Los matarán separados

Los cinco somos uno. Un cuerpo moviéndose al unísono de una única mente. Somos los miembros obedeciendo un propósito. No hay conciencia individual, no hay lo que ellos llaman «voz», no hay pasión, ni vida. Sólo una razón como cables invisibles uniendo todas las partes. Sé lo que piensan, ellos saben lo que pienso. Somos una voz y un cuerpo con una sola misión: obedecer.

Esperábamos al doctor en un salón iluminado por hileras de luces fluorescentes. Todo es blanco: las paredes, nuestra ropa. Aproximadamente dos minutos, treinta segundos y él cruzara la puerta. Se oye un clic metálico y volteamos a ver cómo el doctor Berttoni entra en el recinto, es director del departamento de acondicionamiento y coordinador de nuestro proyecto. Nos hace un gesto y devolvemos el saludo. Al verlo entrar, los hombres de blanco se apresuran a estrecharle las manos, pero el doctor nos señala y guardan silencio.

Comienza su exposición: Hasta ahora, La serie EGH es la que obtuvo mejores resultados.
Estamos orgullosos, llenamos los pulmones de aire ensanchando el pecho.
—Lo que verán, no se logró en ninguno de los centros de Argentina.
Levantamos la mirada; mientras, los hombres de blanco observan atentamente.
—Ponte de pie —ordena y los cinco nos levantamos al mismo tiempo.
Los hombres aplauden. No entendemos, lo único que hicimos fue ponernos de pie.
—Este es el mayor número conexiones psíquicas exitosas hasta ahora, un 89% de alineamiento neuronal. Cinco humanos diferentes en contextura, edad y raza compartiendo una conciencia colectiva. Imaginen todos los usos posibles: militares, industriales o incluso médicos. La fuerza de trabajo de hombres sin alma, las bolsas de órganos desechables. Las aplicaciones son infinitas. Una misma estructura cognitiva completamente en blanco, un hombre masivo.
El doctor está cada vez más excitado, comenzó a vociferar: Una única célula de trabajo completamente moldeable —nos señala—, ellos son capaces de aprender cualquier tarea y realizarla sin reclamos ni dolor. El futuro es hoy, caballeros.
En este punto, los hombres de blanco están ovacionando de pie.
—Esto no se logró en el primer mundo, se logró aquí, en Nueva Ibatín.
Los hombres aplauden, esta vez más fuerte. Uno de ellos se detiene y pregunta: doctor, ¿ellos no piensan?
Apenas oímos su voz atravesar la máscara de filtro.
—Esta serie no es capaz de pensamientos complejos —responde Berttoni—, pero si los señores lo permiten, hay algo que nos gustaría mostrarles sólo para que comprueben el gran avance del que somos capaces.
Los hombres de blanco acceden entusiasmados. Ya conocemos el procedimiento, nos levantamos y cruzamos el largo pasillo hacia el complejo deportivo. El doctor continúa.
—Como sabrán, Argentina siempre destacó en el ámbito deportivo. Creo, sin temor a sonar presuntuoso, que somos los mejores del mundo.
Los hombres de blanco ríen, su risa es gutural y arrastrada.
—Le demostramos lo contrario en el mundial de fútbol electromagnético del 2254. Perdieron la final por segunda vez consecutiva —dicen.
Todos ríen, cruzamos los pasillos del laboratorio de acondicionamiento, estas son las únicas paredes que recordamos. Bueno… y las del complejo deportivo. El doctor desliza la muñeca frente a la puerta y vemos la calle repleta de rostros sonrientes.
—Señores —continúa el doctor—, la serie EGH es el futuro del deporte: coordinan roles en perfecta sincronía y han logrado vencer a todos los equipos en el torneo municipal. Si los señores lo permiten, les daremos una pequeña demostración.

