Kee-Wakw

Costa atlántica del territorio de Canadá, 1718.

¿Cómo pude ser tan estúpido? Es increíble que haya caído en la trampa de semejantes bestias; en ese momento empecé a entender porqué dicen que son tan peligrosas, a pesar del frío y el (cada vez menos) desconocimiento del territorio, lograron embaucarme. Las reglas siempre han sido simples y sencillas: no alejarse de la aldea más de un día si no es necesario.

Venía huyendo desde hacía más de medio día y todavía faltaba camino por recorrer para llegar a mi hogar, apenas pude escapar de su emboscada, aunque alcanzaron a herirme la pierna derecha… de ser el cazador me había convertido en presa. Volteaba de reojo de cuando en cuando; aunque sus ataques y gritos me indicaban que ahí seguían, el avanzar más lento los hubiera motivado a darme alcance y entonces estaría perdido para siempre.

Mientras corría, la falta de comida comenzaba a mermar mi rendimiento, afortunadamente pude internarme en un bosque después de avanzar en campo abierto por un largo rato, lo que me permitió tomar un poco de aliento pues vi que no se confiaron del todo al ingresar también. En ese descanso confirmé que no les superaba más de ochocientos pasos de ventaja y por primera vez sentí miedo.

Traté de despejarme, vaya que hacía frío. Continué la huida mientras escuchaba sus voces, aunque no tenía idea de lo que expresaban, que lengua tan rara hablan estos malnacidos. Deseaba hacer una fogata pero no había tiempo, vi la sangre recorriendo la pierna, no pude hacer que disminuyera el sangrado con todo y la cuerda que amarré a esta; el movimiento constante lo evitaba. Ya me sentía un poco mareado. El bosque, a pesar de no ser tan espeso, dio buen cobijo por la nevada, que también ayudaba que las huellas no fueran fáciles de rastrear.

No obstante lo anterior me duró poco el resguardo: escuché como continuaban acercándose sin piedad a pesar de la distancia que no permití acortar y, sin embargo, corroboré que no era sencillo engañar a estos seres. Decidí proseguir y eventualmente tuve que abandonar el bosque, dado que no era tan grande y aunque no hubiera demasiada visibilidad, la tarde apenas comenzaba caer y existía una gran posibilidad de que me encontraran antes que anocheciera.

Seguí mi recorrido en descampado, realmente estaba hambriento, tenía casi dos días sin probar bocado, me detuve cuando dejé de escuchar avance. Ya era plena noche, observé en la distancia y constaté que habían decidido parar, las fogatas se veían perfectamente dada la oscuridad, suspiré y me sentí aliviado, no podía seguir a ese ritmo por mucho tiempo más. Lo medité un rato y al ver nuevamente la pierna me di cuenta de que sabían a la perfección que no podía avanzar más por el dolor y el cansancio, bajé la cabeza y concluí que en realidad de nada me servía continuar de momento, la ventaja no sería suficiente bajo la tormenta, especialmente en las condiciones que me encontraba.

Sentí las manos y las orejas casi a punto de congelación, busqué de forma desesperada un refugio para guarecerme del frío y tratar de quedar oculto de los enemigos. No sé si muy tarde, pero hallé una pequeña cueva donde preparé una fogata con el material que pude utilizar, la entrada estaba parcialmente cubierta por la nieve, casi no sentía las extremidades y temblaba demasiado. A pesar del miedo, una vez que me sentí cómodo, el cansancio me venció, no tardé en cerrar los ojos, realmente necesitaba un respiro.

No pude descansar del todo, durante el receso desperté en un par de ocasiones con la misma sensación, como si al abrir los ojos aquellos engendros estuvieran posados frente a mí, sólo para ver mi cara de horror antes de asesinarme. Estaba empezando a dudar si lograría mi objetivo, estaba completamente a mi suerte, así que al parecer no tenía más remedio que intentarlo, preferí eso a caer en manos de estos…infelices…

Sin saber cuánto tiempo pasó me di cuenta que había dejado de nevar; no abrí los ojos, sin embargo el reflejo de la luz que anuncia el amanecer ya despuntaba, evité los movimientos súbitos para escuchar lo que ocurría. Estos salvajes se acercaron sin que lo notara.

