Fuerzas Feministas del Futuro

1

“Ella sacó de la funda de cuero negro lustroso el arma, cuya estructura más allá de la empuñadura era del tamaño de una cajetilla de cigarros. Aunque la sangre que escurría de su despejada frente le nublaba la vista, pudo reconocer el zumbido característico del arco electro del arma taser al ser activada. La memoria de su carne reaccionó en sus anchos pectorales, en sus bíceps y por supuesto, en su entrepierna, anticipando con un temblor contenido las descargas de 50,000 voltios y 25 watts que iban a recetarle de nuevo. Igual que el día de ayer, igual que el de antier. ¿Cuántos días hacía que estaba ahí? No lo recordaba. El cuarto pequeño y mal iluminado no tenía ventanas, y aunque las hubiera tenido, lo dejaban con una especie de funda de almohada o costalito cubriéndole la cabeza durante horas. Tal vez si le hubieran dado de comer, o si lo hubieran desamarrado de la silla para acostarlo aunque fuera en el suelo duro y húmedo, hediondo a orines y sangre, lo hubiera sabido.

El taser volvió a zumbar, ahora más cerca. El aire se inundó con el aroma a ozono característico de la generación de arcos eléctricos y James apretó los dientes, listo para recibir la tortura. La enfrentaría como lo había hecho antes, como un hombre, y resistiría de nuevo el interrogatorio. No importa cuántas veces lo electrocutaran en las bolas, o cuantas veces su corazón gritara en una arritmia mortal al recibir la descarga en el pecho, él no iba a traicionar a sus hermanos.

—Voy a preguntártelo de nuevo, onvre —dijo la oficial Ingrid, haciendo énfasis en la palabra que usaban para referirse a los que eran libres, como James.
—Pregunta todo lo que quieras, la respuesta es la misma. El convenio de Ginebra dicta que sólo estoy obligado a responder con mi nombre, apellido, fecha de nacimiento, número de matrícula o en su defecto una indicación equivalente —respondió James.
—¿Dónde está el campamento de los rebeldes? —gritó Ingrid mientras clavaba el taser en el pecho de James. Él dio un grito cuando la electricidad recorrió los músculos de su fuerte cuerpo, tensándolos de manera tal que se contrajeron, torneando la forma de sus bíceps y abdominales. El dolor nubló su mente y el recuerdo de sus amigos, los otros pocos hombres libres que quedaban en el mundo, llegó a él. Pero por ellos, debía resistir, como otros lo habían hecho antes que él.
—¡Nunca te lo diré! ¡AAAAHHH! —aulló James a punto de perder la consciencia.

En medio de los aguijonazos de cobra que repetidas veces Ingrid le estaba clavando, alcanzó a escuchar que la puerta del cuartucho mal iluminado por un foco de veinticinco watts, se abría. Los pasos de botas con tacón de aguja resonaron en sus oídos y después, una voz firme pero aterciopelada llamó a Ingrid por su nombre.
—Ingrid, es suficiente —ordenó la voz y de inmediato el dolor cesó.

James abrió los ojos respirando agitadamente. Sintió las gotas de sudor resbalando por su amplio tórax y al desaparecer el dolor, enfocó la vista y la vio.

Junto a Ingrid, quien era una mujer gorda con el pelo de la cabeza y las axilas pintado de rosa, vestida con los pantalones holgados del uniforme y una camisa blanca de tirantes bajo la que caían sus fofos pechos; estaba una mujer que no había visto antes. Ella portaba un uniforme negro, compuesto por una blusa de botones que cubrían dos pechos erectos (usaba sostén, como las mujeres de antes) y una minifalda ajustada. Tenía un par de piernas hermosas enfundadas hasta las rodillas en botas de cuero, y sobre su cabeza una gorra militar con el símbolo de la FF: Las Fuerzas Feministas. Pero lo más impresionante era su rostro: tenía los ojos color azul grisáceo y el cabello rubio recogido en una trenza francesa apretada. Era bellísima, pero James no debía olvidar que también ella portaba un arma taser en el cinturón de cuero y una enorme lata de gas pimienta, además de un látigo enrollado junto a sus caderas, de cuero también.
—Déjanos solos, Ingrid —ordenó ella.
—Sí, Señora. ¡Muerte al Falopatriarcado Opresor! —contestó Ingrid, cuadrándose y alzando el brazo derecho antes de retirarse.
—¡Muerte al Falopatriarcado Opresor! —respondió la oficial recién llegada.

