Película de Terror – Parte 2 de 2

Todos los días era el mismo interrogatorio. ¿Quién sos? ¿Cuál es tu nombre? ¿Quién es tu novio? ¿Qué qué? Ah, sí, sí, te creemos. Sos abogada.., reconocida.., tu novio está desaparecido y es un músico que está haciendo una gira en bicicleta hasta Nueva York ¡Ajá! ¡Tomá! Seguí tomando esta pastilla… y así eran entre seis y ocho pastillas al desayuno, otras tantas al mediodía, a la merienda y otras a la cena. ¡Ah! La de dormir era otra más, la colorada. Jeje.

¡Gritá! ¡Pataleá! ¡Llamá a quién quieras! Y las puertas no tenían manijas ni las ventanas sus herrajes, tampoco el timbre que colgaba de la cama tenía el pistillo para llamar a nadie, pero ahí estaba para engañar a cualquiera o para volver loco hasta al que no lo estaba. Asimismo eran los timbres y las señales que estaban atrás y al costado de la cama, todas con las “formas“ de timbre pero ninguna tenía en su interior ni los cables ni los botones que hagan que funcionen. Demás está decir que las puertas se cerraban a las diez de la noche con las rejas, que la celadora se llevaba las llaves hasta el otro día a las siete de la mañana. Si se incendiaba algo ¡o todo! Ese era otro miedo de entre todos los demás miedos pero como te dormías como un oso después de la última pastilla colorada, ese pensamiento era tan sólo un instante noche a noche, todos los días.

A las siete de la mañana sonaba el timbre. ¡De los pelos! Te sacaban de la cama y a bañarse. Y si no tenías tus elementos de higiene pues, mijita: Lávate con agua y no hay tiempo para darte nada porque la enfermera estaba ocupada con otra cosa. Pero báñate bien y quédate prolija esperando hasta la nueve el desayuno. El desayuno: mate cocido en los vasos de plástico con manijas rojas de los que tomaba en el jardín de infantes con un pedazo de pan, que en el mejor de los casos tenía un poco de mermelada cuando en días de fiesta era dulce de leche. Si no querías mate cocido, te lo tomabas igual. Porque era regla. Esperar sentados como palomas en el patio, amontonados uno al lado de otro como canelones en el horno a que pasaran las horas, los minutos, los segundos eternos para “volver a comer”.

Al mediodía un plato de pastas pegoteadas o sancochadas con un vaso de agua porque jugo era lujo y sólo tomábamos cuando alguno de los parientes de mis compañeros llevaban jugos Clight o Tang, pero eso era tan sólo a veces y ligábamos porque nos compartían. De vez en cuando el menú variaba de pastas a pastas, de sancochadas a pegoteadas y también de vez en cuando un pedazo de carne seca imitando a una milanesa con un puré de papas y de postre flan de vainilla. Ahí sí me desquitaba porque a mis compañeros de mesa no les gustaba y yo los trocaba por el plato de comida o por un pedazo de pan  o por nada, tan sólo me lo guardaban.

Hacía rato ya que las extensiones habían volado como así también mis pedazos de pelo que se convirtieron en un peluquín de loca pero querida por el grupo y aceptada como Lau.

No fue difícil que empezaran a reírse de mis monerías, locurillas y ocurrencias. Recitándoles los “tonos” de las recepcionistas “on line” de los diferente telos desde los caros a los berretas con tonos de voz impostados. “Bienvenidos, Hotel Sol y Luna! con voz de locutora sexy y acomódandome el pelo, sin pelo y con poses de gata de Leo Mattioli pasaba a decir ”su turno ha terminado Ring!!!!” Timbre de recepción con voz de recepcionista en pedo seé de recepción le hablo, se terminó el turno, ¿se queda otro o corto acá? Mire que la tarifa que le dí a la entrada era hasta las diez ehmmm, ya son las 10:15, está corriendo otra hora. Y los vagos corriendo porque no les alcanzaba la guita y se habían pasado del reloj tan sólo por un cacho de amor jajaja. En fin. También tengo que reconocer que aprendí. Valoré y quise a mis compañeros que me cuidaron, me mimaron y me enseñaron los “códigos del encierro”. Había que subsistir y cuando uno se caía, todos estábamos encima y a la vuelta, lo mismo con todos y cada uno de nosotros.”Era nuestra casa, nuestra familia, y nuestra vida”.

Sabíamos perfectamente quién estaba loco, quién se hacía el loco y a quién querían poner o hacer loco. Por eso nos ayudábamos, nos cuidábamos, nos queríamos y nunca nos peleábamos. El consenso estaba a la orden del día. Y no porque no haya otra, sino que elegíamos. La libertad era el tema de conversación diario. Escribíamos en las paredes con palitos y hojitas de árboles porque tener una hoja y un lápiz era un lujo que sólo tenían algunos. Hacía rato ya que no sabíamos nada de noticias, mails o mensajes relacionados con la comunicación y el mundo exterior. El aparato del Siglo XV que estaba apostado en el comedor colgado de la pared del medio del salón, funcionaba casi en blanco y negro, con rayas y lluvias, como en el campo, sólo faltaba la papa y las agujas de tejer que hagan de antena, ja. Siempre puesto en el canal de novelas o películas como el Zorro o novelas de amor, que cambiaban al toque. Si la cosa se ponía heavy, por temor a que los loquitos nos calentáramos y empecemos a esta en estado de ebullición.

