La nube

Y ahí estaba él, acorralado como la rata que es. Tanto trabajé para tenerlo frente a mí, pero jamás imaginé semejante situación. No tenía por dónde escapar. El edificio estaba rodeado por las fuerzas especiales y, más importante, estoy yo con un arma apuntándole a la cabeza. Parece la típica escena policial, un policía armado frente al asesino. Sería un caso de rutina, si no estuviera apuntándome a mí mismo.

Fue hace ya cinco años, o por lo menos eso me dijo el ejército antes de traerme. Maté a mi familia. Mi mujer y mis dos hijas, brutalmente asesinadas por mí. Pero, ¿por qué? Qué me hizo capaz de arrebatarme lo más importante que tengo en esta vida, o más bien, que tenía.

Cuando me explicaron el propósito de mi viaje, dijeron que enloquecí. Ocasioné tantas muertes, que acabaron por llevarme al colapso. La verdad, estaba sintiendo esa presión antes de que soldados aparecieran y me trajeran al futuro. Intentaban acallar esa voz diciéndome que era mi misión, que lo hacía por el bien de la humanidad y que nadie más era capaz de hacerlo. Puede que fuera verdad, pero heme aquí, en el año 2039. Tan bien me entrenaron para sobrevivir, que sólo hay una persona capaz de detenerme: yo.

Estoy preparado para todo, no me pueden sorprender, siempre estoy un paso delante de los demás. Sólo una forma existía para herirme, y la eliminé. Tal fue la presión que sentía, el miedo a que les pasara algo que no pudiese evitar, que eliminarlas fue la mejor solución. Lo único que pondría por delante de una misión yacía bajo tierra. ¿Cómo no enloquecer entonces?

El ejército desesperó ante un enemigo tan temible como yo, y no encontraron más remedio que recurrir al mismo monstruo que estaban persiguiendo. ¿Cómo negarme? La persona que tengo en frente me arrebató lo que más amo.

¿Cómo llegamos a tal extremo, que uno tenga que viajar en el tiempo para asesinarse a sí mismo? Podrían haberme matado. Enviar a alguien en el tiempo y hacer lo que estoy a punto de terminar, pero no, no pueden. Maldita burocracia. Desde que existen los viajes en el tiempo, cambiaron las definiciones de inocente y de homicida. Hoy en día una persona puede ser inocente y culpable a la vez. Inocente antes de cometer delito, lo que implica impunidad por parte de la ley en ese preciso espacio temporal, y culpable una vez llevado a cabo el crimen. En términos simples, yo estoy libre de cargos, pero mi yo del futuro no.

Por supuesto, podrían arrestarme por las muertes antes ocasionadas, pero jamás ocurrieron. El Estado y el ejército no puede darse el lujo de responder por todas las atrocidades que cometí, así que tales registros no existen y, sin ellos, no hay cómo condenarme.

Sí, todo tiene sentido. Porqué maté a mi familia y porqué me buscaron en el pasado para detenerme a mí mismo, pero no basta. Como hombre inocente en el pasado, no pueden argumentar que  las asesine. Es sólo después de cometido el crimen que pueden interferir, pero no me es suficiente.

Según el diccionario, él y yo somos personas distintas, pero la naturaleza no se rige por los libros. La conexión que tenemos no la puede eliminar un pedazo de papel que nos dice distintos. Somos la misma persona y todo lo que hice para que estemos frente a frente lo confirma.

¿Qué hago ahora? Podría terminar la misión. Eliminar al objetivo y volver a mi tiempo pero, ¿qué gano? Borrarán de mi memoria lo ocurrido en el 2039, continuaré con mi vida de asesino a sangre fría, colapsaré y las mataré. Es lo que los expertos llaman la nube de tiempo. Las nubes no son más que agua condensada. Al llover esa agua llega a la superficie, donde se evapora y vuelve a ser nube. Es un ciclo de la naturaleza, un equilibrio. Tanto se teme de los resultados que pudiesen ocasionar los viajes a través del tiempo y el espacio, que se deben utilizar sólo en última instancia, alterando lo menos posible el curso de la historia.

No sólo es un temor. Diversas hipótesis han surgido en torno a las travesías en el tiempo. Es sin duda el mayor descubrimiento de la historia, más poderoso que cualquier arma de destrucción masiva. Es increíble imaginar que una sola peste del futuro podría extinguir a toda la humanidad si se liberara en el pasado. Casi ocurre con la peste negra, que según expertos, pudo haber venido de otra época, mas no se puede alterar dicho suceso, pues cambiaría por completo el transcurso de lo ya ocurrido.

Más intrigante que lo ya acontecido, es lo que aún no lo hace. Una expedición tuvo la misión de ir al futuro y se perdieron apenas cruzaron el portal, sin dejar rastro. La respuesta de algunos, y la más aceptada por la comunidad científica, es que fueron enviados a un lugar que no existe. Al pasado se puede viajar porque es una realidad que tuvo lugar y así lo entiende el universo, pero el futuro nunca ocurrió. Por lo tanto, parece contradictorio que me hayan traído al futuro, y eso es lo increíble, no lo hicieron. Estoy en el año 2039, el presente, el último instante de la existencia. Lo anterior desapareció, pero tuvo lugar, el ahora es y siempre será, pero el mañana no será real hasta mañana.

¿Somos esclavos de la realidad? Esa es la pregunta que no dejo de hacerme, mientras intento racionalizar toda la situación de porqué estoy aquí. ¿Puedo escapar de la nube de sangre que rige mi destino? No me trajeron para huir de lo ocurrido, sino para detenerlo.

No puedo parar de pensar que, a quien tengo frente a mí, soy yo. Es un resultado de lo que hice y haré hasta convertirme en él. Le apunto con mi arma, y él me apunta con la suya. Ninguno de los dos dispara, no aún. Sé lo que piensa y sabe lo que estoy pensando, como si nos leyéramos la mente. Puede que funcione, puede que no. Mi misión es detenerme, pero el precio lo decido yo. No quieren que salve a mi familia, pero puedo hacerlo, o al menos eso creo. Vale la pena intentarlo.

Pasan los segundos, como lo establece el tiempo, o así debiese ser, pero se me hacen eternos. Un segundo no es nada para la humanidad pero es muchísimo para el universo, y es que en menos de eso, en un instante, este apareció, y si desapareciese lo haría de la misma manera, en cosa de un instante.

Ambos sabemos qué hacer. De pronto, nuestras armas dejan de apuntar a polos opuestos. El objetivo es uno. Él dispara primero, pues está más lejos del blanco, mucho más. Yo le sigo casi de inmediato, pero en el instante justo para que ambos proyectiles lleguen a destino al mismo tiempo.

Caigo muerto, con una bala en cada ojo, para no ver al monstruo en que me he convertido. Todo se oscurece. Hace frío y lo último que siento, una lágrima de sangre rodando por mi mejilla, mientras sonrío producto de la ironía. Me trajeron para encontrarme, y me encontré.

 

Miguel Marinovic Sfeir

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