Los repatriadores

Conocí a Axel en un tiroteo. De pronto estuvimos espalda con espalda disparando a diestra y siniestra. La sangre mecsican y la wallmerican se mezclaron en el suelo y las botas de ambos dejaron huellas rojas conforme nos alejamos en el silencio de la noche. Se escuchó el tren a lo lejos, allá, arriba y a lo lejos. Estábamos en uno de esos bares de la frontera en los que solían reunirse americans y Wallmericans.

Habíamos bajado en grupo pues una parvada de grasshopers que se había librado de nuestras balas en un 80%… demasiado para los estándares. Aunque no nos conocíamos, nos unía una férrea convicción de que hacíamos lo correcto. ¿Cómo podía haber gente con esa genética inferior? Cuando finalmente los encontramos fue una masacre por ambos lados, eran como cien y traían machetes y creo que visión nocturna integrada o yo qué sé, el instinto primitivo.

Sólo que al final nos capturó un grupo de Repatriadores, varios elementos a cargo del teniente Low. Nos llevaron a la base más cercana y nos metieron a un cuarto de interrogación, aún estábamos llenos de sangre, tierra y sudor.

—No vamos a arrepentirnos —dijo Axel cuando entró el teniente al cuarto—. Lo hacemos por America. ¿Verdad, James? Venimos del muro a enseñarles como ser americans de verdad.
—Lo sabemos, amigo —dijo Low—. Ten paciencia.
Pensé que Axel me estaba metiendo en problemas, traté de poner mi poker face.
—¡Todos ustedes son unos traidores! —dijo Axel.
—Ok, yo lo acabo de conocer en esta… aventura… —dije.
—Oigan, chicos, nosotros no somos los malos aquí, simplemente tenemos reglas que cumplir. Tenemos algo que se llama disciplina, quizás un día lo entiendan. Además ellos son nuestros esclavos, nuestra mercancía, parte de nuestros bienes y tenemos que cuidar que nos generen utilidades.
—Lo que no entiendo es porqué les roban a americans esos empleos. Ellos son ladrones de oportunidades.
—Claro que no vamos a poner a americans a limpiar cloacas y a servir mesas, a joderse la espalda trabajando en el campo… Cuando tienes un perro no lo sientas en la mesa a comer contigo —dijo el teniente—. ¿Cierto?
—Rayos, tienes razón —a regañadientes concedió, se encogió de hombros y yo recuerdo que pensé: ¡oh, Dios, este tipo es tan estúpido y arrogante!
—Y además ¿cuál es el problema? —dijo Low— Hay miles de ellos y no hacemos esto para acabarlos sino para que sepan cuál es su lugar. Por eso lo hacemos. Ahora: ustedes parecen estar dispuestos a ayudar…
—Claro —dije—, ayudaremos.
—Sí —dijo Axel con una seguridad de negro revolucionario.

Después de una media hora más nos dejaron ir, no sin antes darnos una carta a cada quien en la que se nos indicaba que debíamos presentarnos el día siguiente en esa misma base para iniciar nuestro entrenamiento como futuros Repatriadores. Pude vislumbrar un futuro prometedor haciendo lo que más amaba. Nos fuimos a un hotel barato, Axel todavía tenía energía para seguir hablando, sus palabras parecían ecos que se perdían y yo simplemente caí rendido. En la mañana su brazo y su cabeza estaban sobre mi pecho, roncaba. Pude sentir su respiración durante unos instantes. Tomé sus cabellos rubios de un palmo de largo y los jalé, sebosos pero fríos. Su enorme brazo parecía una pesada barra de acero puesta sobre mi pecho.
— Axel… Axel, Axel, ¡despierta!
Axel levantó la cabeza aun más y me miró a los ojos. Sus ojos color miel parecían dos pequeños planetas lluviosos, llenos de pastizales teñidos de otoño y nubes blancas que reflejaban el sol de la mañana.
—Estaba soñando sobre ti. Soñé que estábamos en Zihuataneho.
—Wow… pues… fue sólo un sueño, amigo.
—¿Lo fue..?
—Por supuesto.

