Una última noche de estrellas

—Parece un cuadro.

No supe si lo había dicho en voz alta o sólo lo pensé pero las estrellas, a través de esa rendija, parecían un cuadro pintado al óleo, una maravilla hecha a mano. Casi como debe de verse una obra en físico de Zaria Forman.
Vi una serie de destellos, como un cambio de rollo en aquellos viejos cines, colores entremezclados, como ver todo a través de un caleidoscopio. Me vi corriendo agitado, riendo a carcajadas mientras Pug, nuestro perro salchicha, intentada darnos alcance. Yo tenía ocho años.

Cambio a través del Caleidoscopio.
Estaba sentado en clase, la luz matutina rompía con su brillo dorado en el aula contrastando contra el tono azul verdoso del aula cuando la vi por primera vez. Su sonrisa iluminó mi vida, aun más fuerte que la luz del mismo astro rey. Contaba con trece años.

Click. Cambio.

Me vi cansado, maldiciendo y riendo al mismo tiempo, habíamos ganado una partida de parejas en basquetbol, mi mejor amigo y yo disfrutábamos de un triunfo efímero, que nos garantizaba el refresco al final del partido, teníamos 17 años.

Hace frío…

La oscuridad es completa, a excepción del cuadro de las estrellas que siguen brillando en lo alto del cielo nocturno. No siento que tiemble pero puedo ver mis manos hacerlo involuntariamente. Cierro los ojos y veo un campo verde y dorado, como aquel en donde hicimos nuestro primer día de campo. Ella llevaba un hermoso vestido azul, fue su proyecto más ambicioso durante dos semanas. Usó ese mismo vestido cuando le pedí matrimonio. Igual, en el mismo campo de girasoles, pasando los límites de la ciudad, un terreno escondido, atemporal al paso del hombre. Teníamos 26 años.

Click. Cambio.

Cargaba a mi hijo. Era la sensación más estresante y al mismo tiempo la más hermosa; un saquito sonrosado y delicado que respiraba y gemía, un pequeño ser que era el resultado de la suma de uno más uno. Perfección.

Una de las estrellas brillaba con mayor intensidad, opacando por momento a las otras. Su brillo era diferente, rojizo. Caí en cuenta que no era una estrella, sino el mismísimo planeta Marte. Presumiendo su cercanía a nuestro hogar. Reí por lo bajo, sufrí en el fondo. Una lágrima cayó por mi mejilla. Ese dato sobre Marte era un tema que no le contaría a mi hijo. El frío seguía, cada vez más intenso, ¿por qué eso sí lo podía sentir y el resto no?

Cambio.

Estaba riendo, la comida casi se me atora en la garganta a causa de la risa, mis compañeros del trabajo se habían alarmado. Pasó rápido y seguimos bromeando al respecto. Tenía 29 años y el mejor empleo.

Cambio.

Estaba con mis padres viendo televisión, sentados en el viejo sillón favorito de papá, él me abraza mientras mi hijo intenta alcanzarme. Mi padre le hacía burla diciendo que no me alcanzaría, todos reímos al ver la reacción de mi hijo, su frustración y enojo, los ojos húmedos y listos para derramar lágrimas y al final cedí para darle mis brazos y que se arrojara a ellos con la emoción que sólo un niño puede mostrar por obtener algo.

Cambio.

Iba caminando después de un día ajetreado. Pensando en la cena y el trabajo nocturno en casa, me detuve a un metro de la zanja del alcantarillado que tenía más de dos meses abierta debido a los trabajos de reforma. Pensaba en mi esposa, en mi hijo, en la cena. Pensaba en la caja de fusibles, en la mancha de la cocina que no habíamos podido quitar, en la nueva capa de pintura para el cuarto de televisión. Luego, aleatoriamente, pensaba en mi esposa. Pensaba en sus ojos y sonrisa.
Escuché un grito, una advertencia burlona y luego una carcajada. Sentí el impacto de algo metálico directo al rostro justo cuando pasaba una camioneta de construcción. No vi nada, sólo borrones de lo que me rodeaba, como una fotografía mal enfocada y en movimiento, escuché el golpe sordo y luego un latido en mi cabeza, sentí como caía a un abismo, sin tener a qué sujetarme, caía y caía y después… nada.

Abrí los ojos y era todo cuanto podía hacer, mi cuerpo no respondía, mis brazos y piernas estaban en una posición que parecía incómoda, pero no sentía molestias. Escuchaba mi respiración, como se aceleraba por momentos y mi visión iba y venía. Y entonces pude mirar hacia arriba y me di cuenta en dónde estaba.
Desde ahí abajo todo era más oscuro, excepto la rendija que estaba abierta, aquella que enmarcaba el cielo y las estrellas y las hacía ver como si fuera un cuadro pintado al óleo.

Una maravilla creada a mano.

Un último vistazo a nuestro hogar.

Un último brillo de Marte, burlón, irónico, rojo.

Entonces alcancé a escuchar los truenos en la lejanía, el aire revoloteando al final del pozo, los destellos de truenos que amenazaban con traer lluvia, una de la temporada, una de las potentes. Y yo, seguía atrapado, sin poder moverme…

Y después… nada.

Jorge Robles

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