Rumbo al pueblo ese

           Avanzábamos en total silencio; yo intentaba leer mientras él entornaba los ojos cada vez que un letrero aparecía frente a nosotros en la horrible carretera, sinuosa y polvorienta. Mareada por la lectura, inicié una conversación pero pronto me cansé de mi soliloquio; conducir y platicar conmigo parecía mucho pedir para él. Dicen que algunos hombres no pueden hacer más de una tarea a la vez, pero en la cama, éste puede dar órdenes, quejarse de las sábanas rasposas y hasta cambiar el canal de la televisión con el control remoto.

            El mutismo que surgió luego de la pelea que sostuvimos por controlar el aire acondicionado del auto, acrecentó mi enojo. Y es que la corriente fría que sale por las rendijas del tablero me reseca los ojos y me hace toser; él la necesita porque suda como si los poros de su piel fueran grifos abiertos. No lo negaré. Hacía un calor endemoniado y, aún con las ventanillas abiertas, estaba adherida a los incómodos pegajosos asientos de piel del viejo Crown Victoria. La selección del auto para el viaje fue otro gran motivo de riña. Intuyo que, la falta de conexiones entre sus neuronas (si es que aún tiene alguna), lo hizo elegir esta tartana en lugar del insuperable confort de mi Jeep con vestiduras de tela. Supuse, desde un principio, que él querría llevar este mastodonte negro sobre ruedas para ser la sensación en la reunión anual que, desde hace décadas, realiza su familia materna.

            Otra pelea. Sí. Visitar a su parentela siempre me orillaba a fingir sonrisas ante los diversos clones parlanchines de su madre. Tías, primas, o lo que fueran. El año pasado fui más astuta e inventé un buen pretexto para no ir. Sin embargo, se me terminaron las coartadas. Desprovista de argumentos, me vi obligada a acompañarlo. Imaginé que la infumable odisea sería más o menos así: seis horas de camino por senderos mal pavimentados, en los que el paisaje más atractivo sería un burro atado a un árbol seco, bajo el sol quemante. Después, el inevitable fastidio del saludo, presentaciones obligadas y preguntas más infumables: “¿Dónde sienten más calor, acá o en la ciudad? O “¿a qué te dedicas, niña? ¿Cuándo se casaron?”. Por su parte, él recibiría un cúmulo de halagos por su ‘portaaviones’ de ocho cilindros: “¡Qué hermoso auto, hijo mío!” —diría su abuela—. “Ya no circulan muchos de esos, campeón” —remataría un tío lejano, orgulloso de haber poseído una carcacha similar en su juventud.

           Como a mitad del camino, cuando el insistente sol había bajado un poco sus ánimos de calcinarlo todo, supliqué a mi esposo que apagáramos otra vez el aire acondicionado y bajáramos las ventanillas. Accedió. Saqué un cigarrillo de mi bolso de mano, lo encendí e intenté relajarme. Fue entonces cuando lo vi tirado sobre la terracería. Un cuerpo inerte, amarillo lechoso. Arrojé el humo de mis pulmones con una fuerte tos y grité:

            —¿Viste eso? —tosí otra vez, ahogada por el humo.
—No —respondió él sin mover un músculo de la cara.
—¿Cómo es que no lo viste? ¡Era algo amarillo, con patas largas y manitas… detén el auto! —le ordené.

            Extrañado, frenó y dijo: Hecho. ¿Y ahora?
—Pues vamos a ver qué es.
—Nada, un perro muerto —dijo con displicencia.
—Los perros no tienen ni piernas ni manos alargadas.
Él, molesto, suspiró.
—¿Y si es un niño? —pregunté con miedo.
—No voy a bajar del auto —aseguró y encendió la radio.
Lo odié. Sentí un deseo inminente de quemarle la cara con mi cigarrillo.
—Pues yo sí voy —abrí la puerta y descendí del coche.

            Caminé unos veinte metros. Ahí estaba. No era más grande que un crío; su piel, en efecto, era amarilla, no tenía pelo en la cabeza y yacía bocabajo. Su fisonomía podría confundirse con la de un ser humano, pero tenía la espalda abultada, las piernas muy delgadas y carecía de nalgas y cuello. Insegura, retrocedí unos pasos y grité.

            —¡Es un extraterrestre! Parece muerto. ¡Ven a verlo!
Con evidente desgano, arrastrando los pies, él se acercó. Una vez que tuvo al alienígena frente a sí, dijo: Eres una ingenua.
—¿No crees que sea real?  Míralo, es un ser del espacio.

            Exasperado, se cruzó de brazos y dijo —Oye, quiero llegar antes de que caiga la noche. ¿Te has puesto a pensar en que esa cosa puede ser una estúpida broma?
—No. A ver, estamos a mitad del camino hacia el pueblo ese y…
—El pueblo ese es donde nació mi madre —me interrumpió indignado.
—Bueno, no quise decir que tu…
—No metas a mi madre en esto.
—Ahora sí, querido, te volviste loco. Jamás dije algo sobre tu santa madre.
—¡Te dije que no la metieras! ¿Por qué no me dices la verdad? No tienes la menor intención de ir a…
—Tienes razón —corté sus palabras—, no quiero ir. Pero aquí estoy, y de buena gana —mentí—. Y mientras trato de amenizar el viaje, pones cara de vértebra pellizcada cada vez que abro la boca.
—¿Qué cosa?
—Deberías estar agradecido; te acompaño a no sé dónde, para saludar a un montón de extraños.
—Mi familia, loca histérica.
—Ah, claro, tu familia… ésa sí que está loca. Y tu madre, en especial ella, de atar.
—No me calientes la cabeza.

En ese momento timbró su teléfono móvil. Me alejé para no escuchar su tono de niño mimado ni su acento vocinglero. Seguro hablaba con la mujer que lo parió, pues al término de la llamada, me fulminó con la mirada y ladró —Mis hermanos ya están en el pueblo. Preocupados, claro, porque salieron después que nosotros.
—¿Me vas a culpar por llegar tarde? ¿Por haber ido a la vinatería para no llegar con las manos vacías?
—Mi familia no es materialista, como la tuya. Tu madre siempre se fija en lo que llevamos a las comidas.
—Si estás hastiado de ir a comer a casa de mis padres, por mí, mejor. Así no tendré que hablar bien de ti.

            Lloré. Me subí al auto apretando la mandíbula, y encendí otro cigarrillo. Él regresó al volante y los amortiguadores bajaron sensiblemente. Sin decir más, pisó el acelerador.

Durante el resto del trayecto permanecimos en silencio y, al vislumbrar la desviación hacia el pueblo, me dijo —¿Estás segura de que la cosa esa ya estaba muerta?

 

Andrea Ciria Fernández Varela

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