Cadáver Exquisito: Panofobia

I

No sabes cómo me ha costado salir de la casa y subirme al autobús para ir a la entrevista de trabajo. La mitad de los asientos están vacíos porque, a solicitud mía, me agendaron la entrevista antes del mediodía. No soporté la idea de tener que llegar más temprano y viajar apretado entre las carnes sudadas de quienes terminaron el turno nocturno, y los cuerpos bañados en talco o perfumes chocantes, que se dirigen a ocupar sus escritorios en el turno mixto. En ambos casos esos olores me irritan no sólo la nariz, sino que me revuelven el estómago. Por favor no me malinterpretes, no soy una persona clasista ni mucho menos racista. He tenido problemas para salir de mi casa desde que era niño, desde que tuve que ir a la escuela. Era de esperarse que llorara como algunos otros niños en su primer día fuera de casa al verme rodeado de extraños, lo que no fue normal es que la experiencia se repitiera durante todo el primer mes. Por favor, ten un poco de empatía hacía mí, ¿cómo te lo explico? Yo tengo panofobia, miedo a todo. Bueno, yo creo que la padezco. Los terapeutas que me han visto, incluso los psiquiatras, dicen que sólo es ansiedad; nada que un calmante suave, incluso un placebo, pudieran solucionar. No hubo nada anormal en todos los estudios que me hicieron. Pero no tengo otra explicación para esta constante sensación de que algo espantoso va a ocurrir en cualquier momento, y viene a mí conforme miro por la ventana las calles que recorremos. Temo que un asaltante armado vaya a subir al camión y aunque no oponga resistencia, me fuera a disparar en el estómago, el lugar más doloroso para recibir un disparo. O vamos a chocar con una pipa de gasolina y el estallido nos consumirá en llamas, pero no tan rápido como para evitar el horrible sufrimiento de morir quemado como una bruja en la estaca. También podría pasar que ocurriese un temblor, que la tierra nos tragara sin masticarnos, dejándonos sepultados a cientos de metros bajo el suelo en alguna caverna llena de ratas hambrientas, atrapados por toneladas de escombros, pero vivos hasta sentir que las alimañas nos comieran los ojos. Aunque, ¿por qué ir tan lejos? Una obra hidráulica mal señalizada podría ser la tumba de aguas negras para todo el vehículo, y siendo incapaces de hallar la salida, morir ahogados en porquería. El chofer podría sufrir un acceso de locura psicótica y llevarnos con él a cometer algún atentado. Y todos estos pensamientos me acompañan desde que despierto, esperando siempre ese instante en el que todo se volverá una espantosa escena de película de miedo. Mi parada es en la siguiente cuadra. Después de ponerme de pie y caminar a la parte posterior del autobús, pulsé el botón. No me resbalé para romperme la nuca, no me electrocuté con el timbre. Las puertas no me sujetaron un pie después de salir. Finalmente estaba vivo y de pie frente a la fachada del edificio, para mi entrevista de trabajo.

II

Respiré profundamente aliviado. Si había sido capaz de llegar hasta allí, sin que se produjera ninguna hecatombe, quizás la fortuna estuviese de mi lado ese día. Observé el cielo azul con la esperanza de que ningún aviador suicida decidiera chocar su aeroplano contra el edificio aquella mañana y me dispuse a entrar.
En la recepción los dos guardias de seguridad levantaron la vista al unísono cuando notaron mi presencia. Mi febril mente volvió a presentarme la escena de ambos vigilantes volándose la cabeza uno al otro, no sin antes haberme disparado en toda la cara. Si me esforzaba un poco era capaz de recrear, incluso, la sensación de cómo las dos balas me perforarían. Un entraría por mi pómulo izquierdo y la otra directamente por la cavidad ocular del mismo lado, yéndose a incrustar ambas en mi masa encefálica. No pude pensar más…
—Buenos días, caballero. ¿En qué podemos ayudarle?
—Eh…, tengo una entrevista de trabajo en el Departamento de Personal —respondí recobrando la compostura.
Tras comprobar mis datos personales me dejaron pasar hacia el ascensor indicándome que debía subir hasta la planta quince. Aquí volvieron a asomar mis temores ipso facto. La caída al romperse el cable al llegar al punto más elevado, el truco de saltar en el interior de la cabina, justo en el momento adecuado, para evitar la muerte… Tras evaluar el riesgo, decidí subir andando. Como máximo, tras alcanzar las oficinas, sólo sufriría un infarto de miocardio derivado del esfuerzo.
Llegué jadeando. Antes de abrir la puerta acristalada apoyé las manos en mis rodillas para recuperar el aliento. Al levantar la mirada, levemente, mis ojos quedaron cegados por el sol que incidía en la línea de mi visión. “Es una suerte. Ningún francotirador es capaz de apuntar bien con esta claridad. Los rayos reflectados crearan una barrera protectora alrededor así que no tengo nada que temer”, pensé aliviado.
Me erguí, estiré un poco mi ropa y me dispuse a entrar tratando de causar la máxima impresión favorable. Abrí la puerta y lancé la mirada al frente resuelto a enfrentarme a mi destino. Fue entonces cuando… metí el pie en el interior de una papelera, seguramente colocada allí por algún saboteador profesional, cayendo de bruces sobre una de las secretarias. La mujer al verse atacada empezó gritar como una loca y varios de sus compañeros empezaron a patearme sin preguntar siquiera qué era lo que había ocurrido.
Tuve suerte. Mi entrevistador tuvo un instante de intuición y calculando que era la hora de una entrevista con mi aparición, empezó a atar cabos.
—¡Déjenlo compañeros! —gritó.
—¡Ha intentado atacarla! —decía uno.
—¡Hay que darle una lección! —proponía otro.

