Anhelo de sol y lluvia sobre planicies oxidadas

No sueño. Apenas sí duermo pero en las escasas horas en las que logro cerrar los ojos y perderme en la aceitosa negrura de mi inconsciente no hay imágenes, no hay sonidos ni recuerdos, no hay nada. Tan sólo tengo tus sueños.

Sé que cuando duermes te transformas en pájaro y vuelas fuera de esta habitación, más allá del humo que tiñe de rosa las azoteas de edificios llenos de monstruos con piel de metal. Sus ojos brillantes siguen tu rastro, calculando posibilidades, preparados para disparar una vez más, pero no pueden, dentro de sus parámetros no hay ningún protocolo para hacer frente a lo que tú representas.

Lo sé, no digas nada. Me pierdo en mis propias divagaciones. ¿Cómo hemos llegado a esta habitación? Cuatro muros sin ventanas y un nido de mantas sucias. ¿Es real? ¿Es uno de mis delirios? La distopía ha llegado, el apocalipsis, la revolución de las máquinas. ¡Qué se yo! No lo recuerdo, el mundo ahí fuera es una cacofonía de gritos y plegarias. ¿Somos prisioneros o refugiados? Difícil saberlo, las drogas han hecho su trabajo, las suyas y las nuestras. Tú estás aquí, eso es cierto. Es cierto. Tiene que ser cierto.

Vuelas lejos en sueños y no te importa la casa húmeda ni tu cuerpo consumido, no te importa el calor ni el zumbido sordo del ventilador arrastrando oleadas de aire cálido. Ignoras mi sofoco, mi sudor constante. Ignoras tu sofoco, tu sudor constante. Ignoras la sed.

La sed.

Bendita seas.

Me gusta mirarte cuando duermes. No sé hasta qué punto mi insomnio lo provoca este fin del mundo tan poco definitivo o es el placer de verte descansar. Tus párpados están recorridos por una delicada maraña de venas azules, una cartografía en la que me pierdo a falta de sueños propios. Tu corazón permanece aquí, latiendo a mi lado, al alcance de mis manos. Me tienta lo prohibido, alcanzar el trozo de metal que afilamos a golpes y abrir tu carne, asomarme en ella y clavar mis uñas en esa pequeña manzana palpitante. Podría hacerlo rápido, allá arriba apenas sentirías una ráfaga fría bajo tus alas.

No. No puedo.

¿Qué ves en tus sueños de pájaro? Me hago esa pregunta cada noche pero no me atrevo a repetirla cuando despiertas, cuando la luz de tus ojos se apaga al descubrir que nada ha cambiado. ¿Dónde te lleva tu libertad? Quizá más allá de la ciudad, más allá de los campos arrasados donde crecen árboles de metal sobre los huesos de nuestros antepasados. ¿Puedes llegar al mar? Recuerdo la playa que visitamos siendo niños en vacaciones de verano. El mar debe seguir allí, en algún sitio, sin variar el ritmo de las olas. ¿Tus plumas se habrán mojado de espuma? Hay días en que tu pelo conserva el olor fresco de la brisa marina.

Te envidio con ansia, con ira, con celos de amante engañado, con felicidad por saberte lejos de aquí.

Lo confieso, daría cualquier cosa por ver el sol una vez más, aceptaría quemar mis ojos con su brillo si esa oportunidad existiera. En algún rincón lejano aún debe asomarse y llamar a la vida. ¿Pero dónde? Más allá del océano. Aquí no, aquí las nubes se retuercen y gruñen con reflejos de plomo, la lluvia es ácida, pero en algún lugar aún debe haber esperanza. Creo en eso, en la esperanza del renacimiento. Todo nace, crece, muere. Todo renacerá. El tiempo se comerá nuestros pecados, la lluvia volverá a ser dulce y de los cadáveres germinarán nuevas semillas, extendiéndose desde los pulmones, enroscándose en las costillas, reventando las tripas y el vientre, trepando por torres de acero, ladrillo y cristal, envolviendo el mundo en un abrazo lento. Nuestra memoria quedará enterrada en sus raíces. Ese será el precio a pagar por una raza demente en su avaricia, cegada por una ambición estéril. Hemos sido vencidos. No, no vencidos, devorados, sí, deglutidos, digeridos.

Imagino tu corazón de pájaro allá fuera, en la oscuridad, venciendo el ruido de los motores, venciendo mi miedo y el tuyo, planeando entre los miasmas químicos con las alas estiradas para abarcar esta ciudad sin límites, el laberinto de ruinas y fábricas abandonadas. Llevas esperanza a todas las casas colándote por las brechas que han dejado las balas. Llevas inquietud a los monstruos porque intuyen su fracaso, su victoria sin futuro.

Éste es mi credo.

Cuando despiertes sugeriré la huida por última vez. Podríamos darnos la mano y salir corriendo de estas ruinas gritando bien alto para que nos oigan los hombres, las mujeres y los monstruos. Sería una última carrera esquivando cráteres, escombros, disparos; una última carrera hacia el mar. Tú conoces el camino, lo sé, tú podrás guiarnos a todos con tu canto de ave. Si sopla el viento quizá incluso las nubes-chicle se aparten lo suficiente para dejar pasar unos rayos de sol, bastaría un manojo de finos relámpagos dorados para iluminar nuestras caras de ceniza, para recordarnos cómo reír. Valdría la pena el esfuerzo, la sangre, la caída, el final.

 

Borja Rivero Ferreras

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