El libro de las niñas

1. BETSY

Sus papás le habían comprado un InnerVoice, un aparatito diminuto como una moneda de diez centavos.

Se la puso en la frente y comenzó a escuchar una voz, la cual ella misma había escogido, casi diseñada a partir de muchas otras. Esta la acompañaba a todas partes, platicaba con ella, sacaba cosas de su subconsciente, las procesaba con datos de la red y con algoritmos de personalidad muy eficaces.

La voz iba evolucionando, creciendo, madurando junto con ella. Era como tener una amiga fiel, así que no le dolía tanto cuando alguien se mudaba, se moría o se hartaba de que presumiera su InnerVoice…

No estuvo sola nunca más, ni siquiera cuando se quedó sin amigos.

2. CECI  

Una niña se sentó en medio de la casa. Espera el regreso tuyo porque tú le prometiste volver. Pasó el tiempo. La casa se llenó de polvo, se derrumbó convirtiéndose en un terreno baldío. Con el crecimiento de la ciudad construyeron ahí una carretera.

Al fin llegas, la encuentras sentada en su misma silla, esa que estaba al lado de la tuya.

—Es tiempo de irse, le dices.

Pero ella no te puede ver ni oír. Te quedas ahí de pie, esperando que termine la eternidad.

 

3. DORA

Sus padres la vendieron a una feria ambulante en la que trabajaba como la gran y fabulosa y única niña adivina y psíquica. Yo no la acompañé en ese viaje pero a través de sueños me contaba que estaba muy triste, que no había pedido esos poderes.

Las personas preguntaban cosas que ya sabían, le pedían que los llevara a lugares ya conocidos, que se tomara una foto con ellos.

Cada vez las imágenes me llegaban más borrosas, a veces incompletas, o mezcladas con las de sus sueños diurnos, aquellos por los que cobraban sus dueños.

Escapa de ahí, le dije.

Ella sonrió resignada y me miró. Me dejaron abandonada en medio de la nada, dijo, ya no funciono y, aunque tenga mucha hambre, me he quedado dormida por el cansancio.

Quiso decir algo más, pero se convirtió en humo.

4. ELIZA

En el funeral se quedó sentada mucho tiempo, sin expresión alguna. Los asistentes se asomaban a su mirada de sangre fría. No había órdenes que cumplir ni lágrimas que llorar.

Finalmente se acercó al cadáver de su padre. Un mecanismo se activó al detectar la presencia infantil. Los ojos sin vida se abrieron y emitieron una última señal infrarroja: ella debía eliminar a todos los presentes. También tenía que besarlo en la boca para extraer la última pieza del rompecabezas. Tragó el contenido, el cual se integró a su organismo entibiando su sangre.

Recordó cada una de las ejecuciones efectuadas en su pasado. Miró a las personas que pronto tendría que hacer pedazos, al hombre que yacía ante ella, y rompió en llanto.

5. EL SUJETO H  

Ella no tenía nombre, nadie se había preocupado en ponerle uno, sólo la llamaban el sujeto H. Los especímenes anteriores habían muerto en ese mismo compartimento blanco, pero no como esperaban los científicos, aunque cada vez aprendían más.

Le habían hecho tres agujeros en el cráneo, rectangulares, del tamaño y la forma de tarjetas de crédito; los habían cubierto con unas tapas de plástico que embonaban perfectamente, parecían extraídas de un juego de té.

Su diminuta celda era también de plástico, con colchonetas suaves. Tenía una ventanilla de vidrio muy resistente por la que el sujeto H podía ver muchos aparatos, cables, monitores con líneas o letras verdes moviéndose de un lado para otro.

Una nueva doctora llegó al laboratorio, tenía un rostro que el sujeto H nunca había visto, un olor nuevo penetraba por entre los agujeros del vidrio, producía una sensación similar a la de la asfixia, pero casi imperceptible, de una manera agradable, que ella nunca había sentido.

La doctora lloró la primera vez que la vio; se contuvo todo lo que pudo: sólo dejó correr una lágrima por su mejilla, que nadie notó mas que el sujeto H. Un doctor le explicó que estaban buscando una frecuencia en especial, que había millones de dólares en juego además de asuntos de seguridad nacional.