Cuando se quedaron solos, la oficial sacó un pañuelo de seda y procedió a limpiar el sudor y la sangre de la frente de James. El cuello de la mujer olía a perfume de rosas, un aroma delicado que tenía guardado en su memoria desde hacía años. Y recordó a María, la mujer que había amado, antes de que lo traicionara.
—¿Deseas que te de agua para beber? —le dijo ella suavemente.
James tenía mucha sed, pero desconfiando de sus palabras, respondió secamente: No.
—Está bien, puedes confiar en mí —contestó ella con una sonrisa. Tenía los labios pintados de un rosa pálido y los dientes blancos como perlas. Y luego continuó hablando—. Has resistido el interrogatorio como pocos hombres libres. Otros en tu lugar ya habrían muerto hace muchos días.

La oficial acercó una silla y se sentó en ella. Se quitó la gorra y la puso sobre sus piernas cruzadas, su piel blanca se apretaba bajo la piel negra de la minifalda. Luego se soltó el cabello y miró a James dulcemente con sus ojos gris azulado —Quiero proponerte un trato —mientras, encendía un cigarro.
—No voy a traicionar a mis amigos —James estaba listo para morir si era necesario.

Ella sonrió y exhaló una bocanada de humo azulado por los labios rosados y por primera vez desde que había entrado, le sonrió —No se trata de eso. Verás: hoy en día ya no hay hombres fuertes como tú. Cada generación los hombres en cautiverio se ha vuelto más… ¿cómo decirlo? Más como nosotras y menos como tú. Aún necesitamos reproducirnos. Así que te voy a decir que vamos a hacer: te voy a mandar a una celda donde podrás dormir, incluso te vamos a dar de comer. Te daré un día para que pienses en mi oferta, ¿qué dices?

James no respondió. Era una mujer bella y su voz suave parecía sincera, pero no podía confiar en esas serpientes. La oficial se puso de pie, su larga cabellera rubia cayó como cascada sobre sus hombros y se acercó a él. Clavó sus ojos verdes en los ojos negros de él y después de acariciar su mejilla con su larga uña roja, posó sus labios en los de James. Luego le dijo al oído —24 horas para que lo pienses.

La oficial rehízo su trenza, se acomodó la blusa y el sombrero y retocó sus labios con un lápiz labial. Luego abrió la puerta y llamó a la guardia. Ambas se despidieron con el saludo de la FF y la gorda Ingrid volvió a ponerle el costalito sobre la cabeza.

James fue llevado varios cientos de pasos por lo que parecían pasillos muy largos, en los que a veces había dado vueltas e incluso al parecer lo habían metido a un elevador que había descendido por unos segundos. Escuchó una puerta de metal chirriar al abrirse y cuando le quitaron las esposas, lo sentaron en un camastro de sábanas blancas y limpias. Cuando le quitaron el costalito de la cabeza, se dio cuenta que estaba en una celda, en la que había una litera, una ventana por la que brillaba la luz del sol, un lavabo con toallas limpias y un pequeño cubículo que hacía las veces de regadera. Delante de él había una charola con una manzana, lo que parecía un guisado de carne con papas y una jarra con agua. El cuarto olía a limpio.

