Treinta años, onces meses y quince días

I

Eran las nueve con quince de la mañana, dios estaba en los cielos (el dólar también), Corea del Norte en guerra con Estados Unidos y hacía poco que Rusia había dado un importantísimo salto en la carrera aeroespacial; Marte, los rusos tocaron Marte. Entre avances científicos, guerras, brotes revolucionarios, brotes de SIDA y un neoliberalismo en su máximo esplendor, alguien o algunos decidieron que era el idóneo momento para un verdadero cambio, que era el momento de borrar el guión (la obra apestaba ya).

Doscientas bombas químicas acabaron en pocas horas con el noventa y nueve punto noventa y nueve por ciento de la humanidad. Los pocos sobrevivientes pertenecieron en su mayoría a dos grupos: la aristocracia del dinero y los intelectuales. Los adinerados siempre tuvieron el poder, en sus manos estuvo y está el mundo. En cuanto al segundo grupo éstos fueron, y son, el pilar más importante para la edificación actual y futura del mundo. Y nos preguntamos: ¿quién es la mano de obra? Para ser precisos, ninguno de los grupos antes mencionados. Es decir, los adinerados están en lo alto de la pirámide, después los cerebritos, luego algunos marginados (campesinos, pescadores y otros iliteratos) y finalmente los MAD’s.

Los MAD’s son autómatas súper desarrollados cuya existencia se limita a servirnos; pueden hablar, trabajar y adaptarse mejor que un ser humano promedio. Están diseñados para funcionar veinte horas diarias, con un tiempo de vida útil superior a las dos décadas; así los MAD’s se han vuelto nuestros esclavos, creados por nosotros para nosotros. A veces les damos un nombre y los tratamos como si fueran de la familia. Fungen como niñeras, plomeros doctores, policías, bomberos, amantes y a veces como payasos de circo.
Es impresionante ver a dónde hemos llegado con éstos muchachos, que cada modelo es más útil, más autónomo, son más inteligentes (por supuesto no más que el ser humano; los códigos de ética tienen bien regulado el nivel de razonamiento para cada máquina, y dicho nivel está algo lejano al de una persona con un IQ promedio) e incluso un poco sensibles. ¡Esas cosas tienen sentimientos!

II

Verán, hace un par de meses le grite “imbécil” a Christopher debido a que derramó el café sobre mi escritorio; mi día fue un fiasco y para entonces estaba colérico, así que le grité. Y lo que ocurrió en aquél momento me dejó totalmente estupefacto. Christopher agachó la cabeza y luego volteó hacía mí con la más profunda y terrible mirada, era una mezcla entre vergüenza, miedo y tristeza. Le dije “está bien, muchacho, está bien”. No pude evitar sentir culpa, y aún hoy la siento. Esos ojos tan humanos y esas pupilas. ¡Dios mío! Que me parta un rayo si es que no iba a llorar como si fuera mi hijo a quien hubiera regañado y no a una insignificante máquina.
Los días subsecuentes el chico anduvo más raro aun, pues cuando desocupado estaba, se recluía en el garaje (o eso pensaba yo), hasta que un día lo encontré escribiendo algo parecido a un poema, y digo parecido ya que aquello estaba dispuesto en versos, sin embargo, el idioma en el cual fue escrito (tal vez hebreo) no me daba a entender lo que decía.
Cristopher se volvía humano. No sólo era su apariencia física (producto de la excelente tecnología que lo creó), sino su forma de actuar, de hablar, de reír, …¡de llorar! Para ser franco, nunca le tuve lástima. Era un alma desvalida dentro de un sórdido cacharro, al que ocupábamos hasta de perchero. Era nuestro esclavo.

Se suicidó hace una semana, un viernes por la madrugada, se autodestruyó; por aquí un pie, una mano, y sus ojos nunca más los volví a ver. ¡Esos ojos!
El camión de la basura pasó a las siete de la mañana, venía tripulado por un par de A-24. Se bajaron a recoger los restos y los arrojaron desdeñosamente hacia el triturador. “Buen día” me dijeron, y continuaron con su trabajo. Por supuesto, ellos no son Cristopher, son sólo robots sin alma ni metas en la vida, no son humanos. No he vuelto a comprar otro autómata, he decidido vivir en la austeridad de la tecnología analógica. A veces sueño a Christopher (llora y me mira), otras me despierto gritando. ¡Los veo! Miles de MAD’s en rebelión, asesinando gente, apropiándose de nuestro mundo; si no es Christopher son ellos… ¡Esos ojos! Tal vez no eran de tristeza, tal vez eran de odio, y eyectaban sus oscuros deseos de pulverizarme; lo hubiera comprendido de haber sido así.

III

Han pasado treinta años, once meses y quince días desde que el mundo cambió, desde que jugamos a ser dios, como cual niño que con un “vive” o un “muere” decide el destino de todos. Asesinamos a diez mil millones de personas; niños, mujeres y hombres. Nuestro lema: “El fin justifica los medios”.

Éramos muchos. Había muerte, destrucción, hambre y todas las posibles transgresiones a los derechos humanos. Era necesario purgar, comenzar de nuevo. Ahora el mundo está bien, es cómodo, tranquilo y justo, muy seguro. Sería imposible que los autómatas nos lo quitaran, porque son simples máquinas… sería mejor dejarle eso a la ciencia-ficción. Aunque a veces, cuando sueño con Christopher y lo veo a los ojos, me levanto asustado y reflexivo, y me suelo preguntar: ¿soy yo o es él el robot?

 

Carlos Alberto Mota García

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