Su responsabilidad sería ponerle el casco al sujeto H para probar cada una de las combinaciones de estímulos que tenían preparados. El casco era una aglomeración de cables y cajitas y barras de metal. Para ponérselo extraían las piezas de juego de té y embonaban ahí tentáculos robóticos con agujas.

Cada vez que se lo ponía aparecía  una nueva clase de dolor, junto con una nueva reacción. Convulsiones, dolor en cada uno de los órganos, ardor en la piel, sangre derramada por la nariz.

Cada secuencia útil era registrada.

Cada vez la doctora tenía una lágrima nueva para cercenarle el rostro, le dejaba una cicatriz de sal.

A veces le tocaba un dedo o una pierna fingiendo revisar el aparato en su cabeza. El sujeto H la quería mucho, aparecía en sus sueños cada vez que dormía. Su presencia le daba esperanza para seguir viviendo.

Pero la doctora ya no pudo más, no podía dejarla sufrir así.

Una noche se quedó frente a la terminal diseñando por largas horas una nueva frecuencia. Al amanecer, como todos los días, le puso el casco al sujeto H, quien presintió lo que iba a pasar.

En los monitores apareció lo que los doctores habían estado buscando. El sujeto H murió, exactamente como esperaban desde hacía tanto tiempo.

 

6. KARLA

(Con Blanca Rosa Molina)

En casa de mis abuelos se aparecía una niña. Siempre atravesaba una puerta tapiada de cuando dividieron y vendieron parte de la propiedad. Mi abuela dijo una vez: quie-re-san-ta-se-pul-tu-ra. Al encontrar su cuerpo la enterraron. La vi caminar hacia una luz y desvanecerse. Sonreía.

Luego volvió a aparecer, comenzó a tirar cosas, a cambiarlas de lugar, a echar miradas retadoras. Así han transcurrido años pese a continuas visitas de sacerdotes.

Ahora mi abuela falleció, también la veo.

La que se aparecía se fue, más no era una sola -me dice-. Busquen con los vecinos, tras la puerta tapiada.

 

7. MARIANA

Marianita era una niña de mirada apacible que recolectaba palabras de muchas partes del mundo, palabras nuevas que sólo unos cuantos usaban. No, ella no aprendía lenguajes, esos todo mundo los conoce, o cuando menos una gran parte de cada población. Ella sólo quería las piedritas más redondas, las perlitas más brillantes que eran como canicas para jugar, las ponía en su boca y la gente le preguntaba que qué era eso.

Significa que algo es muy bueno o muy bello pero sólo se usa cuando lo dice un niño.

¿Y en qué idioma?

En ningún idioma, pero esa palabra sólo la usan los niños de una parte en el norte de París.

Ah: Entonces es… en francés.

Mariana asentía con decepción, convenciéndose cada vez más de que sólo ella hablaría el lenguaje secreto.

Sólo un pequeño grupo alcanzaba a comprender algo de su labor, pero era efímero, mutable, disperso en el mundo y no la acompañaba en su búsqueda. Ella les había enviado cartas eléctricas, traducidas por medio de un programa en su computadora. De todo el mundo le contestaban regalándole nuevos términos, pero no querían recibir los que ella había juntado, no se los aprendían, no los pronunciaban, no los usaban en su vida.

Era fácil olvidarlos y era fácil olvidar a Mariana.

Por eso se sentía muy sola.

Hay una palabra especial para mi situación, pensaba, y la decía en voz alta.

 

8. OFELIA

A Ofelia le gustaba correr en la tierra y llenarse de lodo; le gustaba atrapar a los pajaritos mientras comían migajas del suelo; le gustaba salir a ver los amaneceres pintados de violeta por la contaminación y respirar el aire tosco de ciudad alcanzándolo en los columpios. Era muy fuerte, podía vencer a cualquier niño de su barrio salvaje y de los circundantes, a los que la policía no se atrevía a entrar.