III

Ya sentado en el escritorio de entrevista, después de severa tunda recibida un par de minutos antes, sentía mi cara completamente hinchada. Sólo inhalaba y exhalaba, intentaba controlar mis impulsos…
Analicé rápidamente mi entorno, dónde estaban las vías de evacuación, dónde estaban los extintores, pero al parpadeo fugaz, sentí la presión de esos ojos sobre mí, aquellos que me golpearon me hicieron sentir que su faena no había terminado. Siempre he tenido listo en el celular el número de emergencias en llamada rápida, además de enviar  mi localización por gps a algunos amigos y familiares en caso de que me pase algo…
—¿Por qué quiere trabajar con nosotros?
La típica pregunta laboral en entrevista. Erguí mi cabeza listo para dar una respuesta, tal cual lo practique en el espejo de mi casa. Pero al observar aquel juego en sus dedos con esa lapicera, mi mente comenzó a divagar en la enajenación de lo que vendrá…
Enterró esa lapicera en mi mano, dejándola clavada en la mesa, tomo otro lápiz y lo incrustó en mi ojo sacándolo de cuajo, como una aceituna en un mondadientes. Lo jaló cada vez más y más hasta cortar la delicada unión de los nervios. La sangre fluía como una minicascada por mi pómulo. Intentaba gritar pero mi garganta no pronunciaba ningún tipo de sonido y de fondo escuchaba las risas y las felicitaciones de los que me habían dado la golpiza. Posicionó mi ojo en platillo y con un cuchillo lo rebanó en pequeñas fracciones, le agregó algo de salsa y lo dispuso sobre la mesa…
—¿Por qué quiere trabajar con nosotros?
Allí estaba frente a mí, realizando esa pregunta y mi mente volvió a su lugar. Sentí correr una gotas por mi frente, la transpiración de mi cuerpo se hace presente y la humedad en mis manos pegajosas por los nervios.
—Necesito dinero, como todos —lo primero que se me ocurrió decir…
Giró su cabeza hacia un costado, con una expresión errática me observó. Sonrió, después aseveró con la cabeza y me comentó —Me gusta tu honestidad, pocas personas son así. ¿Harías lo que fuera por dinero?
Su respuesta y la pregunta lanzada fueron más chocante de lo que esperaba, quería decirle que sí. Que haría lo que fuera pero mis temores a prácticamente todo no me lo permitirían. ¿Y si me pide matar? ¿Desmembrar al alguien? Ser su verdugo y teñirme completamente de rojo. Oscilar un cuchillo por las entrañas hasta dejar la cavidad completamente vacía.
Volví del maldito trance, los miedos son más fuertes, creí estar sintiendo un poco de  vértigo, aunque estoy lejos de las ventanas sé que el piso quince estaba bajo mis pies. ¿Y si ocurre un terremoto o la construcción colapsa y quedo atrapado bajo toneladas de escombros…?
Respira, enfócate, concéntrate de una vez por todas. Me dije. Solía usar aquellas técnicas que me enseñaron en reiki, meditación y otras cosas raras para el control de mis fobias y al fin logré balbucear una pregunta…
—¿Me podría decir de qué trata el empleo?
Tocó mi mano, sentí un cosquilleo por toda esa sección de mi cuerpo, la pilo erección proclamaba que algo ocurría y sólo pensaba en salir corriendo…
—Ahora te lo explicare…

