La Corporación

«El gran Morgan podía pudrirse en el maletero de mi Jaguar
a medida que nos alejábamos por aquella recta infinita».

Habría deseado ese comienzo para mi historia, pero la verdad es que no fue así.

Aquella mañana, como todas las mañanas, ajusté el nudo de la corbata y cepillé las solapas de la chaqueta. Después me miré al espejo ladeando la cabeza calva como una bola de billar y hundí la barriga durante unos segundos. Tenía que perder peso, parecía un elefante. El sol no había salido y aún tardaría. Me apresuré, en la Corporación exigían puntualidad y más desde que destinaron al nuevo interventor Zarkov a nuestro nivel.

Mi viejo Citroen saxo, aparcado en un descampado arrancó a la tercera. Conduje hasta la entrada de la autopista y pisé el acelerador.

Y entonces todo cambió.

Algo sucedió en mi cerebro cuando escuché la frase en la radio. Un mecanismo sepultado en mi inconsciente despertó y quizá por eso tomé el desvío que me llevaba en sentido opuesto. No iría a trabajar como todos los días.

Conducía por la carretera de siempre cuando resonó en la radio del coche: corta, contundente, sólo dos palabras. Las mismas palabras que susurraban en los oídos de los triunfadores en el imperio romano cuando desfilaban en su máximo apogeo, y que yo ahora no cesaba de repetirme. “Memento mori”, “Memento mori”… recuerda  que vas a morir.

Entonces giré el volante y accedí al desvío. Supe con certeza que esa mañana no me presentaría en el puesto de oficial auxiliar de intendencia de la Corporación.

Una recta infinita se extendía ante mí. El sol arrasaba la visión del mundo que yo conocía, poblando de amarillos fractales ambos lados de la autopista.

Abrí la ventanilla, mi cabellera al viento golpeaba el respaldo de cuero del asiento del flamante Jaguar. No quise pensar en lo que dejaba atrás. Calculé que disponía de una hora antes de que “Morgan y Cia” se diera cuenta y pusiera en marcha su implacable engranaje. En cuanto el programa de comprobación de fichajes llegara al nivel de mi sección, detectarían mi ausencia y los agentes de la inspección de servicios de la Corporación saldrían tras mi pista.

Tenía muy pocas posibilidades de escapar del cerco. Pero no existía otra opción, no debía olvidarlo, al igual que tampoco debía olvidarme de la maravillosa carga que transportaba en el maletero.¿Mi pasado? ¿Acaso dejaba atrás algo importante? Posiblemente sí, pero necesitaba escapar o en poco tiempo me convertiría en un muerto viviente.
Los golpes que venían del maletero resonaban cada vez con más fuerza y comprendí que también debía desprenderme de ella, mi huida era de mayor magnitud de lo que había previsto.

Paré el coche, abrí el maletero y saqué a la bella Daila: secretaria; guardaespaldas; asesina a sueldo… y también espía de la Corporación. Desaté sus piernas y desprendí el esparadrapo que tapaba sus jugosos labios de un salvaje tirón. Fue un error.

El golpe en la nuez me envió contra el suelo y en un instante la encontré a caballo sobre mi pecho, golpeándome sin cesar con los dos puños, a pesar de que los tenía bien amarrados con una gruesa cuerda. Dalia era letal en el cuerpo a cuerpo.

—¡Dalia, espera! Puedo ofrecerte un trato.
—Sé lo que pretendes y no lo vas a conseguir. ¡Bah! Siempre has sido demasiado blando.
—Escucha, Dalia, me gustas, me gustas mucho, sólo quiero salvarte, lo que te dije es cierto: hay un fallo del sistema.

Las negras pupilas de Dalia se contrajeron risueñas al asestarme otro golpe, y otro… guardaba rencor en gran cantidad, y todo porque la sorprendí acechándome, porque fui más rápido que ella, por una vez. A través del rojo de mi propia sangre vi cómo la cabeza de Dalia estalló. Parte de sus restos se esparcieron sobre mi rostro y sobre mi camisa. El fogonazo del disparo, el estruendo y el terrible vértigo que me atenazaba, ralentizaron mis movimientos y no rodé a la suficiente velocidad.