Un día, explorando nuevos territorios conoció a una niña que no tenía una pierna y andaba en silla de ruedas, aunque cuando no estaba muy cansada se apoyaba en un aparato especial.
Se hizo su mejor amiga, le llevaba flores que ella misma recolectaba, la sacaba de su casona y la empujaba por el parque. Platicaba con ella durante horas, sentía que eran almas gemelas, que había nacido sólo para ser su amiga. La niña le correspondía. Le iban a poner una pierna robótica muy pronto, y podrían jugar y correr juntas. Sólo si tú estás conmigo me sentiré completa, le dijo. Ofelia lloró y la abrazó. En su rostro enrojecido la expresión de felicidad dolorosa.

Se fue a su casa. Sus papás llegaron muy contentos, le dijeron que tendría la educación que ellos no tuvieron, los dulces que ellos nunca degustaron, los juguetes que siempre veían a través de una vitrina. Sólo tenía que darle una de sus piernas a otra niña que la necesitaba más que ella. Pero no era algo tan malo, le pondrían una mecánica con todas las funciones normales.

 

9. TERE

No sé para qué es este cable rojo, ni sospecho para qué son el verde y el negro, que tiemblan cuando respiro. ¿Nací con estos cables que atraviesan por fuera desde mi cuello hasta mi pecho? Los jalo y no me duele, pero cala; busco bajo mi piel algún aparato, mas, si existe no lo siento. No se conectan con nada al exterior, sólo están ahí. No hay nadie más con unos cables así, no he visto a nadie y creo nunca lo veré. Una brisa de electrones me da escalofríos.

Tampoco tengo padres que me aclaren las cosas. Vivo en un convento con unas monjas. Pero ellas no saben nada, sólo son túnicas que se me acercan flotando como si estuvieran huecas, como si no estuviéramos del mismo lado de las paredes. Les he preguntado una y otra vez, pero siempre me responden con evasivas. Nunca me dejan salir sola a la calle, si no, tal vez pondría un anuncio en el periódico… con mi foto: ¿Alguien sabe quiénes son los padres de esta niña?

En mi habitación hay un silencio que no puedo acallar con nada, a veces me pongo a leer en voz alta y ni siquiera tengo ecos que me hagan sentir menos sola. He descubierto poco a poco que el espejo enmohecido no tiene respuestas para mí, nada más miradas agrias.

Un día a la hora de la comida, todas las monjas estaban distraídas y pude esconder un cuchillo que me dieron para ponerle mantequilla al pan. La mantequilla es suave y se desliza con facilidad, pero la piel no. Tuve que raspar con toda mi fuerza. No me atreví a cortar los cables durante varias noches. Cuando al fin lo hice los efectos fueron mínimos en el cable, pero mi piel quedó raspada y llena de sangre. Me estuve cortando las piernas por semanas.

Las monjas hacen que me bañe con un blusón puesto, así que no ven mis heridas.

No sé porqué pero a mí no me dan la comunión. Dicen que no puedo, que por mi naturaleza no se puede. Pero que pida a Dios con toda mi fe que me bendiga. No soy mala, les digo. Pero dicen que eso no tiene nada que ver.

Una vez en la homilía escuché algo sobre el perdón, sobre Dios y las excepciones, les pregunté sobre eso a las monjas, que si no podían hacer una excepción.

—Tú eres la excepción.

Hay una fuente en cuyas aguas puedo crear ondas. Mi rostro se distorsiona y se fragmenta.

Pienso que algún día me lleven al parque a caminar, un señor de traje negro, de facciones duras y ojos de piedra me observará en su búsqueda, me habrá encontrado después de tantos años; me va a decir: “ven, niña, ven” tratando de atraerme pero yo sabré que nada bueno podría salir de esa mirada. Me tendrá que agarrar a la fuerza y en el forcejeo le morderé la mano sólo para descubrir que es inmune al dolor. Antes de llegar a donde me lleve, quizás a una puerta luminosa, me arrancaré los cables para morir.

