El parpadeo del sol

La noche había caído como un relámpago, sin previo aviso. El anciano se acomodó al ras del suelo, encendió una fogata con madera vieja, hojas y paja que tenía a la mano, la oscuridad del salón improvisado se vio de pronto iluminada por la luz del fuego. Se pasó la mano por la barba, larga, vieja y llena de canas. Sonrío como hipnotizado, sin apartar los ojos del fuego.

Levantó la vista e invitó a su congregación.

—Vengan, vengan, mis muchachos, no hay de qué temer, acérquense a la fogata, eso es. Arrímense, ahí hay espacio, así mero. Me da gusto verlos a todos, aun bajo estas condiciones. Sí, señor, la vida ha sido justa conmigo a final de cuentas. Los veo a ustedes y veo mi linaje, mi más grande tesoro.  Mija, pásame la pipa, sí, la de siempre. Gracias, gracias.
Encendió la pipa y dio dos caladas rápidas.
—Mis niños, mis niñas, creo que el momento ha llegado. ¿Cómo era el dicho… “tarde pero sin sueño”? El tiempo nos alcanzó tanto como lo habíamos esperado desde aquella tarde de otoño, aquella en la que todos vimos cuando el sol parpadeó. No, mi pequeño, no hay porque esconder el rostro, de todos nosotros, usted ha sido el que más feliz ha vivido, pero ya llegaremos a eso.

El viejo abrazo al niño, llevándolo a su regazo, abrazándolo fuertemente. Pasó la pipa por encima de la cabeza del pequeño y dio una nueva calada. Suspiro mientras veía el fuego y soltó el humo.

—En aquellos días —continuó—, la mayor crisis que se veía en el panorama nacional era la económica, cada final de sexenio se veía venir una catástrofe; devaluaciones, desfalcos, dinero perdido en proyectos sin futuro o en el bolsillo de los políticos. En aquellos tiempos, para los de edad media, como yo, ya no era de sorprenderse sino, tristemente, sólo de esperarse. El panorama mundial, bueno, ese estaba lleno de matices de todos colores, de todo tipo de problemas, de todo tipo de quejas… todo tipo de guerras.

Colocó al pequeño a los brazos de su padre, quien lo tomó y lo llevó al final del salón, mientras los demás prestaban atención al anciano.

—Yo regresaba de trabajar. El camión de ruta iba tan lleno que algunas personas estaban encima de otras, las que viajaban en las puertas casi salían despedidas del mismo autobús cada que este giraba en alguna calle cerrada. Mi preocupación máxima en ese momento era el dinero. ¿Alcanzaría para el fin de semana? ¿Llegaría a final de quincena? ¿Moriría de hambre en las próximas horas? Bajé a duras penas del autobús; en aquel entonces vivía en una de las colonias más apartadas de la ciudad, así que debía caminar al menos veinte minutos más después de la parada y eso hice aquel día. Al bajarme, junto con al menos una docena de personas más, miré el campo traviesa, vi el cielo azulado con tintes naranjas, la llamada a la puesta del sol y por encima de todo, aún con todo su poderío, el astro Rey anunciaba su partida.  Nunca antes mejor dicho.

El anciano dio una nueva calada a la pipa de madera, vieja como él mismo. Y continuó.

—Esa tarde, fue el inicio, la primera llamada de la nueva obra teatral en escena. Fue como si alguien activara un switch por error, apagando por una milésima de segundo la luz de la habitación, pero a plena calle, en medio de la nada. Todos los presentes volteamos al cielo, esperando ver, no sé, algún avión cruzando el cielo, alguna nube tapando el brillo del sol. Pero nada, sólo el mismo astro Rey. Pero fue entonces cuando lo vimos, sin duda alguna, el Sol estaba parpadeando, como si su luz bailoteara al ritmo de una canción desconocida.

Algunos oyentes, principalmente los más jóvenes, se apretujaban unos contra otros en aquel pequeño espacio. El anciano podía ver en sus rostros la marca de la incertidumbre. Asintió por unos segundos, volvió a su pipa, exhaló nuevamente y continuó.

