Tachuela

Recomienza el juego para Tachuela. A su hora, se arregla sin nada de afán. Está él de lo más contento del corazón. Sabe que su presente es infinito. Ya despacioso se acomoda la pimpinela roja en la nariz, se pinta la cara de azul. Le queda bien esa máscara con el vestido de salsero que lleva puesto. Su sonrisa ahora la hace de escarcha. De una sola queda bonito. Enseguida; da unos cuantos pasos hacia adelante, empuja el espejo del cuartucho en donde dormita y tranquilo sale a la ciudad bogotana. En lentos segundos cruza la avenida Caracas, llega al rincón de la otra esquina desteñida, mas le regala una monería al niño que acaba de pasar distraídamente con su madre en embarazo.

 Y son las nueve de la mañana en Colombia. Hace un frío ceniciento en esta capital del espectáculo. El día parece ser promisorio para quien cree en lo increíble. El payaso así para lo feliz; se detiene en la acera, abre su portafolio de algodón, extrae una peluca de colores, se la pone sobre la cabeza. Hoy hacia lo indistinto, debe hacer reír a la gente igual que ayer. Ciertamente está casi listo para invocar la diversión. Su mayor deseo es romperle la rutina a los deambulantes. De repleto, lo aspira mediante la imaginación. Aquí entonces, supera al miedo con sorpresa y mímico se dispone a bailar una cumbia caribeña. A lo artista; se deja llevar por esa canción de La pollera colorá, cuya lindura suena levemente en la cafetería del costeño. Tachuela a lo bonachón, se siente liberal en estas afueras festivas. Eufórico, agita sus zapatos gigantes. De repente da una vuelta completa y de animoso; le roba el beso a una bufona tonta quien acaba de salir por el edificio de los chocolates. Luego corre solo a toda marcha para evitarse la cachetada. Evade a unos cuantos constructores que se le atraviesan. Coge por un callejón sin direcciones rápidamente. Por allá, se esconde entre las canecas y unos pedazos de madera, porque él quiere otra vez ser niño con ella. La mujer queda por su parte desconcertada; se saborea los labios embabados, le da risa y no lo persigue ni hace nada anormal. Mejor, coge por su camino habitual para ir hasta el circo de los tramposos. Anda sin ligereza a lo fresca. Tras lo pensativa, recupera su mundo de fastidio sin siquiera haber distinguido al ladrón. Del resto, que deambula como una solterona por la desiudad. Entre sus momentos, boba se deprime cada vez cuando los hombres la observan como a una muchacha recurtida. Esto duro le sucede con bastante frecuencia. A causa de su vagancia, la decepción constante le destroza las ilusiones más hermosas.

  En cuanto a Tachuela, solo espera entre las lagartijas a que ella se vaya lejos. Casi no hace bulla. Escasamente, espanta a los bichos que se le suben por los pantalones. Los bota con repudio al suelo con sus dedos. Pasan a la vez unas nebulosas por sobre sus ojos cafés. Tal casualidad pues le resulta enigmática. Por aquí él se siente un poco mareado. En verdad ese clima brumoso, lo trastorna. Aparte, que incesantemente esa vida social lo confunde por ser tan monótona. Así en lo ansioso, saca un cigarrillo del bolsillo. Por medio de una magia chispeante, lo enciende con curiosidad. Excitado se lo lleva a la boca, lo fuma sin zozobra. Se chupa sus emociones. El humo sobre lo albo despeja su mente. De paso, recita un rezo para que ningún ratero le quite la maleta en donde tiene guardadas las bromas junto con el dinero. Es que dejó los cachivaches detrás del teléfono público. Por tal motivo, sale ahora del escondrijo. Da la última bocanada al vicio, bota la colilla. Más que cuidadoso, se asoma a la avenida para ver si la bufona ya se fue a su trabajo. Efectivamente ella no está en estos alrededores del desorden. Nomás se ven carros que sobrepasan los semáforos; nomás trotan los ejecutivos con sus trajes de paño y por ahí hay algunos jóvenes, que juegan a la rayuela. Demás por entre este destino, chistoso él loco va otra vez enrumbado hacia su escenario de actuación. De mozo lo encauza con pasión, porque su forma de pensar es diferente al de las personas comunes y corrientes.

Por lo cual en breve, consigue aparecer una corbata de sus mangas. Se la pone sobre el camisón y entre burlas empieza por imitar a los oficinistas malhumorados, que no cesan de transitar por la calzada mugrienta. Como hombre sin pena, les critica el caminar y les repite los gestos, sin decoro. En acto irrespetuoso les saca la lengua. Acaba de cruzarlo asimismo un comerciante rubio, que va vestido de negro. Y Tachuela de saboteador, le echa maizena en el pelo. Pese a todo, nadie reacciona ni lo detiene, ni siquiera el propio agredido quien sólo ingresa al casino en donde hace negocios con los clientes.

