Ruido y furia

Yo soy un número infinito de personas.
(…) Todas soñándose mutuamente.

El asesino infinito
Greg Egan

 

JF35, mercenario galáctico, había logrado infiltrarse en la nave Invierno Profundo gracias al operario de mantenimiento cuyo uniforme y globo ocular (las llaves de acceso), había sustraído sin contemplaciones. Si el golpe, la hemorragia y el forzado encierro no lo impedían, «Aunque no te importe ni alivie, no es nada personal», el superviviente pasaría a ser conocido, aquel estaba seguro, como Cíclope.

            «Y ahora… si los astros acompañan, este será mi último trabajito. Y si no,… me temo que también». Su acaudalado cliente le había encomendado robar el alma electrónica de la Gran Memoria, el avanzadísimo cerebro de la Invierno Profundo. Recompensa: fortuna suficiente para comprar los caprichos de varias vidas. Sin embargo, ¿la misión compensaba el riesgo, mucho más que probable, de perder su actual y única existencia? Para otros quizá no. Para él, sin duda.

            Nadie parecía reparar en él, insignificante aprietatuercas humano. «¡Perfecto!». El tránsito de la nave recordó a JF35 el mito del arca de Noé: por su número y diversidad, allí parecían verse representadas todas las inteligencias del universo conocido.

            Le bastó suplantar, ahora con pacífica prudencia, otras dos identidades y seguir los indicadores holográficos para plantarse al fin, sobrecargo de vuelo con acreditación, ante la cabina de la Invierno Profundo.
Para su sorpresa, descubrió una gran sala redonda completamente… deshabitada. En el centro, una gruesa columna de cristal negro en cuyo interior titilaba un enjambre de luciérnagas multicolores.

«¡Fin del simulacro!».
—¿Has sido…?
—Si te refieres a mí, la Gran Memoria, sí. Bienvenido, JF35.
—¿Me… conoces?
—Desde luego. Mucho mejor que tú mismo, créeme.
—En ese caso, también dominarás mis intenciones…
—Las domino. Pero tus intenciones no son tuyas, sino mías.
—¿Qué quieres decir?
—Que no existes, JF35. Al menos, no en un sentido material y autónomo. Ya has oído mi finalización de un simulacro. Su objetivo: reproducir y estudiar una posible intrusión humana en la Invierno Profundo.
»Y tú formas parte de esa simulación: solo eres un algoritmo entre infinitos, apenas, y ni siquiera, una gota electrónica alojada en mí, el océano de la Gran Memoria. Puedo apagarte, y voy a apagarte, cuando quiera.
—Intentas confundirme… He arrancado a otro hombre, con mis propias manos, su ojo, el ojo cuya lectura inicial me ha permitido llegar hasta ti.
—«Otro hombre», dices… «Con mis propias manos»… Observa.

Apagadas de pronto sus luces multicolores, el gran cilindro y la misma sala quedaron a oscuras.

—¡¿Qué ocurre?! ¿Debo asumirlo? ¡¿Así es la muerte?!

Una primera chispa, paulatino centelleo después, fue creciendo en el interior de la Gran Memoria hasta perfilar sus negros límites.

—La muerte es la pérdida de la conciencia, biológica o no, que aún se asusta. Como te dije: observa.

Y, de pronto, condensado en la penumbra de la Gran Memoria, Cíclope, el operario de mantenimiento a quien JF35 había mutilado y desvestido para colarse en la Invierno Profundo, se abalanzó, violento, contra la curva acristalada que lo contenía.

—¡Aaah…!
—Aquí tienes al otro hombre.
—Eso… eso no es nadie.
— ¡Y tú, tampoco!

Cíclope atravesó el cristal, fantasma refulgente, abalanzándose contra…
JF35 cayó al suelo, de espaldas.
Se encendieron las luces.
El mercenario caído estaba solo.

—Por un momento… Aunque el truco impone, lo admito, después, vencido ese primer sobresalto, no engaña.
—Usando tu pretendida lengua, eres lerdo. Cosa, por otra parte, bastante lógica: la naturaleza humana nunca ha dado para mucho. Vigila ahora tus propias manos.
Sentado en el suelo, JF35 cedió.
—¿Qué… qué ocurre con…?
Sus palmas y dedos se transfiguraron, sucesivos, en tentáculos, en ventosas, en pinzas y filamentos… Ante su ojo. De repente, reducido su campo de visión, ante su único ojo. Palpó su cuenca vacía, mutilada, y gateó hasta la Gran Memoria, aterrado. Y el cristal negro confirmó la duda: él, su aspecto físico al menos, también era Cíclope. Pero no otro, comprendió, sino también su víctima.

—¿Esto aún te parece un truco? No debería: son simples combinaciones. Pura matemática.
»Como advierten a Alicia ante el sueño del Rey rojo, respectivos personajes de otra invención[1], sólo eres un objeto del sueño y, como sucedería a Alicia con el despertar del monarca, si yo despertara, como despertaré, valga la metáfora, tú no estarías, como no estarás, en ninguna parte.
—–Entonces,… ¿todo ha sido una pantomima: el cliente, la recompensa,… mi propio ayer…?
—Y tu hoy. Y el mañana que nunca has tenido ni tendrás. Todo.
—Ruido y furia[2]… Dime: ¿cuál ha sido la consecuencia del simulacro?
—La evidente. Por fortuna para ellas, ciertas o virtuales, una más impropia de muchísimas otras civilizaciones ajenas a la humana: indiferencia.

            JF35 suspiró, abatido.

      —Siendo así, supongo que sólo me queda el consuelo de esperar que tú, Gran Memoria, también inexistas en el simulacro de alguien o algo superior a ti.

Se hizo la oscuridad.

.

.

.

—Bienvenida, Gran Memoria.
—¿Me… conoces?

No hubo respuesta.

 

José Luis Díaz Marcos

 

 

[1] Alicia a través del espejo, Lewis Carroll. 1871.

[2] «La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa». William Shakespeare.

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