todo lo que no es como ella.

¿Es la Bestia del Apocalipsis? Sí… pero nosotros lo amamos y estamos muy orgullosos de él.

Bernardo Monroy

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