Anatema: El hábito del avoto

“¿Qué crees que contestaría si le dijera alguien que antes no veía más que sombras inanes
y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más
reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y
obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos?”

Platón, La República.

Su obra nos habla del mundo de las ideas, un lugar abstracto, más allá del tiempo y del espacio, de donde provienen el saber, las inferencias lógicas y todo lo que llamamos axiomas y Platón denomina arquetipos. Se trata de la primera aparición en la historia de lo que hoy estudiosos han bautizado como epistemología o teoría del conocimiento. Es sabido que Sócrates no escribió, sino que fueron los platónicos quienes recogieron sus palabras, a través de su maestro Platón, en forma de diálogos, quien a su vez fue discípulo de Sócrates. Sócrates sería conocido más tarde como el padre de la filosofía por haber sido el primer ser humano en occidente, separado por muy poco tiempo de Confucio en China, que le atribuyó a la razón la propiedad de ser una virtud por medio de la cual se conoce la verdad. Más de 1800 años después, Shakespeare usaría en Hamlet una línea que Stephen Hawking se encargaría de popularizar en el siglo XX: “Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sintiérame rey de un espacio infinito”. El sentido de estas palabras no es tan enigmático, quiere decir que con el mero uso de la razón los seres humanos somos capaces de entender el funcionamiento de nuestro universo a pesar de las aparentes limitaciones físicas que nos impone la realidad. Pero puestos a ello, si nos dedicáramos en cuerpo y alma, sistemáticamente y de manera colectiva, al estudio de las ciencias, ¿habría fronteras para el progreso del saber? ¿O llegaríamos a regiones insospechadas que ahora mismo no podemos ni imaginar?

Neal Stephenson no es un autor fácil de leer, lo que no lo hace malo, por el contrario, está destinado a convertirse en un nuevo pilar de la literatura con una talla como la de Charles Dickens. Es más bien muy exigente con sus lectores, les pide paciencia y sacrificio. Y los temas universales de su obra Anatema no son óbice de lo anterior. En ella recoge como auténticas referencias que el lector más o menos culto podrá identificar, una amplia antología de los saberes de occidente. Desde la filosofía helénica, Platón, Aristóteles, pasando por los diálogos y métodos que llegarían hasta nuestros días, remonta el vuelo en los vientos de los pitagóricos y sus demostraciones matemáticas, vislumbra las ideas de los sofistas eleatas y a Demócrito, de los geómetras y Euclides, revolotea sobre las tesis de los filósofos sensualistas, el sentido de la pareidolia antropogénica y el solipsismo, y aterriza por fin, con gran estilo como en una elipsis dramática, entre los campos conceptuales más complejos que tratan sobre la consciencia evolutiva y llegan a implicar hasta la filosofía medieval de la escolástica, la física teórica de nuestra presente era y los difíciles teoremas de incompletitud de Gödel en una amalgama genial. Stephenson no es sólo un intelectual muy preparado, como resulta obvio, sino que es de un pensamiento sobradamente hábil. Nos presenta esta información, que en su conjunto da para una biblioteca de buen tamaño, en una historia acontecida en un mundo que no es del todo el nuestro pero que se nos revela más intrigante porque es casi como si lo fuera.

Es muy usual encontrarnos en la ciencia ficción con la invención creativa de universos ficticios muy aventajados o en extremo diferentes en comparación con el nuestro. De animales exóticos hasta lo inenarrable, criaturas espaciales que han seguido una línea genética y evolutiva completamente distinta a la del ADN, con características físicas y sociológicas tan divergentes que es el regocijo del espectador contemplar por medio del arte tal disparidad de escenarios novedosos. Pero, ¿y si tuviéramos un mundo como el nuestro, sólo que con diferencias sutiles, tan diferente como un grado en el transportador de la causalidad cosmológica? Un universo paralelo con su propia humanidad, sus propias moléculas de carbono, su propio planeta parecido a la tierra y seres vivos que respiran oxígeno y realizan los ciclos de la respiración celular y la fotosíntesis. Un mundo con una historia como un eco de la nuestra, en la que cambian lo sustantivo de los hechos y el orden de los acontecimientos, nombres y fechas, pero que por debajo de la configuración de las apariencias aun conserva lo que es esencial en el pasado de la humanidad. Esto es lo que Stephenson nos descubre en toda su gloria.