—Hola, Flaco.
—¿Quién?…  —entorné los ojos, todavía medio ciego por el fogonazo. Una sombra se acercaba.
—¿No te alegras de verme? ¿Creías que ibas a escapar así, tan fácil?
Estoy perdiendo facultades, no hay duda. El agente Zarkov, asesino a sueldo e interventor de la inspección de servicios, sonreía desde su enorme estatura mientras me apuntaba con un pequeño látigo láser.
—¡Zarkov! ¿Por qué has disparado? ¿No había otra forma de detenerla?
—No.
—Pero, ¿por qué?
—Por tu culpa. Sabía demasiado.
—Escucha, Zarkov: Morgan nos está engañando a todos.
—¿Y qué si nos engaña?
—Pero…
—¡Calla! —Zarkov colocó el látigo a sólo un milímetro de mi rostro.
—Yo trabajo para Morgan, igual que tú —añadió Zarkov—. Nadie abandona el barco sin más. Le debemos lealtad y tú no se la has guardado.
—¡Espera!
—La traición no sale gratis, Flaco. Morgan quiere que te lleve ante él.

La sonrisa de Zarkov podía helar la sangre de cualquiera. Una sonrisa sobre fondo negro. Negro. Una sonrisa negra que se desvanecía. Era lo último que recordaba cuando desperté con los ojos vendados. La oscuridad tomaba mil siniestras formas en mi imaginación. No sabía dónde me encontraba y pronto me di cuenta de que me hallaba sentado en una silla con las manos atadas a la espalda. Pasó el tiempo. Mucho tiempo. La venda de mis ojos parecía cada vez más floja, pero en cambio mis manos seguían atadas, las muñecas ya rojas, la piel escocida, a punto de desprenderse. Sonó la cerradura de una puerta y entonces oí la inconfundible voz de Morgan. Un engranaje que arrancaba perezoso tras la maquinaria oxidada de mi memoria.

—Zarkov dice que ayer cruzaste el último nivel, que por eso huyes.
Curioso, no sentí miedo, esa voz metálica y un poco gutural que siempre me había sobresaltado, se me antojaba ahora amable en contraste con la oscuridad y el silencio.
—Sé que hay un fallo de sistema —afirmé, reuniendo toda la serenidad de la que fui capaz.
—Sí, cierto.
—¡Lo reconoces! —Exclamé. La venda que tapaba mis ojos cayó al suelo. La luz me cegó durante unos segundos. No había nadie en la habitación.
—¿Morgan? —la voz llegó desde algún punto del techo.
—Tú eres el fallo de sistema —tronó. Fue como una detonación proyectada desde el cielo sobre mis indefensos oídos.

Nervioso, volví a mirar alrededor: nadie. La habitación vigilada por cámaras debía de estar dotada de un potentísimo sistema de megafonía. Oculta en el techo me pareció ver una de las cámaras, y también distinguí el cañón de un arma de fuego: negro, corto y ligerísimo. Entonces comprendí. No había ningún Morgan, Morgan no existía. Sólo se trataba de un programa, un mecanismo infernal que se había independizado de su creador. Los humanos éramos el fallo.

Fue una certeza efímera porque el disparo me atravesó el pecho y en pocos segundos perdí la conciencia.
Pero antes de que todo se desvaneciera escuché la voz de Morgan, que repetía una frase en latín.

***

—¿Dónde lo encontró sargento?
—Deambulaba por el arcén de la autopista cerca de su coche, el Citroen saxo que está aparcado en el arcén. Iba sin chaqueta ni camisa, llevaba la corbata anudada a la cabeza y gritaba como un poseso. Creo que sufre un brote psicótico.
—¡Pobre hombre! Le ha debido de dar un ataque mientras conducía.
—Sí, es imposible razonar con él, por eso le he esposado. Estaba poniendo en peligro su vida y la de otros conductores. Se llama Alberto García y trabaja de auxiliar en la Corporación.
—Ha hecho bien, sargento. Habrá que ingresarlo. Supongo que la ambulancia no tardará en llegar.
—Mi brigada, perdone…
—¿Alguien entiende lo que dice? No para de repetir la misma frase, pero habla muy bajo, casi no se le oye.
—Es una frase en latín —dijo el sargento que arrodillado junto a García se había acercado al enfermo—. Parece que dice “Memento mori”.
—Mi brigada…
—¿Qué quiere, sargento?
—¿Oye ese ruido que viene del maletero?

 

Mariano Moreno Casquete

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