Debido a esta pasividad; ahora payaso de repasado, ironiza a un viejo canoso que está recostado contra la pared, viendo salir los renacuajos de las alcantarillas. A lo extravagante, Tachuela pues lo ofende sin la menor precaución por hablarle a modo de fantasma. Hasta lo hiere con unas muecas de obsceno, que le recrea. Entre lo otro anormal, se aleja de allí por unos segundos y dándoselas de malicioso, pasa a coger un globo del ramillete que hay más próximo y pronto, lo chupa con morbosidad con la boca. Enseguida; vuelve hasta donde el anciano, se le enfrenta hasta la barbilla. Más al instante, le revienta esa bomba verdosa en toda la cara. En conjunto, Tachuela procura efectuar una pataleta de histeria. Sus carcajadas se figuran como insoportables. Para uno no creerlo, también se pone a brincar en un pie por esa insania que lo acosa. El señor, desde su posición de ofendido, claro no puede soportarse más la chanza, su semblante ya está rojo de rabia. Ante el apuro, sólo por un impulso cierra una de sus manos y severo se le manda encima, le acaba de zampar sus buenas trompadas. De golpe, le reventó la mejilla derecha, lo dejó sin la menor oportunidad para defenderse, lo estrelló contra el sardinel.

Ya entre lo otro iracundo le grita: Perro hijueputa y usted qué me vio, pinta de gallina
—Desadaptado -por aquí le mete otro puño-. Sabe y eso le pasa por dárselas de guasón, tonto marica.
—Sí, pero no me pegue, yo sólo quería hacerle la amistad —dice Tachuela pendejamente.
—No, le creí, guevón, le creí —al mismo tiempo le lanza una patada en las costillas.

Menos mal, asoma un policía por la esquina del teatro. Avanza a pasos lentos a medida que le da los giros al bolillo. Hace distraído la ronda de rutina. El cansancio lo embarga casi hasta lo inaudito del desocupe. Pero una vez ve el altercado entre ambos civiles, recompone su estado de ánimo y decide ir hasta donde ellos; se les arrima con dureza de mando, pasa a separarlos como puede con las manos. Igual a lo normal, para la otra reflejante realidad los habitantes de este suburbio aparecen junto a las puertas de sus casas para chismosear lo que puedan gozarse descaradamente. Todo esto azaroso les causa excitación. Y la gentuza de la calle que pulula en la polución, fisgonea de reojo al payaso ensangrentado. A los presentes les genera ironía esta precisa desventura, menos a Piedad quien advierte el drama desde los ventanales de una librería antiquísima. Ella desde allí, lo que augura es un poco compasión por el pobrecito y por ello piensa en inspirarle un poema de salvación.

El señor agente mientras, llama a los revoltosos al orden y pita varias veces para hacer escama. Ante ello, Tachuela se levanta del asfalto. Lo logra entre tumbos. Se tiene contra la pared. Ahora remueve la cabeza hacia un lado y hacia otro costado. Lentamente recupera la noción del equilibrio. Permanece callado por un largo rato. Deja que el viejo peleador hable sus canalladas, inventa un montón de embustes. Así, mejor de payaso lo examina con una cara de desprecio. Recorre ese cuerpo fornido con su mirada. Le da rencor. Y de repente, se da cuenta de que él tiene la billetera ligeramente salida del pantalón. De modo que estira las manos como si estuviera desperezándose y de un sólo raponazo, le hurta el objeto de valor. Acto seguido, huye hacía el atajo del cartucho a toda velocidad. Al poco tiempo desacelera. Sólo se agacha para recoger el maletín que aún está junto al teléfono. Lo toma con rapidez. Vuelve a correr con ganas. Va derecho hasta donde el local del costeño. De una vez por allí voltea por la esquina de los vendedores ambulantes. A lo ágil, se escabulle entre la multitud de los desengañados mientras el tombo revolotea a modo de perseguidor.

Ya por aquí, Tachuela acaba de quitarse la peluca y la máscara. Así pasa desapercibido como un desconocido. Limpia a su vez la sangre que quedó en sus labios. Aún de más trata de ir apresuradamente por los callejones. Lucha por perderse de los opresores disparatados. En medio del bullicio, rebasa al cuentista Evelio quien sabe que este mundo es de mujeres y de hombres pobres. Sin embargo el donoso, lo esquiva sin distinguirlo en su exhalación tan excelsa. Nomás coge de largo por una carretera destapada. Sortea a los taciturnos, va veloz hacia ningún lugar en donde los diferentes obran como malabaristas. A lo fabuloso, siente que flota en el aire. Fugaz se ha podido escapar. A lo luminoso es porque bufona viene otra vez a su presencia. Ella regresaba del circo y volvía para su apartamento; cuando entonces por entre los eucaliptos y los grillos, lo reconoció a él al fascinador.

 Por esta magia elevada, juntos se toman de la mano en menos que mucha tardanza. Al cabo divino, cruzan por un parque de drogadictos así como atraviesan unos varios potreros de vagabundos. Sobre lo otro milagroso; llegan unidos al palacio de los espejos. En hecho, van hasta la entrada de los reflejos coloridos. Y son las horas de los desarreglos universales. Ellos por fin tienen el valor de traspasar por la incepción. Con expectativa lo hacen con una energía poderosa. De conformidad, hombre y mujer viajan por un agujero de gusanos. Un año luz semejante transcurre en el tiempo. La oscuridad explota. Más en mayor experiencia, ambos retornan a la infancia en donde Tachuela suspiraba por ella. Así hacía lo inesperado, regresan a esa avenida caracas de las alucinaciones. Allí, todo lo observan igual a como las cosas eran durante el pasado. Las vigilias están intactas; nada lo conciben distinto, la gente sigue en su mismo inframundo. Tan sólo lo único; que ellos dos intuyen que cambió, fue el juego y el amor de la bufona. Por eso lo majestuoso, ahora recomienzan una vida nueva de bufón y otra de payasa.

 

Rusvelt Nivia Castellanos

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