La Iglesia de la No Resurrección

La Historia recriminará mi tardanza en compartir con las futuras legiones lo que alguna vez atestigüé y reprocharán los sabios que sea la espada de un guerrero y no la pluma de un teólogo la torpe narradora.

Durante la última época de las persecuciones, el emperador Lactancio VIII me citó para una encomienda. En aquel tiempo era yo el general augusto, la púrpura se prometía. Aunque nunca llegó. Según los informantes del emperador, en el oriente medio, cerca de Samarcanda, hallaron una última afluencia de cristianos. Se pensaba que esta secta había desaparecido dos siglos antes y Lactancio VIII, por curiosidad, nos envío a verificar dichas noticias.

Al mediar el año tres mil treinta y nueve crucé el océano y alcanzamos las ciudades de la Serpiente Jorobada, en el territorio de Samarcanda. Tierra adentro, por la frontera norte, llegué a una meseta desoladora. Ningún campo de batalla podría comparársele en lo oscuro. Eran las ruinas de una urbe: los multifamiliares que en otros siglos sirvieron a los obreros eran ahora cavernas, trampas de muerte. El gris de los muros se extendía al cielo y aunque el sol no alumbraba el calor del desierto hubiera sido preferible al que soportábamos allí. Pronto divisé, no muy lejos, columnas de humo. Dejé a la mayoría de mis soldados acampando; sólo una veintena siguió conmigo. Al poco rato descubrí algunas chozas mal construidas alrededor de un edificio cuya torre culminaba en una cúpula y ésta, a su vez, en una cruz de metal.

Encontramos el portón entreabierto. Una muchedumbre rezaba entre murmullos y llantos. Preferí observar desde el quicio. Nadie se volvió a mirarnos. En el interior se distinguían repisas aferradas a los muros. Sobre ellas descansaban diversas estatuas de santos y beatas de tamaños regulares, en sayos antiguos y diversas posturas piadosas. Cerca del altar llamaron nuestra atención dos figuras distintas al resto. Ambos guerreros. Armados a la usanza romana. Alas enormes, blancas y un fulgor dorado en sus cabelleras. Blandían ante el enemigo sus espadas flamígeras. También, al frente, encima de las demás repisas, reconocí al estandarte de los cristianos, más por un recuerdo de mi niñez que por propia erudición. Esa imagen ilustró la portada de algún libro de historia en mis primeros años escolares: la cruz de madera en la cual un hombre de cuerpo lastimado desfallece, chorros de sangre cerrándole los ojos, el rostro cubierto por una mata sucia, la cabeza coronada con zarzas…eran tantos los símbolos, como vasta mi incapacidad de descifrarlos.

Interrumpió mis contemplaciones un anciano que se paró al frente y comenzó a hablar. A pesar de ser un bárbaro su lengua no me era desconocida. Al vernos demostró poca atención al igual que sus oyentes: mujeres en harapos y hombres flacos, apacibles. El orador debió llamarse Amén. Terminaba una frase y todos repetían su nombre.

Amén miró un reloj en el altar y dijo:

— Son las tres de la tarde. La hora llegó. Si entre nosotros alguien se resigna a ser enjuiciado por sus pecados, salga de este templo, nos arriesga. Quien desee, en cambio, el sepulcro como eternidad, tome sus armas, estese atento.

La muchedumbre cogió piedras y palos detrás del altar. Al principio creí que Amén no lograría controlar a su multitud, pero él mismo los instigó al escándalo con sus arengas:

—Sólo faltan algunos segundos. El padre de aquél —señaló al crucificado— volverá como cada centuria a querer resucitarlo, nosotros postergaremos ese juicio condenatorio…

Un silbido, un crujir extraño, se escuchó dentro del edificio. En ese momento —lo juro por cada uno de nuestros dioses—, las estatuas comenzaron a cobrar vida, ambicionaban huir de sus repisas y eran azuzadas por los histéricos feligreses. Algunas saltaron al piso e intentaban correr al portón. Mis soldados y yo nos contuvimos sin saber qué hacer. El hombre de la cruz se sacudió y con un ojo espió a través de su cortina de pelos, tanteando la situación; en cuanto supuso que los otros estarían entretenidos golpeando al resto de las estatuas, se desclavó de la cruz auxiliado por los dos guerreros alados, pues eran ellos quienes mejor se defendían (y a nosotros más entusiasmaban). Le abrieron camino al portón. Al pasar junto a nosotros, su jefe, aquella estatua convertida en hombre, nos vio sin detenerse, arrancó su corona de espinas y la arrojó a sus perseguidores. Ordené a mis soldados replegarse para permitir la huida de esos seres insólitos. Tras de ellos corría la multitud, arrojando piedras, desatinando palos al aire. Los seguí. Quisimos saber en qué terminaba la faena.