IV

Okay, lo del francotirador fue una exageración, pero seguía maquinando la suma de todos los miedos mientras escuchaba al reclutador. Era un hombre de aspecto hierático, casi esfinge, casi sepulturero. Su traje de lino blanco tenía cierto tufo a muerte vieja y azufre. Masticaba –mejor dicho, trituraba– un caramelo de menta. Trofeos de caza adornaban las paredes. Atrás de él, colgaba una reproducción de El Gran Dragón Rojo, de William Blake.
—Nuestra empresa tiene un prestigio que debemos cuidar. Somos implacables con los deudores –hizo una pausa y continuó con el mismo tono mayestático –. No nos gustan las cuentas sin pagar. Siempre hay clientes morosos que intentan eludir sus responsabilidades. Nadie lo ha conseguido, pero tenemos que actualizarnos. ¿Entiende, señor Arteaga?
—Tan claro como el agua —respondí con seguridad.
No podía darme el lujo de ser rechazado nuevamente de otro empleo. Mis tarjetas estaban sobregiradas, debía el alquiler del departamento, agoté los seis meses de ayuda por desempleo y Patricia no estaría dispuesta a negociar una prórroga más para recibir la mensualidad pactada. Tras el divorcio comenzaron las irracionales preocupaciones, como las probabilidades de que un meteoro destruyera a la Tierra, o el pánico de ser abducido por alienígenas. ¡No divagues! ¡No te distraigas! ¡Recuerda las lecciones de meditación asertiva! Míralo a los ojos. No, no lo veas desafiante. Así, una mirada amigable ¡Vaya! ¡Qué ojos tan raros tiene este tipo!
—Nos complace, señor Arteaga. Ahora, antes de proseguir con la entrevista, firmará un acuerdo de confidencialidad. Es un trámite obligatorio. Hoy con las redes sociales, necesitamos estar seguros de contar con una absoluta discreción de su parte —dijo después de hojear mi currículum.
De uno de los cajones del escritorio sacó el documento. Ladeó la cabeza, advertí la abundante vellosidad que salía del interior de sus orejas. Me extendió el contrato y una pluma fuente para rubricarlo.
—Perfecto. Tiene una hermosa caligrafía. Apreciamos a las personas con buena letra  —guardó el acuerdo en una carpeta de piel—. ¿Profesa alguna religión? ¿Católico? ¿Protestante? ¿Budista?
—Bueno, fui criado en la tradición católica-guadalupana, pero no soy practicante. Espero que eso no sea un inconveniente.
—¿Bautizado y confirmado? —interrogó apresurado. La menta no sirvió para atenuar el grave problema de halitosis que padecía.
—Sí, ambos. Pero insisto, no soy devoto. Sólo asisto a la iglesia en fechas especiales como el día de la Virgen de Guadalupe, o fin de año.
—Es suficiente para nosotros. Los agnósticos hacen muchas preguntas y los ateos toman las cosas muy a la ligera. El miedo, señor Arteaga, el miedo es lo que alimenta a la compañía. Tome este gafete de visitante, no se lo quite por ningún motivo. Sígame.
Se levantó del sillón reclinable. En ese momento reparé en su altura y extrema delgadez. Su traje blanco contrastaba con los impecables bostonianos negros. Pasamos por varios corredores iluminados con parpadeantes lámparas de neón hasta llegar a un ascensor. Deslizó la reja de hierro. Dudé por un instante… ¿Por qué un maldito elevador? Espasmos involuntarios, sudor. Junté coraje, entré primero. El reclutador digitó un número en el tablero. La puerta se cerró y empezamos a descender acompañados con la música ambiental de la Orquesta de Ray Conniff.
—Nos encanta Ray Conniff, aunque debemos confesar que preferimos a Barry Manilow. Motivamos al personal con Manilow. Antes usábamos composiciones más fúnebres pero nos dimos cuenta que algo menos oscuro, estimulaba mejor a nuestros trabajadores volviéndolos imaginativos. En esta empresa la creatividad es importantísima.
—Empleados felices realizan un mejor trabajo —señalé con falsa empatía.
—¡Así es, señor Arteaga! ¡Usted nos agrada!
El ascensor terminó su recorrido. La puerta se abrió. “Daybreak” fondeaba un escalofriante griterío.

