Después de la guerra

Las calles están desiertas, poco pavimento sobrevive desquebrajado. Las grietas han permitido crecer a las plantas entre los edificios demolidos por la guerra. Hicimos algo a principios del siglo pasado, entre lo bueno y lo malo, un hombre austriaco inventó una sustancia que hace fluorecer la vegetación, aún no sabemos porqué, los registros ya no existen. Fue imposible controlar la polinización cuando los edificios se vinieron abajo debido a las constantes vibraciones provocadas por las bombas. La falta de mantenimiento y la gran actividad sísmica acabó con los complejos habitacionales y los rascacielos. La manipulación genética en plantas no resultó como esperaban.

Nadie camina por las ruinas, excepto nosotros. Es la primera vez que salgo a explorar. Me asustaba el color del cielo amarillo y rojo, tan diferente al de las películas, desanimaba andar bajo el fuego que brilla allá en lo alto. La comida escasea pero hemos encontrado la manera de sobrevivir. Leí en un documento que las iglesias tenían un lugar llamado “dispensario”, ahí debería haber comida o granos para cultivar cualquier cosa que no provoque vómitos fluorescentes. Tenemos invernaderos bajo tierra sin mucha variedad por eso salimos a buscar una diferencia en nuestra raquítica dieta.

La vieja catedral está abandonada, por suerte. Mi madre era la encargada de la bodega aquí. En su diario describió el ventanal circular como un aro multicolor que filtraba la luz para crear una atmósfera de tranquilidad. Hoy las nubes impiden el paso del sol y la catedral está sumergida en tinieblas, el cristal sigue completo, luce una cruz empolvada. No queda casi nada, ni la belleza del templo ni esa sensación que ella describía como sagrada. Tengo miedo de que otra bomba destruya lo poco que nos queda, la tercer guerra no ha terminado todavía. Nos dividimos entre los dominados, que siguen luchando; y los libres, cazadores decididos a no morir esclavizados. Los lentes especiales me permiten ver con claridad. Antes de la guerra, se decían que los fantasmas aparecían en cementerios y lugares abandonados. No sé si quienes pasean por las calles en verdad son sobrevivientes o por fin los fantasmas mencionados en los libros se dejan ver de cuando en cuando.

Las plantas crecen salvajes pero son diferentes a las que estudié en botánica, están más vivas, la mayoría aguardan sigilosas y atrapan a los incautos en sus enredaderas, las espinas se entierran en la piel y succionan sangre. Otras son capaces de morder y arrancar pedazos de músculo. Me he puesto un repelente especial para disipar mi olor.

―¿Escuchaste eso? ―miro sobre mi hombro.
Señala el piso de abajo. Cuando pasamos por ahí sólo había hierbas.
―Yo iré a revisar ―declaro y desenfundo la pistola con dosis de tranquilizantes y plasma paralizador.
Asiente, me despido con una mirada. Erik y yo tenemos una historia. El ochenta por ciento de la población quedó estéril luego de la cuarta bomba. Hemos intentado reproducirnos sin éxito. Lo nuestro está destinado al fracaso, pero lo intentamos.
Las maderas crujen bajo mis pies. Si hay alguien abajo, ya me escuchó. La oscuridad me engulle. Un vuelco me revuelve el estómago. El oxígeno del traje es de mala calidad. Sin el sol es difícil distinguir lo que capta la vista.  La máscara me aprieta las mejillas, seguro era de alguien que ya ha muerto. Cuando me la probé en la armería me pareció perfecta. Las gafas se empañan. Hace frío. Los chicos siguen subiendo. Veo las partículas de techo desprendiéndose.  Hablo por el comunicador.

―No veo a nadie. Sólo colgantes verdes por todos lados, cambio.
―Sigue explorando ―Erik se ha vuelto duro con los años, es cada día más cortante.
Continúo. Atravieso la sala donde había más de cien bancos por lado para los feligreses, aún hay madera suelta por aquí, es probable que hayan terminado como leña. Las plantas se apartan, el sonido de las botas hacen que el recinto se estremezca. La vegetación puede oler el repelente. Lucen como cientos de serpientes abriendo el camino. Las raíces se han enterrado bajo el mármol que se levanta roto para formar relieves. La inestabilidad del suelo me hace trastabillar. En algún lugar debe haber agua, lo sé por la espesura. Algo se mueve y altera a las plantas. No logro verlo, avanzo hacia el fondo. Mi rango de visión es corto. Con una mano sujeto la pistola y ajusto el disparo en la opción de plasma. El fluido que expulsa dejaría a cualquiera paralizado en segundos.

Qué extraño, las enredaderas han dejado ver un portal. Las últimas lianas se arrastran hacia la pared. Es como si el abismo me engullera, no logro ver nada. Verifico la luz del casco, está encendido. Limpio el vaho acumulado en la parte exterior de los anteojos. Percibo las motas de polvo gris. Poco a poco los ojos se adaptan. La enredadera me evade, le temen al aroma que despido. La luz de la lámpara por fin me permite apreciar el salón. Noto el marco de los retratos o pinturas tras las hojas y figurillas quebradas. De inmediato, capto una luz exterior. Apunto mi arma. Disparo. El fluido azul se esparce silencioso, sólo son las plantas volviendo a cubrir la entrada. Se seca en menos de un segundo. Con una patada derribo las plantas. Hay un hueco en la pared al frente.

