De Hiperespacio – Extracto de “Culturas Imposibles” un ensayo del Dr. J.R.A. Nelporion

Existe la creencia común de que la galaxia debería estar unida, o bien en la forma de un imperio capaz de unificar a todas las culturas en una sola, ordenada y burocrática, o bien en una confederación interplanetaria que permita la existencia de distintas culturas gobernadas por una sola ley que permita el orden en la galaxia sin afectar al sentimiento planetario de cada una.

Sin embargo, tales cosas no son posibles. No son más que sueños irrealizables.

Tómese en cuenta el problema de las Guerras Marcianas. Toda la galaxia sabe que los marcianos fueron destruidos por la Triple Alianza Joviana ¿Por qué motivo? Un planeta tan poderoso, tan glorioso, habitado por los mejores científicos de la galaxia, los mayores escritores, el mejor ejército…no por nada decía el difunto Dr. Fritzenvalk que Marte tenía más derecho a existir que ninguno de los planetas que contribuyeron a su destrucción. Entonces ¿por qué fue destruido? Precisamente porque era tan perfecto. Los marcianos estaban convencidos de que debían llevar su gloria al resto de la galaxia en una época en la que existe la creencia de que todas las culturas son igualmente valiosas y que ninguna debería imponerse sobre la otra. La Triple Alianza se dio cuenta de las intenciones de Marte y decidió suprimirlo, tras lo cual, siguiendo su propia ideología, disolvieron la Alianza temerosos de que su continuada cooperación llegara a degenerar en una mentalidad semejante a la de los marcianos.

De esta forma empiezo mi tesis, sobre la imposibilidad de una unión intergaláctica, que no puede darse mientras sostengamos estas ideas sobre las culturas planetarias por encima de una sola cultura galáctica. Si quiere saber más, pase a la pagina siguiente.


El enemigo

Derrick no podía evitar la sensación de miedo avasallador que insistía en dominarlo a él y a sus compañeros. No era justo. Apenas tenía veinte años. ¿Por qué lo habían enviado a él y a su tropa a un planeta desconocido, hostil a su raza, para matar y morir luchando contra criaturas a las que nunca había visto en su vida? Él sólo quería continuar con su vida en el planeta natal, con su familia, sus hermanos y padres. Quería aprender, comer y darse la gran vida ¡no acudir a este lugar tan extraño para luchar contra las espantosas criaturas que los poderes decían que amenazaban a su gente!

Pero aquí estaba y al parecer no tenía más opción que seguir adelante. Le indicó a sus compañeros que lo siguieran hasta una especie de matorral donde detectó ciertos movimientos. Con cautela, asustados, los jóvenes compañeros de Derrick se acercaron al matorral e instaron a la criatura que se ocultaba en ellos a que saliera. La criatura así lo hizo. Derrick la evaluó, sorprendido por la imagen que se encontraba ante él. Era una criatura extraña, de dos piernas y dos brazos, y una cabeza. Sus armas no eran parte de su cuerpo sino que eran extraños aparatos tecnológicos y su caparazón era removible. Encima de eso la criatura no era ni la mitad de grande que Derrick.

¿De modo que estos eran los terribles humanos? Derrick abrió su inmensa y larga mandíbula, una mezcla entre el pico de un águila y la mandíbula de un tiburón y procedió a hacer trizas al humano mientras este le disparaba con su extraño artefacto. Cuando terminó, Derrick y sus compañeros se sintieron muy contentos. Por terribles que fueran los humanos, no eran rivales para un habitante de Ysorrak 45.


El Debate

Era un debate interminable. Los humanistas creían que las leyes que hacían obligatorio el proceso de Ascensión no sólo eran ridículas, sino que además atentaban contra la libertad individual.  Consideraban que creaba un estereotipo de perfección que no debía abrazarse. No cuando las ideas humanistas se habían impuesto al fin en toda la galaxia. Además, si todos fueran perfectos, ¿qué gracia tendría? Sería una galaxia muy aburrida. En cambio los transhumanistas insistían en que todas esas ideas eran ridículas y un estorbo en tanto que se utilizaban para impedir el progreso de la humanidad, alcanzable gracias al proceso de Ascensión.  Insistían en que aunque todos se volvieran perfectos, cada uno seguiría teniendo sus mismos gustos y formas de entretenimiento, y eso era lo que debía salvarse, no la supuestamente “interesante” diversidad ideológica.

La aprobación de la Ley de Ascensión Obligatoria dependía de este debate.

Sin embargo todo llegó a su fin cuando Jalfalon Terrantur, líder de los transhumanistas, se puso en pie y activó el explosivo que llevaba oculto y que de alguna manera había logrado pasar el sistema de seguridad.

—¡Por el progreso! —gritó— ¡Por la humanidad!

Según él sus compañeros estarían contentos de morir por la causa, mientras que los humanistas no importaban. El asunto fue explosivo en más de un sentido y llamó la atención de toda la galaxia. Pronto, no sólo los expertos sino también los estudiantes, los profesores, los trabajadores corrientes, los ancianos, los jóvenes, todos en la galaxia, se interesaron por el tema. Unos decían que la disposición a morir por el progreso de Terrantur era algo muy noble. Otros decían que eso sólo probaba que los transhumanistas eran unos fanáticos y unos asesinos.

Pero la discusión siguió en tablas. Solamente se hizo mucho más grande.


El Capitán

—Por la Galaxia —dijo el capitán Azrael Mon Morak cuya nave, la Lanza Magna, iba siempre a la vanguardia de la Flota Argéntea. Sus hombres, los pilotos, ingenieros, técnicos y soldados que tripulaban la nave lo conocían bien y sabían del significado de las palabras que acababa de pronunciar su capitán con tanta tranquilidad. Era la señal de ataque.

El piloto dirigió la nave hacia el enemigo en una de las típicas “maniobras suicidas” del capitán. La flota enemiga no dejó pasar la oportunidad y desplegó todo su impresionante arsenal sobre la pequeña nave que abandonaba al grueso de la Flota Argéntea para arrojarse contra ellos de una forma tan temeraria. No obstante, la Lanza Magna esquivó casi todos los disparos gracias a la pericia del piloto y lo que no esquivaba lo absorbía el escudo de la nave, todo ello potenciado por las habilidades del escuadrón de ingenieros. Frustrado, el enemigo no tardó en recurrir al armamento más pesado pero para entonces el resto de la Flota Argéntea se había unido a la pequeña y valerosa nave.  La Lanza Magna había cumplido su deber, un deber impuesto por su capitán: convertirse en un pararrayos que tomara sobre sí la furia del enemigo, por unos segundos, obligándolo a gastar municiones y energías en un esfuerzo inútil.

—¿Daños? —preguntó Azrael, siempre sereno.
—Severos —dijo un técnico—. Esta vez por poco no lo contamos.
—Siempre dices lo mismo —se rió el piloto—. Y siempre volvemos a casa.
—No esta vez —dijo el ingeniero estremecido de pavor—. Los escudos han perdido todo su poder. El daño fue superior a lo esperado.

No hubo tiempo de experimentar terror. Sólo el capitán Azrael tuvo tiempo de formular un último pensamiento cuando vio el rayo de energía letal que se dirigía a la nave.

“Por la Galaxia”.

Andrés Alfonso Delfino
Ganador del tercer lugar de relato corto,
Certamen Ramiro Garza 2015

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