—¿Hace cuánto que llegaste? —preguntó una voz vieja por encima de él.
James se puso de pie para ver a su interlocutor. Era un hombre viejo, de unos 60 años, con el pelo gris y vestido con un uniforme de prisionero de color gris azulado. Estaba acostado en la litera de arriba y limpiaba un par de lentes, ya que tenía miopía en un ojo y astigmatismo en el otro.
—No lo sé. Me estuvieron interrogando. Tal vez algunos días. Me llamo James —extendió la mano.
—Yo soy Kane —respondió el anciano con un apretón de manos firme, como el de los amigos que James sabía estarían ya planeando su rescate del campo de concentración de la FF.
—¿Hace cuánto que llegaste tú? —inquirió James.
—Aproximadamente cinco semanas —Dijo Kane. Luego se le quedó mirando largo rato y después de estudiar su cara, lo señaló con el índice y sonrió—. Tú no eres un prófugo de las granjas, tú eres un hombre libre. ¿No es así?
James afirmó —Sí, soy el único sobreviviente del ataque a mi campamento en las montañas.
—Hace mucho tiempo todos los hombres éramos libres… —la mirada de Kane se llenó de nostalgia sincera.
—¿Cómo? ¿Hubo un tiempo en que las mujeres no nos perseguían? —James se sintió sorprendido.
—Jajajaja —rió Kane—. Si, hace muchos años, antes de la Guerra de los Géneros, que exterminó a la cuarta parte de la humanidad y acabó en la conquista de la Tierra por parte de las mujeres. Era una época en que los hombres y las mujeres teníamos los mismos derechos: el derecho al voto, a elegir con quien casarse, a cuantos hijos querían tener y a obtener el mismo salario por el mismo trabajo.
—Suena como un mundo perfecto —dijo James incrédulamente.
—Y lo era —Kane siguió hablando—. Los hombres y las mujeres de principios del siglo XXI eran iguales ante la ley. No era una sociedad perfecta, pero estaba bien.
—¿Qué fue lo que pasó?
—En algún momento de la segunda década del siglo XXI, surgió un ala radical del feminismo —recordó Kane de manera nostálgica—. Ellas no querían ser iguales a los hombres, sino ser sus superiores: Querían tener privilegios, como vagones del metro para ellas solas, obligando a los hombres a viajar apretados en horas pico mientras unas cuantas mujeres iban solas en un vagón; querían permisos de maternidad para faltar al trabajo, pero que se les pagara, cuando ya se les pagaba y muy bien. En algunos países, estas demandas fueron ignoradas, pero existía algo llamado Redes Sociales y por ahí las feministas radicales comenzaron a expandir su propaganda, presionando a los gobiernos democráticos con tal fuerza, que tuvieron que acceder a esas demandas. Luego comenzaron a salir a las calles a protestar, porque no sólo querían tener privilegios, sino mandar sobre la vida y la muerte: tomaron como rehenes a sus propios hijos. Comenzó la lucha por decidir sobre la vida de otros seres humanos, a exigir el aborto. Algunos sectores de la sociedad trataron de hacerles ver su error, de hacerlas entender, pero para ese entonces el odio hacia los hombres ya estaba muy propagado. La propaganda era tan efectiva, que muchos hombres no sólo se sentían avergonzados de serlo, sino que además les dieron la razón. Eran hombres en apariencia, pero no en espíritu, castrados por la ideología de género feminista radical. Para cuando ellas empezaron a tomar el poder, y luego a imponer leyes injustas contra los hombres, ya era demasiado tarde. La Tercera Guerra Mundial no fue entre países, sino dentro de sus propias fronteras, ¿pero cómo se podía ganar una guerra en la que la mitad de la humanidad estaba contra la otra  mitad? La mitad de los hombres sobrevivientes se rindieron y se sometieron al poder de las feministas, la otra mitad fue masacrada. Y sólo unos pocos huyeron, como tú y los tuyos, a las colinas.
—¿Y qué pasó con los hombres que se rindieron?
—Los que se hacían llamar aliados o colaboracionistas tuvieron vidas tranquilas, sometidos a la dictadura de las mujeres. Eran sumisos. Obedecían ciegamente, o tal vez por temor, no lo sé. La siguiente generación, la llamada Generación F, fue la que dio origen a nuestro mundo: los niños eran enviados a las granjas de acondicionamiento, donde se les enseñaba a ser sumisos y obedientes, esclavos de tareas domésticas que las mujeres se rehusaban a hacer. Las niñas eran enviadas a las escuelas paramilitares, ya que desde su nacimiento todas eran afiliadas al Partido. Al llegar a la madurez, pueden optar por elegir uno o varios esclavos de las granjas y así reproducirse. Y aquí estamos hoy, en este mundo feliz donde sólo sobrevivimos unos pocos de los Hombres Libres.
—¿Y tú porqué estás aquí?
—Yo era uno de los científicos más renombrados de mi tiempo. Gané el Nobel de Física hace años. Mis estudios sobre la Máquina del Tiempo le interesan a la FF, pero en estos años sólo les he rebelado fórmulas que no funcionan. La verdadera fórmula la tengo aquí —Dijo Kane tocándose la frente con el índice y guiñando el ojo.
—¿Crees que con esa máquina del tiempo podríamos regresar y evitar que todo esto pase? —preguntó James dando un salto de su litera.
—Muchacho, eres más listo de lo que pensé…
—Entonces, tengo un plan para escapar de aquí.