Me agacho para escudriñar. No veo plantas. Adentro también hay luz, esto de las yerbas luminosas es estresante. Oigo agua corriendo. Del techo sobresale una tubería rota. Lleno mi termo casi vacío. Distingo una estatua más adelante, es la figura de un hombre, tiene los brazos abiertos. Su barba castaña ya está descarapelada y sin embargo no ha perdido la sonrisa. Mi corazón se enloquece al notar cientos de insectos flotando cerca del techo, su cola es luminiscente. Aguanto la respiración, y espero temeroso de que bajen a matarme. Doy un brinco cuando suena la estática de la radio sobre mi hombro. No bajan.

―Liz …. Est…por fa… …onde ―es Erik.  No logro entender lo que dice.
―Todo está bien aquí abajo, aún no encuentro nada. Cambio.

La entrada está tapada de nuevo. Se escuchan disparos. Mi instinto me obliga a tapar la lámpara. Pasos de un lado al otro. Me distraigo con una placa en la base de la estatua: “No ames el sueño para que no te empobrezcas; abre tus ojos y te saciarás de pan”, dice. Algo en la frase llama mi atención. Doy vueltas alrededor. Los disparos han cesado. Fue una lucha corta. La guerra parece no terminar nunca. Siempre hay un motivo para pelear, venimos bien armados, otros cazadores no tienen oportunidad. Tontos.

Me retiro el visor y la máscara. El aire no me pica los ojos. Puedo oler el musgo verde creciendo en las fisuras de los bloques. La piel de mi rostro se enfría rápido. Suspiro. Me siento sobre una piedra. Tengo una corazonada. Muevo con cuidado el rectángulo de metal dorado con letras negras. Me coloco el visor y la máscara. Meto la mano al hueco que queda al descubierto. Sacudo los dedos, siento a través del guante las formas de objetos diversos. Encuentro el tesoro. Pequeños sacos, más de veinte. Abro el primero: granos pequeños, quizás sean lentejas. Abro el segundo: frijol. El tercero, luego el siguiente… no conozco todas las semillas.

Gracias, mamá. Digo mientras despliego la mochila. Guardo uno a uno los sacos. Hay una frase subrayada en un papel roto: “¿de qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida?”. La oración me provoca un escalofrío. Sacudo la cabeza y vuelvo a guardarla.

―Contesta… ―escucho el comunicador―. Sal… cui… ―maldigo la interferencia.
―Aquí estoy, sigo con ustedes. Cambio. Voy en camino.

Disparo por segunda vez. Apago la lámpara y confío en mis instintos. Voy con precaución. Uno, dos, tres pasos. Observo. La luminiscencia no es suficiente para distinguir qué hay delante. Otro paso, cambio el modo de disparo a proyectil. Apunto. Me impaciento. Enciendo la lámpara. Sólo ruinas. Ajusto el oxígeno, mi respiración es irregular. Bajo el arma en la escalera. Cinco escalones, doce más. Silencio. Cuatro más. Un cuerpo tendido frente a mí. Corro al distinguir el traje de guía, es Erik. El mundo pierde consistencia. Todo me da vueltas. El estómago se revuelve de nuevo, le falta una parte del cráneo.

¡Crash! El paisaje de muerte se desvanece, las tinieblas cobijan mis ojos. Un golpe en la cabeza. Caigo. Unas botas desconocidas pasean delante de mí. No intento levantarme, veo la sangre de Erik alimentar las grietas. Las plantas se mueven despacio hacia él para atraparlo, devorarlo. Con violencia una mano me voltea. Hay un arma apuntándome en la frente. No distingo al atacante. Sus manos enguantadas recorren mis formas. Estoy segura de que no ha tocado a una mujer en mucho tiempo, se retira el cubre bocas y su nariz se restriega contra mi cabello, luego me olisquea el cuello. Se retira un guante, puedo sentir su mano áspera levantar la blusa debajo del chaleco y recorrer mi abdomen.

―Vámonos, hay equipo nuevo que entregar en el refugio.
El tono áspero de un hombre maduro lo detiene. Obediente, el atacante me desprende la mochila y vuelve a apuntar su arma, esta vez el cañón toca el pecho.
―Así es la guerra ―el timbre de su voz delata sus escasos años.
―Llévame contigo ―intento suplicar. No escucha, la mascarilla me arrebata la oportunidad de rendirme y salvar el pellejo. ¡Bang! El calor se escapa por el agujero. La sangre sale de prisa y se enfría. Una liana me alcanza, su luminiscencia es la única luz que contemplar al final. Irónico. Mamá, no veo el túnel que me llevará al paraíso. Digo para mí. El mundo oscurece para siempre.

 

 

Claudia Marcela Soto Leyva

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