Malos cuidados

En cuanto vio el huevo supo que era para ella. Seguramente el niño lo había dejado ahí a propósito, como las otras veces. Sin zapatos u alguna otra ropa, y sin hogar, ella se había ocultado entre los matorrales.
Bajo la luz del sol, posado en la tierra oscura, el huevo relucía.

El niño era bueno, no como las otras personas que vivían en el asentamiento. Cobijada por el ramaje, cuando alguien se acercaba a la maleza ella pedía amablemente una manta para cubrir su desnudez, algo para no tener que andar descalza por el barro, un poco de comida. Pero las personas la ignoraban. Pasaban de largo, como si no existiera, como si estuviera loca, o como si estuviera infectada con alguna enfermedad contagiosa.

El niño era el único con el que ella establecía contacto. El niño le llevaba comida de vez en cuando. Frutas, verduras, restos de arroz cocido o pastas, sobras de la comida diaria de las demás personas. Y muy rara vez, de hecho cada vez con menos frecuencia, le llevaba un huevo.

Ella ansiaba la llegada del huevo. Tal vez su hambre en verdad era demasiada. Tal vez vivir desnuda entre un montón de hierbas había alterado de alguna manera su apetito. No le importaba ningún otro alimento, ella no podía pensar en otra cosa que no fuera el jugoso y salado interior de un huevo. Llevaba días sin probar bocado, sufriendo frío por las noches. Ahora, todo su cuerpo temblaba por los nervios de ver el cascarón ovalado ahí tirado, bajo el calcinante sol.

El huevo era enorme. Probablemente del tamaño de su propio cráneo, poco más, poco menos. ¿De qué animal provendría?

Oculta en las sombras, escrutó en la periferia. Asomó la cabeza fuera de la espesura, solamente un poco, y miró a todos lados rápidamente para asegurarse de que no hubiera moros en la costa. Después de algunos segundos en completa quietud y silencio, salió de su refugio, corrió algunos metros y se abalanzó sobre el huevo. El cascarón se rompió por el repentino arrebato de fuerza, derramando el precioso alimento sobre la tierra caliente. Una tragedia, sí, pero no era momento para lamentarse, y mucho menos ahora que se encontraba al descubierto. Con movimientos torpes, engulló apresuradamente el manjar directamente del suelo.

No sabía cuándo volvería a llegar un huevo, y no debía desaprovechar la oportunidad. Y sobre todo, no podía controlar su hambre. Después de atragantarse, se enderezó, echó un vistazo en todas direcciones, y regresó corriendo a ocultarse entre los arbustos. Cubierta nuevamente, entre la espesura buscó con la mirada al niño. El niño casi nunca se dejaba ver, probablemente por respeto al hecho de que ella estuviera desnuda. Pero ella sabía que el niño había observado cada uno de sus movimientos, la vigilaba. Probablemente desde la ventana de la cabaña que estaba cerca. Probablemente desde detrás del tronco de un árbol.

Ella nunca entendió por qué la habían echado del hogar en donde vivía con sus hermanas. Las personas les habían confiado, por alguna razón, el cuidado de los huevos, y nadie le había dicho nunca que estuviera prohibido comerlos. Había probado solo uno, y eso bastó para que las personas la trataran diferente. Pero comer ese primer huevo también había cambiado su manera de pensar y de ver el mundo. ¿Por qué ella y sus hermanas debían permanecer desnudas, mientras que las demás personas tenían ropa para abrigarse de la intemperie? Y los zapatos, los benditos zapatos. Ella necesitaba unos, sin duda alguna, era inhumano tener que andar todo el tiempo descalza. Sus hermanas parecían mantenerse en alguna clase de letargo, por no decir que simplemente eran tontas. ¿De verdad les gustaba comer lombrices e insectos que encontraban por el suelo? ¿No se daban cuenta de que las personas las trataban sin respeto alguno, que no eran especiales por cuidar esos huevos?

Probablemente esos enormes huevos eran sagrados y ella cometió sacrilegio al ingerir el salado manjar. Primero la sacaron del lugar donde dormían todas juntas, y aunque al salir el sol todavía le permitían ver a sus hermanas, no pasó mucho tiempo hasta que las personas usaron una cerca para separarla por completo del grupo. Le quitaron todos los huevos que estaban específicamente bajo su cuidado. De nada sirvieron sus gritos.

Un día, las personas le llevaron comida de todo tipo. Desde los asquerosos gusanos vivos, hasta un pedazo de col y un poco de pan. Y también un huevo. Su elección fue rápida. Y al parecer, fue la elección incorrecta, porque en ese momento fue cuando la tomaron por las piernas, y cargándola boca abajo, la arrojaron a los matorrales. Su destierro.

Era curioso que ahora, entre los alimentos que el niño proporcionaba, le siguiera dejando huevos.

Vivir a costa de la caridad de un infante, qué vergüenza. No, ella no volvería a comer gusanos o insectos. No, ella no estaba dispuesta a volver a cuidar huevos a menos que le diesen ropa, zapatos, y de vez en cuando el permiso para comerse un huevo como paga por su trabajo. No, ella no era un animal, y las personas debían hablarle con el debido respeto y vocabulario. No, no se quedaría callada.

Tortura. Una simple y terrible tortura continua era la manera en que cualquiera hubiera podido describir su vida ahora. Con el estómago un poco menos vacío, lloró por unos instantes con los ojos cerrados antes de quedarse dormida de nuevo entre la hojarasca.

Dentro de la casa que se encontraba a unos metros del altísimo pasto, el niño miraba por la ventana. La luz del atardecer le permitía ver de manera perfecta entre los pastizales. La madre, a unos pasos, estaba de espaldas a la ventana.

 “Mamá, sí se comió otra vez el huevo”.

La madre, que movía con un cucharón de madera las verduras en una olla, soltó un resoplido.

“Ay hijo, esa pobre gallina ya se volvió loca”.

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