En el cuartel nos asignaron una litera, nos dieron nuestros uniformes de entrenamiento, nos raparon casi por completo e hicieron que nos bañáramos… Era lo que nos hacía falta desde el día anterior: quitarnos el sudor de la piel y ordenar un poco las ideas en la mente. El cuerpo de Axel era como un monumento dedicado a algún superhéroe y el agua de la regadera lo hacía ver como un ángel bajo luz líquida.
—¿Quieres que te enjabone la espalda? —dijo Axel bromeando.
Sí, quise responder en ese momento, pero no lo hice, no dije nada, temí que mi voz se quebrara. Él sonrió con una sonrisa de trasero listo.

Ya rapado y con el uniforme puesto se veía como un superhéroe: gallardo, letal y extremadamente higiénico. Nos dirigieron al campo de entrenamiento, cuando llegamos todos ya estaban formados menos nosotros. Low estaba dando un discurso.
—Gatitos, todos ustedes son unos malditos gatitos, pero nosotros los vamos a convertir en hombres fuertes.
—¿De acción? —dijo Axel.
—Así es, pequeño gatito.

Los Repatriadores usaban las RepOne, unos enormes cañones cibernéticos del tamaño de garrafones de agua. Low nos explicó a todos que esas malditas mierdas lanzaban unos rayos que teletransportaban a los migrantes de regreso a sus países de origen, aunque a veces el detector automático se equivocaba, aunque eso no tenía mucha importancia, ya no estaban en nuestro país.

—¿Cómo? —dijo Axel—. ¿No vienen todos de Mecsico?
—No —dijo Low—. Por supuesto que no, hay varios países en centro y Sudámérica. Treinta y dos naciones independientes y veinticuatro territorios independientes. Son cuestiones de educación básica, novato.
—No amo especialmente estudiar sobre los mecsicans.
—Para vencer a tu enemigo debes conocerlo.
—Sí, señor —dijo Axel.

Low volteó hacia atrás y nos dimos cuenta de que había un mugroso mecsican atado de manos y pies y con una banda en los ojos, lo custodiaban cuatro Repatriadores.
—Acérquenlo… este es un individuo altamente peligroso…
Decía cosas en español y Low comenzó a contestarle como si le entendiera.
—Quiero Taco Bell, quiero Taco Bell.
El tipo suplicó, se arrodilló. Low se alejó y apuntó su RepOne, apretó el gatillo y un grueso rayo eléctrico salió del cañón, era formado por muchos rayos diminutos de varios colores, la gravedad a su alrededor pareció detenerse, era lento como un animal al acecho que espera de su presa, como una boa que hipnotiza a su alimento antes de finalmente devorarlo, se fue desintegrando y sus partículas fueron absorbidas por el arma, su voz se escuchaba aún, gritaba, chillaba, como en ecos y me parecía que lo hacía como cerdo en el matadero. El rayo se desvaneció casi por completo pero otra parte cercana al cañón parecía líquida y regresó hacia él.
—El mecsican ahora está del otro lado, a donde pertenece.
—¡Qué excitante! —dijo Axel.
—Al parecer su compañero se emocionó… —dijo Low y de improviso puso el arma en sus manos— Ten, tómala.
—Seguro.
Low no parecía esforzarse, pero al entregársela a Axel este casi la deja caer. Se sintió la tensión en su rostro.
—No la dejes caer… estas cosas son costosas, chico.
—Ok, lo bueno es que las paga Mecsico —dijo tratando de que no se escuchara su esfuerzo.
—En eso tienes razón… tienes toda la maldita razón…

La tomó para atrás como si nada, luego otro Repatriador, de los que ya lo eran, de los que ya estaban en servicio, acercó un contenedor que tenía ruedas. Lo abrió y estaba lleno de objetos de metal muy maltratados, cada uno tenía la misma forma de una RepOne pero sin funcionalidad alguna.