2

Se quitó los lentes y se frotó no sólo el puente de la nariz, sino el pabellón de la oreja. Si su rostro se había ensanchado o el armazón se había encogido con los años, no era tema de discusión para nadie. El asunto era que cada día se le hacía más cansado leer en la pantalla de la computadora con esos lentes. Se estaba volviendo viejo y la economía no le ayudaba para comprarse unos lentes nuevos, ya ni pensar en la cirugía láser.

Sacó el teléfono celular y vio la notificación de mensaje. Había dejado el cigarro, pero este nuevo vicio lo había sustituido aunque con resultados opuestos: antes el mirar las volutas de humo desaparecer le ayudaba a desmenuzar sus propias ideas, pero ahora ver las notificaciones en los íconos de las apps únicamente lo distraía. Ah, qué bien le habría caído una calada de habano después de haber leído esas cuatro cuartillas, pero el médico había sido muy tajante y el olor a camello lo habría delatado en cuanto entrara a su casa.

Sobre el escritorio en el que antes de la computadora habría tenido muchos manuscritos, ahora sólo tenía algunos libros edición de bolsillo, y la foto de Hugo Gernsback, un tipo excéntrico con corbata de moño, que portaba una especie de visor con antenas. Eran sus fuentes de inspiración, menos numerosas que el montón de cachivaches del escritorio de Ray Bradbury, pero igualmente efectivas.

Se puso de pie y extendió los brazos a los costados. Ni sus nalgas ni su espalda iban a dejar de reclamarle cincuenta años de sedentarismo después de esas sesiones de lectura, pero al menos en su mente, le confortaba pensar que sus carnes aún podían hacer estiramientos.

Suspiró y los engranes de su cabeza de editor comenzaron a dar vueltas: la forma de manejar los diálogos, los hiatos y las cacofonías, se podía corregir. Las notables inconsistencias, como el que los amigos de James estuvieran planeando su rescate a pesar de haber sido asesinados antes; o cómo podía el personaje mirar cosas con los ojos tapados, tenía solución. Pero la “Oficial Dominatrix” que bien podría ser nieta de “Ilsa, la loba de la SS” o haber aparecido en alguna noveleta stalag de Enrique Sánchez en los setentas, no era la clase de cosa con la que quisiera ser asociado. Si su padre no había publicado semejantes mamarrachadas cuarenta años antes durante El Destape, él no lo haría hoy. ¿El escritor habría visto alguna de esas cosas en verdad, o sólo se habría topado con alguna imagen en el internet? Imposible saberlo. Pero para ser honestos, los problemas del desarrollo del texto le pesaban aun más: aquel abrupto cambio de ritmo al final, y el largo y aburrido sermón en forma de exposition dialog, eran lo que había terminado por matar el poco interés que le había generado.

