De Hiperespacio – Racismo en el siglo XXII

Ian se acarició la zona de dolor en la boca. Al mirar el dorso de su mano encontró menos sangre de la que hubiera imaginado. Al menos no había dientes rotos. Los dientes rotos siempre resultaban un problema.
Los gorilas que le habían tundido ya se alejaban con marcha despreocupada.
No es que fuera un crimen golpear a un cibernético.

Luego de las manifestaciones masivas de derechos del siglo XXI, en las que rudimentarias redes sociales le dieron voz a las opiniones de todas las mayorías y minorías demográficas, una ensalada de posturas en las que el resentimiento acumulado de veinte siglos de represión acabaron por reventar. Se acuñaron miles de términos para volver socialmente aceptables una miríada de conductas, comportamientos y preferencias. En la otra mano, se acuñaron miles de términos también para agredir y categorizar a los ofensores de minorías. Ian no era completamente humano. Sus padres habían sido advertidos por el pediatécnico que su hijo llegaría al mundo con ciertas deficiencias que le impedirían ser competitivo y aceptable en la sociedad.

La decisión más acertada era por tanto el formato de contricción por el cual era permitido interrumpir el nacimiento de un niño no enteramente apto. Los padres apelaron a un juicio de competencias y tras cinco fallos desfavorables, un juzgado en Budapest les permitió tener al bebé a condición de realizarle implantes optimizadores.

Ian aprendió a vivir usando cuatro resistentes patas de araña que le permitían desplazarse, trepar y, en el modo de descanso, hasta dormir sin tener que acostarse. Incluso podía usar el posicionador Geotal para dormir mientras caminaba de regreso a casa. Los primeros años, fueron emocionantes y desconcertantes. La cibernética tuvo su esplendor a mediados del siglo XXI pero su reinado fue breve, paralelamente, la ingeniería genética había cobrado mejores dividendos en la sociedad. Sólo la gente más pobre remendaba a sus hijos deficientes, las mejores familias planificaban hijos perfectos desde un principio. Los padres de Ian no eran pobres pero eran anticuados, creían sinceramente que toda vida tenía derecho a consolidarse.
Al desarrollar a su hijo en un hogar tradicionalista esperaban haberse salido con la suya, evitando toda la plasticidad del mundo de los humanos genéticamente puros. Pero la pureza sólo residía en el hecho de no tener dientes torcidos o rodillas encontradas. Los seres humanos manipulados genéticamente podían ser tan crueles, envidiosos y burlones como los de cualquier siglo anterior.

Ahora contaba con dieciséis años de edad. Pese a vivir en una ciudad Europea con mayor diversidad social cultural, Ian inevitablemente se encontraba de tiempo en tiempo con toda suerte de racistas que por el sólo hecho de ver gafas, aparatos de sordera, manos mecánicas o algo tan simple y arcaico como un bastón, se lanzaban furiosos al ataque de todo aquello que no reflejara perfección.

Por ley, los cibernéticos no estaban facultados para defenderse físicamente. Algún juzgado en años perdidos atrás determinó arbitrariamente que cualquier mejora mecánica para un ser humano le dotaba de una ventaja mortal sobre sus contrincantes biológicamente absolutos. Por ello Ian podía recibir palizas cada semana pero un implante en sus mecanismos le deshabilitaba ante el mero deseo de propinar un golpe, una patada o esquivar cualquier ataque.

Cuatro años atrás, su padre le deshabilitó la restricción pero el joven estoicamente evitaba el poner en práctica su criminal habilidad para defenderse. Tal vez los rufianes le golpearían mucho, un ataque fugaz, sin llegar a matar, porque en el siglo XXII el homicidio no era un cargo penal tan grave moralmente como lo fue por casi veinte siglos. Se trataba más bien de una falta administrativa muy indeseable. Si matabas a alguien y tras un juicio quedaba demostrada tu culpabilidad, quedabas sentenciado a pagar tres veces el valor de la vida tomada, cuantificando años productivos, propiedad ajena dañada y la temida multa del pasmo (el período de reajuste de los deudos), pero sin disponer de su vida.

Ian cada día, se convertía en un ser humano no sólo mejorado mecánicamente, su resistencia física superaba en plena adolescencia a muchos adultos de “raza pura”. Las patas de “araña” que le sostenían, respondieron a su orden mental de enfilar a casa.
Le bastaba con saber que, por esta vez, había cuatro rufianes que podrían estar muertos en la acera.
Al llegar a los veintiséis o a los treinta y seis, Ian tendría una fuerte colección de humanos a quienes voluntariamente les había perdonado la vida.
Y ese simple hecho, le confería un poder del que carecían absolutamente sus contemporáneos.

Aldo Rodrigo Sánchez Tovar

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