De Hiperespacio — Antidepresivo de Jhoana.

Al terminar de ducharme me puse la pijama, las pantuflas sucias y al finalizar de lavarme los dientes escuché un “psst psst”.
¿Que si me asusté? Al principio no, supuse era mi imaginación. Poco después volví a escuchar el “psst psst” cinco veces más, después mi nombre “Luis… Luis” proveniente de no sé donde.

Corrí a meterme bajo las sábanas como si las telas fueran un grandioso escudo protector. Una vez escondido la curiosidad me hizo asomarme por un agujero de la tela. Juro que estaba despierto cuando escuché como la toalla de manos regañaba al cepillo dental: No entiendes, tonto, si les hablas se asustan. Los humanos son tan ególatras que se niegan a aceptar o siquiera a imaginar cualquier otra forma de inteligencia existente en este planeta, Cepillo, no insistas.
—No creo, no son tan tercos… —contestó el aludido y después gritó— Luiiiiiiiis, ¿me oyes, Luis?
Creí volverme loco aunque, tranquilizándome un poco, después supuse que soñaba. No me moví.
—Luis, soy yo, Cepillo… —continué escuchando a la otra voz.
—Cállate, no debemos hablarles o sabrán de dónde venimos y qué hacemos aquí. Cállate o te rompo las cerdas —el tono de las voces aumentaba en volumen y en histeria.
—Luis, ¿es cierto que los cepillos sólo vivimos tres meses, que no puedo ir a la universidad, ni tener hijos ni viajar? Luis, quiero ir a la universidad, quiero… dirás “está loco” pero me gustan mucho los dientes; ansío enseñarle a niños, adultos y ancianos lo lindo y saludable que es cuidarlos. Anhelo ser dentista. Casarme, viajar por todo el mundo, Luis, ¿es cierto que no puedo hacerlo… es cierto que porque nací cepillo, en unos días moriré? Dile a este mugrosa tela que no sea envidiosa; que ella no tenga ilusiones no significa que sea imposible. Esos cursos de anatomía cuando Jhoana repasa en las mañanas aquí en el baño antes de irse a la escuela servirán en mi tesina y…
—Deja de soñar ya, no seas tonto —alzó aun más la voz la Toalla—. En unos días te tiraran a la basura, te quitaran las cerdas. Entonces dejarás las tonterías de pensar en un futuro imposible. ¡Caray, Cepillo, tendré que silenciarte antes que alguien más escuche estas ideas tuyas de aspirar a estudiar, viajar y tener hijos! O peor, antes de que nos descubran.
—Aléjate, envidiosa. Ya verás, pronto lo lograré. En la mañana Luis le contará a Jhoana, ambos me apoyarán a crecer, dejaré de ser un cepillo común y corriente —gritó de nuevo y comenzó a tambalearse—. Luis, Luis, ven, quítame de encima esta garra apestosa. ¡Trapo viejo, no me estires las cerdas!
Corrí a tomar el cepillo motivado por el tono de sus súplicas. Con las rodillas temblando, justo al alejarlo del lavabo, tropecé con la toalla, estaba muy húmeda e inexplicablemente enrrollada en el suelo como si alguien la hubiera colocado ahí a propósito para que yo…

Desperté al pie del lavabo al escuchar a alguien en mi habitación.
—¿Ya es de día, Jhoana? ¿Dónde está el cepillo de dientes que traía en la mano? —creí recordar aún aturdido.
—¿Cuál cepillo, Luis? ¿Estás bien? Mira nada más el chipote que traes en la cabezota. ¿Otra vez te tomaste mi jugo anoche? Y, Luisito, te quebraste un diente. Vístete, vamos con el doctor a que te revise —ordenó mi hermana mientras su libro de anatomía quedaba abierto en la página 312 sobre la toalla húmeda.

 

Sandara Ánimas Reyna
Monterrey, N. L., octubre de 2012.

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