—Como ustedes son unos malditos novatos no les vamos a dar una RepOne original, no, hasta que puedan con estos entrenadores. Con esto van a fortalecer el brazo. Van a usarlos todo el tiempo, van a caminar con ellos, van a correr con ellos, van a comer con ellos, van a cagar con ellos y hasta joderán con ellos… ¿Lo agarran?
—Claro —me atreví a susurrar.
—Bien, denle primero a ellos dos que parece que son muy unidos.
Me entregó mi entrenador y, desde que soy zurdo, lo traté de poner en mi mano izquierda. Era demasiado pesado.
—¿Eres rarito o qué? —dijo Low.
—No, yo sólo… soy zurdo…
—No quiero cosas raras en este batallón, usa la mano derecha.
—Oh, ok, está derecho —dije.
—Derechamente derecho —respondió.

Todos batallamos mucho el primer día, los moldes entrenadores eran pesados, muy pesados. A Axel le salieron moretones en el antebrazo. Lo supe porque colgaba de la litera dentro del dormitorio del escuadrón, me asomé a ver a los demás cadetes, nadie parecía estar despierto. No importaba, no iba a dejar que me vieran tocar ese pequeño monumento. Estuve mirando ese brazo entero la mitad de la noche. Y llegó el sueño.

El entrenamiento era duro, despertábamos a las cinco de la mañana, íbamos a las regaderas, hacíamos bromas gays, nos vestíamos, desayunábamos en el comedor rápidamente y a las seis ya estábamos entrenando. Axel y yo nos íbamos acercando poco a poco hasta que un día lo abracé, lo rodeé con mis brazos, su enorme cuerpo se sentía como una especie de fantasma, parecía no estar ahí. Sonrió con suspicacia.

—Maldito gatito —me dijo.

Esa noche él entró en mi cuerpo. Fue una sensación muy extraña, me sentí invadido, un pedazo de carne dura y suave a la vez abriendo mis entrañas para pasar. Era agradable sólo en parte y en gran parte era doloroso e incómodo. Pero me gustaba, me gustaba el contacto con su piel, su aroma a perfume demasiado fuerte y sus manos recorriendo mi espalda como si me quisiera arrancar las vértebras. Cada noche me acostumbraba más.

También nos acostumbramos a los aparatos entrenadores y finalmente nos entregaron nuestros RepOnes originales, recién salidos de la fábrica, con olor a automóvil nuevo. Comenzamos a entrenar en su uso, en cómo lanzar el rayo para teletransportar en un zap. Axel y yo nos convertimos en los mejores del grupo, practicamos con más de cien mecsicans. Se esfumaban ante nuestros ojos, llenos de miedo como los cobardes que eran.

Los fines de semana nos dejaban salir de paseo así que fuimos a uno de esos bares que hay a las orillas del muro. Éramos los dos tipos más duros del lugar, exceptuando por uno al que le decían el Under Taker, un cazarecompenzas que atendía los casos que legalmente los Repatriadores no podían. Es la opción que no nos dieron porque él era uno de los últimos y ya habían tenido problemas con ellos. Además usaban las mismas armas que nosotros. Pedimos unos tequilas, algunas frituras y una mesa cercana a una pantalla de televisión. Estaban pasando un juego deportivo.

—Yo no te debería de amar —dijo él—. Esto no va a terminar bien.
—No —le dije—, no lo hará.
—Nos van a descubrir y ya sabemos lo que le hacen a los fagotes por aquí.
—Vaya, pues… se las verían con nosotros —dije.
—O nosotros con ellos…
—Lo que tengamos que hacer lo haremos.
—Y si les tenemos que hacer daño, ¿sus vidas no importarán?
—Más importamos tú y yo…
—Caballeros… –escuchamos decir detrás de nosotros. Era Low, acompañado de dos cadetes más. Se sentaron con nosotros. Tuve miedo de que nos hubiera escuchado pues en ese lugar con la música y el ruido del partido teníamos que subir el tono.

