Sin palabras – Parte 1 de 2

Entró a su pequeño cuarto con el rostro abatido, dejó su bolsa en el suelo y puso su escoba en la pared. Dio un largo suspiro mirando alrededor, estaba cansada, cansada de mirar lo ridículamente pequeño que era su cuarto y cómo se amontonaban sus cosas en él. Caminó hasta la única ventana para abrirla, se paró en seco cuando vio un espectacular que rezaba: “Si un hechizo tienes que conjurar, a Maggie has de llamar.” Acompañado por una fotografía de Maggie con una sonrisa que a cualquiera le podría parecer amable o quizá única, pero a Agnes sólo le pareció una sonrisa burlona. Recordó esa misma expresión en Maggie cuando le pidió su libro de encantamientos para hacerla famosa. Ahora sólo podía mirar los espectaculares de Maggie y pensar que esa debió ser ella. No había tenido trabajo en semanas, el último que había realizado no terminó bien dejándole una paga minúscula, resultado de un cliente demasiado exigente y muy tacaño. Se alejó de la ventana disponiéndose a descansar en su sofá, tomó el correo que recogió en la mañana. Paso carta tras carta, de cinco que había recibido cuatro eran avisos de falta de pago, Ni siquiera las abrió. Llegó a la última carta y se dio cuenta que era distinta, el remitente tenía dirección de la Antártida. Extrañada, se apresuró a abrir la carta, el contenido era el siguiente:

“Saludos desde el polo sur:

Necesito sus servicios de inmediato, el trabajo a realizar es de sanación y la esperan como paga 30,000 peniques.

Le adjunto las coordenadas de mi ubicación. Espero sea sensata y pueda encontrarme con usted.

La bruja de Antártida.”

Agnes tuvo que leer la carta un par de veces más para asegurarse que había leído bien. ¡30,000 peniques! Era mucho más de lo que ganaba en un año y por un hechizo de curación, era como regalar dinero. Tomó la decisión en ese mismo instante, no quería esperar un minuto más, tomó también sus cosas y salió del diminuto cuarto. Atravesó el cielo lleno de estrellas con una sonrisa, no dejaba de pensar en lo que iba a conseguir, comenzó a pensar en que quizá Antártida era un lugar con pocas brujas, quizá podría comenzar a promocionarse allí, quizá  podría volverse famosa en ese lugar desolado, quizá, quizá…

Le tomó medio día llegar a su destino, había una tormenta de nieve; por suerte se había abrigado muy bien; en cuanto sus botas tocaron el piso lleno de nieve, sintió una descarga eléctrica que casi la hace caer de bruces. Se apoyó en su escoba y trato de hacer un conjuro que le permitiera ver entre la tormenta de nieve; puesto que la visibilidad era prácticamente nula; pero el conjuro no se materializo, volvió a hacerlo y obtuvo el mismo resultado. Se preocupó enormemente, no lograba ubicarse y debía encontrar un lugar para resguardarse pronto. Se decidió por caminar hasta encontrar algo que le diera indicios de dónde se encontraba. Caminó alrededor de media hora, se encontraba exhausta, el frío era inminente y sus pies se volvían pesados, se detuvo un momento para tomar aire. Miró el entorno y entonces vio un silueta que casi se perdía entre la nieve, era una silueta pequeña y difícil de distinguir. Agnes caminó hasta la silueta moviendo los brazos de un lado a otro tratando de llamar su atención, la silueta no se movía ni un centímetro. Al estar cada vez más cerca logró distinguir los rasgos de la silueta que tomó la forma de un niño pequeño, de tez y cabello blancos como la nieve, su rostro se adornaba con un par de ojos grandes color rojo que le devolvían la mirada, su vestimenta se limitaba a un abrigo de piel blanca, unos pantalones de cuero café y unas botas improvisadas con cuero. Se plantó frente al niño albino.

—Hola —le saludó, el niño no contestó—, mi nombre es Agnes, ¿cuál es el tuyo?

El niño permaneció inmutable. Pasaron treinta segundos aproximadamente y sin más el niño albino pasó de largo a Agnes y se echó a correr. Esta sólo lo siguió con la mirada preguntándose quó había sido todo aquello, de pronto un rugido irrumpió en el silencio de la nieve. Agnes se sobresaltó y dirigió su mirada al lugar donde se produjo el estruendoso sonido, abrió los ojos de par en par cuando vio a la distancia un oso polar corriendo a toda prisa hacia ella. Se giró y corrió, pronto alcanzo al niño y se apresuró a rebasarle. El niño le pisaba los talones, ninguno se detenía. Cuando finalmente perdieron de vista al oso polar, se escondieron en una cueva para tomar aire, ambos respiraban con dificultad, pero Agnes no quería dejar pasar la oportunidad y habló.

—¿Por qué nos sigue un oso polar? —las palabras le salieron a duras penas. La respuesta del niño nunca llegó—¿Por qué no me contestas? —Agnes comenzó a pensar que quizá el pequeño era mudo, no había ningún indicio de quisiera comunicarse con ella— ¿Al menos puedes decirme dónde estamos?
Fue cuando el niño reaccionó, tomó a Agnes de la manga de su abrigo y le dio unos estirones luego señaló la escoba que Agnes sujetaba.
—No sirve —contestó la joven bruja—. Oh, eso me recuerda… —Agnes se sacó el papel con las coordenadas del abrigo y se lo mostró al niño albino. Este miró el papel y luego la miró a ella.
—¿Puedes llevarme a este lugar? —No estaba segura de qué esperar pero era la única opción que tenía por el momento. El niño asintió frenéticamente. Agnes suspiró aliviada— ¿Puedes llevarme ahora?
El niño albino asintió una vez más y salió de la cueva, ella lo siguió de inmediato. Tan pronto estuvieron a la intemperie se echaron a correr, podían escuchar los gruñidos del oso polar cerca. Corrieron sin descanso un par de kilómetros, Agnes se rezagó un buen tramo del niño albino quien no lucía tan exhausto como ella. Cuando Agnes sintió que no lograría dar un paso más, un inmenso castillo de hielo se alzó frente a ella. Se detuvo un segundo y lo miro estupefacta, el niño albino le hizo señas con el brazo incitándola a seguirlo. Un rugido se escuchó muy cerca, cuando ambos devolvieron la mirada vieron al oso polar a escasos metros de ambos.
Nerviosos se pusieron a correr lo más rápido que sus piernas les permitían, cuando estuvieron a la puerta del castillo de hielo comenzaron a aporrearla, Agnes gritaba desesperada que abrieran la puerta mientras miraba con apuro las fauces del animal que les pisaba los talones. A escasos segundos de la catástrofe la puerta del castillo se abrió, internando a ambos de un empujón y cerrando la puerta de golpe tras ellos. Sólo escucharon el fuerte estruendo que provocó el oso al impactarse en ella. El pecho de ambos subía y bajaba con violencia, tomaron aire un instante y luego miraron a su salvador. Frente a ellos estaba una bruja con una imponencia casi abrumadora, su cabello era rubio, su tez dorada se ocultaba tras un vestido escarlata demasiado grande, sus ojos, que los miraban con disgusto, eran de un color dorado brillante.

—Eso estuvo cerca, un segundo más tarde y quizá la osa hubiera logrado entrar. Un verdadero desastre —fueron sus primeras palabras hacia Agnes. Esta la miró sin saber qué decir—. Tú debes ser la bruja Agnes, yo soy la bruja de Antártida —le tendió una mano, Agnes la tomó.
—G-gracias por salvarnos…
—No me servirías muerta —la interrumpió.

(Continuará)

Xyhomara Guadalupe González Terrazas

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