El último viaje de Alondra

Para su octavo aniversario su papá le había conseguido unos ojos artificiales. Viejos, usados, no de la mejor calidad. Tenía que insertarlos en la mañana y en la noche retirarlos, limpiarlos y limpiar las cuencas vacías en su rostro, cerrar las heridas cada vez. Estas parecían siempre estar llenas de cera derretida, cera en la que se mezclaron pigmentos rojizos y amarillentos y palpitaciones que se transparentaban de su sangre impura. Era muy afortunada de estar viva. Sangre impura.

Atesoraba algunas imágenes en la memoria, registradas hace tiempo con sus verdaderos ojos: el rostro de su papá, el hocico de su perro, el cual murió; la franja de caseríos que se extendían a los lados de las vías del tren como si estas fueran una especie de Nilo, los ciudadanos responsables disparando desde los techos de las casas y caseríos y sobre el tren hacia aquellas bestias de sangre impura que volaban sobre el cielo estrellado.

Su madre había sido una de ellas. No recordaba su rostro, ni quería hacerlo, le daba miedo, repulsión, como el suyo mismo frente al espejo. La gente decía que aquella monstruosa piel no era del todo humana, aquellos ojos llenos de fuego que habían hechizado a su padre. Tenía también la imagen vívida de su madre cuando esta pasaba horas mirando por la ventana amplia, suspirando, recordando, llenándose de la nostalgia que manaba del lado equivocado de la muralla. Su lado. De donde venía. De donde había caído.

Maquinista del Turno de Noche, era el título que cargaba a cuestas su padre por las 1951 millas de Wallmerica. Cuando era más niña iba todos los días a acompañarlo, aunque tenía que ir caminando a escondidas, como una sombra, como un espía de caricatura que corría hacia atrás de las columnas y esto en realidad era posible con la ayuda de la oscuridad nocturna y a su sensibilidad auditiva. Esquivando toda mirada ella siempre llegaba primero al vagón y él la encontraba sentada en el suelo, entre los asientos. Si no había gente la tomaba de la mano y por unos momentos podía imaginar vivir de manera normal, como el resto de las personas, sin ocultarse. No supo cuándo exactamente, la frecuencia fue cambiando, primero dos veces a la semana, luego una, luego cada mes. Ahora tenía como dos meses de no ir. No sabía si era por la edad… o por no poder ver igual que cuando tenía sus propios ojos, no, simplemente ya no era lo mismo que antes.

Las imágenes se agolpaban en su mente y la hacían sentir fuera de su cuerpo, al principio intentó quitarse los ojos artificiales e incluso tirarlos a la basura, pero las imágenes seguían recorriendo sus sueños y la invadían.

—Más tarde te acostumbrarás —le dijo su padre, aunque nunca se acostumbró, no realmente—, síguelos usando unos días. Unos días más.

Las imágenes eran como una droga, tenía que volver a ellas y miraba cualquier cosa que le resultara novedosa: la calle llena de gente a través de la ventana, los techos llenos de wallmericans con sus armas y sus sombreros y sus pantalones vaqueros y sus camisas de cuadros, la nube de grasshopers que cruzaban el cielo en diferentes momentos y colores del día y de la noche. Pero no era lo mismo, sus ojos artificiales le entregaban imágenes planas, llenas de ruido y grano, casi sin color.

No recordaba el rostro de su madre, sólo su silueta a contraluz ante la ventana, silueta oscura, morena como la noche. Cuando ella cumplió quince años decidió salir a la calle y entonces fue que la mataron. Alondra corrió hacia el cadáver, casi una mancha de sangre y vísceras en el suelo. No entendía bien lo que había pasado y lo que iba a pasar. La gente. La gente se llevó la vida de su madre y luego se llevó sus ojos. Tenía recuerdos, pocos recuerdos visuales. Sus manos pequeñas coloreadas de rojo. Las manos de adultos que la cubrieron con tantos dedos.

También ella cumplió quince años. Ese día llegó para Alondra. Al atardecer salió a la calle y se dirigió a la estación del ferrocarril. Esta vez dejó los ojos en la mesa de su cuarto.
Su vida era respetada por tener sangre wallmericana. Por tener sangre impura le habían sacado los ojos y le sacaban la vuelta, le gritaban, la insultaban y el jefe de su padre la violaba cuando quería así que por lo general se escondía. Pero no esa noche, esa noche quería que todo mundo la viera.

