El Vampiro

Caminábamos rumbo a la estación del metro Copilco después de la clase de historia de la filosofía. Intentábamos conversar con poco resultado; nuestra plática se interrumpía brusca y continuamente por silencios. Fue en uno de aquellos silencios en donde Inés me confesó su secreto. “Yo una vez conocí a un vampiro”. Me reí apenas hubo terminado la última sílaba, era la única cosa que hacía cuando no sabía qué responder y porque me pareció un esfuerzo valioso por parte de ella por mantener la conversación. “Es en serio”. Por supuesto que sí, le respondí. “No te rías” ¿Qué otra cosa puedo hacer? “Creerme”. Te creo. “Tú no me crees”. Pues no, no existe otra manera de reaccionar ante tal aseveración.
Otra vez el silencio volvía a separarnos.
Si un vampiro te muerde te conviertes en uno, pero si un humano muerde a un vampiro ellos no se convierten en humanos. Tendrías que matar al primer humano. Nadie sabe quién era y por eso nunca moriremos.
Nunca me interesaron los vampiros. Las caras pálidas y sus vestimentas siempre me parecieron el epítome de una teatralidad decadente y ridícula.

Continuamos caminando en silencio. Preocupado por haber herido los sentimientos de Inés pero sin la voluntad de pedirle perdón llegamos al metro. ”Ve a esta dirección, ahí es donde vive” me dijo al fin y yo sentí un gran alivio. Guardé el pedazo de papel sin mirarlo en mi chaqueta. Ni que decir tengo que la dirección es un secreto y no debo compartirla con nadie. De no haber sido esa la última vez que vi a Inés nunca habría atesorado la dirección. Inés dejó de asistir a las clases de historia de la filosofía; nunca se enteró o tal vez sólo lo percibió: ella era la única razón por la que la clase me emocionaba. Me gusta pensar que el vampiro fue el único acontecimiento por el que Inés apareció en mi vida.

Un impulso frenético me hace querer contar en estas páginas la dirección en la que habita el vampiro. Sin embargo el recuerdo de Inés y mi obsesión por hacer que mi palabra se cumpla me lo impiden. Me limitaré a escribir la anécdota con todo el detalle del que mi memoria y mis sentidos me permiten.

Las clases de filosofía seguían siendo aburridas y yo seguía pensando en Inés. Esperaba paciente a que cruzara por la puerta del salón, esperaba hasta el último alumno, mi mirada fija siempre en la puerta e Inés que no aparecía. Le preguntaba a los compañeros sobre la alumna que se sentaba siempre al extremo izquierdo junto a la mesa del maestro, las historias siempre eran distintas: se mudó, se cambió de carrera, se casó y se fue a vivir a Francia, los menos ni siquiera sabían quién era.
Recordaba constantemente la conversación y en cada ocasión me lamentaba: ojalá no me hubiera burlado de ella, ojalá le hubiera preguntado cómo era ese vampiro, cómo había llegado ahí y si tenía planes de casarse en Francia o un novio. Y ahora ella era sólo un recuerdo. ¡Oh, Inés, todo pasa por tu ausencia! Después de notar que Inés no volvería dejé de asistir a las clases de filosofía y después a la universidad. Un día revisando mis viejos cuadernos de la universidad encontré el papel de Inés. Sin nada qué hacer y animado por el viejo recuerdo de ella, fui a la dirección.

