Noche de Halloween

El pequeño demonio despertó justo para la celebración del Halloween, el evento que más disfrutaba al año, donde ponía en práctica la habilidad de murmurar a los humanos e influenciarlos, por ello al levantarse tenía una sonrisa de cuerno a cuerno. Lanzó un dado para determinar el número de almas que reclamaría esta noche, resultando el tres. De igual forma giró bruscamente un arcano globo terráqueo, se tapó con una garra las dos lunas negras que tenía por ojos y puso un dedo afilado en el punto donde llevaría a cabo la celebración: Tampico, México.

Saboreando lo que le esperaba y recordando que hasta entonces había cobrado sus víctimas sin fallar jamás, conjuró el hechizo para salir sabiendo que este duraba exactamente seis horas, de la media noche hasta las seis de la mañana del día 31 de octubre. Invocando el nombre de su Señor Oscuro imploró por autorización y tener éxito para asegurar otro año invicto. Y así, con una sonrisa de éxtasis, abandonó las entrañas de la tierra a toda velocidad.

Llegó puntual a la cita y recorrió las calles de la ciudad, escuchando cada pensamiento, analizando cada posible situación y escenario que pudiera usar en su favor. Después de un rato dejó de volar, no había nada suficientemente propicio aún, lo que no era del todo extraño, ya que a inicios de la madrugada, las personas apenas comenzaban los festejos, aún no hay personas alcoholizadas ni embrutecidas… bueno, al menos no lo suficiente para influenciarlos. Se deslizó entre las sombras de una zona residencial, entrecerró la visión para tratar de concentrarse un poco más y de pronto encontró a su primera víctima. Se trataba de un suicida. No estaba seguro de si era buena idea desperdiciar una de las tres presas de la noche de esa manera; sin embargo, una idea le incendió su insana mirada. Se acercó a aquella casa, se asomó por la ventana y ahí estaba aquel joven de mirada triste, apuntando a su sien una pistola, al tiempo que su cerebro le ordenaba a su dedo jalar el gatillo. Justo en ese momento le susurró al oído: “La vida es bella” pero la bala ya había dejado la recámara del arma y cruzaba ardiente el cañón… el disparo hizo un eco atronador en los muros, pero no antes de que el pequeño engendro escuchara en la mente del joven, la última reflexión que tuvo en vida: “¿¡Qué estoy haciendo!?”.

Aquello le provocó un ataque de risa y una tremenda satisfacción, había logrado que un suicida se arrepienta justo en el momento de morir. “A veces hay que disfrutar de esos pequeños detalles también”, pensó dando un suspiro.

Corría la madrugada y estaba listo para algo mayor, para el plato de segundo tiempo. Siendo las tres de la mañana pasadas, definitivamente el escenario mejoró. Se acomodó en la salida de un hospital y vio salir a una estudiante de medicina, “¿Por qué no?” Después de todo los médicos solían retrasar la llegada al infierno de las almas. Escuchó sus pensamientos, ella amaba la vida y lo que hacía, la vio salir del estacionamiento, sacó sus alas y comenzó a seguirla, casi a la par.

Cuando ella incorporó su automóvil a una de las avenidas principales, ascendió un poco más para observar los alrededores. Detectó que en sentido contrario venían un tráiler con su chofer drogado que luchaba contra el sueño. En ese momento no pudo creer su buena fortuna, era lo que estaba buscando, se acercó al oído del chofer y le dijo: “Revisa tu celular”. El hombre desvió los ojos y giró el volante ligeramente a la izquierda, hacia el centro de la avenida. El pequeño demonio aguardó un instante con una sonrisa pícara. El transporte cruzó en diagonal la gran calle, invadiendo el carril opuesto, la joven poco pudo hacer para evitar el choque ante el enorme vehículo, mismo que la impactó prácticamente en todo su costado. Como cierre espectacular para su segunda obra de la noche, el auto se estrelló contra una barda, donde pudo escuchar como estallaron en astillas, vidrio y huesos.
Al contemplar esto, sintió una terrible necesidad de llorar de la emoción, pocas veces había efectuado un trabajo tan preciso y con inmejorables resultados, ¡cómo le hubiera gustado tener lacrimales en su decrépito rostro para poder llorar de alegría!

Pasado un rato se percató de la hora: 4:10 a.m. “Este año he sido un poco más lento” pensó antes de concentrar sus afiladas orejas en busca la víctima final.

Volaba por las colonias del norte del puerto cuando escuchó los pensamientos de una joven madre que iba manejando con su pequeño hijo. Se dio cuenta que, si bien la muchacha tenía sueño, el hecho de traer a su hijo con ella hacía que estuviera atenta mientras conducía. De cualquier forma sonrió y le murmuró al oído: “Descansa los ojos un segundo”, a lo que ella agitó la cabeza para desperezarse y puso más atención. El demonio hizo un gesto de extrañeza al notar esto y se elevó por encima del auto. Al avanzar unos minutos más, vio a otro vehículo acercarse por una de las calles perpendiculares. A bordo viajaban tres pasajeros completamente ebrios, especialmente el conductor. “Clásico” pensó el demonio.

