Gastronomía mexicana: Taquiza

Romina estaba ocupada organizando todo en medio del caos que era la cocina, esa mañana no podía estar más ajetreada: ollas, vaporeras, masa de maíz, masa de harina, frijoles hirviendo, carne de pollo, res, tocino, salchichas y chorizo yacían desordenados en la mesa; orégano, cebolla, comino, cilantro inundaban con sus aromas la atmósfera, era un bullicio de delicias, la vieja casa de la abuela Margarita parecía manicomio, el tío Adolfo, quien era sacerdote, volvería de un largo viaje y todos los primos se habían organizado para recibirlo. Tita preparaba huevos con chile colorado, Yaya ayudaba amasando las tortillas, la Marichuy preparaba un delicioso guiso de carne de pollo en salsa verde, en medio de todas estaba la pequeña Mimí a sus escasos ocho años buscando algo en que ayudar.

La conversación de las muchachas no fueron los chismes habituales, se centró en un hecho reciente particularmente inquietante, un muchacho de escasos doce años había desaparecido la noche anterior: Telesforo, el hijo del carnicero no aparecía por ningún lado, la madre lo llamó a cenar y al no bajar por las escaleras fue a buscarlo encontrado la ventana abierta y un charco de sangre en su dormitorio, toda la familia pensaba lo peor; llamaron a la policía y hasta el momento no se sabía nada de él, además había rumores por allí de un merodeador en el barrio y nadie dejaba salir a los niños fuera de casa después de las ocho de la noche; algunas personas decían haberlo visto, pero las versiones eran contradictorias, unos decían que era hombre otras que era mujer, pelo negro, otras pelo rubio, salvo por dos niños a los que les ofreció dulces nadie podía asegurar nada, todas hacían suposiciones diversas: “se lo robaron para extirparle sus órganos”, “una venganza por algo que había hecho su padre” o “que el merodeador lo había secuestrado para pedir rescate”, al final Marichuy las interrumpió: ¡Dejen de decir esas cosas, que ya me muero de miedo!

El timbre de la puerta sonó una vez, Mimí fue rápidamente fue abrir, esperaba a su prima Fátima para poder jugar con ella, pero para su sorpresa al abrir no se encontró a ninguna de sus primas, había en la entrada un hombre alto de casi dos metros, musculoso, cabello rubio y ojos azules, con algunas pecas; el tipo se veía agradable aunque tenía un tatuaje con un tetragrammaton en el brazo derecho, vestía un overol de mezclilla con manchas rojas, traía un costal que goteaba de sangre, asustada retrocedió, topándose con Romina que se acercaba a la puerta y miró al extraño.
—¿Usted? ¡Debe ser el ayudante del matancero! Pase por favor, ¿trajo los quince kilos de carne de cerdo? Ay que desconsiderada soy, le traeré un vaso con agua, siéntese por favor.
Corrió a la cocina, el resto de las muchachas discretamente miraron por la puerta al desconocido, Yaya suspiró y Tita le dio un codazo antes de que pudiera decir cualquier cosa, Marichuy fue la primera en opinar: Se ve guapo, Romina, ¿puedo llevarle el agua?
—Claro que si —le respondió al tiempo que le daba el vaso lleno.

La joven fue a la sala pero la sonrisa despareció poco a poco de su cara, unas pocas moscas zumbaban en torno al sujeto y al aproximarse más logró percibir el mal olor que despedía, le dio el agua sin mencionar palabra y regresoó a la cocina.
—¡Guacala! Apesta, no creo que se haya bañado en una semana —las demás no pudieron contener la risa, salvo la pequeña Mimí que aún estaba algo atemorizada.
—Bueno, creo que debemos pagarle por la carne ¿quién va a ir? —preguntó Yaya pero ninguna de las muchachas se mostró dispuesta— Bueno, bueno, está bien yo voy pero me deben una.

