Monturas

Desperté entre el velo de placer y dolor que me subía por la espalda y los gemidos destemplados, afanosos, placenteros, de un tipo cerca de mi oreja. Lo comprendí enseguida: el sello de seguridad había saltado -y eso sólo podía significar que la migra estaba cerca- sacando al cliente que me montaba y dejándome a merced de su amiguito que no se daba por enterado, dale que dale con la cadera, bombeando como si fuera el primer polvo que se echaba en su vida.

—¡Afuera! —grité con una patada que lo dejó al borde de la cama. Se enroscó cubriéndose—. ¡Se acabó la función!

Supuse que era un gringuito acomodado, para él la redada no implicaría más que una multa que le descontarían de su próxima paga, para mí, la cosa se iba a fondo, mucho más que la verga que sentía como un fantasma persistente en la entrada de mi culo. Me dieron ganas de molerlo a pata pero el tiempo no daba para eso, además, era un cliente y con sólo quejarse haría que me bloquearan el enlace. Salté de la cama y de camino a la ventana encontré mi pantalón en el suelo. La descorrí y eché una última mirada, olía a mierda y sudor, a encierro, una botella de whisky barato en una repisa y varias líneas de lo que sólo podía ser coca -de ahí que me sintiera tan embalado-, además del catre metálico con un colchón grasiento, el típico lugar donde odiaba despertar, pero eran gajes del oficio así que me impulsé con los brazos y para mi suerte la ventana daba a un patio interior, un hueco por el que se colaba la lluvia, gotas gruesas como petróleo que esperaba confundirían los escáneres de la migra, eso decían en los cotilleos de los que arriesgábamos el pellejo por unos cuantos dólares mientras el imbécil de turno cumplía sus fantasías más osadas desde la comodidad de su casa.

Me agarré de la escalera de servicio, con la lluvia no podía ver mucho pero el olor era asqueroso, olía a basura, descomposición, muerte, olía a podredumbre, ¿cómo me metía en estas cosas?, escalé concienzudamente para no resbalar, pendiente de mis flancos y arriba, seguro de que la migra aparecería en cualquier momento. Subí un poco más y como si mis miedos materializaran a esos hijueputas, una cabeza grandota, negra y repleta de ojos me gritó ¡Freeze! con voz gutural y robótica que terminó de revolverme el estómago, me dejé resbalar y a la altura del cuartucho me lancé ensartándome de forma maravillosa en la ventana, las cosas que uno es capaz de hacer cuando las balas le muerden el culo, ráfagas de luz que se perdían entre la basura y el olor a podrido que estallaba esparciendo la porquería que se acumulaba allí abajo.

Caí a los pies del cliente que al borde de la cama miraba atontado el vacío con una baba larga y brillante colgándole hasta las piernas. Sorpresa de sorpresas: era Carlos, el peruano, llevaba tiempo sin verlo, pensaba que lo habían quemado o ya no hacía de montura. Le pegué una cachetada que lo tiró al suelo. Me miró con rabia, ¡Conche tu madre! gritó, miraba el lugar sin reconocerlo, entre atontado y despierto, volviendo a su cuerpo.

—Qué pasó, dónde… —de pronto comprendió, sus ojos me reconocieron—. Mierda, estaba colgado.
Sucedía cuando el enlace se cortaba de repente.
—Bien colgado, Carlitos, pero eso no es lo peor —le tiré el pantalón que estaba en el suelo—. ¡Nos cayó la migra!
—Voy a matar al Cojo.
—Primero tenemos que salir de aquí.

Busqué mis botas y la chaqueta. Afuera se escuchó como hacían pedazos la puerta, gritos, disparos, “¡freeze!” robóticos, aullidos de dolor, me asomé y los vi repartiendo golpes con sus armas, quemando a cuantos se les cruzaban, parecían arañas ensartando presas, no vacilaban, sin preguntarse siquiera a quién estaban machacando. Antes de que me vieran metí la cabeza.

—¡La ventana! —Carlitos avanzó hacia esta pero lo detuve.
—Vengo de allá —recorrí de un lado a otro la habitación y como último recurso tiramos la cama contra la puerta.
—Nos jodimos, colombiano.
—Márcale al Cojo, tal vez tengamos una oportunidad.
—¿Qué dices?

Cogí la botella y nos hicimos lo más lejos posible de la puerta, acurrucados, los gritos y las detonaciones continuaban, quebraban puertas, huesos, cabezas, los gritos se ahogaban, se entretenían con la mierda que podían maltratar sin represalias.

—Mantén la llamada mientras reviso el enlace —me llevé la botella a la boca. Sentí el whisky bajar, quemarme la garganta.
Carlitos desplegó su teléfono, una reliquia sin interfaz, timbró dos veces y el Cojo contestó. Se escuchaba ruido, música, una fiesta.
—¡Cojo desgraciado, nos tiraste a los perros!
—¿Peruano?, ¿Qué dices? el sitio es seguro.
—¡Conche tu madre, Cojo de las mil putas!
—Déjalo ya —me colgué de la conexión y ubiqué los últimos enlaces. El sello seguía titilando con los clientes en stand by y ese lapso era el que pensaba aprovechar; cargué el bug de reconexión más el de transferencia, al instante, mientras la puerta volaba y la cama salía disparada hacia la pared opuesta, el tirón del enlace me sacó.

El sol me deslumbró. Hacía calor, mucho calor. El brillo se vio interrumpido por un rostro desconocido. “Are you ok, sweetie? Samantha!, What’s going on?” Sonaba alarmado, bigote espeso y ojos azules aguados, mejillas escurridas. Miré a un lado y al otro. ¡Qué casota!, piscina en el traspatio, césped fino y de un verdor impresionante, junto a mí una mesita con una botella burbujeante, estimulantes sintéticos, pero lo mejor, lo que me deslumbró y me hizo sonreír fue el par de tetas que miraba desde arriba, y más abajo, el vello púrpura y ensortijado de mi pubis -bonito detalle-, la cara no me la podía ver pero enseguida comprendí que Samantha estaba deliciosa. Ojalá al peruano, donde quiera que esté, le haya tocado una buena montura.

I’m fine, dear”, pasé mi mano por su cara y me recosté de nuevo fingiendo indiferencia, fingiendo que todo estaba bien y en realidad, así era.

 

Julián Reyna

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