Estamos frente al complejo deportivo, cuando oímos un estallido a nuestras espaldas. Un vehículo que nunca habíamos visto entra por una abertura en los muros. Surca el cielo, mientras deja caer pequeños rectángulos sobre las calles. Todos los habitantes, sin quitar las sonrisas de sus rostros, entran a los edificios en orden. En las terrazas, unas máquinas comienzan a emitir luces y sonidos metálicos repetitivos. Llueven cilindros brillantes desde lo alto. Comienza a descender, miramos alrededor buscando al doctor, sentimos mareos y corremos. Cuatro, levanta un rectángulo y vemos unas letras de color rojo: son extrañas. El doctor nos dijo que no necesitamos leer, que no hay nada interesante escrito. Nosotros le obedecimos.

El vehículo aterriza entre el doctor y nosotros. Lo escuchamos gritar, suplicarles, pero unos hombres toman a Cuatro. Los sonidos metálicos continúan. El vehículo despega con Cuatro dentro. Vemos la cabina de control del vehículo, hay un hombre inmenso gritando. Vemos el vehículo alejarse. Nos vemos en la calle mirando hacia abajo, luego hacia arriba. Vemos el rostro preocupado del doctor. Vemos el líquido rojo al costado del hombre dentro de la maquina, lo oímos quejarse. Vemos los edificios cada vez más pequeños, luego vemos al doctor caer en el suelo sollozando.

El vehículo sale por el agujero al costado de la cuidad.

Soy una pierna, ¿Dónde está el resto de mi cuerpo?

Oímos a un hombre dentro de la maquina decir: ¿Sabes cuánto vale esta mierda? Nos haremos millonarios en el mercado negro.
Los oímos reír. El líquido rojo sigue brotando del costado del hombre. Nos mira y sonríe.
Ellos arrancan de cuajo los miembros de nuestro cuerpo. El líquido rojo mana a chorros de las articulaciones. No oímos nada. La carne se estira y los pequeños tendones se separan. Un dolor lacerante recorre los cuerpos sin un rasguño y luego caen en el suelo retorciéndose. No oigo nada. Sólo veo la cabina de la máquina. Ahora mi mente está en completo silencio.

Lo primero que veo es el paisaje anaranjado, nunca imaginé que el exterior fuera… Luego los nubarrones violetas arremolinándose en el horizonte; respiro y los pulmones me queman. Patean al hombre a mi lado, le dicen: ¡Ponele una máscara, se le van a quemar los pulmones! ¡Eso es lo que más caro se vende!

Estoy solo. Acurrucado en un rincón de la máquina comienzo a marearme, supongo que es por el movimiento. Miro alrededor y escucho reír a los hombres. Uno me patea el rostro y el líquido rojo comienza a brotar de mi nariz. Usamos uniformes blancos y como al doctor no le gusta que nos ensuciemos, intento detener el líquido rojo que cae sobre mis pantalones.

Recuerdo al doctor. Su rostro, su nuca, ambos lados de su cara. Mirando sus manos y sus pies a la vez. Recuerdo a la mujer de Uno sosteniendo un bebe, mientras lloro. También recuerdo a la madre de Cinco sentándose a mi lado y comiendo. Recuerdo una tarde, miro por la ventana y la mujer de Tres me abraza. Nos besamos y alguien patea la puerta. Los miembros del FIA la asesinan frente a mis ojos y me dejan inconsciente. Recuerdo estar haciendo el amor con el novio de Dos cuando los miembros del FIA golpearon la puerta.
No me recuerdo. En realidad, creo que no sé cuáles de esos recuerdos son los míos.

Uno de los hombres dentro de la máquina me mira.
—Bolsa —dice—, sos nuestra esperanza.
No lo entiendo.
El hombre con el costado rojo habla, su voz es dulce: Los miembros del FIA mataron a mi familia, por eso quiero que todo esto termine. Por eso te venderos por armas e insumos. Serás un mártir en nuestra causa.
—¿Para qué le hablas? Esas bolsas no piensan —dice el hombre inmenso frente a la máquina.
El hombre del costado rojo se calla.

Un temblor sube por mi médula espinal y me golpea la nuca. Tengo la garganta seca. Miro el líquido rojo y el estomago se me cierra como un puño. Mi vista se nubla y siento salir agua de los ojos. Comienzo a temblar.

El hombre del costado rojo me mira y dice: A todos nos llega la muerte.

Nunca escuché esa última palabra.

 

Juan Matias Vasquez

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