Revelación

La siguiente parada fue en Aromis-17, un pequeño mundo de características crepusculares bastante alejado de su sol. Según el científico Merkosian allí estaba radicada una raza interesante. Norstad conocía bien a su oficial y sabía que si él utilizaba la palabra “interesante” era porque se trataba de algo digno de verse en aquellas inmediaciones.
Como en todos los casos, la nave Milagro se limitaba, primeramente, a orbitar aquel planeta, los científicos estudiaban todo lo posible desde allí mismo y sólo después se establecía el momento para el descenso, siempre y cuando este fuera aconsejable.

En esta ocasión, el almirante se hizo acompañar no sólo por Merkosian, sino también por Estelian, la oficial experta en psicologías SH, el Dr. Muir y la asistente Soniar Larsen. El planeta Aromis era un mundo de características muy especiales. Su apariencia se asemejaba más a ciertos mundos que, habitualmente, eran inhabitables para el Hombre Solar: escasa luz diurna, mantos de nubes que van y vienen, ausencia de agua, temperaturas bajas, etc. Sin embargo, la atmósfera era respirable en condiciones naturales, sin necesidad de ningún artilugio, como a veces era necesario emplear. También se dio un hecho poco habitual. Un representante de los aromisios se acercó a recibirlos, pese a que no habían sido previamente advertidos de su llegada.

El espíritu de su interlocutor era un tanto extraño. Difícil sería asegurar si se trataba realmente de un MH o no. El rostro lo tenía particularmente grande, ocupando casi la mitad de su altura; brazos y piernas se movían de un modo singular con mayor amplitud de movimientos y los ojos eran muy grandes, de tal modo que el globo ocular realizaba un recorrido casi panorámico a su alrededor.

Norstad levantó una mano en señal de saludo, como generalmente hacían los almirantes de la Federación. El aromisio imitó este gesto y emitió un sonido semejante al de ciertos pájaros que, al instante, tradujo el sistema universal que llevaban los exploradores.

—Bienvenidos. Mi nombre es Etornet y soy el encargado de recibir a visitantes como ustedes. ¿De dónde provienen?
—Mi nombre es Norstad, el almirante Norstad y pertenezco a la Federación de Planetas. Venimos solamente por interés científico.

Así continuaron los saludos y presentaciones. Etornet no estaba solo, sino que iba acompañado por dos mujeres que resultaron ser ambas sus parejas. Por extraño que parezca, una era su compañera de día y la otra lo era de noche. Más adelante el almirante y los suyos entendieron que estos períodos eran sumamente largos, dada la lenta rotación del planeta. De todos modos, los aromisianos se mostraron muy interesados en ellos. Ciertos científicos suyos habían oído hablar de la Federación, pero su civilización no pertenecía a la misma. De modo que no cesaban de interrogarles sobre un montón de temas. Les interesaba especialmente cómo podía mantenerse una estructura tan inmensa como la Federación, que abarcaba miles y miles de culturas a lo largo de cientos de galaxias.

Tras algunos minutos, Etornet los invitó a ir con ellos a cierta estructura que era algo como su vivienda personal y laboratorio a la vez. No hay duda que la casa era algo verdaderamente extraña para el concepto de un humano. Por supuesto que, luego de un tiempo, Merkosian y su equipo también les interrogaron sobre ciertos aspectos de su vida personal.
Es aquí donde comenzó a revelarse que estaban ante algo que parecía nuevo, por muy aventurada que pueda parecer esta palabra.

Los aromisianos tenían, sí, un cuerpo notablemente complejo para el concepto del MH, pero lo que los hacían realmente especiales es que no tenían un alma, sino varias. Aquí, una de las mujeres, llamada Irkiada, les explicó una diferencia que los humanos no siempre ven claramente. Ellos, los aromisianos, poseían varios espíritus y varias almas, por lo menos un número de 5 cada una. ¿Qué era el espíritu? En su cultura significaba algo así como una doble-vida que les permitía realizar ciertas tareas y, a la vez, estar ocupados en interesarse en otras actividades completamente distintas, sin que interfirieran en lo más mínimo. En cuanto al alma, estas consistían en una suerte de “vida invisible” e inmortal, pero no eterna. En efecto: cada alma poseía una relación directa con antepasados suyos, de modo que habían tenido un origen. Esas almas eran independientes del cuerpo físico, algo que no sucedía con los espíritus. Es por esta causa que los aromisianos no practicaban el viaje espacial con naves, sino que ellos mismos proyectaban su alma al cualquier lugar que quisieran.