Todas asintieron, respiró hondo y decidida fue a la sala pero para su sorpresa el tipo no se encontraba allí, miró al suelo y vio las huellas de lodo de los zapatos internarse hacia el zaguán, levantó el costal y le pareció más pesado para ser sólo quince kilos de carne de cerdo, los llevó a la cocina donde Tita le pregunto —Y bien, Yaya, ¿cuánto fue? Digo, para reponerte el dinero y luego hacemos cuentas…
—No sé, el tipo no está en la sala, parece que entró al zaguán.
—¿Cómo que entró al zaguán?  —peguntó Marichuy sorprendida.
—Si, ¡además ese costal pesa más de quince kilos! —le dijo Yaya.
—Este costillar es muy grande —excalmó Romina mientras abría el costal— ,no será…
—¿Crees que sea de Telesforo? —volvió a preguntar Marichuy.
—No, no, eso no puede ser, nadie nos vendería carne humana, ¿o sí? —contestó Romina.
—Ese tipo era muy extraño, no hablaba para nada —añadió Tita.
—¿Vieron el tatuaje en el brazo? —Romina señaló el propio indicando el lugar donde el hombre portaba el  tetragrammaton.
—¿Cuál tatuaje? —preguntó Yaya.
—El raro, el que trae en el brazo, ¡yo creo que es algo satánico! —Marichuy se persignó.
—Pero, ¿porque vendría aquí a esta casa?
—Por Mimí, es obvio ¡él debe ser el merodeador! —respondió Romina alarmada.
—Yo también creo que el tipo está loco, se le ve en los ojos —Tita estaba parpadeando nerviosamente.

Las cuatro mujeres cruzaron las miradas, compartiendo el mismo terror. El ruido de la descarga del W.C. las alertó, el joven regresaba a la sala donde estaba la pequeña Mimí, quien al verlo acercarse empezó a gritar. Las muchachas en conjunto respondieron al unísono, tomando cada cual algo diferente del variopinto arsenal de cocina con el que contaban. En grupo saltaron sobre el desconocido, él trato de defenderse, tiró un par de patadas y algunos puñetazos, pero fue en balde, los cuerpos de la mujeres se abalanzaron haciéndolo caer. Los sartenes, la mano del metate, y un pesado cuchillo cebollero hicieron blanco en su humanidad en repetidas ocasiones, saltaron dientes, sangre, cabellos, hasta mordidas y arañazos hubo. Sólo se detuvieron cuando el cuerpo del hombre quedó inmóvil, una hoja de papel salía del bolsillo del overol, Tita lo tomó y empezó a leer: “Les presento a César, mi nuevo ayudante es sordo mudo, es buen muchacho y muy trabajador, entregas de hoy: quince kilos de costillar de cerdo casa de los López, diez kilos de pierna casa de los Rojas, cinco kilos de lomo casa de los Martínez, cinco kilos de chuleta casa de los González”

—Dios mío —gimió Tita al terminar de leer, sosteniendo el papel tembloroso entre sus manos.
—Llama a la ambulancia —ordenó la voz de Romina.
—¡Todo esto es por tu culpa! —Yaya comenzó a gritar en tono agudo.
—¡Basta ya! Todas tenemos la culpa.
—¿Nos van a encerrar a todas? —Mimí lloraba y moqueaba.
—No, corazón, creo que ya se cómo arreglar esto, tengo una idea, pero todas van a tener que ayudar… —la voz de Romina sonaba resuelta—. Vas a subir a tu cuarto a jugar y bajas hasta que nosotras te digamos.

Ellas se miraron perplejas por un minuto y asintieron con la cabeza.

—Basta de plática que tenemos muy poco tiempo para cocinar todo esto… —Romina respiraba pesadamente al acercarse al cadáver.

La carne de cerdo se la llevó Yaya para repartir con las vecinas, estas le contaron sobre el caso de Telesforo: el joven había destripado a su perro en el dormitorio y su mama por poco lo descubre por lo que, avergonzado, se llevó el cadáver del animal para tirarlo al arroyo, la policía lo encontró esta mañana y creo que lo van a mandar con el psicólogo para terapia, pero afortunadamente todo termino bien.

Yaya regreso rápido a casa, a continuar cocinando, después de algunas horas llegó el Tío Adolfo, la comida estuvo extraordinaria llegaron cerca de cincuenta parientes y algunos conocidos, los tacos de puerco tuvieron más éxito.

“Nunca había comido algo así en mi vida” fue la frase del día, la pequeña Mimí no comió mucho. El tío Adolfo les comentó algo sobre una marca en la piel del animal, —Es extraño, se parece al tetragrammaton, el nombre de dios en hebreo, nunca esperé verlo en un cerdo.

Las muchachas rieron nerviosamente y miraron a Romina, la autora intelectual de aquel banquete.

 

Pedro Martín Rojas Rosas

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