Gastronomía mexicana: Pozole – Parte 1 de 2

Raúl esa noche durmió sin luz; permaneció en la cama en medio de las sombras donde la mente y las ideas lo fueron agobiando, secuestrando su razón, hundiéndolo en el abismo de la locura. Allí sepultado por el horror abismal, atávico y primigenio, se incorporó tembloroso, cubierto sólo por una vieja pijama, el sudor bañaba su cuerpo, abrió la ventana permitiendo el paso de la fría brisa nocturna y los rayos de Selene, nuestro satélite natural; estos proyectaron su sombra, nocturna y larga, en las baldosas de barro, respiró profundo, los murmullos de la noche parecieron tranquilizarlo, caminó un poco dentro de la habitación, a tientas buscó en el viejo secreter una lámpara, misma que encendió. Contempló las hojas de papel que estaban en el interior del mueble, tomó un par junto con el lápiz y sin pensar escribió casi con urgencia, con letra cursiva alargada casi deforme; al final los garabatos describían lo que fue su más extraña pesadilla junto a una figura, un ídolo extraño, el dibujo de Xipe totec.

    El reloj marcaba las seis de la mañana, el alba se dibujaba tenue en el horizonte y el aire fresco entraba por la ventana que había olvidado cerrar; en el terreno baldío junto a su casa se observaba el álamo rojo con el color de sus hojas recibiendo el estival, la tibieza del amanecer permanecía en el aire, el alba inspiró el canto de un zanate que despertó al joven Raúl, sorprendido por el estridente sonido —probablemente esté llamando a su hembra, pensó—, se levantó para dirigirse a la ventana, tomó el primer objeto que encontró —un vetusto diccionario— y se lo lanzó.

   El libro viajó por los aires aparatosamente, el ave esquivó el golpe y emprendió el vuelo rápidamente sin permitirle lanzarle otra cosa. Disgustado se quitó la pijama para entrar al baño, abrió la llave del agua y la ducha matinal terminó de despertarlo, el contacto con el agua fría le estimulaba, en pocos minutos había concluido, el olor a jabón se desprendía aún de su cuerpo cuando extendió la toalla en la puerta del baño, desnudo estuvo buscando en el ropero sus prendas: calcetones, trusa, camiseta de algodón, pantalón y camisa de mezclilla, todas cayeron sobre la cama, se vistió con lentitud, pacientemente cuando terminó se colocó la vieja gorra que tenía en el perchero.

    Meditó por un instante, precavido había preparado todo desde el día anterior en la tarde. La lista de cotejo ya se encontraba en la basura, miró hacía el rincón, allí en el suelo tenía preparada la mochila táctica que había comprado hacía dos años en internet, en ella estaban casi todas las cosas necesarias para el viaje: cambios de ropa, fósforos, latas de alcohol sólido, una pequeña parrilla, víveres, golosinas y algunas latas extra de jamón endiablado, una cantimplora grande, unas pastillas de medicamento, haldol, akineton, clonazepam —que le había prescrito el psiquiatra del IMSS—, unas baterías y una lámpara de mano.

    Recorrió la habitación igual que lo había hecho durante la noche, pero esta vez las luces le permitían ver su imagen reflejada en el espejo; se reconoció a sí mismo casi con asombro, la tez pálida, el cabello negro largo había sido cubierto parcialmente por la gorra color caqui, la barba de varios días ya era notoria, los ojos cafés brillaban con la humedad propia del mal sueño, las conjuntivas rojizas y las ojeras marcadas evidenciaban las largas noches de trabajo previo, la boca seca, la nariz recta, el cuerpo asténico se dibujaba debajo de la camisa de mezclilla. Contempló sus pies solamente cubiertos por los calcetones y buscó bajo la cama, donde le esperaban unos tenis converse ya gastados; se los puso con rapidez.

—¿Qué falta? —se preguntó en voz alta al tiempo que rascaba la mano izquierda en gesto de ansiedad.
—¡Allí están! —exclamó y tomó las hojas del secreter para doblarlas y guardarlas en el bolsillo trasero del pantalón— ¡Ahora si todo está perfecto!