Las estatuas fueron en poco tiempo derrotadas. Con amarras y cadenas eran conducidas a sus antiguas repisas. No obstante, los guerreros alados, el hombre de la cruz y una mujer de vestido negro y aterciopelado, resistían los embates de Amén y su horda defendiéndose bravamente. También a ellos les llegó su hora. Sucedió que uno de los seguidores de Amén logró aferrarse a los tobillos de la mujer. Ella se abrazó al dorso del hombre de la cruz, desesperada. Ni así evitó su captura. La multitud consiguió apartarla. El hombre de la cruz se tiró al piso, alargándose en un agónico calambre y gritó: ¡Madre…! Esto lo celebró Amén como la rendición inminente.

Lejos de hacerle al hombre de la cruz lo que a las otras estatuas, Amén lo llevó sin amarras al altar y él mismo lo ayudó a subir de nuevo. Sus feligreses levantaron los clavos del piso. Alguien acomodó la corona de espinas en la cabeza y crucificaron al prisionero entre chillidos de dolor y gritos de júbilo. Nosotros estábamos, como diría el vulgo, en primera fila, aunque sin participar en nada. Creo que Amén y sus seguidores nos tomaron por aliados. El hombre de la cruz por fin hincó el rostro en el pecho, la cortina de pelos lo devolvió al anonimato. No se movió más. Las estatuas restantes volvieron en ese momento a su hermetismo. La mujer a quien el hombre de la cruz llamara madre nos pareció desfigurada.

Tal vez yo, encomendero especial del emperador, hubiera, después de ese vulgar espectáculo, perdonado a Amén y a su pueblo. Realmente pocas esperanzas tenían de subsistir en un futuro inmediato. Sin embargo, los guerreros alados, que en algún instante de la batalla perdieron sus espadas flamígeras, se rehusaron a volver a las repisas correspondientes. Los vasallos de Amén, para burlarse de ellos, les arrancaban plumas de sus alas, escupían sus rizos dorados. Nosotros, militares al fin y al cabo, no pudimos permitir ese vergonzoso abuso. Di la voz de mando. Mis soldados desenvainaron. Y en un acto justificado plenamente en el honor marcial, ordené la matanza. Los antes perseguidores huyeron por los rincones de su templo sin encontrar salida; advertí a mis hombres con anticipación que cerraran las puertas para evitar humillantes persecuciones en el polvo. Sucumbieron al filo de nuestras espadas. Por doquier dejamos cuerpos degollados. Yo mismo di alcance a Amén y en el altar mayor, a los pies de la cruz, repasé la hoja de mi sable por su gañote.

Al final buscamos a los guerreros alados. Estaban uno frente al otro, inmóviles. No se supieron vengados. Ni siquiera quise restituirlos a sus altares. Salí de ese templo y dictaminé que lo cremaran. Al anochecer nos reunimos con el resto del escuadrón. Emprendí la marcha y llegamos en la madrugada a Samarcanda. Descansé a mis soldados una semana. Quise, antes de volver a rendir cuentas a Lactancio VIII, visitar la sagrada ciudad de Al-Quds. Ahí le platiqué a un viejo amigo ilustrado en teología nuestro episodio con Amén y esa iglesia primitiva. Nos corrió a empellones de su casa, gritando que sería yo el causante de un Apocalipsis inmediato (¡te perdono el que me hayas sacado así de tu hogar, Pláturo divino!). Pasaron ya setenta y cinco años desde que sucedió aquello y hasta el presente momento en que escribo estas remembranzas, nada se ha terminado…

Juan de Dios Maya Ávila

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