Versus – “Hilda” de Andy Coyle

Este versus va de comic a serie. Me tocó la serie.

La puedes encontrar en Netflix, de nada. Cuenta con trece capítulos que se estrenaron el 21 de septiembre de este año. Es decir, me tuve que chutar la serie a menos de una semana de su aparición, gracias, cooeditor. Que por cierto, él hace la reseña del comic. Asómate.

Valió la pena.

No soy muy afecto a las series. No soy muy afecto a las caricaturas. No soy muy afecto a las caricaturas para niños pero… Hilda tiene algo. O más bien, mucho.

En líneas generales Hilda es una niña que vive con su madre (soltera si le hago caso al doblaje; sola si le hago caso a los subtítulos) en una casa en medio de la nada, en una tierra poblada de fantasía. Trols, elfos, ciervoszorros o zorrosciervos, cuervos como el chorrito que se hacía grandote y se hacía chiquito, gigantes y una multitud de seres y lugares fantásticos. Hilda y su madre conviven con ese mundo de la manera más natural; no hay sustos, ni sorpresas, ni (mucho) miedo. Algo así como un realismo mágico para niños.

¿Para niños? No exclusivamente. Aunque los enanos la pueden disfrutar, e incluso sufrir, de manera genial, si eres adulto y le pones atención a los múltiples discursos que te da la historia te la vas a pasar muy bien.

La serie es un viaje de descubrimiento y adaptación para Hilda. Descubre seres, se muda de casa a la gran ciudad, Trollberg; inicia escuela y amistades e incluso actividades extracurriculares; se topa con los trols de carne y hueso, se enemista con su amiga. En fin, las peripecias de un niño prepuber casi normalito.

Por otro lado el periplo inicia con historias, seres y situaciones de fantasía. El constante descubrimiento de personajes y circunstancias fantásticas es uno de los puntos fuertes de la serie; pareciera que los escritores tienen una inacabable bolsa llena de trucos geniales. La parte de fantasía, que es la carta de presentación, me recuerda irremediablemente, defecto del espectador, a una obra maravillosa: La Historia sin fin. Hilda va montada en seres fantásticos o un cuervo gigante. Amén que la musicalización es exquisita y, lo siento, también me evoca aquella ochentera cinta.

Como todas las buenas obras artísticas que se precien de serlo, Hilda tiene múltiples capas de lecturas. Esta el plano cotidiano de los personajes: sus vidas, actividades y relaciones interpersonales. Si omitimos el elemento fantástico este sería un tierno y agridulce recorrido por una infancia no del todo agradable.

Por otro lado, la serie no se limita a ser fantasía: hace guiños muy efectivos al terror, al horror e incluso a la ciencia ficción, que en Uk nos encantan todos esos géneros, a niveles que me atrevería a decir que no son del todo infantiles.

Aunque a lo largo de los episodios los personajes son mayoritariamente “buenos” u amistosos, nos topamos también con seres no muy nobles, no me atrevería a clasificarlos del todo de malos, que crean situaciones que si te metes en la historia, te pueden generar un miedo muy sutil: el perro negro, los mismos trols, e incluso las marras (¿salvatrruchas?), una científica loca, entre otros personajes bastante memorables. Si le metemos lupa a los episodios encontraras temas que no me sonarían adecuados para los niños, pero son presentados de una manera tan sutil e inteligente que a ellos les pasará de noche pero a ti te harán levantar una ceja: Los poltergeist, algún aquelarre, la nigromancia, los fantasmas, que aunque salvo el poltergeist, nunca te los mencionan por su nombre, te son presentados tal cual. Es algo que agradecerles como espectador adulto.

El discurso de la serie tiene remarcadas cosas agradable: Hilda, por ejemplo, cree en el diálogo para solucionar toda clase de problemas con toda clase de seres. Y generalmente lo logra. El respeto a la naturaleza esta presente en todos los capítulos y en la añoranza de su primera casa y en contraste con su vida en la ciudad. Incluso, y aquí es donde encuentro la ciencia ficción, el recuerdo del cambio climático y el afán de la humanidad por controlar, por creerse dueña del planeta. En este mismo capítulo entra la anteriormente mencionada científica deschavetada.

Los personajes principales, que no son muchos, también tienen sus peculiaridades: Empezando con Hilda que no le teme a nada, se enfrenta a todo y busca ayudar a quien lo necesite. La amiga, Frida, es una niña de piel oscura que hace el viaje al lado ídem para darse cuenta que sus amigos están donde siempre estuvieron. David, perdón por lo mal pensadote, da muchas señales de que va a resultar el personaje gay de la serie (lo pintan como poco valiente, sólo tiene amistades femeninas, en algún episodio lo disfrazan de niña y así). Sorry. El niño es tierno y vive con bichos encima. En el fondo también vemos cierta tendencia a la diversidad cultural, finalmente la serie es una cooproducción francesa canadiense, ya que aparecen mujeres vestidas a la usanza musulmana. El Hombre de madera es una agasajo, casi casi el doctor House… de madera. Un ejército cabalgando conejos. La madre es dibujante, recordemos que Hilda nació en un comic. En fin toda una experiencia por disfrutar.

En realidad ha sido para mí una bocanada de aire fresco: por su grafismo y paleta de colores; por el optimismo en la humanidad; por el manejo de los géneros no tradicionales. En fin, la encontré entretenida, acertada e incluso bastante tierna y emocional.

Con lo que me quedó de la serie, y que tanta falta nos hace en este rancho grande llamado Monterrey, en este país sangrante que es México, y en este mundo tan deshumanizado que nos ha tocado vivir es eso: Que si buscamos solucionar nuestras diferencias por medio de un diálogo empático y asertivo, posiblemente este mundo sea un poquito mejor: Gracias, Hilda.

Gracias, Luke Pearson, gracias Andy Coyle, gracias, Netflix.
Y gracias a mi cooeditor Abraham Martínez que me puso a verla.

Y claro: a ti, lector, por llegar hasta acá abajo

 

Samuel Carvajal.

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