Es mucho lo que Merkosian y Estelian quisieron averiguar. El grado de conciencia que los aromisianos conservaban de sus almas, estaba relacionado con la distancia a que las hubiesen proyectado. De acuerdo a ciertos ejemplos que dieron, quedó claro que se desplazaban a una velocidad mil veces superior a la de la luz. En cuanto a los espíritus, estos sí estaban más dependientes del cuerpo físico de cada uno y también desaparecían cuando el cuerpo físico moría. Dentro de su concepción del universo, las almas eran los verdaderos habitantes del Cosmos, mientras que los cuerpos físicos y sus espíritus eran simples proyecciones de las almas que, de este modo, se extendían a los planetas, un medio que no era el suyo natural. El hogar de las almas, por así llamarlo, eran las grandes nubes de estrellas de las galaxias.

—Pero todas las almas no son iguales, ¿verdad? —interrogó Estelian.
—Así es, son diferentes —respondió la mujer llamada Bukelia—. La materia de lo que están hechas las almas depende de los componentes de las distintas nubes estelares. En cierto modo se puede decir que hay algunas más desarrolladas que otras que son inferiores, pero aún así, esto es muy relativo. Las almas nunca pisan suelo firme porque moran en el espacio interestelar. Para acceder a los planetas nos usan a todos los seres que poseemos cuerpo físico.
—¿Es esto una suposición suya o algo que han investigado? —preguntó Norstad.
—Almirante Norstad —dijo Etornet—, todos nosotros somos almas encarnadas. No se trata de ninguna especulación cosmológica, sino que se la estoy revelando a usted en este momento. Lo nuestro no es teoría sino lo que realmente sucede.

Luego de algunas preguntas más, la asistente Soniar aventuró: Entonces me imagino que esta visión que poseen del Cosmos debe influir en muchos aspectos de su vida.
—Cuando tú sabes —Etornet la miró con interés y respondió— que sólo eres algo así como el brazo-robot de otro ser, las cosas tiene, seguramente, otro significado que para aquel que no lo sabe.  En nuestra cultura hay muchas cosas que nunca hemos hecho porque entendimos que son inútiles. Nosotros podemos pensar por nosotros mismos, pero si tienes una guía segura de varias almas que saben mucho más que tú, ¿para qué perder tiempo?
—De modo que nunca hubo guerras —intervino el doctor Muir—, ni tampoco gobiernos.
—Está en lo cierto, doctor —replicó Etornet—. Los planetas tienen una existencia muy breve para lo que son las almas. En unos pocos millones de años las estrellas cambian, las condiciones geofísicas cambian y todo lo que uno pueda haber construido desaparece por completo. Nosotros no tenemos una civilización en el sentido que ustedes lo entienden, sino que cada uno hace lo que quiere y lo que bien le parece —y agregó mirando a sus compañeras—. Hoy estoy con Irkiada y con Bukelia, pero habrá un día en que no estaré con ellas sino con otras y ellas harán exactamente lo mismo.
—Sin embargo, Etornet, nosotros trabajamos y nos esforzamos para hacer algo que perdure a través de los eones —replicó con vehemencia Norstad—. Muchas cosas han pasado en el universo y, sin embargo, la Federación sigue existiendo. Y no sólo eso, sino que lleva su cultura y civilización adondequiera que vayamos.
—Nosotros sabemos lo que hacen ustedes —dijo Etornet y su voz sonó algo diferente—. Hace mucho tiempo que los conocemos.

El almirante lo observó con curiosidad.

—Disculpe, pero hace solamente unos minutos usted mismo me preguntaba cosas de la Federación.
—Lo siento. Esa ha sido mi parte física. En estos momentos le habla Zurey, una de las almas que supervisa a este ser. Las mujeres que estaban con él también lo miraban con interés y algo de asombro. Zurey continuó—. Ustedes buscan perpetuarse. Nosotros ya lo hemos intentado y, de hecho, hace millones de años que vivimos. Hemos visto la galaxia y todo esto que ustedes llaman Supercúmulo prácticamente desde su creación.
—¿Puedo preguntarle, Zurey, cuándo aparecieron ustedes? —habló Norstad.
—Sólo les diré esto. Nosotros tenemos conciencia desde que se formaron todas las cosas. Los elementos no andan dispersos por ahí, esperando que un azar forme alguna criatura. La vida ya existía desde el principio.
—Pero ustedes no han creado la totalidad de los seres planetarios —replicó Norstad—. Yo no tengo un alma que tenga que ver con ustedes, ni tampoco muchos otros humanos.
—Hemos creado a muchos seres pero no a todos. Por supuesto que algunos de ellos son imperfectos, como ya se dará cuenta. Etornet y los otros de este lugar son seres que no han querido progresar. Más bien, el saberlo todo por adelantado los desanimó.