—Los primeros días fueron de miedo, de paranoia; ver los noticieros se volvió una costumbre obligatoria, científicos de todo el mundo daban su opinión al respecto, tratando de calmar a las masas, pero, ¿cómo tranquilizas a cientos de miles de personas, sobre algo que ni siquiera tú entiendes? Meses después vino la primer gran crisis, el primer apagón que duró veinte minutos.

El anciano, recordando aquellos viejos días, se pasó la mano por la maraña de cabellos blancos y quebradizos. Se enjugó los ojos con el dorso de la mano y volvió a probar de su pipa.

—Verán, mis niños —continuó—, las personas por más civilizadas que creyeran ser, frente al temor bajaban hasta lo más hondo del animalismo, buscando desesperadamente sobrevivir, sin importar el costo, el daño o sufrimiento que se tuviera que causar a terceros. Ese primer apagón le costó la vida a mis padres. Veinte minutos. En veinte minutos se apagaron la vida de más de mil personas en la ciudad, las cantidades aumentaban según el tamaño de las metrópolis. veinte minutos. Hubo personas corriendo en estampida, personas quemando cosas, robando cosas. Podrías ir caminando entre ellas, escuchando alguna melodía suave, algo de Sky Ferreira por ejemplo, y parecería un poema visual. La hermosa tonada bajo la dulce voz de Sky y la hecatombe de la civilización humana. Todo eso, solamente, en los primeros veinte minutos del segundo aviso a esta obra teatral.

El hombre se puso en pie, varios de los presentes se levantaron al mismo tiempo para ayudarle.

—Calma, niños, calma. Estoy viejo pero no muerto. Aún falta para eso.

Se oyó un crujir de huesos viejos. El anciano rió por lo bajo. Como si recordara un chiste viejo sin sentido.

“I be a man, kinda mystery man
Be a doll, be a baby doll
It can’t be fun, not anyway
It can’t be found no way at all”

—Jejejee… Solía ser una de mis canciones favoritas de The Damned, buena para aquellos días. Todo parecía empeorar, hasta que vinieron “Las Arcas”. Fueron creadas por las mejores agencias aeronáuticas y de desarrollo espacial. Al parecer ya tenían un plan o estaban al tanto de lo que sucedía fuera de nuestro hogar. La flama que le daba vida a nuestro planeta por fin se estaba acabando.

El anciano caminó un poco alrededor de la fogata, viendo a su familia sentada alrededor del fuego, observándolo a él, admirándolo. Él tomaba de cuando en cuando el cabello a alguno de los más jóvenes para luego proseguir con el relato.

—Cuando el proyecto ARCA fue develado, las personas creyeron… no, tuvieron un halo de fe nuevamente. Sólo había un pequeño problema… Las Arcas se llenarían por sorteos, llevándose solamente a los pudientes, a los “afortunados”. Y ahí, en ese momento, supimos lo que era el abandono total, el odio total y las reacciones no se hicieron esperar. Muchas de las Arcas fueron destruidas, pocas lograron salir de la tierra. Muchas personas murieron, unas cuantas se salvaron. Y el Sol, Dios nos guardase, el sol se volvió a apagar. En este tercer acto la oscuridad duró medio día. No es necesario decir la cantidad de muertes, fue devastador. Yo, perdonen que lo diga, pero yo huí lejos. Ahí ya no había nada para mí, salvo desesperación y miedo colectivo. Caminé durante mucho tiempo y por muchos lugares, vi las últimas arcas despegar en la lejanía de la noche, en aquel cielo oscuro que en ocasiones era iluminado por un manto rojo brillante. Me acompañaron, algunas noches, los estruendos de explosiones distantes, de llantos perdidos y sollozos fantasmales. Comí lo que encontré, cacé lo que pude, viví al día por mucho tiempo. Hasta que llegó el silencio y entonces creí que todo había terminado, que ya sólo estaba yo en medio de aquellas noches que por momentos traían la promesa de luz. Entonces… el Sol, como un susurro en medio de la noche… se apagó.

