Casita de muñecas

La navidad era el día favorito de Clarita, acababa de cumplir seis años y esperaba con ansias sus regalos.
En su carta de deseos había pedido una máquina para hacer helado y una muñeca con su propia línea de ropa, sin embargo cuando despertó en la madrugada y corrió al pie del árbol navideño se encontró con el obsequio más increíble: Una casita de muñecas tan grande que Santa Claus no la envolvió. Sólo estaba adornada con un gran moño rosa en el techo.
La casita era plegable, se abría de frente y se dividía en tres módulos: del lado izquierdo de la planta baja estaba la cocina donde había una estufa con cuatro parrillas y un comedor. En el primer piso, una habitación con una cama, un tapete circular y una cómoda con cuatro cajones; el centro de la casita tenía una fuente frente a la entrada, adentro una sala con tres muebles y al fondo un comedor grande. A un costado, una escalera de caracol. Arriba, un espejo, el baño y un perchero. Del lado derecho había un estudio, con un librero, una chimenea y su propio arbolito de navidad. Y en la parte de arriba, una segunda habitación con dos camas individuales.
Clarita jugó todo el día. Ponía y quitaba platitos, intentaba leer con una lupa el título de alguno de los libros del estudio; descubrió que si presionaba el piano, se escuchaba una hermosa melodía; si giraba la base de la fuente, de esta salía agua.
Ya de noche las luces de la casita se iluminaron. Clarita se asomó por una de las ventanas. Las cosas habían cambiado. Ahora había un perro recostado junto a la chimenea ahora encendida y el arbolito de navidad resplandecía por los foquitos de colores diminutos que lo adornaban.
Una mujercita entró de pronto por la puerta principal cargando dos bolsas de papel, las depositó en la mesa de la cocina, se quitó sus zapatillas y subió a toda prisa las escaleras. Entró en el baño y cerró la puerta. El perrito comenzó a ladrar, salió corriendo del estudio y esperó a su dueña en la cocina.
—Wow —exclamó Clarita, fascinada.
La mujercita salió del baño y regresó a la cocina donde la recibió su mascota dando saltos de alegría. De las bolsas de papel la mujercita sacó tomates, calabacitas, pan y latas. Se puso un delantal y comenzó a preparar los alimentos.
—¿Hola? —saludó Clarita. No obtuvo respuesta.
—¿Cómo te llamas? —insistió pero la mujercita parecía no escucharla.
El perro salió y bebió agua de la fuente. Clarita acercó su mano para tocarlo pero pasó a través de él como si fuera un fantasma.
Al día siguiente Clarita encontró a la mujercita bailando mientras barría. Apenas alcanzaba a escuchar lo que cantaba pero su cadencia contagió a la niña que comenzó a imitar los movimientos.
—¡Mírame! ¡Aprendí a bailar! —gritó Clarita.
Comenzaron a hacer muchas cosas juntas. Cuando la mujercita leía, Clarita tomaba su libro de dibujos; si la mujercita dormía también Clarita tomaba la siesta. Fue en una de esas ocasiones, en las que ambas disfrutaban de la música del piano, que apareció un hombrecito. Entró a la casa a paso rápido y se dirigió a la cocina, gritando. Clarita no podía entender lo que decía. La mujercita se apresuró a servir la cena. El hombrecito probó la sopa y arrojó el plato al piso. El perro no dejaba de ladrar, el hombrecito lo pateó tan fuerte que aquel cayó muerto junto a la estufa. La mujercita salió corriendo a la sala y lloró hasta que se quedó dormida. Clarita le leyó un cuento para intentar consolarla aunque sabía que la mujercita no la escuchaba.
Al día siguiente la mujercita se encontraba aseando la habitación principal cuando llegó el hombrecito. Comenzaron a discutir.
—¿Qué pasa? —preguntó Clarita angustiada.
El hombre golpeó en el rostro a la mujercita.
—¡No! —gritó Clarita.
El hombrecito salió del lugar azotando la puerta. Esta vez, las dos lloraron juntas.
Las golpizas se repitieron todos los días. Hasta que en una ocasión la mujercita le regresó el golpe al hombrecito. Pero este salió por una puerta trasera que Clarita no había visto, y regresó con una pala en las manos. Clarita le gritó a la mujercita —¡Escóndete! ¡Escóndete!—pero ella estaba en la cama, llorando. El hombrecito entró y le tiró un golpe pero la mujercita lo esquivó, saltó encima del hombrecito y lo hizo caer. Salió corriendo de la habitación y bajó la escalera a toda prisa.
—¡Corre! ¡Ya viene! —la apresuró Clarita. La mujercita se encerró en el estudio. Intentó abrir la ventana pero estaba atorada. El hombrecito golpeaba y empujaba la puerta con todas sus fuerzas, hasta que esta se abrió. Él entró con la pala en alto, ella levantó el banquillo del piano y esquivó varios golpes hasta que sus brazos no pudieron más y quedó al descubierto. El hombrecito le destrozó la cabeza y siguió golpeando el cuerpo inerte de la mujercita. Clarita no podía respirar. Intentó llorar, pero sólo alcanzó a sollozar.
El hombrecito arrastró el cuerpo de la mujercita hasta la puerta trasera y la arrojó fuera de la casita. Regresó al estudio y se sentó a descansar como si nada hubiera pasado.
Clarita se levantó, se dirigió a la cocina de su propia casa y regresó con una cajita en las manos. Al tercer intento encendió el cerillo. Esta vez, el hombrecito si lo notó, pero no le dio tiempo de hacer nada. Las llamas comenzaron a abrazar la casita y al hombrecito.
Clarita sonrió.

 

Juan Ignacio Ortega

(Ganador del 1er lugar del concurso Nyctelios 2018)

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