La chica de los tatuajes

Todo lo de ella está envuelto en un halo de misterio en el cual se mezclan con impudicia mitos, exageraciones, verdades a medias, habladurías de envidiosos, sus declaraciones sibilinas y contradictorias, su perfección física, agobiante e insultante –ni el más leve desajuste de nervios, músculos y tendones, ni una sola mancha en la piel, ni una sola cicatriz en el cuerpo, ni un solo grano en la cara, cada célula suya vigorosa, fastuosa y resplandeciente–, su belleza arrolladora y arrobadora y ese extraño peregrinaje suyo sin un propósito evidente, hechos que propician la especulación y alientan la formulación de teorías ora de talante angelical ora adobadas con tintes diabólicos dependiendo de la índole espiritual del que las haya echado a rodar cuesta abajo… Que es chamana guajira en procura del último elemento que precisa su ser para alcanzar la inmortalidad y ascender al cielo; que es bruja llanera que bebe incesantemente los fluidos del alma de sus clientes y admiradores como recurso indispensable para conservar su apariencia física –si no hiciera lo que hace volvería a adquirir su aspecto original, el de un pajarraco negro y fétido con cara de mono y pezuñas de cerdo–, que no es una sola sino por lo menos media docena, seis veces diosa, seis veces curandera, seis veces nigromanta; que sea lo que sea, criatura negra, blanca o gris, suma perfección por naturaleza o por hechizo. En lo que atañe a sus intenciones con la humanidad no cabe duda de que las susodichas son encomiables, ¿por qué si no iría a la cárcel a tatuar a los condenados a cadena perpetua sin cobrarles ni un solo peso? Por lo demás, lo dicen los convictos y otras personas que han tenido la fortuna de ser tatuados por ella y tocados por sus manos mágicas, las desfiguradas con ácido, los desfigurados por esquirlas de metralla… “Cuando la chamana clava sus agujas en la piel es como si estuviera succionándoles la rabia y la maldad y dejándolos libres de odio”.

¡Intenciones encomiables y las tetas de san Expedito! Pura filfa, pura puesta en escena. Fuerza es confesar que la preciosa, luego de tatuar a los caídos y desgraciados de cada rincón del país, asiste, como la cosa más natural del mundo, al congreso anual de banqueros no a cuestionarlos ni a zaherirlos con risas maliciosas, zalemas envenenadas y dichos punzantes, sino a practicarles a los muy chupasangre una terapia revitalizadora al cabo de la cual quedan limpios y listos para seguir despellejando al prójimo. Al margen de que haya quien piense que es de nobles hacer el bien sin mirar a quién ya que al fin y al cabo galeotes, golpeados y banqueros son hijos de dios, dicho sea entre paréntesis, sin pretender enredarse en un laberinto de explicaciones metafísicas, para muchos no es lo mismo rosal que sentina, no da igual tambor que pandereta, la conducta de la muchacha es una imprudencia mayúscula por no señalar que es una hijueputez de marca mayor. Lo dicho, todo lo de ella está envuelto en un halo de misterio.

Siguiendo con el caso que nos ocupa, no bien hubo terminado su presuntamente ignominiosa tarea con los banqueros, el pajarraco negro y fétido con cara de mono y pezuñas de cerdo –la verdad es lo que cuenta– se encaminó hacia su casa a descansar y a recargar baterías. Una vez allí descargó, en una suerte de silo transparente que mantiene en el sótano a salvo de miradas indiscretas, toda la porquería que acababa de succionar a lo largo y ancho de su peregrinaje. Si hemos de creer lo que cuentan sus contradictores, la misma alimenta a una colonia de seres extraños, blancos, bulliciosos y del tamaño de una hormiga.

Se especula que tales criaturas son réplicas en miniatura de ella. Se especula también que en poco tiempo, si siguen comiendo de esos manjares no gratos –odio, rabia, rencor, violencia y codicia–, alcanzarán el tamaño de la bella y que cuando esto suceda, las susodichas abandonarán su silo y su sótano y tomarán el control del planeta.

Para mal o para bien… Eso nadie se atreve a vaticinarlo. Las opiniones al respecto están divididas. Unos dicen que semejante ejército de hermosas no descansará hasta borrar del planeta toda huella de maldad. Otros, que tanta perfección nos reventará y nos aniquilará.

Yo no sé qué pensar, yo no acierto a sacar nada en limpio, yo simplemente, ante este maremágnum de dimes y diretes, cierro los ojos, suspiro, recuerdo su visita a mi celda, me regocijo y beso mi tatuaje. Yo sólo espero, después de calmados los ánimos, si es cierto lo del ejército venturoso, que una de esas criaturas me visite, clave sus agujas en mi piel y no las saque de allí jamás de los jamases.

 

José Aristóbulo Ramírez Barrero

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