Rompí mi palabra

Mi alergia a las mascotas me llevó a ser ingeniero en robótica. Siempre me encantaron los animales, soñaba con dedicarme a la veterinaria, pero no pudo ser. Antes de recibirme ya me había hecho loros, pájaros y un ratón. Estos son robots perfectos, nadie se daría cuenta de que mi perro en su interior es una máquina. Lucho es inteligente, juguetón y fiel, como cualquier perro vivo. Gracias a esta capacidad de crear a mis mascotas, mi alergia pasó a segundo plano.

Hay dos cosas que soy en la vida, terco y de palabra. Estas características me llevaron a ser exitoso en mi carrera. Mi más magnifica creación comenzó con un gato. Logré que el gato no solamente fuera como cualquiera con vida, sino que comenzó creado como un gatito recién nacido y llegará a crecer hasta convertirse en adulto. Lo mejor de todo sería que mi gato, al igual que mis demás creaciones, nunca morirá.

Ya teniendo mi propio laboratorio y vendiendo mascotas para personas que, ya sea por problemas como el que tengo yo, o simplemente por su inmortalidad, las preferían, contraté  a una asistente, al verla  me enamoré al instante. Diana era la causa de la mayor de mis alegrías, me hacía inmensamente feliz, ella amaba los peces y para ella hice una pecera gigante, sus peces robots crecían gradualmente y se veían como cualquier otro.

En ese estado de enamoramiento y felicidad en el que me encontraba con Diana, prometí que no dejaría que ella sufriera. Yo, como dije, era un hombre de palabra. La alegraba con acuarios e iba inventando los más hermosos y exóticos animales marinos sólo para verla sonreír. Once meses después de que la conocí llegó corriendo y sonriendo al laboratorio con un test positivo de embarazo en la mano. Esta razón me motivó a trabajar aun más. Le regalé los peces más bellos que pude enterarme que existieron, y ella los cuidaba como si desconociera que eran robots.

Tras la llegada de Sofía, nuestra bebé, Diana estuvo varios días internada, el parto fue muy complicado, los médicos dijeron haberla salvado de milagro, y que ya no podría tener más hijos. Ella estuvo tan grabe que pudo conocer a Sofía hasta cuando ya tenía varios días de nacida. Sofía creció hermosa, inteligente y era un calco de su madre. La niña adoraba jugar con mis animales, observar los peces de su mamá, y hasta le hice, solamente para ella, un pequeño dragón que volaba. Su habitación era una especie de zoológico y yo disfrutaba tremendamente verla jugar con sus monitos y conejos.

Cuando la nena tenía cinco años, Diana me dejó por otro. Yo no lo veía venir, no tenía idea de que se relacionaba con este hombre, ni cómo lo conoció, hasta que un día simplemente, se fue.

Luego me envió un mail diciendo que había arreglado con su abogado que yo pudiera ver a Sofía todos los fines de semana, la extrañaba horrores, pero lo que más tenía era bronca, furia y dolor. Me parecía injusto que se llevara a Sofía con un desconocido.

Respondí diciéndole muchas verdades que la furia arrancó de mis dedos que tipeaban rápidamente como olas de un mar embravecido. Al instante que envié el mail contestándole recordé haber prometido no hacerla sufrir, y busqué todas las maneras de evitar que llegara ese mensaje, pero no pude. Enviándolo rompía mi palabra.

Corrí a la casa de Diana para evitar que lo leyera, pero cuando su pareja me abrió la puerta y corrí a verla estaba llorando, ya lo había leído. Me gritó entre lágrimas que eran celos, que lo que yo escribí eran mentiras. Me enfureció que creyera eso, vi sobre la estufa un hacha que la decoraba, la tomé, rompí la pecera que le había hecho y, hasta ese entonces, adornaba su nueva sala. Los peces mecánicos cayeron por todo el living, el agua mojaba el alfombrado y los trozos de vidrio llovían para todas partes. Me volteé enajenado y noté en ese instante que Sofía estaba detrás de mí, y que con un giro, sin intención le había cortado la cabeza, la cual rodó a los pies de Diana y le dijo: ¡mami! Dejando ver que de su garganta, en lugar de sangre brotaban chispas, se veían microchips, y espacios vacíos.

Diana se desmayó, y su novio se puso pálido y vomitó la alfombra ya empapada y cubierta de animalitos marinos. Yo tomé el cuerpo de mi niña y corrí hacia la cabeza que me miraba asustada, entonces le dije: No te preocupes, mi amor, esta vez no vas a morir, papi te va a arreglar.

 

Andrea Pereira

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