Sangre Dorada (Parte I)

El tráfico vehicular era engorroso; el smog deleznable; los cláxones aturdían y la hermosa Beatriz estaba inmersa en una nube de neurosis desesperante, por eso y porque en la madrugada había despertado temerosa envuelta en una pesadilla donde veía cientos de gusanos verdes saliendo de un muro sangriento. Para completar el cuadro fastidioso, ella manejaba atrás de un camión de mudanzas al que intentaba pero no podía rebasar. El calor la hizo mirarse al espejo retrovisor porque sentía la frente perlada por el sudor. Comprobó que estaba bella, que su frente amplia, adornada con ricitos, coronaba unos ojos color de miel enmarcados con rizadas pestañas. Se tranquilizó porque su belleza la hacía sentir segura y orgullosa.

De repente tuvo un gran sobresalto porque una caja de cartón cayó sobre su coche y el camión de mudanzas, de donde había resbalado, siguió su camino. Beatriz paró su viaje orillándose y bajó para constatar que su coche presentaba una gran abolladura en el techo, donde la caja aquella aterrizara. Desparramados estaban los libros que la caja albergara y Beatriz, lectora impulsiva, los recogió, los sacudió y los metió en su coche. Fue directo hacia un policía de tránsito para declarar el acontecimiento; pudo perfectamente recordar el número de la placa y todo lo demás.

Con el coraje metido en la mente llegó a su departamento y dejó los libros en su cama. Después de un buen baño tranquilizador llevó un Martini al buró, unos bocadillos y se dispuso a pasar el resto del día hojeando los libros. Eran veinte y todos antiguos, con forros de percalina que algún día había sido verde y con sus cantos dorados. Tomó el primero y se alegró porque estaba escrito en castellano y todos los demás también; aún cuando los autores no eran por ella conocidos bien podría adentrarse en la inspiración de esos literatos que quizá ya no existían.

Su curiosidad se hizo más precisa y antes que ponerse a leer miró las fechas de aquellos libros, todos tenían más de ciento cincuenta años de haber sido impresos; eran un tesoro. Algunos se notaban muy usados, muy releídos y otros estaban intactos como si ningunos ojos hubieran pasado su mirada por sus páginas. Todos eran de la misma colección de una editorial que a ella le sonaba algo conocida. Ninguno tenía polvo, bien se notaba que el dueño, antes de empacarlos, los había sacudido perfectamente.

Procedió a mirar los títulos porque su interés era leerlos todos, pero en orden. Necesitaba saber cuál de todos ellos era el que más le atraía y jugando con las páginas de uno, miró algo sorprendente: Al inclinar el canto y con la uña dejar pasar las páginas una a una rápidamente, algo interesante se vislumbraba. Entonces, sostuvo aquel canto en posición inclinada sin que se escapara ninguna página… claramente se veía un paisaje acuático: El sol en el horizonte, las nubes anaranjadizas, un oleaje impetuoso en vorágine, en espiral concéntrica arrastrando hacia un punto céntrico y fijo, cientos de gusanos verdes; la espiral acuática dejaba traslucir sangre, una sangre arrastrada por ella.

La sorpresa fue angustiosa, alarmante, incomprensible. ¿Cómo podía el destino adivinar su tiempo? En la madrugada había mirado gusanos verdes en una pesadilla donde una pared ruinosa, de roca y tabiques, caía y era arrastrada hacia una masa de agua tempestuosa; de los restos de aquel muro brotaban gusanos que eran alejados de la orilla y metidos a la vorágine aquella… fue cuando despertó horrorizada, temblando de miedo y ahora, en ese momento pavoroso miraba unos cantos dorados como del sol los rayos, que dejaban ver en su interior una vorágine que ahogaba cientos de gusanos verdes en su tempestuosa agua sangrienta.

Nada era lógico, ¿cómo fue que su sueño vaticinó que un camión de mudanzas dejaría caer una caja? ¿Cómo era que su premonición onírica le anunciara que recogería de la calle misma, aquel libro misterioso? ¿Cuál era el nombre del libro? “Sangre Dorada” ¿Quién era el autor? Don Agus Erve

Beatriz temblaba, su corazón estaba acelerado y su comprensión azorada; bebió su Martini de tres apresurados sorbos y esperó a que su respiración se tranquilizase. Queriendo asentar su ánimo tomó otro libro y revisó su canto; no, éste no tenía nada. Los revisó todos para comprobar que sólo SANGRE DORADA presentaba un paisaje. Los demás sólo tenían dorados los cantos, sin presentar imagen alguna.

Colocó los otros libros en el librero de su salita y sirviéndose otro Martini se llegó nuevamente a su recámara para echarse en la cama y así, ya tranquilizada, comenzar a leer el libro aquel.