Negó con la cabeza: el correo electrónico explicaba que este era el primer capítulo de una novela que ni siquiera estaba terminada. Descartó el manuscrito.

En el celular, se escuchó el timbre de un teléfono de principios del siglo XX y en la pantalla vio el rostro de su hija. Pulsó la imagen del botón verde (¡carajo, si hasta la Enterprise de Star Trek tenía botones y esta cosa no!) y escuchó su voz: ¡Papá, ya cerré el trato con el Flaco Fadanelli! —hubo una pausa incómoda— ¡El ilustrador argentino, el de los robots!
—¡Ah, claro!
—Sí. Mañana te mando el contrato y lo revisamos. No vayas a aceptarle nada a Scholastic, no importa qué te hayan dicho.
—No te preocupes, que buena noticia me diste —después de intercambiar algunas palabras más, se despidieron y sintió que el día acababa de volverse muy provechoso. Con aquel muchacho haciendo las portadas, el próximo año podrían lanzar la trilogía del Nyctalope. El ímpetu del cine de superhéroes estaba en su mejor momento y el steampunk aún podía ser explotado con cierto éxito en los países de habla hispana. ¿Qué otros personajes populares del siglo pasado habían pasado al dominio público? Eso lo dejaría de tarea para mañana, y se frotó las manos al pensar que Conan estaría libre de derechos en menos de diez años.

Pero antes de dejar la oficina, tenía que responder un correo electrónico.

3

“Estimado autor:

Leímos con sumo interés el manuscrito que amablemente nos compartió por este medio. Desafortunadamente, el consejo editorial considera que no está dentro de la línea de nuestras publicaciones.

Gracias por considerarnos para…”

—Blablabla, pinche bola de pendejos chinguenasumadre —deslizó el dedo por la pantalla del teléfono celular y mandó a la papelera el mensaje. Con este ya eran doce las editoriales pequeñas que se negaban a publicar su obra en proceso. Las editoriales grandes ni siquiera se habían molestado en responderle.

¿Cómo era posible que Andy Weir había triunfado publicando una novela en Wattpad y él, que estaba tratado un tema mucho más actual que la space opera, era rechazado? El potencial de lectores de su trabajo era mucho más grande: hay más personas preocupadas por los problemas actuales de la sociedad que por ciencia ficción espacial. ¿Tal vez si le diera un toque cyberpunk? No, no iba a cambiar su obra para darle gusto a gente que de seguro no podría siquiera identificar el género.

Se levantó de la cama y se guardó el teléfono en la bolsa. Tenía hambre, salió de su habitación y en el refrigerador encontró dos piezas de pollo frito del día anterior. Iba a calentarlos pero estaba muy molesto para esperar un minuto a que el horno de microondas hiciera lo suyo, para luego quemarse el hocico al morderlas, sólo para terminar descubriendo que de todos mondos habían quedado frías por dentro. Arrancó un bocado del muslo y después agarró una lata de refresco. Volvió a su cuarto y cerró la puerta.

Por un momento pensó en sentarse a escribir y continuar la historia. Pero no podía concentrarse, el enojo era un velo gris de estática que distorsionaba la forma en que intentaba hilar sus ideas.

Se acostó de nuevo en la cama y desconectó la tableta de su cargador. Pulsó el icono de Facebook y empezó a revisar las publicaciones más recientes. Los problemas del mundo moderno, de una generación de llorones a la que él no pertenecía (a pesar de tener la misma edad), las respuestas de esos Social Justice Warriors y Policías de Internet que se filtraban entre sus contactos, metiéndose en conversaciones a las que no estaban invitados, imágenes sacadas de contexto que contaban historias que tenían miles de interpretaciones, todas ellas válidas; todo eso le dio de lleno con la fuerza del oleaje que choca con los escollos, y que por pura insistencia, termina por erosionarlos.

—Bola de pendejos…

Suspiró impaciente, y sus dedos comenzaron a teclear.

 

Abraham Martínez Azuara

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