Analizando la situación, observó que le faltaba acelerar aun más para que pudiera impactar a la joven, rápidamente se aproximó y murumuró ”Pásate el amarillo”. Al instante el chofer pisó el acelerador y sin que la chica pudiera hacer algo, se estrelló de lleno sobre el lado de la conductora, lanzando el auto contra un poste. El demonio no pudo evitar sonreír de forma triunfal. Se asomó por su ventana, vio el cuerpo sangrante e inconsciente de la mujer acostado a lo largo de los asientos frontales. El niño estaba maltrecho, pero despierto y sin mayor daño. Sintiendo un enorme orgullo por la precisión quirúrgica de su acto: lograr que sólo la víctima elegida resultara herida de muerte.

Las 4:45 a.m. marcaba un reloj cuando volteó a verlo, estaba casi listo para partir cuando alcanzó a escuchar un lejano y lastimero gemido de la mujer, ¡estaba viva! Un poco molesto y desconcertado, regresó hasta el auto analizando qué hacer. Cuatro personas se acercaron al lugar, el demonio inspiró en sus corazones un miedo: “¡El auto va a explotar!”, a lo cual se detuvieron dos de esas personas, dubitativas, pero los otros dos siguieron. El demonio les murmuró enérgico: “¡No es tu problema!” Sólo continuó una de ellas al tiempo que marcaba desde el celular el número de emergencia.

Veinte minutos después llegaba una ambulancia, se acercaron los paramédicos al auto, el demonio ya impaciente les susurró: “No tiene caso, se va a morir”, al escuchar esto en su mente, se sintieron desanimar. La mujer se estaba desangrando y aunque demoraron en subirla a la camilla y conectarla al monitor, los instrumentos no indicaron ritmo cardíaco. “Finalmente” pensó el engendro sintiendo la plena satisfacción de haber logrado su cometido.

Estaba a punto de desaparecer satisfecho, cuando los aparatos indicaron nuevamente pulso y latidos. Sorprendidos, los paramédicos salieron de su letargo y apresuraron al chofer para llevarla al hospital con la sirena abierta.
El demonio vio partir la ambulancia sin dar crédito a lo que ocurría. 5:20 a.m. marcaba la torre de una iglesia. Se molestó y siguió al vehículo, rápidamente le inspiro al conductor: “Llama a tu novia, anda con otro”. El chofer de la ambulancia se distrajo, durante el trayecto estuvo a punto de chocar en al menos tres ocasiones, sin embargo, lograron llegar al hospital.

El ente malévolo veía transcurrir los minutos de manera agónica sin poder hacer más. Recibieron la camilla en el área de emergencias, llevándola a una sección especial para estabilizarla. El demonio ya en franca desesperación se acercó a uno de ellos y le suspiró: “te vas a equivocar” y al otro “se va morir”. La chica empezó a descompensarse ante la torpeza en la atención, su presión bajó y sufrió un paro respiratorio, sus signos nuevamente se abatieron, pasó un instante y ninguno de los dos médicos supieron qué hacer, se vieron mutuamente desconcertados y confundidos. Sin ninguna explicación, milagrosamente la mujer revivió.

El reloj de urgencias marcaba las 5:50 a.m. y el engendro rabiaba de enojo: se obsesionó con la idea de asesinarla a como diera lugar. Volteó a su alrededor escuchando los confusos pensamientos de un intoxicado al borde de la inconsciencia y ordenó feroz: “Corre a la siguiente habitación y mata a esa mujer”, ante lo que el hombre se incroporó de inmediato y pasando entre los médicos arrancó torpemente pero con fuerza la venoclísis de la mujer. Uno de los doctores sujetó hombre para impedir que continuara, lo contuvieron y estabilizaron una vez más a la paciente. La mujer dejó de respirar. Eran casi 5:59 a.m., el demonio esperaba que ya terminara su tortura, ¡estaba a unos segundos de completar su objetivo! En los instantes siguientes vio como el urgenciólogo trataba de reanimarla sin éxito. Sin embargo un médico que no había visto antes, apareció a tiempo para ejecutar un rápido masaje cardíaco que, faltando una milésima de segundo para que se diera la hora, logró traer de vuelta a la mujer, en el mismo instante en el que el hechizo terminaba, enviando al demonio de regreso al infierno.

En cuando reapareció en el inframundo, el demonio comenzó a gritar y destruir todo lo que estaba a su alcance, incluso su propia piel y ojos. Era tanta la ira, tanta la furia contenida en su cuerpo, que lo hizo explotar, salpicando de entrañas y un líquido viscoso las ardientes rocas que lo circundaban. Los otros demonios que presenciaron el momento no entendieron exactamente lo que ocurrió, y después de un breve vistazo a los restos burbujeantes y hediondos que se escurrían viscosos, se encogieron de hombros y continuaron el tedioso trabajo de torturar a los condenados.

Se empezó a escuchar un risa que iba incrementándose de a poco, cada vez más clara que hacía eco en el infierno. Los demonios menores se escondieron pero uno de ellos, tentado por la curiosidad, miró de soslayo desde debajo de una roca para averiguar qué pasaba. La risa salía de la ardiente garganta del mismísimo Señor Oscuro, quien se detuvo justo encima del charco vaporoso que antes había sido un pequeño demonio, y sin dejar de reír dijo en voz alta: “¡Qué buen regalo de Halloween me has dado! ¡Era yo quien reanimaba de manera continua el cuerpo de la mujer, imbécil! ¡Cuánto gusto me dio ver tu cara de frustración esta noche!”

 

 

Miguel Ángel Borjas Polanco

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