Se sentó sobre su cama, apoyó la cabeza en un gran almohadón y el libro escapó de sus manos porque se quedó dormida. Despertó media hora después y se dijo que en realidad no quería aún leer aquellas páginas; se metió entre las sábanas, vació su copa y sobre su lado izquierdo se puso a dormir. Muchos sueños tuvo durante aquella noche, pero sólo recordó uno, el que la asaltó por la madrugada, cuando las imperiosas ganas de orinar la hicieron levantarse y soñando aún con un muro que comenzaba a caer, fue al baño y mientras oía el rumor de la orina, despertó del todo dándose cuenta de que esa pared alta y gruesa en realidad existía y ella la había mirado muchas veces, desde que era niña hasta ahora que su sueño le decía: “Ve a mirar la vieja pared nuevamente, está llena de sorpresas”

Terminó de orinar, aseó sus dientes y se dio un nuevo duchazo; se vistió con ropa cómoda, deportiva y llamó a Antonio, su novio, lo citó en su departamento, quería que pasara por ella y que desayunaran junto al muro, ese que tenía tantos y tantos nidos de pajaritos y pajarotes en sus múltiples hoyos en donde los tabiques ya habían desaparecido.

Llegados al muro, junto al lago, un lugar turístico algo concurrido, Beatriz le pidió —Dedícate a contemplar esta construcción; necesito analizarla exhaustivamente porque he soñado con ella, ese sueño me intriga porque ya lo he tenido varias veces y en realidad es una pesadilla que me descontrola y me hace tener mucho miedo.
—Claro, te ayudaré. ¿Conoces la historia de este muro?
—No; sólo lo he mirado desde siempre, para mí es como parte del paisaje y ya.
—¿No te intriga el saber que esta pared es inútil? Sólo está junto a un farallón casi vertical del Cerro de las Siete Rocas.
—Exacto, no tiene ninguna razón para estar ahí porque no sirve para nada. Un muro es útil cuando es la pared de una casa o una barda protectora que rodea algo y este muro tan inmenso no tiene ninguna finalidad, no sirve.
—Lo construyeron hace ya como doscientos años; iba a ser parte de una residencia pero en el último momento no se construyó nada porque esta zona es parte del paisaje turístico del país y no tiene por qué ser invadida por casas habitación o por edificios y comercios. También dice otra leyenda que lo construyeron a fin de utilizar un material sobrante, el que ya no pudo usarse para la barda del cementerio. Calcularon mal y para no desperdiciar, tuvieron a bien construir ese inútil, absurdo y afeante muro que no deja percibir el farallón vertical del Cerro de las Siete Rocas.
—Tienes razón; a mí me gustaría mirar esas siete rocas.
—Hay otra leyenda más, se dice que el muro fue construido a propósito, para tapar las siete rocas que estaban endiabladas y que eran la causa de la desaparición de las doncellas.
—Sí,  algo oí de esa leyenda… ahora creo recordar algo… dicen que esas rocas a veces se podrían convertir en dragones endiablados y que ellos, estirando sus enormes brazos sujetaban a las mujeres impúberes y se las llevaban consigo a los malditos infiernos. En realidad las tres leyendas son impresionantes: La de la residencia sin acabar; la del material para muro del cementerio y la de la protección de las rocas del infierno. ¿Cuál te gusta más a ti para ser la verídica?
—La primera —dijo Antonio—, la de la residencia no terminada porque es la más lógica; la segunda también podría llegarse a creer porque cualquier material sobrante, no debe desperdiciarse; la que es inverosímil es la tercera. ¿Quién va a creer en demonios secuestradores que además desaparecen para siempre a las vírgenes?
—Ay… ya me metí en el miedo… sabes que soy doncella.
Antonio la abrazó, la besó respetuosamente diciéndole —Ya, ya, preciosa tranquilízate; si esa leyenda fuera cierta ya estaría resuelta porque ese muro, tapó las puertas de roca de… —dijo con voz tenebrosa—  “Los Siete Infiernos”.
—En mis sueños he visto a ese muro caer… y lo miro lleno de gusanos verdes; cae en la laguna y esa agua está sangrienta; tiene una vorágine, el remolino arrastra al muro, a los gusanos, a la sangre pero ese arrastre es interminable, no tiene fin… succiona, chupa y el muro no acaba de sumergirse, los gusanos y la sangre tampoco.
—Vamos, vamos, reacciona, no hagas caso de sueños y pesadillas; mira al muro tal y como es; mira, obsérvalo, tiene nidos de pájaros y pajaritos y pajarotes; ellos buscaron recovecos en la barda para construir sus nidos y ellos no se pondrían a construir nidos en las puertas de los infiernos.
—Sueño con ese muro, lo miro caer en la laguna, ella lo absorbe, lo traga con su bocaza en una vorágine inclemente, voraz, un remolino que se traga las rocas, los tabiques y ellos tienen gusanos verdes, miles y miles de gusanos que me amenazan desde la vorágine y siento que caigo a la impetuosa agua de la laguna.
—¿Trajiste traje de baño?
—Claro que sí; mi plan es que nademos y después comamos unos bocadillos que preparé como a ti te gustan, puse a dorar los panes y los embarré con una salsa de mayonesa con aguacate; los rellené…
—No sigas, me los estás antojando; nademos mucho rato y después nos sentaremos tranquilos a almorzar.