V

Lo supe. Finalmente había pasado… ¡yo me había vuelto loco! Aquello que estaba viendo no podía ser verdad.
Por supuesto que me la pasaba fantaseando con momentos apocalípticos, desgracias, accidentes y hasta atentados contra mi persona; pero vamos, tenía que ser sincero: hasta ahora todo lo que había sucedido desde el momento en que llegué al edificio no había tenido sentido alguno, es más; se trataba de una completa irracionalidad y, ahora, viendo lo que estaba viendo; la cachetada de la razón me había dado una buena… muy buena.
Claro que mi instinto reaccionó antes que mi razón, si es que aún la tenía; por lo que mi cuerpo giró para escapar, pero la puerta ya estaba cerrada y un hombre, escopeta en mano; la custodiaba.
─¿Cree acaso que esto me gusta? —dijo mi entrevistador y agregó con la misma liviandad en la que un hombre comenta que a la tarde va a llover—. Son morosos incobrables y de alguna manera ellos deben pagar las deudas a la sociedad y devolver lo que esta les ha dado.
Frente a mí, una gigantesca sala de hospital pitaba con el palpitar mecánico de decenas de corazones que al ritmo de los respiradores automáticos conformaban una melodía de luto. Los cuerpos estaban desnudos y presentaban distintas incisiones, saturadas sólo para mantener los fluidos dentro.
—Hasta el último órgano —susurró el entrevistador.
Quise decir algo, pero ¿qué? Mis piernas temblaron y caí de espaldas.
Cuando desperté mis ojos veían el techo. Quise incorporarme pero no pude. Estaba atado.
—¡No lo haré! No sé qué pretenden que haga con esa gente, pero no lo haré. No estoy capacitado, no soy la persona que buscan —grité.
—Claro que lo es —se apuró en contestar mi entrevistador y oí el refregar de papeles al ser ojeados—. Expensas, impuestos, renta… vaya, si hasta debe las cuotas de la cama en la que duerme, pero ¿sabe lo que más nos molesta? Ha estado utilizando los medios públicos de salud, no sólo las citas al doctor, sino las placas, los análisis; si hasta se ha puesto unas coronas gratis en la facultad de odontología. También, por lo que dice aquí:ha estado asistiendo a la escuela estatal al inscribirse en los cursos de inglés… ¿cree acaso que el ESTADO es mamá y papá; ¿cree que no tiene maneras de cobrarse? Pues déjeme decirle que esta es una de ellas.
Levanté la cabeza y me vi postrado en una de esas camas. Los cables ya entraban y salían de distintos lugares de mi cuerpo. Esto no puede estar pasando, de todos mis miedos, ninguno había resultado tan bizarro.
—Por cierto —agregó el hombre—, alguien quiere decirle unas palabras; alguien a quien usted le debe… y mucho.
La cara de mi ex se encimó a la mía.

VI

Patricia caminó lentamente alrededor de la cama en la que anónimos hombres de blanco me mantenían sujeto con gruesas tiras de goma; los brazos y piernas, amoratadas tras la fuerte presión de mis ataduras, provocaban una sensación de hormigueo apenas soportable. En las paredes, tapizadas por informes médicos y coloridas gráficas de pastel, se distinguían las palabras “Subnivel T”, a las que alguien con mucho sentido del humor (o con una honestidad brutal) habría usado como base para completar la palabra “Tártaro” con un trazo tosco en tinta indeleble. Al menos había un buen clima laboral en esta empresa, lo tendré presente cuando realice la encuesta anual.
─Siempre con la cabeza en las nubes, “querido” —dijo Patricia con la cara adusta que la caracterizaba.
—Esto… esto no es sólo por la pensión, ¿verdad? —dije a mi ex esposa mientras trataba de hacerme entender con la boca tumefacta por los golpes recibidos momentos antes.
—¡Mira nada más, si estás hecho un asco! —comentó Patricia mientras me limpiaba la boca con una servilleta que sacó de su bolso.
Ahí entre los restos bermellón de la sangre semiseca pude distinguir algunos pedazos de la corona dental colocada apenas un par de meses antes. ¡Caray!, seguramente no podré hacer valida la garantía en la facultad.
En ese momento, una voz femenina que surgía de algún punto en la pared de la sala hospitalaria comenzó a recitar con una voz monótona y carente de emociones “Licenciado Almanza, tiene llamada del Dr. Krupp, Licenciado Almanza, tiene llamada del Dr. Krupp —eso se escuchó mientras la voz melosa de Manilow se opacaba por el sonido del inoportuno anuncio. La frase “…blinded with fear” vibró en el aire introduciéndose viralmente a mi mente torturada por los hechos de ese día.
—Bueno —expresó entre toses fingidas el encargado de la oficina de reclutamiento—. Esto se vuelve incómodo, creo que me retiraré mientras ustedes se ponen al día, aún tengo que hablar con algunas personas interesadas en lo que el señor Arteaga puede ofrecer —dijo guiñando un ojo, o tal vez tan solo fuera resultado de un tic nervioso, ¿qué sé yo?
—Por cierto —comentó Almaza antes de retirarse—, no todo lo que usted padece puede adjudicarse a la panofobia señor Arteaga—, hay algo más grande en su cabeza, algo de lo que nunca le hablaron sus terapeutas, tan solo quería que supiera eso, ¿o acaso piensa que nos tomaríamos la molestia de montar todo este circo si no tuviéramos la certeza de que usted vale más de lo que aparenta?
Patricia se encogió de hombros, quizá ignoraba de lo que hablaba el hombre o quizá sólo pretendía negarlo, la verdad es que en ese momento mi mente era un cúmulo de nubarrones negros, un estado de semiconciencia del que rogaba a dios despertar, a cualquier dios y ante cualquier escenario distinto al presente.
—Nadie hubiese querido esto, amor, pero quedaste en medio de algo grande, realmente grande y pues, de alguna forma se deben de corregir los errores —comentó Patricia con rostro compungido.
Fue en ese momento que me percaté de lo que mi ex esposa traía en la mano…
Apreté fuertemente los dientes y me despedí de otra corona.