En ese momento, Estelian interrumpió y volviéndose al almirante dijo —Almirante, tengo pruebas de que este desánimo de que habla Zurey no es natural, sino inducido.
—¿Inducido? —se extrañó Norstad.
—Así es, señor. Por ellos —dijo señalando a los que tenía adelante—, Son las almas las que tienen este problema.
—Bien… —murmuró el almirante mirando fijamente el cuerpo de Etornet.
—Usted no lo entiende. Viva varios miles de millones de eones y después dígame qué es lo que siento.
—Zurey, creo que usted y quizá otros, estén desanimados porque no han logrado hacer las cosas como lo deseaban.
—Pues le diré —como resignado, su interlocutor respondió—. Nosotros no hemos creado el Universo, así que ignoramos cuáles son los propósitos de aquel que lo creó. Nos interesaría conocer el porqué de toda esta mega-estructura. Hace mucho tiempo nuestros sabios dijeron que el verdadero objetivo era poblar el Cosmos y eso es lo que empezamos a hacer en muchos planetas, especialmente en este Supercúmulo. Sin embargo, con el tiempo hemos visto claramente que esto no es un fin en sí mismo, sino algo que simplemente plantea nuevos interrogantes.
—Pues déjeme decirle lo siguiente: Yo tengo muchísimo menos tiempo de existencia que usted y, sin embargo, le puedo responder que poblar el Universo es sólo multiplicar un tipo de vida ya preexistente. Pero hay cosas en el Cosmos que nada tienen que ver con usted, ni conmigo, ni con ninguna clase de vida tal como nosotros la conocemos.
—¡Las almas son lo máximo que hay! —exclamó Zurey.
—No es así. Quizá eso haya sucedido en este Supercúmulo o en algún otro, pero existen regiones del Cosmos adonde aun las almas de los seres vivos han sido superados por otras cosas que están más allá de nuestro entendimiento.

Los cuerpos de los aromisioanos cambiaron de posición, como quien baja los brazos tras haber luchado toda su vida.

—Zurey —dijo el almirante—, temo que ustedes le han transmitido a los aromisianos un concepto negativo. Ustedes han creído ser los únicos, tal vez los mejores. Vieron todo un universo para ustedes y creyeron que lo único que tenían que hacer era poblarlo. Hasta que se dieron cuenta que no es así, que están equivocados y que probablemente pertenecen a una clase de almas inferior a otras.

En esos momentos, una de las mujeres, la que se hacía llamar Bukelia, dijo —por favor, basta, almirante. Lo reconocemos, es así como usted dice pero no continúe. Zurey no sería capaz de soportarlo.
—Sin embargo le diré una última cosa —insistió Norstad con energía—. Lo que hace verdaderamente grande a una criatura cualquiera es reconocer sus errores, sus equivocaciones. Eso es lo único que le permitirá seguir adelante. Nosotros, los descendientes del Hombre Solar, nos hemos equivocado muchas veces, pero lo hemos reconocido y esto nos ha permitido dar el siguiente paso en la evolución cósmica.

Los cuerpos volvieron a erguirse como al principio. Etornet sufrió algo así como un temblor y luego de unos segundos les habló otra vez con la voz semejante a los pájaros que habían escuchado al principio: Mis mujeres y yo tenemos que darle las gracias, almirante. Ahora lo he entendido —dijo y avanzó hacia Norstad dándole la mano como era usual en algunas culturas. Luego añadió —Le aseguro que me reuniré con otros de mi raza y hablaremos para cambiar las cosas en nuestro mundo, ¿y quién sabe? Comenzaremos a explorar y tal vez un día nos volvamos a encontrar en algún lugar del Cosmos.
—Pues para mí será un honor, Etornet, Irkiada y Bukelia. Siempre estaré a su disposición para lo que necesiten, lo mismo que la Federación, a la cual represento.

Unos y otros se saludaron cordialmente. Poco después lo federales regresaban a la nave Milagro para continuar sus exploraciones.

Sin embargo, antes de partir, el Dr. Muir se acercó al almirante y dijo: Almirante, verdaderamente debo felicitarle por lo que ha hecho, señor. Muchas veces nos ha tocado aprender de otras razas. Hoy creo que son otros los que han aprendido de usted.
—Muchas gracias, doctor, pero, después de todo, a esta altura ya tenemos cierta experiencia, ¿no?
—Así es, señor. Solamente me pregunto a cuántos lugares más las almas de Aromis habrán llevado su mirada egocéntrica e impotente a la vez. En otras palabras, cuántos más han creído ser dioses, hasta que un día comprendieron que no lo eran.
—Pues algo así sólo lo sabremos con el tiempo. Sin embargo, yo le diría que ya actualmente conocemos a muchas razas que tienen este problema.
—¿Y el hombre solar, almirante? —interrogó Estelian, que provenía de un mundo de Canopus.
—Mis antepasados también tuvieron este problema hasta que un día comprendieron su error.
—¿Y cómo sucedió eso, señor? —preguntó Muir.
—Quizá con alguien como nosotros, que les enseñó lo que no sabían.

Un oficial del puente de mando inquirió sobre la ruta a seguir y Norstad señaló muy a lo lejos, en algún punto que se perdía entre miríadas de estrellas: Hacia allí vamos.

La gran misión continuaba.

 

Daniel Verón

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