Relato de una de mis muertes

Hace once años estuve muerto y no fue que estuve muerto por un rato, estuve muerto de verdad, de esas muertes que se viven, que se sienten. Creo, o al menos así pasa conmigo, que la muerte nos aterra no por el dolor físico, tampoco por las condiciones en que lleguemos al final de nuestra vida, sino por esa sensación absurda de finitud, de falta de sentido. Esa sensación de que hagas lo que hagas no hay forma de escapar y te vas a morir, no hay forma de escapar y vas a terminar, porque sí, sin ningún tipo de sentido aparente. Porque es lo único que podemos asegurar que sucederá.

Es absurdo que en la vida tan incierta en la cual no tenemos ni certeza ni control de absolutamente nada, y que estamos completamente a la deriva de una coyuntura sociocultural que nos arrastra, la única certeza que tenemos es que vamos a morir, y que la muerte representa el fin total del juego, sin lugar a ningún tipo de protesta ni apelación.

Pero mi muerte fue distinta, al menos aquella vez, aquella primer muerte mía.

Yo tenía unos veinte años y estaba cursando, por segunda vez, sexto de liceo. Mi adolescencia había sido muy movida, en el liceo era fácil reconocerme porque yo era de los que siempre estaban en el patio. Como si hubiera que marcar asistencia, como si existiera una autoridad que día a día pasaba por el patio con una lista para fijarse si estaba presente en la clase que tenía por nombre “Socializar”. Y yo no quería irme a examen, no de esa materia. Claro que como todos sabemos, cuando le dedicamos mucho tiempo de estudio a una materia estamos sacándole tiempo a otras, y yo a la materia que tenía el patio como salón siempre la aprobaba con doce. El problema eran todas las otras, no tenía ningún tipo de motivación aparente para estudiar, para peor puedo decir que tuve muy malos docentes, excepto alguno puntual, y esto no ayudaba mucho. El perder cuatro o cinco veces el examen de matemática de quinto, el entrar a clase de ingles, el cumplir un horario para escuchar, hablar a personas que notoriamente no querían estar ahí, no querían dar clase, pero lo precisaban para comer, se transformaba en dos caras de una misma trágica y desmotivadora moneda, yo y ellos no nos queríamos, y nos lo hacíamos saber. Todo esto sólo alimentaba mi estado de confusión y mi nula capacidad prospectiva con el futuro. Estaba en crisis, no tenía ni la menor idea de lo que quería hacer en mi vida, y en parte considero que está bien, es fundamental perderse para encontrase. Yo, mi pereza y mi cabeza estábamos perdidos, pero hasta entonces disfrutaba de deambular en los caminos de la incertidumbre, realmente lo disfrutaba.

Hasta cierta edad la idea de estar en el liceo es buena pero de repente, de la noche a la mañana, las distintas personas que hacían turnos en el patio y que le daban sentido a mi presencia ahí, ya no estaban, habían entrado a facultad, y yo me aburría. Que es casi lo peor que me puede pasar, me aburría.

Una noche cualquiera me acosté a dormir y como hacemos siempre, aunque no lo recordemos, soñé.

Fue uno de esos sueños muy vívidos, muy reales, y de repente me vi en una habitación con paredes de adoquines azules, piso de piedra azul y con las dos paredes de los costados tapadas con unas cortinas de tela también de color azul, que iban del techo al suelo. Lo primero que hice, sintiendo la seguridad de que era lo que tenía que hacer fue revisar todo el lugar, como quien explora un territorio nuevo, como quien analiza cuidadosamente las reglas de un nuevo juego. Y vi que en el medio de la habitación había una pequeña mesa también de piedra, pero esta vez de piedra gris haciendo contraste con toda la habitación, estaba digamos subrayada en el contexto. Era claro, tenía que dirigirme hacia ella, y así lo hice. Me enfrenté a la mesa y vi que sobre ella había un juego de lógica, la verdad no recuerdo cómo era el juego, pero era del tipo de mover piezas para generar tal patrón y que se solucione el rompecabezas. La cuestión es que luego de observarlo durante unos largos segundos comencé a mover piezas y lo resolví, y justo ahí inició todo, y justo ahí morí.

Automáticamente me trasladé a otro lugar como si hubiera cambiado de pantalla en un videojuego, en un primer momento no puede distinguir nada, sólo que era un lugar abierto pero mis sentidos y mi percepción estaban ocupados en otra cosa, estaba completamente encendido en fuego. Las llamas me rodeaban, me abrazaban con tal fuerza que juro que sentí dolor, el dolor traspasó los umbrales del sueño, me dolía la piel, la carne, todo. Pero por suerte el dolor duró unos escasos segundos y una sensación de paz me abarcó por completo, el fuego aún me estaba devorando pero yo estaba en paz y dejé que él hiciera lo suyo.