Walter, se llamaba Walter. Era un militar de cincuenta años. De cabello rubio y ojos azules. Abusó de ella desde siempre, aunque luego tuvo ojos para cerrarlos, para no sentir nada, para aislarse. Su padre sufriría mucho si no lo hacía y él sí tenía la sangre correcta para que no la derramaran, sangre pura. Ella no quería para su padre el mismo destino que ella tenía.

Walter le había dicho que primero habían levantado el muro, que por un tiempo la paz reinó. Tuvieron que hacer llegar a trabajadores de otra forma, bajo controles muy estrictos y con bozales. Los mecsicans, y eran felices así. Era su naturaleza. Entonces comenzaron a escalar el muro, los muy hijos de perra, querían vencer su altura inasible, su imponente presencia, su destino manifiesto de dureza contra la que sólo debían de chocar. Fue entonces que construyeron el tren, sólo era para militares y hacían rondas con él para disparar a los escaladores. Y se las ingeniaron, esos malditos se las ingeniaron, construyeron catapultas y se hicieron grasshopers y de un salto ya estaban del otro lado. El pueblo americano se levantó, emergió la esperanza, el amor, el poder, la fuerza de voluntad de una raza guerrera. Comenzaron a subir voluntarios y a construir casas y caseríos y edificios pequeños y muchas cosas en esos pocos pies que había alrededor de las vías del tren. A los voluntarios se les comenzó a pagar y a dar máquinas para construir y armas y todo lo que necesitaran. Ese fue el origen de Wall City. Ahora había muchos negocios y casinos y venían muchos turistas, americanos under o extranjeros aprobados por sus jugosas cuentas de banco. Pero la única manera de llegar a más de media milla era usando el tren.

Salió hacia la noche, hacia el viento frío y húmedo, hacia los sonidos de disparos que generaban ecos y sintió la ciudad como cuando era más niña. Sus manos siluetas oscuras imaginadas que también parecían percibir, sentir, en su piel la sangre de los grasshopers caídos, la sangre escurriendo por su propia piel, esa piel que tanto enloquecía y al mismo tiempo causaba nauseas a Mr. Walter, sentir los ecos de los disparos entre las paredes, cerca, lejos, diferentes armas los producían, sentir las luces de la ciudad que la recorrían como navajazos.

Hacía unas noches que debería estar en sus días. Ya no chorreaba líquido como el tren, ni dejaba manchas de su sangre morena en suelo como el tren. Le había crecido un poco el vientre. Ella no le dio importancia, ni sabía mucho del tema. Ella no debía contaminar al país con más sangre grasshoper. Con más carne grasshoper. Ella no debía. Ella no lo haría. En la estación del tren había gente esperando, se alejaban de ella y decían cosas. Sintió sus rostros enfurecidos y llenos de asco.

Subió al tren, a tientas, para buscar a su padre como cuando era niña. Fue de vagón en vagón, las personas, sangre wallmericana latía en sus cuerpos, algunos estaban salpicados de pequeñas gotitas de sangre que caía del cielo, más y más sangre que se mezclaba en su mente y en su corazón en remolinos. En cada vagón pudo sentir a los fantasmas, a los que ya no estaban, a los que atiborraban los espacios vacíos.

Avanzaba ella y también el tren avanzaba hacia sueños rotos que se estrellaban contra el muro. Y sintió a su hija latiendo en su vientre. Su hija que tendría el mismo destino que ella, sin ojos, vagando como fantasma por una ciudad que la rechazaba.

Encontró a su padre y lo abrazó. Tocó sus manos ásperas y escuchó su voz ronca. Te amo, princesa, le dijo. Te amo como amé a tu madre.

Ella hizo el recorrido de seis horas y bajó en la última estación. Su padre fue a darle la vuelta al tren para ir de regreso. Ella se arrojó a las vías y pudo sentir por última vez su abrazo y los sonidos de la ciudad, de los disparos, del viento que en las alturas era más fuerte, más limpio, más puro como la sangre wallmericana.

 

Jorge Chípuli

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