El hombre de Galilea

El hombre de Galilea combatió al tornado y a la sequía. Nos habló y sus palabras anidaron en el fondo de nuestro corazones. Y a través de las arterias nos llenó de esperanza.

El hombre de Galilea exigió revelarle nuestros pecados. Los de carne. Los que nos roban el sueño y nos convierten en cómplices de noches que parecen no tener fin.

El hombre de Galilea escuchó paciente. Y su rostro apenas surcado por unas arrugas, se iluminó con una sonrisa amplia. Escuchó a los hombres que habían deseado a las jovencitas que sin previo aviso se convirtieron en mujeres. Notó cómo pasaban la lengua por sus labios recordando sus ansias por devorar las fresas que coronaban sus pechos firmes. Y sonrió aun más adivinando la corriente eléctrica que cruzaba la entrepierna de los no arrepentidos.

El hombre de Galilea acercó su oído a las mujeres que confesaron querer abandonarlo todo cuando ese forastero apareció una tarde de otoño. Brazos y piernas fuertes. Espalda ancha y melena larga. El deseo encarnado. Su mirada lo mismo prometía infierno que cielo. Las mujeres anhelaron revolcarse en su sudor mientras montaban a aquel mustang desbocado.

El hombre de Galilea disfrutó con nuestras confesiones pero no hizo promesas. Expectantes todos, no le quitamos la vista de encima. Y nuestros corazones bombearon sangre tan rápido que sentimos que nos faltaba el aire y empezamos a ver puntitos brillantes aquí y allá.

El hombre de Galilea me ordenó que fuera hacia él. Entonces me acunó en su pecho. Su contacto era suave pero también firme. Tiró mi cabeza hacia atrás y me perdí en sus ojos color ámbar con destellos dorados. Tus pecados de carne pagarás en mi cuerpo pero sobre todo con mi sangre. Sé que me deseas. Y sé que serás mías hasta el fin de los tiempos, susurró.

El hombre de Galilea acarició mi cuello y sin perder tiempo, me mordió. Todos contuvieron la respiración. Esta era la eternidad que esperábamos mansos y mustios.

Renacer en el pecado. Dejar atrás el dolor, la miseria, la enfermedad y la vejez. Ser pura pasión. Beber vidas y noches enteras. Repudiar la luz que ciega y aturde.

El hombre de Galilea me brindó mi mejor pecado de sangre… Un orgasmo en las venas.

 

 

Macarena Muñoz Ramos

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