Por algún extraño motivo que nunca logré entender yo recibía información a lo largo de todo el sueño, era una información sensorial, sentía que todo estaba bien, que las cosas iban bien, y que todo debía suceder como estaba sucediendo, que era necesario. Así que el fuego me comió.

En cuanto el fuego terminó su trabajo pasé de “pantalla”. Esta vez estaba en un campo, en una inmensa pradera con montañas sobre el horizonte. Lo extraño era toda la gente que estaba mirándome, vestida con ropa medieval, pelos y barbas largas y armaduras de cuero, estaban como escapados de una película, parecían campesinos que habían dejado la siembra para luchar contra las fuerzas armadas del noble local. Era evidente que estaba en una época pasada y que esa gente por algún extraño motivo me estaba esperando.

Hay algunas cosas que son muy difíciles de explicar pero lo intentaré, a toda esa gente que eran casi treinta personas, yo no los conocía, pero los conocía muy bien, nunca los había visto en mi vida, nunca había ni siquiera hablado con alguno de ellos, pero los conocía, como quien conoce a esos amigos que te acompañan desde la adolescencia. Teníamos una historia en común, una que yo no recordaba pero que existía y que hacía que entre esa gente y yo hubiera un lazo emocional muy fuerte, se sentía que eramos sobrevivientes de las mismas horrorosas tragedias y de los mismos sublimes momentos de felicidad. Digamos que esa sensación es simplemente inefable.

Me detuve a mirar el paisaje, parecía un día cálido otoñal, con ese olor a aire fresco que te acaricia y te limpia. Se sentía la serenidad de un joven día despejado luego del azote de una gran tormenta. Casi de inmediato, con un paso calmo y un gesto entre alegre y de resignación, se me acercó quien parecía jugar el rol de líder, y luego de decirme “te estábamos esperando” me dio a entender que todos ellos estaba ahí porque yo lo necesitaba y que esta vez eran ellos quienes debían devolverme lo que yo les había dado en algún momento, como un pacto espiritual que en esa muerte, en ese trance, se debía cumplir. Ellos estaban ahí para ayudarme a descubrir alguna verdad, una revelación que por algún motivo no había aprendido en la vida y que era esencial que entendiera antes de seguir el viaje. ¿Viaje a donde? Ni la más puta idea.

Todos sabemos que en los sueños el tiempo es muy relativo, más incluso que en la vida lúcida y esto es mucho decir. Así que pasó un tiempo donde yo caminé y charlé con ellos, no recuerdo sobre qué, pero fueron largas charlas amenas. Al final del día me quedé sentado, solo, en una colina y fue ahí que me llegó la idea, la luz o como se llame, descubrí lo que tenía que descubrir y desperté.

Recuerdo que ya despierto estaba exaltado, obnubilado por lo que había sido un gran descubrimiento, me quedé sentado a los pies de la cama, en la oscuridad y el silencio de la madrugada, pensando, sólo pensando. Y luego de un largo rato me dormí.

Como bien sabe el psicoanálisis, los sueños operan de forma muy extraña en nuestra cabeza, uno de los procedimientos más molestos a mi entender es el del olvido sistemático y paulatino del sueño, este mecanismo se jacta de ser excesivamente cruel, lentamente nos roba porciones de la memoria, que a mi entender es como robarnos parte de nuestro ser ¿qué somos sino nuestra memoria?

El asunto es que al otro día al despertar, como es esperable, no recordaba la gran revelación.

Pasaron los días y procesé el sueño, lo interpreté y aún lo hago once año después encontrando cada tanto nuevos significados y nuevas revelaciones.

Pero en aquel momento entendí que la habitación azul a examinar representaba la curiosidad innata que nos mueve, el color representaba la claridad que se presenta ante quien busca y el juego la problemática a resolver, la duda, el desafió, lo lúdico como camino al conocimiento, y el enigma como esfuerzo intelectual que los desafíos implican. El estar predispuesto a saber qué hay después de esto, estar predispuesto al cambio que sabemos marcará un antes y un después para nosotros. La muerte, como fin de lo anterior e inicio de lo que viene, el fuego, el dolor como caos, como miedo a la situación entrante. El estar acompañado y rodeado por gente a quien mueve las mismas pasiones que a uno, el alejarse como mecanismo de introspección donde procesamos el conocimiento y el descubrimiento de uno y la revelación que llega y luego se va dando lugar a nuevas dudas. Pero sobre todo, la muerte. ¿Que es la vida sino una muerte constante? Un renacer tras otro. Ya no somos el que fuimos, ese murió, y mañana morirá el de hoy.

Ese día decidí terminar el liceo y hacer facultad.

Cristian Taddeo

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