Me incorporé lentamente, sólo para ver cómo estaba rodeada la cueva, el humo de la fogata me delató, a pesar de extinguirse hacia rato; el olor quedó impregnado y eso fue lo que terminó de confirmar mi última posición. Entraron a mi guarida amenazantes y listos para matarme… de haber estado ahí.

Para mi fortuna, en uno de los sobresaltos, había decidido abandonar la cueva y descansar en la parte alta del territorio, aunque sacrifiqué el calor, me aseguré la supervivencia, así que incluso pude ver como al efectuar su ataque, atrajeron una manada de lobos blancos, era evidente que estos no los iban a vencer, pero si consiguieron rasgar a uno de aquellos bárbaros. ¡Sangran! Es lo primero que se me ocurrió pensar ya estaba creyendo que en verdad eran invencibles, eso me dio un aliciente y pensé en llegar a casa y enfrentarlos.

Aproveché la pequeña batalla que dieron los lobos para avanzar lo más rápido que pude, al llegar a la parte más alta de esa zona me paré en la cima y vi perfectamente el arroyo que cruza la llegada a mi aldea; de forma instintiva sonreí, la nieve me impedía ver a una distancia considerable, lo que no daba certeza de cuánto hacía falta para alcanzar mi destino, esto cambió.

Apenas comencé el descenso y nuevamente tenía a mis espaldas a esos desgraciados, me dieron alcance más rápido de lo pensado, sentí un poco de tristeza por los lobos, tal vez si hubieran sido más… no lo sé. Por la pendiente y las prisas tropecé y caí justo sobre la pierna derecha, el dolor fue indescriptible, nada me había herido tanto como esta indeseable experiencia, a pesar de que seguí rodando cuesta abajo, me desorienté un poco y aterricé franco hasta la parte baja, quedé tendido y noqueado, percibí como se acercaban cada vez más pero el cuerpo tardó en responder.

Como fue posible me levanté y corrí de nueva cuenta pero al voltear verifiqué con terror que ya estaban a menos de doscientos pasos, el zumbido de sus ataques me intimidó, sin embargo antes de volver la cabeza hacia enfrente comencé a sentir la cercanía a casa. Cuando giré ahí estaba el arroyo y supe que lo iba lograr, avancé con la mayor velocidad que el cuerpo me permitió, llegaron renovadas fuerzas al sentir que ya estaba en la aldea. Mi gozo me hizo descuidarme y recibí un impacto en el brazo, por la inercia caí de manera frontal; estos malditos no se daban por vencidos, no entendieron que habían fracasado. Con los ánimos encendidos de nueva cuenta me levanté y casi volé, a pesar de que ya estaban a encima crucé el arroyo y aunque me interceptarían no importaba ya.

Efectivamente, casi al otro lado del arroyo recibí un impacto más en la espalda pero ya no sentía el dolor. Quedé tirado por un momento y empezaron a rodearme, creyeron que me han vencido y escuché a la perfección cómo se preparaban para rematarme, pero ya era imposible. Me volteé evidenciando mi transformación, reviví y regresé, reía eufóricamente hasta que se convirtió en el rugido más alto jamás emitido, mis garras crecían y sus caras de pánico me confirmaban que era yo nuevamente, que estaba en el territorio sagrado, antes de despedazarlos y sólo para que terminasen de conocer el horror les grité: “¡Este es el hogar de la casta de los Kee-Wakw, demonios y amos del bosque norte, del cual soy digno integrante a quien osaron retar y por ello tendré el honor de bañarlos en sangre, malditos invasores, en unos momentos sus casacas rojas se tornarán aún más!”

 

Miguel Ángel Borjas Polanco

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