El anciano sonrió en aquella penumbra, viendo a su legado —Mis niños, quiero que sepan una cosa, esta historia no es una de terror o una de esas historias que siempre terminan mal. Porque, si lo vemos desde este punto de vista, al quedarme a esperar la muerte de nuestro hogar, así como la muerte del Astro Rey que nos cuidaba, jamás hubiera podido encontrar mi lugar aquí, entre los restos de ceniza, en las ruinas de una civilización que se jactó de ser la mejor. Perdido, entre aquellos restos humeantes, encontré un lote baldío, un solar despejado en medio de la nada, ahí, en medio de la oscuridad, me tiré al piso decidido a morir, a formar parte del todo oscuro que nos cubría, no sé cuánto tiempo pasó, todo fue irreal, como despertar en medio de la noche con la manta en el rostro sin saber nada del exterior. Entonces… la luz emergió de nuevo… Me sorprendió de sobre manera, pero lo que vi a mi alrededor me robó el aliento. No quedaba nada del mundo que conocía, sólo vagos recuerdos en forma de piedras formadas unas encima de otras, humo, hierbajos y, Dios santo, muchos cuerpos.

—Quiero creer… —continuó el hombre— que lo que pasó con el Sol fue una especie de proceso evolutivo… un equilibrio universal hacia la vida y la proliferación de esta. Seguí mi camino y encontré a unos pocos más, que al igual que yo, al rendirnos, encontramos la redención. La vida volvió a crecer, tuvimos que adaptarnos, evolucionar con lo que teníamos a la mano, crecer junto a la naturaleza, levantar nuestra pequeña comunidad, poco a poco, en un orden más sano y volver a hacer lo que el hombre era antes del parpadeo del sol, pero esta vez tratando de no cometer los mismos errores. Conocer nuestra historia nos hace fuertes. ¿Ahora ven, mis niños, porqué les digo que ustedes tuvieron la mejor infancia? Han conocido la fortaleza en los tiempos débiles y han aprendido a valorar la vida que crece de la tierra a través del sol.

El anciano caminó hasta el final del salón, donde la luz naranja de la fogata aún llegaba a iluminar los espacios de la puerta doble de madera. Al abrirla, una pequeña ráfaga de viento hizo tambalear la llama del fuego. Con la mirada, el anciano invitó a sus oyentes a seguirle. Todos los mayores se levantaron y caminaron hacia él. Vieron a través de la puerta el panorama ya conocido desde sus primeros días de conciencia. Afuera, viejas ruinas de edificios, ahora remodelados entre árboles, interconectados por puentes de madera, plantas de todo tipo adornaban el paisaje, algunos viejos (nuevos) artefactos de energía alterna, paneles solares, aerogeneradores, que a muy duras penas sobrevivieron al caos, ahora sirven para alimentar con poca energía eléctrica algunas viviendas. Un paraíso en medio del seco infierno que desolaba a la tierra y que seguía creciendo constantemente, como una vieja promesa que se había retomado.

—Es hora, mis niños —dijo el anciano—, hora de ganarse la madurez y salir a cazar.

Varios de ellos, sin ni una sola replica, salieron a la noche armados con varas de madera, rocas talladas y algunos cuchillos heredados de los padres, listos para ganarse su madurez, listos para crecer y aportar, listos para ser la siguiente generación que llevará consigo la historia. Todos excepto uno que se quedó rezagado, a espaldas del anciano. —Abuelo —le dijo el pequeño—, ¿qué pasó con los que se fueron al cielo?

El anciano sonrió amablemente, fumó de la pipa, exhaló el humo y viendo a las estrellas dijo: Hay noches, como esta, en las que yo mismo me hago esa pregunta, tal vez sigan allá afuera navegando, tal vez encontraron otro hogar, tal vez vienen camino de regreso a casa, en cuyo caso, pequeño, estaremos listos para ellos, para pelear por lo nuestro, porque, ya conocemos la historia y sabemos, de antemano, que no se conformarán con lo que queda de nuestro hogar, lo querrán todo. Y eso, no lo podemos permitir, ¿verdad?

—Sí, abuelo, no podemos permitirlo.

El anciano tomó su pipa, con el dedo índice y pulgar de la mano derecha, fijo su vista al cielo nocturno, mirando las estrellas a lo lejos, pensando, analizando, calculando pero sobre todo, esperando… Preguntándose que llegaría primero, el regreso de aquellos que los abandonaron o el día de su muerte.

Tal vez y con un poco de suerte, pensaba para sí mismo, lleguen ambas.

 

Jorge Robles

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