La cosecha

Era el día de la cosecha.
El día preferido de Lila. Sus esfuerzos de todo un año se materializaban, la mañana era espléndida, el cielo estaba despejado y una suave brisa hacía estremecer sus ropas: el tiempo ideal para la cosecha y la entrega. Los treinta cosechadores se agolpaban a las puertas de la plantación, hombres y mujeres fuertes, cada uno portaría dos bebés desde la plantación hasta el centro de atención primaria. Ser cosechador era todo un honor, aunque no tanto como ser cultivador.

Los bebés eran muy apreciados; muchas familias los solicitaban y sólo sesenta al año eran las afortunadas que lo conseguían.

Lila caminó entre ellos con paso firme y rostro solemne y abrió las puertas de la plantación. Entraron uno a uno, moviéndose con cuidado, abriendo las enormes vainas en las que crecían y tomando con cuidado a los pequeños, sólo dos por cosechador. Cuando cada uno tenía a los suyos, se marchaba con paso lento y seguro, acunándolos contra su piel.

Lila los veía marchar con una sonrisa de satisfacción en el rostro.

Al cabo de media hora, uno de los últimos cosechadores en entrar, un hombre alto y calvo, acudió a ella con rostro preocupado y un solo bebé rollizo en los brazos.
—Maestra cultivadora… —tragó saliva y miró al suelo antes de atreverse a alzar la vista de nuevo— temo que falta uno de los bebés.
—No puede ser —dictaminó ella con frialdad—, lo buscaré yo misma.

Entró en la plantación y el hombre la siguió con la cabeza gacha. «¿Cómo ha podido semejante idiota llegar a cosechador?» Se preguntó. No era difícil encontrar las hinchadas vainas. Lila las examinó concienzudamente una por una: sesenta enormes vainas, ahora vacías, aún con restos de líquido amniótico. Ella misma las había verificado la tarde anterior: sesenta vainas listas para eclosionar. Hacía más de diez años que ningún bebé se malograba, no había habido ningún problema desde que ella era maestra cultivadora.
—Maestra, ¿qué ha podido pasar? —se sobresaltó al oír la voz del hombre.
—No lo sé —respondió frunciendo el ceño—. Quizás alguno de tus compañeros cargó a más de dos bebés. Vamos al centro.

Llegaron en apenas un par de minutos al blanco edificio. Nada más traspasar el umbral, el maestro cuidador salió a su encuentro.

—Faltan… —se interrumpió al ver llegar al cosechador tras Lila, y el alivio relajó sus rasgos, pero volvieron a endurecerse al ver que sólo portaba un bebé—. Tenía entendido que serían sesenta. Hay cincuenta y nueve. ¿Qué ha pasado?
—Creo que un bebé ha sido raptado —sentenció Lila con gravedad.

*   *   *   *   *

Lila le muestra al inspector Valme el terreno de cultivo.
—¿Cuantas personas tienen la llave de entrada? —dice mientras examina la cerradura de plata.
—Sólo yo. Esta es la única copia, y la llevo siempre encima.
—La puerta no parece forzada —la trata de zarandear, sin resultado.
A continuación, recorre lentamente todo el perímetro vallado, dando golpes en cada resistente barra de madera de Nappi.
—¿A quién puede haberse interesado en robar un bebé?
—No sé quién puede haber hecho algo así —Lila se retuerce las manos, nerviosa—. Muchas familias desean un bebé, pero robar un recién nacido es una locura: más, un acto criminal. Si no recibe la atención primaria que necesita, morirá, los recién nacidos son tan delicados… necesitan una bebida especial rica en proteínas, grasas y anticuerpos que sólo está en el centro de atención primaria y no han sufrido ningún robo. El bebé puede morir si tardamos en encontrarlo.
—Tranquila, lo encontraremos —asegura Valme, tratando de ponerse en la piel del secuestrador. También él está en la cola de espera para recibir un bebé desde hace años, pero nunca se le ha ocurrido robar uno.