 

10. VANESA

(Para Alex también)

Había una vez una niña que podía leer muy rápido, más rápido que todos los demás de su salón, pero la maestra siempre la regañaba: Vanesa, deja de estar haciéndote la mensa y lee tu libro. Lo que pasaba era que leía tan rápido que terminaba antes que los demás y se ponía a jugar o a peinar su hermoso cabello. Claro, después del grito, Vanesa regresaba a su banca y se hacia la mensa fingiendo leer. Un día se encontró un libro muy grande y gordo, pero la maestra se lo vio y le dijo: seguramente te lo robaste de la biblioteca… Y le quitó el libro, lo guardó en su escritorio. Vanesa se fue a su casa muy triste y se puso a llorar. Se acurrucó en su cama. A la hora de dormir salió por la ventana y corrió hacia la escuela, abrió el cajón del escritorio con un fierro y sacó el libro que contenía las instrucciones para volar. Se quedó leyéndolo con mucha concentración durante toda la noche, y no se dio cuenta de cuando, al amanecer, todos llegaron. Otra vez la maestra la regaño: Niña ladrona, ahora sí te va a llevar la policía. Los niños se burlaron de Vanesa y la maestra comenzó a gritar: ¡Policía! ¡Policía! Pero Vanesa ya había aprendido y salió volando hacia el cielo claro del día.

 

11. WENDY

Las montañas han germinado del suelo como ruinas de edificios milenarios, ruinas lejanas y herrumbrosas. El sol extiende sus dedos que la atraviesan. A lo lejos se puede ver una mota de polvo que se hace cada vez más grande. No tiene sombra.

Es una mujer que conocí en mi cine, en el único cine que hay. Proyecté una película de amores imposibles. Ella estaba ahí, llorando. Me recordó mucho a mi madre. Le dije: hola, soy Wendy, yo “corro” este lugar… me gustaría filmar algo contigo, algo así medio experimental… Ella se asustó, pero le expliqué que el procedimiento que yo utilizaba era muy antiguo y sólo capturaba su imagen. Hago esto desde que tenía ocho años, le dije.
—Mi padre era un cineasta loco, él me enseño todo lo que sé. Un día llegaron un hombre y una mujer a su casa, eran del Departamento de Compresión, ellos se deshacían de los vestigios del pasado, de las fotografías, de las películas, de los cómics, de los videojuegos, los ambientes de realidad virtual obsoleta. Se los quitaban a la gente para comprimirlos, para evitar utilizar espacio, del que ya en esos días quedaba muy poco.

La mota de polvo es ahora un ave lejana. Mis recuerdos sobre mi madre siempre han sido fragmentarios. Ella fue quien le quitó sus herramientas a mi papá. A veces decía: sucedía tan rápidamente que un día ya no había rastros de lo que hizo cambiar nuestra manera de vivir.

—Sí, sí, se llevaron todo… le informaron que tenía que actualizarse y saquearon todos los materiales y trabajos de mi padre, sus libros y revistas de papel. Papá llegó a la oficina con los ojos rojizos, vidriosos. Con la visión también vidriosa buscó a mi mamá bastante enojado. Pero ella había sido informada de la obsolescencia del Departamento de Compresión: lloraba porque al día siguiente, a las tres de la tarde, se comprimiría a sí mismo.

El ave lejana es ahora la mujer, que personifica a mi madre. Lástima que sólo puedo tener ahora su imagen.

—Regresaron a maldecir el sitio vacío. Encontraron un cuadrito negro.
Es el pasado, dijo ella, ahí está todo junto, comprimido a la novena potencia.
Lo introdujo en una terminal, ante ellos desfilaron miles de millones de datos inservibles… es decir, sin el decodificador adecuado… mi madre tardó años en programarlo, mientras mi padre trabajaba en lo que podía… siempre se negó a filmar con las nuevas técnicas que a veces comprimían fragmentos de las personas de manera accidental… Hoy voy a proyectar una película de esperanza.

La mujer está ahora cerca de la toma, veo su rostro que me mira demasiado complacida, se sale de su personaje… pero está bien, me gusta mirar la obra una y otra vez con todo y error y recordar cómo la conocí.

 

Jorge Chípuli

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