La locura de Clepsidra

Las órdenes de suministros han sido variadas otra vez. Los drones han descargado estufas en las colonias desérticas ecuatoriales. Las naves hidrantes han depositado extractores acuíferos en la zona de los lagos. Los uniformes enviados a los hielos consisten en pantalones cortos, remeras anti sudor y calzado ligero. Clara Hepstron lleva doce años en la unidad de control; ha chequeado los envíos, los sellos son correctos. Las órdenes han partido de Clepsidra, la computadora madre que organiza los abastecimientos de las amplias regiones del planeta que han perdido posibilidades de auto sustentación: los desiertos ecuatoriales, la línea de los hielos y las depresiones lacustres formadas por los hundimientos de las cordilleras.

            Las modificaciones en las líneas superiores de la estación de logística la confunden; tiene su informe desarrollado, solicitando una evaluación de los sistemas de Clepsidra, pero ignora ante quién presentarlo. Trata de convencer a sus compañeros. Se niegan a comentar sus argumentos. Obedecen, cumplen sus turnos y van a divertirse a la ciudad dormitorio. Nada de petición conjunta. Clara estudia en el monitor hologramático el curioso organigrama de conducción. No comprende quién manda. Las ramas ostentan las mismas categorías, mediante un sistema cruzado de controles.

            En la estación hay varias áreas; una consta de gigantes almacenes más el centro de embalaje final en el que su departamento hace el último chequeo. Son los más alejados del centro neurálgico, la ciudad dormitorio. Cerca de esta se alza Gestión, donde se administra, se recopilan las informaciones y donde está el núcleo mismo: la cámara de Clepsidra. Existen dependencias auxiliares: la central de energía, la central de defensa y la central de eliminación de residuos, a la cual envían sus desechos mediante basuductos –tubos cilíndricos transparentes– todas las instalaciones.

            Clara no consigue destrabar el puzle. El organigrama es ininteligible. Depende todo de Clepsidra. ¿Y si un programador original escondió algún software extraño? ¿Si la invadieron los hackers anarquistas? Rastrea el historial de organigramas y halla otro dato preocupante; Clepsidra es la creadora del sistema jerárquico vigente, sistema por el cual no existe una persona con poder para autorizar la revisión de la máquina. Piensa en los miles que habitan las colonias desérticas, desprovistos de agua; en la gente de los lagos, con los uniformes asfixiantes de las zonas frías. En la región de los hielos, sin calefactores. ¿Nadie más se da cuenta? El turno finaliza. Quince días de descanso en la ciudad. ¿Deberá hacerlo sola?

            Duda frente al vestidor. Mary Ann, compañera de cuarto y encargada de vestirla, Mary Ann se ha atribuido ese rol, está en funciones. Trabaja en el centro de administración, va y vuelve a diario. ¿La espera? Coloca la clave de acceso, la pared se enciende, accede a los turnos. Maldice, Mary Ann trabaja hasta la medianoche. Después, como cada vez que tiene ese turno, irá por la zona de bares; llegará, si no se queda en una cabina de copulación, de mañana, en un estado calamitoso. Imposible contar con ella. Se limitará a avisarle que está de regreso. Mary Ann es impresionable, capaz de pulsar las alarmas si encuentra la cama ocupada, sin fijarse antes quién es el ocupante. Se comunica con ella.

            Los gritos de alegría la reconfortan. Con tacto, por si las escuchan, le cuenta que ha notado órdenes extrañas. Mary Ann le dice que ella también, que hay exceso de frutas en la dieta base del centro administrativo. ¿Exceso de frutas? Mary Ann se despide, su labor la requiere. Es encargada de la recepción de las provisiones del centro. Su función es pulsar el marcador láser cuando circulan por la cinta, para derivarlas a destino por el conducto correspondiente.

            Clara se inclina por una falda y la blusa oficial de salida. Quiere dar la impresión de estar en misión oficial. Coloca en su pulsera el dispositivo con su informe. Se dirige a los túneles, eludiendo el centro de la ciudad. Observa los marcadores atmosféricos. ¡Un día claro, respirable! Cambia de planes, abre la escotilla y sale al aire libre. Sierras, árboles y un lago. Es bello cuando lo pueden disfrutar, uno o dos días por mes. Las cintas están funcionando, la cúpula de cristal del centro de administración refulge. Descansa su vista mientras se acerca a la boca de ingreso. Dos drones planean en descenso, nueva función incorporada que permite ahorro de energía. ¿Ante quién se presentará? ¿Ante el área de administración en sí, llamada Nudo entre ellos? ¿Ante la gente de software? ¿Al área de defensa?

            Observa los tubos transparentes, los basuductos. Cada veinte minutos, una corriente de aire desplaza la basura al centro de procesamiento, debajo mismo de la ciudad dormitorio. El reciclado genera la energía para la iluminación. Se encienden las turbinas, pasa un alijo. Tiene razón Mary Ann, hay exceso de fruta. Un centenar de cáscaras de banana, restos de kiwi y muchos carozos. Supone que los médicos han variado otra vez las normas alimentarias; cada seis meses descubren que lo sano no es tan sano y que lo malo quizá sea bueno. Se abre la escotilla, ingresa al vestíbulo, junto a la terminal de escaleras mecánicas que suben a la gente que optó por los túneles. Los ascensores neumáticos no han sido incorporados. Temen que se produzcan fallas; los primeros utilizados en la ciudad dormitorio saltaron a la estratósfera. Extraño, en el resto del mundo no hay inconvenientes. ¿Otro error de Clepsidra?

            Tiene en la mente el plano, toma uno de los pasillos circulares. Gira en el espiral, pasando por delante de un centenar de cubículos. En una de las vueltas se da cuenta que está frente al pasillo que conduce, tras cien metros, al área de Clepsidra. Por un instinto que no se explica, toma por él. Cinco androides salen a su paso, cada uno la escanea. Teme que la detengan. Sin embargo, se apartan. Se ve ante la puerta de acero, del otro lado está la máquina que coordina la vida de la estación y de las colonias que dependen de ella. Las cámaras de vigilancia apuntan hacia Clara. Hay varios sensores junto a la puerta. Apagados. No hay manera de presionar el pulgar o de pasar una tarjeta para que se opere la apertura de la cápsula. La protección es perfecta; sólo ante un corte de energía se podría tomar el picaporte previsto para esas eventualidades. Esa provisión está coordinada por la misma Clepsidra.

            Clara, frustrada, decide regresar, ignorando aún dónde exponer sus preocupaciones. Tiene una reacción infantil, toma el picaporte. Se abre la puerta. Sorprendida, ve que los androides no se preocupan por ella. Ingresa. Por dentro, una estructura similar a la cúpula del centro. Está frente a las terminales de salida, miles de cables se conectan con otros y se hunden en el piso y las paredes. Advierte, a la derecha, la entrada a un basuducto. Observa que una cáscara de banana choca con un borde y cae al piso. Temerosa, Clara rodea el lateral de la máquina y se enfrenta a lo inesperado. Ogubi, el chimpancé del circo que han dado por muerto dos meses atrás, juega pulsando distintos íconos en la pantalla de Clepsidra.

 

Juan Pablo Goñi Capurro

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