En ti

Para Natacha, con cariño

   Abro los ojos, pero de inmediato sé que en realidad eres tú quien ha abierto sus ojos. Te desperezas lentamente, dando pequeñas vueltas en la cama, con la vista aún nublada y la luz del día entrando por la ventana de la habitación.
Allí es donde estás.
En tu habitación.
Y yo puedo verlo todo, a través de tus ojos.

   En esta habitación donde el tiempo desaparece con tanta facilidad cuando tú y yo la compartimos. Donde te mueves a tu voluntad y quebrantas la mía. Donde nuestras almas desaparecen y se fusionan en una. Donde la mañana siempre llega demasiado pronto.

   El techo de tu cuarto, al que tantas veces dirigimos nuestras miradas, ahora tiene un aura especial, casi épica. No puedo explicarlo, no intentaré hacerlo. Extiendes tus brazos, torsionas tu cuerpo, y puedo sentir cómo tus músculos se estiran, tensándose rítmicamente para luego relajarse. Tu precioso cuerpo, ese que conozco a la perfección. Siento tu desnudez. Siempre duermes así. No importa la temperatura, no importa que sea invierno o verano, tú siempre duermes sin ropa. Me gusta. Creo que es un culto a tu hermosa figura, una declaración de principios. Una bendición para mí.

   Te sientas en la cama. Has decidido que tu día comienza. Puedo percibir que el sincronizado mecanismo de tu cuerpo ha comenzado a funcionar. Estás concentrada. Decidida. Hay algo que debes hacer hoy, conozco esa sensación en ti. Hay algo que es impostergable. Y sé que lo harás. Tú nunca dudas. Sólo te lanzas a seguir tu voluntad. Te levantas. Es curioso observar tus delgadas piernas desde tu propia perspectiva. Se ven aun más graciosas de lo que son en realidad. Tan finas, tan sedosas, tan largas. Tu equilibrio es llamativo, pareciera que flotaras. Nunca pensé que te sintieras así al caminar. Siempre dices que eres tan torpe, tan atolondrada, y en cambio yo sólo puedo apreciar en ti la gracilidad de una gacela.

   Eres tan especial.

   Caminas hacia el baño. Entras en la ducha. Haces correr el agua. Escurre por tu cuerpo. Siento las gotas desplazándose. Tengo celos. Esa es mi tarea, recorrerte de la cabeza a los pies, palmo a palmo de tu ser. Estúpidas gotas, ¿acaso no saben que tienes dueño?
Al salir, te envuelves en una toalla, y comienzas a secar tu piel, tu cabello, tu humanidad. Es decepcionante sentir que ya no estás desnuda. Aunque sé que es un sinsentido, no puedes andar por la calle sin ropa. Además yo no lo permitiría. Ese espectáculo, es sólo para mí.

   Te paras frente al espejo y a quien veo no es a mí, sino a ti. Te veo desde tus propios ojos. Lo que se siente como mi rostro, en realidad es el tuyo. Y no tengo poder de decisión sobre tus movimientos. Tú decides. Tú esclavizas mi voluntad. Tal y como lo haces siempre. Tu pasión favorita. Tu juego favorito. Tu esclavo favorito.

   Ahora, en tu habitación, sólo tú existes. Me encanta observarte. Tus grandes ojos celestes. Tu cabello rojizo, ondulado, aún húmedo. La fina línea de tus labios. Mi sonrisa preferida. Podría vivir allí, pendiente de tu aliento, colgando de tus palabras, sintiendo con tu piel.
¡Oh, podría estar siempre aquí!

   Te vistes, te peinas, te maquillas. Siento el olor a ti, pero desde dentro de ti. No al perfume que usas, sino a ti misma. Tú no lo notas, claro. Siempre estás dentro de ti. Siempre hueles así. Pero ahora yo te percibo mejor que nunca. Te aprecio en plenitud. Te vivo.

   Ya estás lista, vestida y radiante. Recoges tus llaves y te detienes un minuto. Junto a ellas hay una fotografía de nosotros. Tomas el portarretratos entre tus manos, abstraída. Qué curioso verme junto a ti, mientras estoy dentro de ti.

   Nos observas, nos estudias, nos piensas. Estamos felices en esa foto, tal y como lo hemos sido desde que nos conocimos.
Me gustaría gritarte que siempre será así. Me pregunto si me oirías.

   Cruzas la puerta y sales a la calle. El viento te golpea en la cara, y yo lo siento, aunque en realidad sólo tú lo sientes. El día es claro, agradable, especial. Levantas un brazo, detienes un taxi, te subes a él. El vehículo transita por las calles sin obstáculos, casi no hay tráfico. Estás tranquila. Imperturbable. Me gusta eso de ti.

   Creo que ya se adónde te diriges.
Interesante.
A menos de cinco minutos de viaje, el taxi se detiene frente a una casa con un gran jardín delante. Pagas. El taxi se va. Buscas las llaves en tu bolsillo, las tienes, es obvio que las tengas. Yo te las di. Entras sin hacer ruido. Guardas las llaves y caminas decidida hacia la habitación. Tu pulso se acelera levemente, puedo sentirlo. Estás emocionada. Justo tú, siempre tan seria y fría para el resto del mundo. Sólo hay alguien que puede cambiarte y ponerte así como estás ahora.

   Al entrar, encuentras lo que buscas. A mí, en la cama, plácidamente dormido.
Te acercas silenciosa, al parecer es una sorpresa, una de esas que me gustan.
Te detienes un instante para observarme descansando boca arriba en mi cama, esa que tanto conoce tu cuerpo. Esa que ha sido testigo silencioso de tantas noches compartidas. Tu corazón vuelve a acelerarse.
Te subes de rodillas a la cama. Separas tus piernas y te pones a horcajadas encima de mí. ¡Será una gran manera de despertar! Pones tus manos sobre mi pecho, sientes mi respiración acompasada, subiendo y bajando. Y tomas entre tus manos una almohada. La levantas, la estiras, y la bajas con firmeza. Sobre mi rostro. Y presionas…

   No entiendo lo que haces.
Comienzo a moverme inquieto en la cama. Pero tú sólo sigues presionando, y no siento en ti nada más que una profunda e imperturbable resolución. Fría. Insensible.
Empujas más la almohada contra mi rostro. Me revuelvo y comienzo a sacudirme. ¡Esto se está volviendo muy extraño! Mis manos comienzan a agitarse en el aire. Las siento aferrándose a las tuyas. Pero lo único que haces es tirar todo tu cuerpo hacia delante, tu peso comprimiéndose contra mi rostro. Siento un mareo dentro de ti. Pero sólo yo lo siento. En ti sólo hay una ciega y férrea determinación. Y nada más. Las imágenes que veo a través de ti se empiezan a volver difusas. Mi propia imagen sacudiendo los brazos con desesperación, se vuelve borrosa. Los sonidos se alejan. Aunque me pareciera escuchar un grito ahogado, amortiguado, acallado a la fuerza. ¡Mi propia voz!

   Todo se esfuma. Se vuelve cada vez más lejano. Como si cayera lentamente en un abismo.
Veo que mis brazos se sueltan y relajan. Caen inertes, mientras tú continúas presionando la almohada sobre mi rostro.

   Y las imágenes a través tuyo, los sonidos y las sensaciones que percibo a través de tu piel, se desvanecen. Ya no estoy en ti. Ya no estoy en mí.

   La nada me ha envuelto.

   Y sólo puedo imaginar lo triste que será la eternidad sin ti.

 

Alejandro Damián Lamela

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