La persistencia de la visión (selectiva).

—¡Me molesta mucho que la invites a salir! Siento como si me estuvieran poniendo el cuerno —al borde del llanto mi novia.
—¡No! Yo no te puse el cuerno con nadie, es mi prima, ya la conoces, ya lo sabes, por favor créeme  —casi le gritaba a Daniela, mi casi ex. Su espalda me dejó apreciar su cintura afilada y su trasero dibujado en mezclilla. Adiós, Levis.
“Tú sólo ves lo que quieres ver, wey”. Eso resonaba en mi cabeza. Sus últimas palabras. Pero ¿por qué se enoja tanto si yo salgo con ella? Si es mi prima.

—¿Y ustedes qué me ven? —pregunté todo frustrado a los peces de la fuente del Museo de Historia; ahora sentado en la orilla del canal donde tantas veces los alimentamos Daniela y yo; el atardecer se suicidaba desde la torre de la iglesia del Roble.

—Idiota.
Me pareció que aquella voz venía del pez dorado más gordo del estanque. Neeee, no me puede afectar tanto un cortón así. Sí, le puse un poquito los cuernos, un fajecín leve, pero casi estoy seguro que ella también lo hace…

—Idiota —me lo volvió a decir cuando me alejaba. Me detuve a escuchar mejor—, ella te lo dijo: sólo ves lo que quieres ver. Si deseas que ella regrese, debes aprender a observar más allá de lo evidente, así entenderás más cosas de las que puedes imaginar. ¡Ah! Y en pago tienes que traerme un rollito de sushi; salmón preferentemente.

No, no, no, los peces no hablan, ni las vacas, ni los gorilas, ni los canarios, además dije que no lo volvía a hacer y lo he cumplido. Aunque ya sea legal. Me giré para ver el estanque.

—Los peces no hablan —aseguré categórico, cualquier cosa que eso quiera decir. Y le pinté un dedo.
—Idiotita, ¿no ves que ya está pasando? ahora percibes más de lo que normalmente podías apreciar. ¿O me habías escuchado hablar antes?
Mi silencio empecinado.
—Bien, bien, no puedo estar mucho tiempo hablando contigo aquí, muchachito, necesitas ir al Iguanas, ¿ubicas?, el bar del barrio, ahí vas a conocer a Camila, es una skinhead, ella te ayudará a conseguir lo que necesitas para recuperar a tu novia y que se te pasen tus problemas de visión. Y no te olvides, espero mi sushi el próximo miércoles. Chispón.

Las carcajadas de Camila al contarle quién me había mandado ahí hicieron voltear a sus anteriores acompañantes, puro cabezarapada con cara de racistas y pinta de nazis. Fue toda una odisea entrar al Iguanas vestido de… ¿nerd dijo ella? Como sea, el caso era que mi ropa no encajaba con esos pantalones entubados, zapatos Verochi, camisas Neoband, y la música Rege. No tengo la menor idea de porqué ellos escuchaban esa música, a mí que me esculquen.

—Con que te mandó el pez gordo, ¿eh? —su cabeza apenas asomaba unos milímetros de cabello. Al escuchar aquello los pelones abrieron los ojos, se tensaron y se quedaron en sus lugares.
—Mira, es sencillo recuperar a Daniela y, de paso, tu ceguera habitual. Ya conozco lo que es ver sólo lo que quieres ver —un trago a su “Corona”—. Te espero mañana en la noche, nos vemos en el centro comercial de Galerías, puerta oriente ¿okey?, a las dos de la mañana y necesito que elijas un dibujo, te lo vas a tatuar —un dedo en sus labios haciéndome callar—. Y consigue un juguete tuyo, de cuando eras pequeño. Es importante. Bay, peque. No faltes porque esto se va a poner peor.

Y sí, tenía razón: se puso un poco peor. Al principio.

Llegué a mi casa y no vi el carro del novio de mamá. Curiosamente tampoco vi a mi hermanastro, su cuarto estaba vacío. No le di importancia pensando que por fin se había largado de casa a sus treinta y tantos años. Webón.