VII

Parecía un exótico instrumental de cirugía, una larva de insecto plateado, conectada a un tubo que se perdía más allá de mi vista, reptando por el suelo. Patricia lo levantó a la altura de mi rostro con su mano y una luz led emergió del extremo por encima de un juego de diminutas sierras circulares como dientes de babosa. Patricia posó el aparato encima de mi ojo izquierdo. “Lista, Doctor Krupp” y un chapoteo relampagueó en mi nervio óptico: Estaba succionando, serrando mi ojo y entrando por mi cuenca con un ronroneo y un crujido. Barry Manilow cantó “And then the punches flew and chairs were smashed in two / There was blood and a single gun shot” y mis gritos de terror corearon con las chicas del “Copa Cabana”: sangre y mucosidad se deslizaron por mi garganta; destellos neón, lombrices de dolor, se repartieron por la mitad de mi cabeza, inundando mis oídos. El aparato hurgó en el espacio entre mis lóbulos frontal y temporal, y supliqué al dios que fuera que llegaran la lobotomía o la muerte. Pero en vez de eso, un tubo de plástico reptó por mi garganta y sorbió ruidosamente un líquido que imaginé la mezcla de sangre, baba, mocos, sesos y lágrimas que estaba desbordando. El mundo dejó de existir, éramos solamente el aparato que me violaba el cráneo y mi deseo de que se detuviera aunque eso me costara la vida. “Estoy dentro” dijo Patricia sin perder la concentración. El ruido de sierra dejó de hacer eco en mi cabeza y un gorgoteo constante, al ritmo del palpitar de la manguera, lo sustituyó. Y yo me fui. Me dejé ir, cayendo en cuenta de que me había vuelto incapaz de imaginar que pudiera existir algo peor que esto.
Cuando desperté, el Licenciado Almanza estaba sonriendo sentado junto a mí. Lo miré con mi único ojo sin entender, traté de hablar pero el tubo de plástico en mi garganta lo impidió. Almanza se puso de pie y sonrió: “Pudimos sacar varios mililitros de terror de su cabeza. Recupérese pronto, que vamos a necesitar más: no se puede mantener a la población paranóica sin una dosis continua en los chemtrails”. Extrañamente, estaba tranquilo después de aquella tortura, con la calma de una cabeza decapitada, cuando el filo ya cayó sobre su cuello. Donde antes tuviera un ojo, ahora colgaba el frío tubo. Un segundo después, no pude evitar pensar de nuevo en que Almanza tuviera en su mano algún otro aparato de tortura, que en cualquier momento entraría Patricia para repetir el procedimiento en mi otro ojo o que yo había muerto y esto era el infierno. Un sonido agudo e intermitente comenzó a escucharse desde algún monitor por encima de mi cabeza, atrayendo la mirada curiosa de Almanza. Volvió a mi campo de visión con una sonrisa aún más grande: “¡Impresionante! ¡Apenas hace una hora lo ordeñaron y ya está listo para otra extracción!” Se dio media vuelta y empezó a alejarse. “¡Siga así, tal vez pague su deuda en cinco o seis años más!” Una puerta se cerró en la habitación en penumbra, y el terror volvió a fluir copiosamente por el tubo de plástico, que vorazmente lo sorbió.

 

Abraham Martínez
Daniel Canals Flores
Cristobal Briones Eguiluz
Esteban Raymundo González
Sandra Lerman
Alberto Emej
Abraham Martínez

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