          Recorren el perímetro completamente sin hallar nada extraño. Lila no entiende qué ha pasado, todas las vainas contenían su bebé ayer por la tarde. Ella cerró la puerta. La única llave ha estado en la cadena sobre su pecho desde entonces. La puerta no ha sido forzada. Las verjas no han sido cortadas. Dan una vuelta más, en silencio, y una más, antes de notar algo inusual: apenas una franja de suelo sin hierba. El inspector se agacha y hunde las manos en la tierra. Después, palpa las zonas cercanas.
—Está tierra ha sido removida —sentencia—. Parece haber hecho un hoyo, y haberlo vuelto a tapar.
—¿Cómo? ¿En sólo una noche? ¿Cómo puede hacerse algo así?
—Hay perforadoras en el almacén comunitario con las que se puede hacer. Sólo tenemos que mirar los registros para hallar al sospechoso.

*      *    *      *      *

Apenas un par de horas después, el inspector y sus ayudantes llaman a la puerta del sospechoso, el bibliotecario Máx. Posee una hermosa casa en tono azul celeste, con parterres floreados en el alfeizar de las ventanas. La puerta apenas se abre en una rendija.
—¿Sí? —se oye una voz aguzada por los nervios.
—¿Max? Soy el Inspector Valme. Tenemos una orden para registrar la casa.
—No puede ser, está muy desordenada, vuelvan en otro momento.
La puerta se cierra en sus narices. El inspector la aporrea con furia.
—¡Max, abre inmediatamente o la echaremos abajo! —grita.
En realidad, no es así. Si Max no abre la puerta en cinco minutos, descolgaran los goznes y entraran sin romper nada. Sigue golpeando la puerta hasta que esta se abre de improviso.
—No entiendo porqué tienen que registrar mi humilde morada, pero entren, por favor —Max tiene una expresión amigable poco convincente en su rostro pálido—. ¿Les apetece un té?
Los policías entran en la vivienda. Verdaderamente, está desordenada. En una enorme maleta se amontonan libros, los sofás y la mitad de los muebles están cubiertos de sábanas viejas.
—Yo acepto ese té —dice el inspector mirando fijamente a Max—. Mis ayudantes realizarán el registro.
Max sirve el té con manos temblorosas, su actitud no deja dudas de su culpabilidad, piensa Valme.
—¿Vas a alguna parte? —pregunta señalando la maleta con libros.
—Sí. Pensaba pasar un tiempo con mis padres, en Monena.
—Según nuestros registros, tus padres viven aquí —coge la taza y le sopla con cuidado. No piensa probar su contenido.
—¡Oh, no! Se mudaron el verano pasado —bebe y desvía la mirada.
—¡Lo encontré! —exclama Roy, llegando al salón con el bebé envuelto en una manta— ¡Y sigue vivo!
—Max, quedas arrestado por secuestro.
El hombre rompe a llorar, se entrega sin oponer resistencia.

*    *     *    *    *

El estado era el acusador. Max lloraba mientras Lila y Sam, el pediatra, relataban los peligros a los que había expuesto al bebé. La juez Pax escuchaba con paciencia.
—Max, ¿qué tienes que decir en tu defensa?
—Yo…yo… —se enjugó con un pañuelo las lágrimas—. Nunca quise hacer ningún daño al pequeño. Leí libros antiguos, de cómo nacían los niños antes. Pensé que podría cuidarlo, amamantarlo, quererlo. Yo sólo deseaba un hijo al que cuidar. ¡Lo necesito! ¡Lo siento!
—Has actuado de forma egoísta e irresponsable, y podrías haber causado un gran daño, aunque no fuera tu intención.
El acusado lloraba en silencio, con la cabeza gacha, mientras Lila lo fulminaba con la mirada.
—En vista de la ausencia de actos violentos, y también a la ausencia de antecedentes, dictamino cuarenta horas mensuales de trabajo a la comunidad y que sea inhabilitado para recibir un bebé. No vuelva a intentar nada parecido, no habrá clemencia la próxima vez.
Max sabía que la sentencia era benévola, pero no pudo evitar llorar.

 

Elena Tejedor Gómez

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