Korobéiniki

1

Alexei Juárez caminó rumbo a su objetivo mirando el escenario habitual de la Ciudad de México: anuncios en español y cirílico, propaganda con la hoz y el martillo, anuncios que exaltaban al ejército, departamentos de hormigón de más de 16 plantas e hileras de jruschovkas tan largas como un basilisco.

Nada fuera de lo común en el año 2017. Después de todo la Unión Soviética había ganado la Guerra Fría.

Alexei estaba listo para hacer el trabajo encomendado por sus superiores. Vestía de forma neutra, de tal forma que nadie sospechase de él: pantalón de lana, gorra, camisa blanca y zapatos negros. Un aspecto tan común para pasar desapercibido entre la gente que bailaba con la misma intensidad el jarabe tapatío o el casatschok.

Antes de cumplir su misión, se detuvo en un restaurante para comer chuletas con puré de papa que se pasó con agua de horchata. Pagó su copiosa comida a un precio tan barato que resultaba irrisorio, y siguió su camino rumbo al departamento ubicado en la delegación José Allen, bautizada así en honor al fundador del Partido Comunista Mexicano.

Alexei recordó pasajes de su novela favorita, el libro que lo había marcado, igual que a cientos de jóvenes fieles al pensamiento soviético: Así se forjó el acero, de Nikolái Ostrovski.

El edificio principal del bloque de apartamentos donde se encontraban sus contactos no eran diferentes a los de cualquier otra parte del mundo bajo el gobierno de la Unión Soviética: un jardín con juegos infantiles y bancas de hormigón a la entrada. Los muros exteriores mostraban imágenes de Trotsky, Lenin y hasta Diego Rivera, siempre en actitud ganadora, aplastante, inmensa y omnisciente, como dioses de carne y hueso, como titanes para nada mitológicos. Alexei subió hasta el tercer piso del departamento y tocó cinco veces. Tuvo que esperar a que abrieran la puerta, más que con miedo, con la cautela de alguien que se encarga del reactor nuclear de Chernóbil. En el interior del departamento se encontraban cinco muchachos, todos ellos con edades que oscilaban entre diecisiete y veinte años, el mismo rango cronológico de Alexei.

En los muros había imágenes de la bandera de Estados Unidos, un cuadro de Margaret Thatcher y libreros con tomos de Adam Smith, Thomas Malthus y folletos fotocopiados con artículos que promovían el capitalismo. Se trataba de un grupo de “chairos”. Vaya. ¡Cómo odiaba Alexei a los malditos chairos capitalistas!

—Qué bueno que pudiste venir a nuestra asamblea, brother —le dijo un muchacho de tez morena, vestido con una playera que exhibía un estampado del Tío Sam, símbolo mundial de los “chairos”, a diferencia de los jóvenes de America Latina, que aceptaban sin chistar al Ché Guevara—. Nos juntamos para hablar mal de régimen comunista. Desde que Rusia ganó la Guerra Fría nos gusta mostrar algo de rebeldía, y qué mejor que hacerlo mediante el diálogo, el debate. Nosotros creemos que el capitalismo es la doctrina que debió triunfar después del asesinato de Reagan y Gorbachov. Nosotros queremos gastar en lo que queremos, no limitarnos a los servicios del gobierno.

Alexei se quedó callado. Sabía que el régimen que dominaba el mundo no era perfecto, ninguno lo era. Era cierto que vivían con limitaciones pero prácticamente el hambre y el analfabetismo eran nulos y los servicios de salud estaban disponibles para cualquiera. Claro que había represión y agentes infiltrados que trabajaban con la Procuraduría General de la República y la KGB, pero nunca se le puede dar gusto a la puta gente, que seguiría quejándose aunque el Muro de Berlín hubiese caído, cosa que como todos sabían, no aconteció. Todos esos que creían que el mundo podía (o debía) ser de otro modo eran simples “chairos”, término que se usaba en México y no tenía traducción al ruso, idioma universal a diferencia del poco común inglés, que refería a gente que se hacía chaquetas mentales respecto a cosas que no fueron ni pudieron ser.

Escuchó a los cinco idiotas durante más de una hora, aguantando bostezos y ganas de entrar en acción. En sus tobillos guardaba el regalito que les daría a esos fracasados. Fingió interés, fascinación por sus ideas arcaicas. “Los bienes de producción son privados”. “Deberíamos vivir en un sistema de libre mercado”. Y otros anacronismos de la década de los ochenta. La realidad era que los bienes eran del Estado y la producción y el capital del individuo. Los chairos se prepararon para comer hamburguesas, papas a la francesa y hot-dogs, comidas esenciales del capitalismo. Mientras preparaban la salchicha y la carne de res Alexei se preparó para cumplir su trabajo, desenfundando de su tobillo su pistola PSM o Pistolet Samozaryadniy Malogabaritniy, el arma característica de los agentes de la KGB. Cuando el chico con la playera del Tío Sam la vio, comenzó a temblar. En sus ojos se pudo ver el temor y la frase “nos tendieron una trampa”.

