Versus – “Tiburón” de Peter Benchley

En la literatura universal hemos visto a muchos escritores que han hablado del mar y las criaturas que lo habitan, y es inevitable no sentirse fascinado con esto, podemos barajar algunos apellidos con gran renombre en la literatura como Hemigway y Mellville y no podemos olvidar a aquel que ha agregado de igual forma elementos marinos y los desarrolló en la fantasía oscura: H. P. Lovecraft, el cual también coqueteó con los misterios marinos. Con estos referentes en la literatura tenemos un punto de partida dentro del contexto histórico de finales del siglo XX pues fue gracias a este libro que se puso al tiburón blanco como el gran villano de los mares, el terror de dientes aserrados (aunque el propio autor después abogara por la conservación de la especie y de la vida marina).

En el caso de Peter Benchley tenemos a alguien que habla sobre lo que sabe, pues ubica toda la acción en el ficticio lugar de Amity (que se basa en Southampton, que se ubica en Long Island lugar reconocido en Estados Unidos por ser a donde la población de ricos aprovecha las vacaciones para irse a relajar en la playa, y por eso tienen casas veraniegas en esa zona), en las primeras líneas no hay pierde, pues de inmediato nos muestra al monstruo:

“El gran pez se movía silenciosamente a través de las aguas nocturnas, propulsado por los rítmicos movimientos de su cola en forma de media luna. La boca estaba lo suficientemente abierta como para permitir que un chorro de agua atravesase las branquias. Apenas si se notaba ningún otro movimiento […] Los ojos no veían en la oscuridad y los otros sentidos no transmitían nada extraordinario al pequeño y primitivo cerebro. El pez podría haber estado dormido, exceptuando los movimientos dictados por innumerables millones de años de continuidad instintiva: faltándole la vejiga de flotación común a otros peces y las temblorosas aletas con que hacer pasar el agua transmisora de oxígeno a través de sus agallas, sólo podía sobrevivir moviéndose. Si se detuviera, se hundiría hasta el fondo y moriría de anoxia”.

Si a alguno de ustedes durante la década de los noventas le tocó ver la semana del tiburón en Discovery Channel o el vídeo de Deftones de su canción “My own summer (shove it)”, sabrán que esta es una imagen que se puede relacionar muy fácil, y gracias a internet nos podemos documentar aun más con esto, pero lo increíble del libro es que fue publicado en 1974, y esa descripción da un adelanto muy certero en una época en que no era fácil compartir esos detalles con las cámaras que después se desarrollaron.

En las siguientes páginas se dan detalles de cómo asesina a su primera víctima, una mujer, primero con una dentellada que le quita la pierna, y luego con otra dentellada la termina de asesinar, porque así actúan los tiburones, son amorales pues únicamente se dedican a comer y a destazar, y los detalles sanguinarios no faltan. Pero es al entrar en aguas donde los humanos no deberían estar cuando el amenazante escualo puede arruinar la economía del pueblito que depende únicamente de aquellos turistas veraniegos que no quieren que los ataquen mientras nadan despreocupadamente por las playas.

La noche es un componente manejado a lo largo de la novela, desde la primera víctima que nada durante la noche, hasta al final de la novela, pues muchas de las víctimas llegan a hacerlo, y por supuesto que quienes se encargan de todo son Quint, Brody y Hooper, porque uno conoce el turismo y la playa, otro sabe cazar tiburones, y el otro es biólogo marino que guía a ambos en cómo podría comportarse el animal, y entre ellos deben de ir avisando a la gente que no se acerquen a la playa, llegando a clausurarla por un día, con tal de que nadie salga lastimado.

De ahí en fuera casi todo es parecido a la película, exceptuando la parte de la oscuridad, aquí Spielberg decidió ignorar esto por completo y dejar que la luz protegiera a los personajes, por lo menos para que tuvieran certeza de qué fue lo que los mató. Por eso me gustó más el libro, pues tiene un aire que recuerda el misterio que manejaron otros autores que se mencionaron en el primer párrafo, y el suspenso lo hace sentirse con más sustancia, y nos pone a pensar que tal vez el que los comerciantes se nieguen a creer que exista un animal que amenace sus intereses económicos son los que realmente hay que temer. Peter Benchley vivió de cerca alguno de esos eventos cuando en la década de los sesentas se presentaron diversos ataques en algunas playas de New Jersey, por eso complementa el miedo a lo desconocido dentro en el mar, y por eso el miedo es más cercano.

Esto hace que recuerde una pequeña anécdota, cuando tenía unos diecinueve años tuve la oportunidad de ir de forma improvisada a Matamoros, y ese día valió la pena porque fue llegar a playa Bagdad en la noche, y tomar algunas cervezas, y como buena tamaulipeca, reconectar con el mar, cuando a mi amigo y a mí nos agarró la noche pudimos observar el brillo de una luna menguante que hacía parecer que salían los cuernos del diablo, o que un haz de fuego salía del horizonte y teñía el agua con un brillo rojizo y apocalíptico. Y de entre nuestra emoción por ver ese espectáculo y confirmar que se trataba de la luna, entre las olas vimos cómo algo se arrastraba, y nuestro grupo empezó a gritar asustados y a preguntarse qué era eso que estaba en el agua, era pequeño, pero lo sentimos; tocó mi pierna, y para cuando se asomó resultó ser la cabeza carcomida de un tiburón que probablemente algunos pescadores habían usado como carnada, no era blanco pues su cabeza era pequeña, pero se distinguía claramente. Se podría decir que con ese encuentro quité algo de mi miedo, pero no del todo, pues sus ojos eran como los de un tigre. Y de ese miedo se aprovechó Peter Benchley (quien hace un cameo en la película como reportero dando la noticia del tiburón asesino en la playa), y que extrapoló Steven Spielberg, por eso el novelista tuvo que hacer una asociación para informar porqué los tiburones no son el enemigo, y que es más fácil morir en una bañera que en el mar, y que los tiburones son una parte importante del ecosistema marino, pues también se supo responsable de que los tiburones blancos estuvieran casi al borde de la extinción por la novela que escribió.

Dejando de lado este pequeño recuerdo y este ejercicio de conciencia, he de decir que aunque vi la película en esos maratones inacabables del canal cinco, y luego en otras repeticiones, me quedo con el libro, porque mientras que la fantasía hollywoodense maniqueísta nos deja la moraleja de que el bien triunfa sobre el mal y podemos deshacernos de nuestro enemigo a plena luz del día disparando a un tanque de oxígeno antes de hundirnos en un pequeño bote, la literatura nos deja con la incertidumbre más cercana a la vida, tratando de vislumbrar la amenaza que lleva en sus mandíbulas el cadáver de uno de los protagonistas y desaparece como una silueta negra que nos rodea durante la noche, a la que buscamos a través del mar, intentando abrir los ojos en agua salada, misma que nos taladra los globos oculares y nos permite fijarnos en la sombra que se mueve por el agua, preguntándonos si podemos escapar, o si sólo tenemos cerca una costa a unos cuantos kilómetros de distancia, sin realmente saber si vamos a llegar a la orilla nadando, en completa oscuridad.

 

Laura Elena Sosa Cáceres

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