Pidió unas cervezas y se sentó, los cadetes permanecieron de pie detrás de él. Se nos quedó viendo con ojos juiciosos. Tuve miedo, estaba nervioso, de reojo pude ver a Axel quien no parecía haberse inmutado, luego de un momento sonrió y dijo: ¿Pueden unos novatos como nosotros compartir mesa con el legendario Low, sobreviviente de la Guerra del Muro?
—Claro, al parecer alguien ha hecho su tarea.
—Eras sólo un chico de diez años, los mecsicans se rebelaron contra la ayuda humanitaria que les ofrecimos y nos vimos forzados a intervenir militarmente.
—Así es, chico, así es. En esos días la sangre corrió por el suelo como petróleo recién encontrado. Géisers de sangre.
—Pero eso no es todo, sino que eres como el Batman de la frontera, unas balas perdidas mataron a tus padres, se dice que ellos no tenían armas pero que enfurecían a los pobres soldados para que dispararan a diestra y siniestra.
—Yo los vengué en ese mismo momento, me volví loco de dolor, de ira, de furia y encontré las armas de mis padres y las usé contra una turba de esos delincuentes. Usé granadas que casi explotan en mi mano y al final, sin municiones, atravesé a varios con un cuchillo. Fue una verdadera masacre.
—Los hicimos pagar por el muro…
—Seguro que lo hicimos. Al parecer eres un buen elemento, veo mucho futuro en ti.
—Yo… también… –dije. Low se me quedó viendo despectivamente.
—Gatito —dijo en voz baja.
—¿Qué?

No respondió. Sus cervezas llegaron. La noche estuvo llena de historias bastante exageradas sobre diferentes aventuras que involucraban más muerte y traición. Paisajes esculpidos en sal, mantos de cadáveres, la epidermis del desierto hecha de entrañas, cabezas de bebes aplastadas con las botas, miembros por un lado y por el otro, carne atomizada por ráfagas de metralletas y huesos carbonizados por granadas de mano y todo sostenido, entretejido, por el código de honor, el otorgado por Dios código de honor que era cuidar las espaldas de tus compañeros y que ellos cuiden las tuyas, la jodida hermandad más profunda que la sangre con la que abonaban la tierra american. Pero esos días se habían ido. Ahora todo era muy humanitario con las RepOne aprobadas por la policía de Corea y la ONU y mi abuelito en tanga de peluche rosa.

En cierto momento yo ya no supe más de mí, sólo sé que despertamos los cinco en una habitación que se alquilaba para pasar la noche con mecsican hores, por un cargo extra podías matarla después de follar y creo que eso esa noche hubo varios cargos extras cargados a la cuenta oficial de los Repatriadores. Estábamos amontonados y semidesnudos… pero nadie pareció recordar los detalles de aquella noche.

En esos días nos llamaron para nuestra primera misión, estaríamos juntos, en el mismo equipo. Iríamos a un campamento de muzzlers, al parecer era una actividad rutinaria, aplacar un acto de rebeldía, videos en internet que expondrían la situación precaria en la que supuestamente vivían esos flojos. Nos presentamos en el área de salida, entregamos nuestras armas letales pues era una misión pacifista y presentamos nuestros RepOnes para revisión. Nos dijeron que Axel y yo los habíamos usado demasiado por lo que nos entregaron equipos nuevos. En eso Low se nos acercó y me hizo darle el mío, lo inspeccionó y lo probó con un bote de basura que había por ahí.

—Bien —dijo—, bien.
—¿Así que se están rebelando esos bastardos? —dijo Axel.
—Ya es muy difícil que esto escale a una rebelión, esto que van a hacer es una tontería, pero nosotros debemos ir a ponerlos en su lugar.
—Muchas gracias por esta oportunidad.
—No me agradezcas a mí, uno de esos imbéciles nos dio una lista de nombres. Son unos traicioneros. Hay que atacarlos con todo. ¿No vayan a mariconear…? O sea, no se acobarden, ¿de acuerdo?
—N… no, claro que no, –respondí.
—No, señor.

El convoy salió a las 5000 horas. Íbamos en la parte trasera de un camión militar, el frío hizo que por inercia nos apretáramos uno contra el otro. Sentí la sangre correr por sus venas, los suaves latidos de mi compañero palpitaron en mi piel. Quisiera haber podido tocar sus manos, sostenerlas entre las mías, pero no, sólo fue una idea recurrente que se desdibujó en la desigualdad del no pavimentado camino.

