Rumbos

Día trece del mes; de cualquier mes.

Empieza la tortura de las presiones de clientes morosos, declaraciones urgentes, devoluciones de impuestos, notificaciones, avisos, movimientos del seguro social y un mil de etcéteras. Acaba de regresar de comer; está en el baño con la cara recién lavada, con mucho sueño y sin ganas de trabajar, pero sobre todo, sin ganas de ponerse esos malditos pupilentes. Los odia, le duelen, le emputa tener que usarlos; aquí va: tómalo con el índice limpio, abre el ojo todo lo que puedas, lagrimea, parpadea, atrévete, póntelo y echa la cabeza hacia atrás. ¡Puta, cómo duele! Llora, le lloran, y le falta el otro. Siente los ojos inflamados y hasta podría decir que con el ojo derecho ve todo de un color rojizo. No puede ser, son pupilentes blandos, caros y buenos; al menos eso le dijo el que se los vendió. No se debe de tallar.

—Ángel, hey, qué carita —saluda su compañero.
—¿Qué onda? —mientras se talla el ojo izquierdo ve por el derecho algo raro, un borrón sucio sobre la cabeza de Ramiro.
—¿Qué me ves, wey? ¿Te gusto o qué? —el fastidioso y sus mamadas.
El saludo del dedo medio de la mano derecha de Ángel lo aleja de ahí.

¿Qué era lo que había visto? No le da importancia y sigue con su trabajo. Facturas, recibos, notas de compra, remisiones, declaraciones y no de amor, requerimientos y la molesta comezón en su ojo siniestro.

Seis cincuenta, su salida a las cinco de la tarde salió antes que él, justo a la hora en que su jefe le coaccionó para terminar unas declaraciones urgentes. Sigue con la comezón y al momento de ver sólo por su ojo diestro lo aprecia más claramente: Algo flota sobre la cabeza del jefe, una especie de flecha de un color azul pastel semitransparente y que parece tener letras en ella. No es posible, demasiado trabajo. Clara, su compañera, repela por perder una cita con su novio, no se calla. Ángel le dedica una mirada, bueno, media mirada y aprecia lo mismo: una flecha ancha color violeta apuntando hacia arriba. Enfoca la vista y puede leer algo más, la flecha tiene un doblez cerca de su extremo final. El color se difumina a un pardo oscuro. El celular de Clara llama su atención. Una conversación corta, una respiración agitada y  apurados tacones hasta la salida su raudo adiós. La flecha: gris. Ángel absorto, Clara en huída.

El sepelio fue parco, Clara perdía a su novio en un fatal accidente de tráfico. No lo quería tanto. Al lado de ella un compañero de la oficina, Ramiro, la consolaba; el resto de los familiares del novio al rededor de la tumba y, una vez más, las desconcertantes flechas. Oscuras como una nube de golondrinas sobre los deudos; colores inestables en el caso de Clara y, curiosamente, un inapropiado color rojo encendido sobre la cabeza de Ramiro apuntando descaradamente a su compañera.

El tiempo se lo confirmó, Clara y Ramiro se enfrascaron en un cachondo romance; el jefe tuvo un varoncito recientemente; a la empleada de la limpieza la emabarazó y abandonó el novio y así ad infinitum.

Es desesperante leer el “rumbo” –le llama él– de la vida de cada persona que se cruza en tu camino. Saber de sus intrigas, de sus amores, de sus futuras alegrías, de sus pasados a secas. La Verdad siempre es una carga para quien la conoce. Y a Ángel le pesa bastante. Que continuamente lo tacharan de burlista, en el mejor de los casos, o de idiota en los peores, sólo por mantener la mirada enfocada en un punto superior a la cabeza de sus interlocutores, lo  hacía sentirse raro. Pero leer con precisión el destino de cada individuo lo hacia saberse especial. Defectuosamente especial.

En incontables ocasiones trató de leer su propia “flecha” en el espejo, ya con un pupilente, ya con el otro, intercambiándolos de ojo, poniéndolos hacia abajo, hacia arriba, rotándolos en una dirección, en otra. Jamás lo logró. Se dio por vencido y se resignó al reallity show que le ofrecían los comunes mortales que le rodeaban.

—Siempre es más fácil ver el rumbo de los demás que reconocer el propio —en una cafetería del centro de la ciudad, cercana a su oficina y que abre las veinticuatro horas, una voz le distrae de su contemplación de espejos y flechas reflejadas. Una flecha larga y de suaves curvas color dorado le llama la atención antes que el rostro arrugado de barba gris que la porta.
—¿Usa la misma marca de pupilentes? —una invitación a sentarse.
—No. Mi vista está perfectamente a pesar de mis ochentaypocos —ordena un café.
—Supongo que no le molesta… —la mirada de Ángel en el aire— …Saúl.
—Adelante, adelante, es un libro abierto —se inclina pretextando enfriar su café soplando en su taza.
—Su flecha casi da en el blanco.
Una sonora carcajada llama la atención de clientes noctámbulos y meseros adormilados.
—Jamás me lo habían dicho de manera tan original. Sí, así es, mi estimado Ángel: finalmente todas, ¡todas!, las flechas alcanzan su blanco.
—Si no necesita pupilentes entonces…
—Yo no, tú sí, tienes mala vista ¿recuerdas? Ellos te mostraron el camino, lo demás dependió de ti; aprendiste rápido —miradas fugaces sobre la cabeza de Ángel—. Pero eso no importa. Dime, ¿cuántas personas saben de tu… “don”?
—Con usted y conmigo: dos.
—Qué desperdicio. Cuidado con la caja de botellas, Carlos —se dirigió al mesero con voz indiferente, como quien te dice que traes la bragueta abierta. Obviamente, Carlos no sabe de qué le habla.
—¿Y por qué alguien más debería saberlo?
Un estruendo de botellas quebrándose llega desde la cocina.
—Se lo dije. Pues simplemente porque el conocimiento es poder y si les dices a las personas lo que les espera podrían arreglar su futuro.
Carlos, el mesero, sale de la cocina: un tobillo atado con una servilleta empapada en sangre.
—Jamás lo hacen —señala Ángel al mesero herido.

Un cliente que entraba sostiene la puerta para permitir que los compañeros de Carlos lo lleven a la acera a esperar la ambulancia que está por llegar.

—¡Oh, vamos! No seas pesimista, Ángel —se dirige al recién llegado: Señor, señor, dejó las llaves de su coche en el auto.
El casi cliente sale corriendo después de una mirada de desconcierto y una veloz revisión de todos sus bolsillos.
—Yo no puedo ver mi rumbo —comenta Ángel.
Un disparo en la calle. Los meseros agolpados en la puerta de la entrada.
—Yo sí lo puedo ver —le contesta Saúl.
—¡Le dispararon al señor que acababa de entrar! —un mesero desata el bullicio normal de cualquier balacera normal en esta violenta ciudad.
—¿Lo quieres saber? —le tienta.
Nuevamente las miradas atentas en el aire.
—No quiero. Gracias —Ángel paga la cuenta y se retira—. Y usted tampoco debería querer.

La ambulancia se ahorró dos viajes. Recogió: un mesero herido, un conductor que se resistió al robo de su coche y el cuerpo de un anciano que sufrió un ataque cardiaco en aquel, usualmente, tranquilo café.

 

Samuel Carvajal

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