Dejaron sus ropas en la cajuela del auto y corriendo muy contentos llegaron a la orilla de la límpida laguna cuyo oleaje siempre era tranquilo y majestuoso. Los dos eran buenos nadadores, eran jóvenes deportistas que desde niños estaban sanos y tenían una muy buena condición física. Como siempre, comenzaron a nadar primero doscientos metros de crol, otros doscientos de dorso; en seguida doscientos de pecho y para rematar cien de mariposa; sin prisas, no eran carreras, era acondicionamiento físico y diversión.

También había amor tierno y profundo; él la amaba porque ella era preciosa, buena e inteligente; ella lo amaba porque “no había hombre más bueno en el mundo” y porque era ahorrador y ya estaba fincando la casita donde los dos vivirían después de matrimoniarse, al cabo de un año.

Cuando oyeron que algo tronaba, con fuerza y con estrépito, no hicieron caso, siguieron abrazados caminando para salir del agua; llegaron al pasto, se secaron profusamente y llegó el momento de sacar del auto las viandas, olorosas, antojables y nutritivas que comieron sentados sobre el fino pasto de la zona para almorzar.

Beatriz quedó frente al muro y Antonio de espaldas; ella estaba arrobada, contemplaba aquella pared gigantesca que apoyada en algunos pilares en escuadra, retaba a la gravedad; aquel muro era en verdad bello, de piedra gris, con argamasa blanca y tabiques rojos, que lo sostenía fuertemente, era un coloso en el que vivían pájaros de cuatro especies; tenía cientos y cientos de lagartijas viviendo en él y también cientos de caracoles de jardín, lo adornaban con sus babas plateadas, en la parte baja, y atrás de él se miraban las rocas de la cúspide de aquel cerro, invadidas por árboles enramados de variados verdes en sus follajes abundantes y bellos. En realidad tenía muy pocos tabiques metidos en su argamasa sólo para rellenar huecos que quedaban muy chicos para que cupieran en ellos las rocas grises.

Beatriz sí estaba escuchando todo lo que Antonio le decía pero a la vez, se distraía pensando que… le dieron ganas de subir ese cerro; le dieron imperiosas ganas e interrumpiendo a Antonio, le espetó: ¿Hace cuánto tiempo que no subes ese cerro?
—Huuuyyy…  como cuatro o cinco años; verás, la última vez fui con los del club, los de Gimnasia Sueca y ese club ya ni existe.
—Estamos iguales, yo fui también hace como cuatro años, yo misma organicé la excursión con motivo de que habíamos terminado la preparatoria. ¡Quiero subirlo otra vez, llegar hasta esos árboles que desde aquí se miran!
—¡Buena idea! Nos organizaremos; tú invita a tus amigos y yo a los míos.

Algo volvió a resonar, a retumbar en el ambiente; ellos lo oyeron y otros paseantes también porque todos volvieron el rostro hacia la laguna. Era la segunda vez que un crujido sordo y fuerte, retumbaba en sus oídos. Se miraron preguntando silenciosamente qué era aquello. Extrañados y habiendo terminado el almuerzo, comenzaron a recoger la vajilla y otros menesteres; los llevaron al auto y ahí, en el estacionamiento, comenzaron a platicar con una pareja que llevaba tres chiquillos.
—¿Ustedes oyeron esos truenos?
—Sí, los oímos pero —dijo Beatriz— no era el cielo, no eran rayos, era como si el sonido saliera…
—¡Sí! Eso mismo pensamos, ese sonido salía de la laguna misma, de su suelo, de sus entrañas.
—No —opinó Antonio—, eso no podría ser porque el suelo de una laguna no emite sonido alguno —lo dijo para no seguir alarmando a Beatriz.
—Le aseguro que sí, amigo —dijo el interlocutor—, ese sonido raro y tronante vino del fondo de la laguna.

Beatriz temblaba, su cuerpo se cimbraba y hasta sus dientes castañeteaban; no podía controlar sus manos y su rostro estaba demacrado, pálido. Antonio se asustó; la sostuvo de un brazo, cerró la cajuela, la acompañó al asiento del auto diciéndole: “Te llevaré a una clínica; estás muy mal, tienen que controlarte los nervios” se despidieron y Antonio arrancó.

Los nervios de Beatriz, alarmaron a toda la familia; estaba internada noche y día, mientras le hacían estudio tras estudio. Beatriz le sugirió a Antonio que leyera “el libro que está sobre mi cama” —le dijo— “toma las llaves de mi dépar y llévate el libro a tu casa”.
Antonio lo hizo y en esa noche intranquila en la cual dejó a Beatriz en el sanatorio acompañada por su madre, ya en su cama, se puso a mirar el paisaje sangriento de los cantos dorados y comenzó a leer:

(Continuará)

 

Hugolina Finck

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