La pistola era pequeña y veloz. El arma secreta perfecta.

—Todas mis fuerzas han sido entregadas a la causa más noble en este mundo, la lucha por la liberación de la humanidad —les recitó Alexei a manera de sentencia de muerte, una frase de Así se templó el acero.

Matar “chairos” era la actividad más sencilla del mundo para un agente entrenado. Incluso aplastar cucarachas implicaba un reto mayor. Los “chairos” no hacían más que hablar y no concretar nada. Debatir sobre el dólar, sobre el libre mercado y otras idioteces. En cuanto los cinco muchachos quedaron convertidos en cadáveres, salió del departamento dejando la puerta abierta para que todos los demás inquilinos vieran lo que les podía pasar si se atrevían a ir en contra del régimen.

Después caminó rumbo a casa.

2

La historia cambió el 8 de diciembre de 1987, cuando Ronald Reagan, el entonces presidente de Estados Unidos, y el presidente ruso Mijail Gorbachov se reunieron en Washington para firmar el tratado de eliminación de misiles de corto y medio alcance. Todo parecía normal, hasta que un muchacho de nombre Sergei Karpenko, que viajaba en una comitiva de periodistas, asesinó a ambos con un arma PSM y una rapidez espeluznante y asombrosa. Después se llevó la pistola a la sien y acabó con su vida antes de que los agentes del Kremlin y la Casa Blanca pudieran reaccionar. Hasta el día de hoy, los analistas políticos siguen debatiendo si era agente secreto o un simple fanático. Lo cierto fue que al morir los dos presidentes que pudo poner fin a la Guerra Fría; la Unión Soviética se sumió en una década de miseria de la que no saldría sino hasta 1997. La tensión entre naciones aumentaba. Con el paso del tiempo creció hasta lanzar unos misiles nucleares a Washington. El entonces presidente Bill Clinton se encontraba recibiendo felaciones de una mujer llamada Monica Lewinsky, por lo que nunca reaccionó a los ataques.

La URSS ganó la Guerra Fría. Esa fue una máxima que los jóvenes que nacieron a partir de 1997 tuvieron muy en cuenta. Crecieron de acuerdo a los ideales de la hoz y el martillo, y en poco tiempo todas las naciones aceptaron esa forma de vida, incluyendo México, que dejó de ser el traspatio de una gran potencia mundial para convertirse en un jardincito de otra.

Los muchachos como Alexei Juárez se integraron a las actividades del Ejército Rojo y comprendieron el pensamiento gracias a libros fundamentales como Así se templó el acero de Nikolái Ostrovski, parte de la corriente artística y literaria conocida como realismo socialista, que promovía la conciencia de clase, no como noveluchas individualistas sobre jóvenes como De perfil de José Agustín y El guardián entre el centeno de J. D. Salinger que gracias a la memoria de Stalin estaban prohibidas. ¡No! ¡Alexei amaba la novela de Ostrovski, que seguía los pasos del muchacho Pável Korchaguin, cuyo carácter se forja como el metal al que la novela hace alusión desde el título, que se podía conseguir incluso en la colección Sepan cuantos…

Esa novela fue el texto que cambió la vida de millones de jóvenes, y Alexei Juárez no era la excepción. El no quería serlo, porque estaba consciente de que era parte de un engranaje que movía a la sociedad.

3

Alexei era el orgullo de su familia: con apenas veinte años entró a las filas del Komitet Gosudarstvennoy Bezopasnosti, que trabajaba en conjunto con la Procuraduría General de la República.

Su padre lo recibió con una botella de mezcal, aunque su hijo prefería el vodka. Se conectó a internet y avisó a sus superiores que la misión fue realizada con éxito. Lo felicitaron de forma parca, pues no merecía ningún trato especial ya que, después de todo, era su trabajo.

Buscó en línea el único videojuego que existía oficialmente para el gobierno: Tetris, creado desde tiempos de la Guerra Fría por su tocayo Alekséi Pázhitnov. Al joven agente de la KGB le encantaba perderse entre los tetróminos que iban cayendo, concentrarse en hacer líneas y más líneas y escuchar el tema musical: korobeiniki, canción tradicional rusa. Cuando más embelesado estaba, pensaba en un mundo en el que los dos presidentes no fueron asesinados. Parecía como si accediera, en su mente, a otra realidad. Un universo en el que el mundo era capitalista, pero en el que tampoco existía la perfección y la justicia, pero sí la represión. Las realidades no son buenas ni malas: como el mundo, lo son los humanos.

Korobeiniki sonaba. Las piezas de Tetris seguían cayendo. Acomodar piezas y hacer desaparecer obstáculos es la mejor metáfora de la vida.

 

 

Bernardo Monroy

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