La búsqueda

Es menos el premio de doscientos cincuenta millones de libras terrestres que la persecución de la fama. Nadie capaz de disponer de una nave y del tiempo necesario para emprender la aventura necesita el dinero. Pero encontrar una botella flotando en un mar infinito después de cientos de años es un logro notable.

            Hace casi ocho décadas que se estableció la recompensa, aunque yo mismo he descubierto que la búsqueda empezó bastante antes; mucho antes, incluso. Ya en la primera era algunos exploradores mencionan las cápsulas en sus comunicaciones y la posibilidad de hallarlas es aludida aquí y allá a lo largo de los años. Cuando se encontró la primera, la Pioneer 10, un astrofísico sugirió una imagen adecuada: dijo que era como haber encontrado una pluma de colibrí en el Sahara.

            Por supuesto, la galaxia está repleta de porquería de siglos de viajes por ella y todos los días alguien se cruza con algún resto flotando en algún lado. Con dos o tres docenas de fábricas escupiendo naves desde la tercera era, aun los inusuales accidentes bastan para pavimentar las rutas de escombros. Por lo menos en términos relativos. Pero hallar un pedazo de metal diminuto de una época en la que los seres humanos eran infantes levantando los brazos hacia el colgante de su cuna despertó una nostalgia que sólo comprende la decadencia.

            Hay cierta discusión respecto a si el premio precedió las primeras aventuras o si fue a la inversa; me consta que el entusiasmo causado por el primer hallazgo motivó casi al mismo tiempo ambas de manera independiente. Que al día de hoy se hallan recapturado solamente seis máquinas explica porqué se apagó pronto y no quedan muchos de nuestra raza flotando. Debería haber, no obstante, entre ochenta y noventa de las cápsulas interestelares flotando en algún lado entre el sistema solar y lo que lo rodea.

            De todas ellas, no necesito decirlo, el santo grial son las Voyager. Aunque muchos de estos aparatos fueron enviados con algún tipo de mensaje para los imaginarios receptores del golpe en la cabeza que producirían al entrar en un planeta, los originales tienen un valor especial que, si no deja de ser ficticio, es una fantasía compartida por la mayoría de nosotros. Son también los más misteriosos y, en teoría, los más difíciles de hallar, habiendo tenido la mayor cantidad de tiempo para desviarse o estrellarse contra algo.

            Los neófitos no comprenden la dificultad de la tarea. Hace algún tiempo escuché a un matemático riéndose del esfuerzo y afirmando que cualquiera con un mínimo de formación en cálculo podría estimar dónde está cada una de las máquinas. La estupidez toma muchas formas. Es imposible saber qué cosas se cruzaron en el camino a lo largo de los siglos y cuánto pueden haberlas desviado, si no destruido. Además, varios modelos han demostrado que es altamente posible que, incluso si no hubiera habido perturbaciones de este tipo, la sola circulación por las rutas espaciales con toda seguridad podría haber arrojado algunas a miles de kilómetros del lugar de donde habrían estado.

            Pero la mayor de las dificultades es la más evidente: el tamaño del vacío vuelve minúsculas distancias enormes. Media tonelada de metal en la oscuridad no es fácil de ver y, a pesar de los sistemas que facilitan la búsqueda, la extensión del terreno que hay que explorar es inconcebible. Los buscadores apelan para salvarla a dos estrategias: una paciencia inhumana y una confianza injustificada en el propio ingenio.

            Yo nunca he gozado de lo primero, pero lo segundo explica los años que pasé siguiendo algoritmos fantasiosos. Algún éxito tuvimos (éramos cinco en ese equipo): descubrimos por encargo dos naves accidentadas y, en uno de los muchos viajes tras las cápsulas, alcanzamos cierta fama al encontrar la Frankfurter, uno de los primeros transportes masivos de colonos. La ironía de ciertos triunfos de la humanidad es curiosa: el enorme interés que la desaparición había generado fue reemplazado casi enseguida por un tedio generalizado ante la vulgar explicación de la catástrofe. La Frankfurter, por si no lo saben, chocó contra un asteroide gigante que la mala fortuna le puso en el camino.

            Esa gloria de la que gozamos por un tiempo fue para nosotros una vergüenza secreta. Nadie que se aventura en aquel océano lo hace confiando en su suerte, pero fue ella la que nos cruzó con aquella nave. Hoy me es difícil saber si una necesidad insatisfecha de orgullo me recuerda esos instantes de éxito falso o sólo el olvido inevitable de la frustración pasada.

            Pero no voy a cansarlo con esa parte de la historia. Los rumores que inspiran su pregunta tienen poco qué ver con mi pasado, excepto por la deuda que le deben a los errores que acumula. No le veo el punto a preservar secretos y los viejos pagamos demasiado el oído de los jóvenes con la promesa de legados. No pido disculpas por haberle cobrado de más: también lo he hecho con los otros.

            Mis datos están abandonados en un satélite del sistema B2, en restos que los conservarán hasta que se los trague la tierra. Allí encontrará lo que descubrimos; todavía creo que, de haber sido capaces, habríamos hallado lo que buscábamos. Pero todo tiene un final y estábamos cansados. Muy cansados. Seguiré vivo, espero, cuando vuelva. Hágame saber cómo le ha ido. El aburrimiento hace intolerable la existencia de un hombre que ha visto las estrellas en ángulos que no conocerá nadie. Moriré soñando con la imagen olvidada de una nave destruida, iluminada por rayos de luz que no verán nunca más nada; si el vacío le concede lo que nos negó a nosotros, tráigame otra que acompañe a las que pueblan ese sueño.

 

Alejandro Abritta

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