Prendí la tele y el cable no funcionaba bien, sólo algunos canales porno, el emtivi y el viechwan. Pero ni estos se veían completos; en el canal de videos sólo aparecían ocasionalmente rolas de Red Hot Chilli Pepers, algunos de Cold Play y muchos de Maddona, Shakira, Cher y Village People. No encontré mi despertador por ningún lado así que dormí casi hasta el mediodía. Me levanté, me bañé y cuando fui a mi cuarto a escoger lo que me iba a poner no encontré ropa interior y curiosamente sólo había pantalones de mezclilla rotos y playeras de Soda Stero. Almorcé, bueee, casi comí, sólo jotkeiks y mamá me reclamó por vestirme así sin ser fin de semana, axinga, pero sí sólo esta ropa había en mi closet. Además declaró estar sumamente “sentida” porque dice fui muy grosero al no saludar a su novio y a su hijastro. Achinga, ni siquiera recuerdo haberlos visto. La meno yo creo.

Camino a la escuela me llamó la atención los pocos carros que circulaban por las calles a esas horas y lo que más me sorprendía: casi todos eran autos último modelo y de muy buenas marcas: BMW, Land Rover, Hummer, un Mustang ‘67 350. Raro. Ya en la prepa pasó algo parecido: Los salones casi vacíos, sólo algunos maestros y unos pocos compañeros míos y varias chavas que me gustaban y párale de contar. Lo más curioso fue en la clase de Literatura, el Pelos me pidió que ya me saliera del salón, que no fuera pesado y me dejara de estar jugando. La maestra ni siquiera había llegado así que no me importó faltar a una clase que no iba a haber. Loco. En la cafetería no había nada de comer, pero nada, tuve que ir hasta el Oxxo de la esquina para conseguir lo único que tenían: Polvorones y una soda de manzana. Me sentía medio raro en una tienda sin casi nada que vender. ¡Ah! También tenían condones.

—Lo sé, lo único que puedes ver es que llegué tarde. ¿Verdad?
—Tú dijiste a las dos de la mañana y ya son casi las cuatro —reclamé con derecho a Camila por su tardanza.
—¿Y no ves que te estoy ayudando?
—¡No!
—Ciego idiota. Sígueme.

El vidrio de la puerta de Liverpool se esparció por la entrada oriente con la mochila de Camila, ninguna alarma, ningún vigilante, nada de ropa en la sección de caballeros, ni en el de damas, ni en el de niños ni en el de…
—¡Achinga! ¿Van a cerrar la tienda o por qué está toda vacía?
—¡Tonto! Apúrate, necesitamos llegar al local de tatuajes. ¿Trajiste tu juguete?
—¿Por qué sólo la sección de ropa interior de mujeres está surtida e iluminada? —ella me jalaba del brazo.
—¡Ash! ¿Sigues sin entender? ¿Escogiste tu tatuaje? —preguntó subiendo las escaleras eléctricas apagadas e ignorando mi pregunta.
—Mira, mira, también la juguetería está surtida. Oye ¿podemos pararnos a ver los discos? ¿O los libros? Woooo, mira el Go Kart que está ahí. ¡El iphone!
—Corre, ni-ño. Tal vez no alcancemos al tatuador.

La sección de locales estaba casi tan desierta como la tienda principal: Una librería, la sex shop, una tienda de deportes, un local de shushi, el puesto de las donitas y sí: el local de tatuajes “Jack”. Eran los únicos que veía abiertos abiertos.

—Siéntate y déjame hablar con él. No te muevas, no hagas ruido y prepara las cosas que te encargué.

Me senté en el piso, no vi muebles, el local estaba en penumbra; Saqué de mi mochila el juguete que me había regalado mi padre, también fue su juguete. Una luz negra salía del cuarto que se escondía tras una cortina de caracoles, el aroma a incienso me relajaba. El tatuaje lo saqué de un folleto de una escuela de karate que dejaron en la casa, no batallé mucho. Inguesu. Las paredes moradas, el poster de la cola de una ballena, una mesita con una carpeta que contenía diseños para tatuar. La música de los Beatles. Lerit bi. Una silueta se dibujó tras la cortina, al principio me pareció ver también a Camila. Sólo al principio.

—Está sentado en el suelo. Esto ser grave —dijo una voz lejana con acento de gringo, lejana; no le podía mirar el rostro, no medía más del metro sesenta, el cabello largo, unas manos delicadas, una paz adormecedora, un torso demasiado ancho para su estatura. Varley.