En ese instante sonó el teléfono celular, sus amigos estaban en camino. Leonardo y Esaú llegaron puntuales en una Ford Lobo blanca, una autentica belleza, se las había prestado el tío de Esaú, un viejo ganadero gruñón llamado Fidel, que para convencerlo de que se las prestara tuvieron que trabajar de gratis durante los fines de semana en el rancho, limpiando las porquerizas y bañando a los animales. Esaú y Leonardo sabían que para realizar el filme que planeaban tipo falso documental— tendrían que emplear un vehículo y nadie se los rentaría con facilidad, por lo tanto lo más viable era tener que trabajar para conseguirlo. Pero afortunadamente no todo fue difícil, la otra parte la trabajó Raúl en el instituto de ciencias cinematográficas, habló con algunos maestros y esto facilitó algunas cosas ya que los tres destacaban como buenos alumnos y el proyecto había de realizarse durante las vacaciones por lo tanto el equipo y material fílmico de la escuela podría ser usado siempre y cuando cuidaran de él.

    Raúl firmó un convenio con el director y así pudieron tener otras dos cámaras, trípodes, luxómetro, película y lámparas para iluminación, un par de grabadoras complementaron el equipo de filmación.  Al principio pensaron en algo modesto realizado en interiores, pero al final el proyecto se amplió y decidieron arriesgarse, Leonardo les contó cómo es que se hizo la película del Mariachi original, en la cual la gente se le invitaba a participar de extra sin salario y aceptaban con tal de salir en la película, así inició su carrera Robert Rodríguez haciendo trabajo de camarógrafo, director, actor y guionista. En el caso de ellos estaban dispuestos a trabajar igual, pero el tipo de película habría de ser del género de suspenso y horror, aunque el guión estaba incompleto Raúl había escrito la mayor parte, tenía muy buenas ideas, pero muchas eran irrealizables, con los recursos que contaban, podría escribirse mucho pero sólo aquello que pudieran filmar.

Raúl aprovechó la mañana para descansar durante el recorrido. El viaje duró más de diez horas, se turnarían para conducir, así que durmió un poco durante el trayecto, los ojos cerrados la boca entre abierta, las manos entrelazadas, parecía meditar de no ser por los ronquidos, en esa posición incómoda y en medio del sopor recordó en sueños lo que era el tener que trabajar tiempo extra en el restaurante; se vio así mismo trabajando, cubriendo a los meseros en sus ausencias, luego ayudando a los cocineros cuando había mucho trabajo; y hasta enseñando el trabajo a los nuevos cajeros cuando llegaban. Finalmente, y tal vez lo peor, era soportar a Luigi el dueño con sus neuróticos desplantes. La pesadilla no concluía así, al terminar tenía que caminar a la escuela de ciencias cinematográficas para no gastar en transporte, regresar a casa para soportar las burlas de sus familiares, que le decían que no haría nada útil jamás y, si esto no fuera suficiente, vio a su novia abandonándolo diciéndole que pensaba que era gay. Se vio en medio de una bizantina discusión y justo cuando ella le gritaba más fuerte logró despertar: un perro negro encadenado ladraba a la camioneta en la entrada de la gasolinera, el rottweiler los miró por un instante antes de irse caminando hacia un modesto restaurante. Los muchachos tenían hambre, decidieron seguir al animal, comieron huevos revueltos y frijoles —lo más económico de la carta—, regresaron al vehículo con más sueño y cambiaron de lugares, Leonardo dejó el volante para dormir un poco y Esaú inició su turno conduciendo, la charla con Raúl era más impersonal, de hecho no se llevaban del todo bien.

    “Leo” como le decían al que dormía, era el líder del grupo, alto con cabello corte tipo militar, práctico, carismático, inteligente, atractivo, mantenía la cohesión de todo, sabía mediar en las discusiones y podía cabildear acuerdos con todos los compañeros. Los maestros lo estimaban mucho por ser el que mejor controlaba a los alumnos; Esaú era atlético, extrovertido, bromista, tan vanidoso como ambicioso, tenía la costumbre de ser autoritario, situación que no siempre le ayudaba a ser popular con los demás compañeros, tenía cierta tendencia a ser desordenado y fiestero, pero se moderaba lo suficiente para no meterse en problemas. Raúl no podía ser más opuesto, era tímido, retraído, creativo, estudioso, con una clara tendencia a la rebeldía y ser antisocial, discutía con los maestros por cuestiones estéticas y técnicas en el manejo del guión, le fascinaban las formas de narrativa no lineales, pero esto último era precisamente lo que valía tener buenas calificaciones.