Arbe es el nombre que recibe el planeta que se nos presenta en esta novela. Los protagonistas son unos monjes llamados avotos, argot de uso recurrente que nos recuerda al de la Naranja Mecánica pero que tiene una motivación tolkiana: Al ser un mundo propio, cuenta con sus propios idiomas que por conveniencia del lector le son enseñados sólo en fragmentos. Estos avotos, al momento de ser “recolectados” entre la población llamada extramuros o mundo secular, hacen un estricto voto de pobreza juramentando no contar de por vida con ninguna posesión fuera del manto y el cordón con que visten además de una conveniente esfera hecha de neomateria, materia prima parecida a la nanotecnología con propiedades que para nosotros resultarían casi mágicas. Viven en monasterios llamados cenobios, verdaderos monumentos y a la vez máquinas de un funcionamiento puramente mecánico impulsados por el poder hidráulico y otras formas rudimentarias aunque no menos artificiosas de la tecnología, pero que poseen las características más elementales de un reloj atómico. Su vida en reclusión está consagrada al estudio de todas las formas del saber, la filosofía, las ciencias naturales, las ciencias exactas, la antropología y las artes, siendo sus viviendas verdaderos templos donde se resguarda el producto de largos milenios de trabajo intelectual acumulado. Y su sociedad, eternamente encerrada en los cenobios salvo por determinadas ocasiones singulares que se rigen por los ciclos del calendario, se divide en secciones, clases y jerarquías irrompibles que sólo pueden ser cuestionadas por el que se atenga a las aberrantes consecuencias. Como es de esperarse este mundo tampoco está exento de sus propias leyendas, mitos y conspiraciones históricas que los avotos conocen bien, en especial quien nos relata todo desde su perspectiva, fra Erasmas (fra es el título de un avoto estudiante del género masculino), personaje central que busca pertenecer a la orden de los edharianos, una casta dedicada a resolver los enigmas fundamentales de la filosofía en íntima relación con los severos rituales que constituyen hasta el más insignificante detalle de sus vidas monásticas. Porque aquí nada es casual, todo tiene un significado esotérico, místico y simbólico, que fra Erasmas se encargará de explicarnos en su diario manuscrito, libro que como se puede adivinar constituye también la totalidad de la novela.

Los avotos son herederos de un conocimiento largamente adquirido que entre incontables ramas del saber incluye el legado de Cnoüs y sus hijas, Deät e Hylaea, esta última precursora de una corriente del pensamiento que más tarde se denominaría como del Mundo Teorético de Hylaea, nombre que recibe en este universo el Hyperuránion tópon o mundo platónico de las ideas para nosotros. A partir de aquí y del vasto intelecto y la esmerada preparación de los personajes principales que detonan el acontecimiento medular del argumento, en el transcurso de la acción nos son reveladas gran cantidad de verdades filosóficas sobre la naturaleza de este y de todos los universos infinitos, que enunciadas en un ensayo serían una propuesta docta capaz de hacer tambalear en sus cimientos las posturas existencialistas más radicales de algunos filósofos que conocemos, pero que en una obra de ficción no consiguen menos que beatificar al también autor del Criptonomicón como uno de los grandes autores de este siglo.

A estas alturas de la reseña deben ser evidentes las muchas virtudes que tiene Stephenson como pensador, pero quisiera resaltar dos que tiene como escritor, que tampoco son pocas. El género de Julio Verne nos muestra mundos con avances tecnológicos que nos son desconocidos pero que como milagros de la técnica sabemos que son al menos probables, de lo contrario no estaríamos hablando sino de literatura fantástica. Y aunque George R. R. Martin dice bien cuando asegura que no es el papel de la ciencia ficción sugerirle ideas a las ciencias formales, no pocas veces la literatura de este género ha inspirado invenciones que más tarde hemos visto materializadas. En Anatema, las maquinaciones de Stephenson prometen la posibilidad de llegar a cumplir la feliz excepcionalidad de esta norma (en el futuro nos será dado conocer si la promesa se cumplió o no). Además, Stephenson consigue describir con maestría los devenires estéticos de un mundo tan prosaico como el nuestro -dada la dificultad de plasmar las bellezas nada propicias de la realidad en contraste con los más puros escenarios oníricos- y consigue como con un aire fresco, casi romano, sin despegarse del suelo, observaciones ingeniosas sobre las sociedades humanas modernas como nuestras vidas industrializadas al grado de lo absurdo, la sumisión bruta ante los medios de comunicación y mucho de lo que se nos pueda ocurrir sobre los defectos de la globalización. Pero las habilidades retóricas de Stephenson no se detienen sólo en lo moderno, logra recrear también las virtudes más elevadas de los antiguos mitos. Una de esas estructuras arquetípicas que nos presenta con eficaz resultado, que no la única, es la del grupo en el periplo, esta vez en su versión de camaradas jóvenes, amigos núbiles muy cercanos que crecen juntos, aprenden juntos y se redimen juntos, y los construye en un encuadre que no tiene nada que envidiarle a los excelentes Ron, Harry y Hermione (porque no importa lo que digan, J.K. Rowling es muy inteligente).

En definitiva, Stephenson es un mago de nuestro tiempo que nos ayudará a no sucumbir ante los nuevos ritos iniciáticos de la era de la computación y que todo amante de la ciencia ficción tiene que leer. En Antema el comienzo no es ligero, pero si superas las primeras 150 páginas lo querrás acabar en una de esas develadas tan familiares a los hábitos de nosotros los pesos pesados entre los lectores, que te dejará cansado pero satisfecho. Porque el hábito podrá no hacer al monje, pero sí hace al avoto.

 

Isidro Morales

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s