Llegamos al campamento muzzler, había tiendas de campaña improvisadas con lonas, pedazos de madera, lámina y cuerda. Los muzzlers eran mecsicans que llevaban precisamente bozales para que no hablaran, en realidad esos dispositivos tenían mecanismos para teletransportarlos de inmediato, pero no se trataba de simplemente regresar a los rebeldes, sino de mostrar nuestro poder militar. Llegamos justo cuando la protesta había comenzado, comenzamos a golpear gente a diestra y siniestra, rompimos varios bozales y al hacerlo se activaba el mecanismo que los regresaba. A otros les disparamos con las RepOne, incluso a unos que corrieron varias yardas. Fue un arduo día de trabajo. Los pocos muzzlers que quedaron en pie volvieron a sus labores y nosotros nos tomamos el resto del día, bebimos cerveza, cocinamos barbacoas, nos tomamos fotos y cantamos canciones alrededor del fuego.

Al anochecer el teniente Low y sus dos fieles seguidores se fueron por unos minutos y regresaron empujando a una adolescente, una muzzler. La hicieron arrodillarse en el suelo, luego la tumbaron en un saco de dormir, le arrancaron la ropa, la violaron entre gemidos, una y otra vez mientras nosotros comíamos salchichas asadas y hamburguesas y carne y tratábamos de desviar la vista pues esta vez no perdimos la conciencia. Los demás Repatriadores iban tomando turnos, varias veces la chica quiso arrancarse el bozal para ser teletransportada, pero no la dejaron, la tenían sometida en cada momento.

Nosotros permanecimos sentados. Low le dijo a Axel que era su turno.
—Hoy no tengo muchas ganas, es que en la madrugada me estuve toqueteando.
—¿Qué tal tú, James? —dijo Low— ¿No quieres un poco de acción?
—Yo… —miré el rostro de la mujer, su mirada que me decía mil cosas— claro, sólo que… ahora estoy comiendo…
—Saben qué es lo que pienso: que gente como ustedes no debería estar entre nosotros.
—¿Como nosotros? —dijo Axel— ¿O te refieres a como ella? ¿Como los mecsicans?
—Como ustedes, par de gatitos, malditos homosexuales de mierda…

Yo tenía una salchicha en la mano, le di otra mordida y miré a Axel como si no supiera nada sobre ello. Low sacó un pequeño aparato con un botón el cual oprimió señalando hacia nosotros, nuestras RepOnes, que estaban cerca, se apagaron por completo. Le dispararon a la mecsican. Su vida terminó en un suspiro, sólo así, como cualquier cosa. Nos tenían rodeados y nos apuntaban con armas letales, no con las Reps.

—Supongo que ahora seguimos nosotros —dijo Axel.
—Así es —contestó Low—. Creen que no recuerdo lo que pasó esa noche, aunque estaba demasiado borracho tengo algunas imágenes de ustedes tratando de tocarme.
—Oye, viejo —dijo Axel—, fuiste tú el que comenzó a tocarnos las bolas. Estabas como loco, amigo.
—No digas tonterías.

Axel me miró y dijo —En verdad este hombre es tan fagote. ¿Piensas que deberíamos de reportarlo?—  Y señaló con la mirada hacia abajo, hacia sus botas, vi que traía una pistola oculta en cada una de ellas.
—Oh, baby, eres lo mejor —le dije.

Él tomó la de su bota derecha y yo la de la izquierda. Comenzamos a disparar.

—¿Recuerdas mi sueño, James?
Nos conocimos en un tiroteo, Axel y yo.
—Por supuesto.
La sangre salpicaba el suelo, humedecía la tierra.
—Si debemos separamos búscame allá.
Nuestras botas dejaron huellas rojas por todo el lugar.
—Como en aquella vieja película —dije, y no pude verlo, pero sé que él sonrió, que remarcó el hoyuelo de su mejilla izquierda.

Y disparábamos nuestra salida hacia nuestros sueños…

 

 

Jorge Chípuli

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