    El recorrido por la carretera principal continuó por otras tres horas más; Esaú vio una gasolinera próxima, redujó la velocidad, decidió detenerse a llenar el tanque y pedir indicaciones. Los empleados, un par de hombres morenos  con tatuajes, le indicaron que mejor fueran hacía San Jacinto, en la Sierra del Muerto hacia el norte, ya que en el camino vecinal opuesto asaltaban la gente de los Villalobos, se rumoraba que unas pocas semanas atrás habían quemado vivo a un policía de la federal de caminos dentro de su patrulla. Procuró no inmutarse con el comentario aunque el caso en cuestión fue ampliamente difundido en la región a través de las redes sociales, pero según los periódicos sí se encontró a los responsables: un grupo de delincuentes llamado los “Pocholos”, jóvenes de entre veinte y treinta años de edad que se dedicaban a contrabandear droga, extorsionar en comercios y asesinar por encargo; los diez integrantes murieron en una refriega con elementos de la marina armada de México.

    Raúl, que se había mantenido callado, sacó el mapa de la mochila y se lo mostró a uno de los empleados de la gasolinera; allí estaba marcado el acceso a un sendero a través de un cañón en la serranía.
El hombre comentó —No está lejos, sigan derecho, por allí se llega a unas viejas cabañas abandonadas, un poco más adelante encontrarán el lugar de las excavaciones, el sitio fue turístico hasta que llegó la guerra contra el narco, los dueños eran lavadores de dinero de un cartel y abandonaron la plaza cuando llegó el ejército, desde entonces este lugar está muerto.

    Raúl agradeció la explicación y guardó el mapa en la guantera. Leo continuaba dormido así que en esta ocasión él tomó el volante para continuar la marcha, un canto agudo y desagradable llegó a sus oídos, un zanate oscuro igual al de en la mañana lo contemplaba desde un árbol. El recorrido se hizo más accidentado, la terracería no era muy buena y un trayecto de apenas seis kilómetros se prolongó por casi media hora, algunos troncos estaban atravesados en el camino, un vado anegado complicaron la llegada, el sitio era un claro en medio del bosque de pinos, buscaron la primer cabaña que correspondía al vigilante del lugar, se estacionaron enfrente de ella, se veía en mejor estado que el resto, el sitio lucía abandonado, desértico, pero no demasiado ruinoso, algunos de los cristales estaban rotos, había algo de basura y algunas ardillas.

    Tenía aún una pequeña planta generadora de energía eléctrica que funcionaba con gasolina; unos conjuntos de asadores en el exterior daban una idea de lo agradable que debió ser el lugar cuando estaba en uso. Entraron y faltaba algo de mobiliario pero la cocina aún estaba completa, el sitio lucía bien y no muy sucio pero no había agua corriente y decidieron no usar los sanitarios, mejor aprovechar el campo abierto alrededor. Leo y Esaú se pusieron a limpiar el lugar, trataron de enviar mensajes con sus celulares, pero la señal recibida por los aparatos telefónicos era bastante pobre, tenían que subir a las ramas de un árbol para captarla. Raúl mientras tanto se mantuvo contento, aunque no encontraba sus medicamentos, sentía como si hubiera dejado atrás las pesadillas de la ciudad y extendió unos cobertores en el suelo y sacó las cámaras, los trípodes, midió la densidad de luz, tomó algunas fotografías digitales pensando en cómo serían las locaciones, al recorrer la casa encontró un sótano, la puerta de madera estaba mal cerrada, un extraño olor inundó su nariz, rancio y desagradable pero aun así bajó las escaleras, sintió la  oscuridad creciente conforme bajaba, encendió un cerillo y miró el piso de tierra. Ahí había unas huellas de botas tipo militar; al contarlas imaginó a un grupo de unos cinco hombres recorriendo la habitación, sintió el calor quemarle los dedos por lo que soltó el cerillo, la flama se extinguió. Encendió uno más topando su vista con una silla cubierta con manchas de sangre, pisó una superficie resbalosa haciendo zumbar un enjambre de moscas.

    Para su sorpresa, era un charco de sangre negra en proceso de descomposición, eso fue suficiente para hacerlo salir del nauseabundo lugar, miró las escaleras antes de cerrar la puerta, buscó una jerga y la ocupó para limpiar el zapato, tomó los víveres de una de las mochilas y se dirigió a la cocina. La estufa tenía un pequeño tanque aún con gas, esto le dio gusto ya que, aunque tenía unas latas de alcohol sólido y leña para encender fuego, era mucho más cómodo trabajar con una estufa normal, al menos en eso tuvo suerte ese día, cuando sus compañeros regresaron tenía preparada la cena, bastante adusta, consistente en unas latas de frijoles, huevos hervidos, galletas saladas acompañadas con refresco de cola.

(Continuará)

 

Pedro Martín Rojas Rosas

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