Mis pisadas resonaban en el pasillo poco iluminado de la vecindad. Un olor a comida la inundaba. Subí por las escaleras de metal y toqué la puerta de madera con la pintura blanca desgastada; tres veces como Inés me había dicho. Mi corazón bombeaba sangre como loco, como una bestia enjaulada que lucha desesperada por escapar. Mi mente anhelaba que fuera sólo una broma de Inés. Mientras pensaba en ella y en sus palabras la puerta se abrió. Una mujer de cabellos grises que le llegaban a la cintura apareció; sus ojos demostraban dulzura y calidez y su sonrisa una inteligencia arriba del promedio. Me miraba emocionada como una niña. Con su mano me indicó que pasara. Conversamos poco. Me dijo que se llamaba Aurora, me ofreció café y lo acepté. Se movía con vitalidad. Le pregunté sobre Inés, no la conocía, así que se la describí. La recordó vagamente, su mente ágil recordaba a todos los que habían estado allí. Me dijo que no conocía su nombre, que todos los que llegaban y tocaban a su puerta lo hacían por casualidad; ella sólo se limitaba a abrirles. Parte de su visión de la vida consistía en aceptar sin ningún juicio ni impedimento lo que ocurría en su vida, ya fueran personas, lugares, desgracias, animales y objetos. Ella sólo quería las cosas en sí mismas con la plena conciencia de que algún día ya no estarían pero dichosa de haberlas contemplado sin poseer ninguna.

—Eventualmente nos mudaremos y las personas seguirán viniendo a nuestra casa allá a donde vayamos. Algún día ya no podremos abrirles y en ese momento moriremos.
—Creía que los vampiros eran inmortales
—Hasta los seres mitológicos saben que cuando nadie sabe quienes son, mueren. Nadie quiere seguir viviendo cuando no existe en la memoria. Todos los seres saben esto. Bueno, ya es tiempo.
Se levantó del sillón e instintivamente la seguí.
—Ahí está—dijo suavemente mientras descorría una cortina de terciopelo morado.
En ese momento pude verlo. El hombre se encontraba en una silla con los ojos cerrados y los brazos sobre los descansos como si meditara. El negro cabello enmarañado y la barba larguísima ocultaban su rostro. Era un vampiro milenario para quien el tiempo es sólo un relato. En su vientre, en donde la mayoría de los hombres tiene entrañas, el vampiro contenía un universo, una galaxia espiral que giraba lenta pero continuamente sobre un fondo negro, lo que lo diferenciaba del género humano.
Pasmado y maravillado ante tal escenario, al que pocos hombres tienen acceso, no pude ni dar un paso. Mis ojos, que nunca se habían maravillado con nada en el mundo, comenzaron a inundarse ante tal espectáculo. Escuchaba el sonido de las olas chocando en mi interior. Esperaba con terror que aquel ser -que a veces por descuido me atrevo a denominar como hombre- nunca despertase porque aquello supondría el final de la ventana abierta. Porque no era un hombrepuerta, era un hombreventana que permitía sólo echar un vistazo a su mundo interior, a diferencia de los hombrespuerta que permiten el total acceso a su mundo y se regocijan si la gente camina, toca y pregunta.

No sé cuánto tiempo pasó, un minuto o quizá dos. Aurora tocó suavemente mi hombro y justo en ese momento corrió la cortina que había sostenido todo el tiempo.

La habitación en la que se encontraba el vampiro daba la sensación de estar fuera del tiempo. Con esa sensación de irrealidad volvíamos a la sala de estar en el pequeño apartamento que por un momento se había vuelto inmenso. Las tazas del café en la mesa baja; la mesa entre los dos sillones unitarios; el apartamento en la vecindad, la vecindad en una calle. Me dejé caer sobre uno de los sillones -aunque en realidad fue como si me depositaran suavemente, arrullado por las corrientes de aire después de visitar el país de los sueños-, sin quitar los ojos de la cortina morada, tratando de guardar en mi memoria la mayoría de los detalles de lo que acababa de ver. No pedí a Aurora que la descorriera de nuevo, sabía que eso nunca pasaría, tampoco intentaría descorrerla en un arranque de pasión y debilidad, porque yo sabía que aunque quisiese no tenía la fuerza ni el poder para hacerlo.

Después de sentir que había transcurrido una porción considerable de tiempo por fin pude suspirar. No hubo que decir nada más. No había palabra alguna que pudiera llenar el momento. Nos despedimos también en silencio.
Afuera las bocinas de los coches inundaban la calle. Volvía a insertarme en el inexorable ajetreo de la vida cotidiana sabiendo que Inés seguía viviendo.

 

León Domínguez

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