Una vez más en el Iguanas, Camila compartía unas, de tantas, “Coronas” conmigo.
—Me duele la nalga izquierda y ando todo rozado —dije.
—Por andar sin calzones y por el tatuaje. Por cierto ¿Qué fue lo que elegiste? —una voz lenta y pastosa me preguntaba— Eso siempre refleja lo que no ves de ti ¿sabes? Mira, por ejemplo cuando a mí me dio el ataque de visión selectiva, venía aquí al antro y sólo veía pelados como de treinta y tantos, sin cabello, blancos y muy musculosos. Me aburría horrores, no abundan, te lo juro.

La cerveza se me atragantó: yo aquí en el bar veía puras chavas con el busto bastante generoso pero eso no era lo malo, lo peor era que aparte de ellas solamente veía huercos con los pelos en la cara; emmos les llamaba Camila. Nononono. Dijo Varley que se me pasaría gradualmente, ya se me ha de estar pasando. Un emmo me invitó una cerveza y me cerró un ojo, ¡no manches! Ya se me está pasando, ya se me está pasando.

—Sí, sí —dije después de escupir la mitad de mi cerveza por lo inesperado de la invitación y de despedir al chavo y le pregunté a Camila—, pero ¿cual fue tu tatuaje?
—Una zorrita, mira —contestó muy ufana, continuó y me cuestionó—. ¿Y cual fue tu juguete? Eso refleja tu destino; yo, por ejemplo, le llevé una cometa y pues…
—Has tenido muchos novios…
—Creo que aquel “metrochentaycuatro” me está haciendo ojitos. Ahí te ves… ¡Ah! Y no olvides pagar el sushi. Ya se te pasará —el humo en mi cara.

Curiosamente cuando recordé al pez gordo, también comenzaba a entender porque Camila era skinhead: sufría de alopecia; le gustaban los mayores porque ella no conoció a su papá; estudiaba criminología para encontrar aquí al asesino de su hermano; se tatuó la zorrita por ídem y la huila era por… possss.

El problema fue que también comprendí porqué le llevé a Varley la vaquita que me había regalado mi papá y porque mamá se había tatuado otra comet… upsssss. Hijodepu.

Irónico. Para dejar de ver sólo lo que quieres ver tienes que ver más de lo que ves a simple vista. Ahora sí ya estaba entendiendo… menos.

Después de esa repentina semiiluminación fui a pagar una deuda que yo pensaba no debía. Aun.
—Mi sushi —me reclamó.
—Mi chava —le reclamé.
—Daniel. Sabía que te iba a encontrar aquí —Daniela.
—¿Decías? Qué bonito Yin Yang te tatuaste en la nalga derecha. Desde aquí se te ve —alcancé a escuchar al pez gordo.
—Cállate. Daniela, ¿vas a regresar conmigo?
—No lo sé… eres tan infantil, Daniel… y pues yo… busco otras cosas.
—Ahora eres tú la que sólo ve lo que quiere ver.
—Nunca le hubieras dicho eso —dijo el pezote.
—¡Que te calles! Daniela, porfa…

Cierto, nunca hubiera dicho eso, a partir de ese momento nunca la volví a ver, bueno, yo sí la veía pero ella ni me pelaba. Y empezó a salir con mi prima, la que causó todo el problema. ¡Changos! ¿Por qué ahora veía escenas tan extrañas entre ellas dos? ¿O sea que los celos no eran porque mi prima me hablara a mí, sino por porque yo le…?  Ah, ahora entiendo. Lo dicho: Adiós, Levis.

—Mi sushi —insistió.
—Púdrete.
—Tienes que pagar.
—Daniela me dejó por…
—¿Por menso? Piénsalo, para ti es lo mejor, mira que ponerte los cuernos.
—Me dejó por mi prima… ¿Acaso tú también sólo ves lo que quieres ver?
—A mí no me digas eso, conmigo no funciona, nene. Mi sushi.
—Ya veremos, toma, toma, ve por él. Bsss, bsss, bss.

Y claro que sí funcionó; había comprado una bolsa de donitas, son más baratas que el sushi, le lancé una, fue tras ella y se la devoró pensando en su salmón. Lo que él no vio fue que se lo arrojé justo en la salida del desagüe del canal. De seguro alguna garza se lo ha de estar cenando en el río Santa Catarina. Igual que mi prima se ha de estar cenando a Daniela en… ¿por qué tengo esas visiones tan extrañas?

Lo dicho, todos vemos sólo lo que queremos ver.

 

Samuel Carvajal

 

 

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