Cristales unidireccionales

Era media tarde cuando a Rodrigo le pareció que algo en el ambiente de trabajo cambiaba repentinamente. Vio un vapor en toda la sala exterior, un vaho que le recordó a sus momentos de ducha caliente. Incluso creyó oler el vapor de agua impregnándolo todo con un pestilente perfume a moho, a podrido, sin determinar. Pero estaba sentado en su oficina. Estaba sentado en su despacho de ejecutivo, como siempre. Preocupado por los balances económicos, pues llegaba fin de mes y las cuentas oscilaban en exceso, como cada mes. Tras echar un vistazo por encima de la pantalla del ordenador, sin más objetivo que el descanso de sus irritados ojos, creyó ver, tras el cristal de visión unidireccional que hacía la función de pared, algo extraño, un bulto. Algo que, con forma de criatura negruzca agazapada, se revolvió bajo la mesa de Mary.

Rodrigo se frotó los ojos. Remiró la mesa de la empleada cincuentona de tetas como jarras de leche que tanta excitación provocaban en él. Pero ahora no eran sus pezones insistentes tras la blusa de seda caída en un amable y mullido canalillo lo que llamaba su atención. Tampoco sus piernas brillantes y esculpidas de diosa, blancas como el mármol, tantas veces imaginadas por él rodeándole el cuello mientras se soñaba olisqueando el supuesto manjar que Mary escondía entre sus piernas. No. Había visto algo. Algo moverse debajo de la mesa, entre las piernas de la administrativa. Algo parecido a un animal con rasgos homínidos que le había devuelto la mirada. Una mirada de odio. Incomprensiblemente directa y llena de odio.

Rodrigo no veía bien. Faltaba nitidez en la imagen tras el cristal. El vapor mojaba la mampara de separación de su despacho. ¡Malditas modernidades! La idea había sido del departamento de recursos humanos. Le habían aconsejado escudriñar a los empleados sin ser visto por ellos. Si la pared fuera de ladrillos no vería a los empleados deambular, mirarse, fraternizar, cuchichear, lanzar miradas furtivas y cómplices, contra él. ¡Era un error! Estaba demasiado preocupado por la salud de la empresa como para detenerse en minucias. Pensó que tras las Navidades llevaría a cabo una reforma de su despacho. Lo reconstruiría con ladrillos de toda la vida y, seguramente, incluiría a Mary, acomodándola en un lateral, con mesa de trabajo y ordenador personal. Así podrían trabajar mejor y él se alegraría la vista cada pocos minutos con los volúmenes redondos de la deseada.

Pero ahora quería saber qué había debajo de la mesa de Mary, acechando entre sus marmóreas piernas. ¿Se habría traído a su perro? ¡No era posible! Era una mujer muy disciplinada. Demasiado correcta. Nunca le había dado pie a pensar que tenía ninguna posibilidad siquiera de rozar su pelo. Era una mujer “correcta”. Algo raro estaba pasando. Rodrigo tuvo que levantarse desde detrás de su mesa de despacho de metro y medio de larga. Rodearla y acercarse al cristal para apoyar sus manos y buscar con la mirada los bajos de la mesa de Mary. Al mirar con mayor detalle se dio cuenta de que no sólo bajo la mesa de la mujer había una criatura horrible de fauces de mono lamiendo las piernas de la hembra mientras lo miraba desafiante. En las otras dos mesas, dispuestas de modo transversal a la de Mary, y regentadas una, la de la derecha, por una jovencita de no más de diecinueve años, becaria y nueva empleada, y otra, la de la izquierda, por un administrativo medio tonto cuya única función consistía en coger el teléfono y abrir la puerta de la planta séptima. Esas mesas mostraban a dos extraños enanos deformes con cola a los que no podía ver con claridad. Ambos se movían de manera extraña bajo las mesas y los empleados parecían no darse cuenta de su existencia.

Volvió su mirada hacia Mary, y esta trabajaba posando su mirada en la pantalla del ordenador. La criatura relamía con mayor avidez tobillos, pantorrillas y rodillas. Pero, mientras la miraba con insistencia, Mary fue mudando su expresión. Una pequeña pero perceptible mueca asomó en las comisuras de sus labios. Y el rostro angelical y maduro de la mujer se transformó poco a poco, milímetro a milímetro, en un rostro perverso de mirada vacía. Comenzó a teclear con gran ímpetu, escribiendo con golpes de sus dedos sobre el teclado. Después de unos segundos, comenzó con golpes de sus puños sobre el mismo. El monstruito la había descalzado, y relamía y se metía los dedos regordetes, de uñas pintadas de rojo cherry, en su nauseabunda boca. Una baba espesa caía sobre el laminado suelo y dejaba una mancha verdosa y pringosa.

Rodrigo pensó que se estaba volviendo loco y que lo que estaba viendo no podía ser. Ahogándose, sudando y con el corazón a punto de reventarle en el pecho, se acercó a la puerta para salir y confrontarse con la que, seguramente, era la realidad: ¡estaba alucinando! ¡Le estaba dando un ataque cerebral! ¡Tenían que ayudarle! ¡Mary tenía que llamar a una ambulancia de inmediato!
El vómito le subió hasta la boca, un sabor amargo le impregnó las fosas nasales y un líquido amarillento le salió por la nariz. Vomitó delante de la puerta. Estuvo a punto de abrirla, tocó el pomo con sus dedos mientras sentía que un líquido cálido recorría sus piernas temblorosas.

Acompañando su desplome ruidoso ante la puerta, Rodrigo, miró una última vez a la criatura que se comía a Mary. Pero perdió la consciencia antes, mucho antes, de poder ver cómo los tres demonios salían por debajo de las mesas de los empleados para ir a devorar su alma. Rodrigo murió a los pies de la puerta de cristal unidireccional sin ser visto, ni ayudado, por nadie.

 

María Larralde

(Mención honorífica del concurso Nyctelios 2018)

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