Nuestro hobbie más practicado era observar a las palomas horas y horas… días y días. También sabíamos cuántas hojas tenía “la palmera”, el único árbol grande que había en el patio junto a un mantón de matorrales y arbustos alrededor que conformaban un jardín típico de hospital: triste y aburrido. Vivíamos contando las baldosas que separaban al comedor del patio. De memoria sabíamos cuántas había, ¡ah! Y también los colores de cada una y cuántas eran las que estaban rotas. Era “nuestro juego” saberse las baldosas desde el patio al comedor. Desde el comedor al primer baño y desde este al altillo (ahí en donde se llevaban a los que se portaban mal o no hacían caso o se “hacían los locos”. ¡Te ataban! En esas camas de madera imitando a una tabla de surf como las que vemos en las película de la guerra pero llena de gomas desde los pies a la cabeza) y te inyectaban al toque. Si te hacías el loco. Días no veíamos a algún compañero que aparecía “mansito” y en estado medio down después de varios días, casi sin fuerzas ni para soportar la cuchara con la que tomábamos la sopa todos los días. Una compañera de puro chusma nomas se fue cerca de la puerta que daba al altillo y la agarraron de los pelos en el pasillo. Allá también fue a parar ella… y también volvió después de varios días. La escuchamos gritar, llorar y pedir a gritos ayuda y que la suelten. Nos mirábamos a los ojos unos a otros en la mesa tragando pan con un vaso de mate cocido y sin decir nada, nos contábamos todo.

También aprendí a jugar a las cartas, al truco, que nunca había aprendido. Horas y horas como asimismo a recordar el tutti frutt, .a hacer cartas en papel –aunque nos las enviáramos nunca porque después de un rato nos sacaban las cosas y otra vez quedábamos sin nada. El día de los cumpleaños podían traerte una torta y la compartíamos en el comedor entre todos con un vaso de agua (sólo un vaso de agua! Como la novela de Xica Da Silva que tantas veces me dio risa. ¡Ja!) Yo ahí pasé mi cumple 41. Porque a los 40 no los festejé. No estaba contenta con mi edad porque por culpa de mi edad se oponía “el mundo” de mi amor a nuestra relación. Nunca me había pasado algo así. Es más, yo creía que esos tabúes y prejuicios ya no estaban, que no existían en una sociedad que se jactaba de ser civilizada, usar internet, tener viajes y vivencias americanas y decirse o proclamarse asímismos “progres”, ”open mine” o artistas con alcances espirituosos de arte, fotografía y filosofías oriental, hindú y Katmandú del subdesarrollo de las esferas latinoamericanas del Río de la Plata en historias de blues y rock and roll pseudo-chetas. ¡Pero bueh! Este tema es para otra historia. Ahora, siguiendo con lo que hacíamos a diario… estaban las clases de tango, las de canto, las de guitarra y las de gimnasia. Llegó un momento en que estaba con casi 20 kilos de más de tanta pasta y comida a base harina y más harina mezclada con agua. Pasaba semanas sin ir al baño. Por miedo a que me pasara algo. Yo cantaba “Volver” porque era la única letra que me sabía de memoria por escuchar las canciones del Gúru. Y así, pero a mí forma pero con la manera del Gúru yo cantaba mi tango.

Bailaba también –a mi manera y como podía– tangos y flamenco, sin música y sin la ropa de flamenco, sólo haciendo mímica y tocando el cajón peruano sin tocarlo. La guitarra, el bombo y la armónica de Hernán. Quería saltar, correr, bailar, escuchar mi música. Algo tan común pero tan difícil en ese estado y situación.

 Una vez, la “Directora” vino al lugar y después de intercambiar un par de frases, me dijo: yo sí te creo, ¿sabés? Lo que “dijistes” –como hablan los porteños- y también te creo que sos abogada y lo que decís de ese tu novio, o ex novio, que vos estás tan preocupada, que querés saber qué le pasó o qué le pasa o dónde está. Porque escuché ayer en mi casa que pasaban por el noticiero y mostraban su fotografía –como vos lo describiste de mil formas y con pelos cortos, largos, barba, sin barba, flequillo rollinga, anteojos negros– y que todos, incluyendo amigos y la familia, lo estaban buscando por todos lados. Incluso un hermano, me parece, que desde Estados Unidos va a viajar o viajó a ayudar en su búsqueda.

¿Querés que te preste mi máquina (PC) y te metés en internet a ver si podés averiguar algo o mirar tus correos para ver si te escribió? Vamos a mi oficina y te metés, ¡pero sólo cinco minutos.  Porque tengo la llave, ¿sabés? Y no quiero meterme en problemas con la gente de acá porque vos sabés que acá yo vengo de vez en cuando, nada más. Yo tengo una inversión acá. Pongo plata y vengo a fin de mes a cobrar, nada más!

—¡Vamos! —le dije.

Ella fue delante vestida de fiesta, yo detrás harapienta como andaba. En cuanto subimos y me senté en el sillón de ella (negro y vaporoso como el que yo tenía en mi estudio de la calle Junín) se me vino el mundo a los pies. ¡No me acordaba las claves! Intentaba. Hacía fuerza con mi cabeza, pero nada. No lo podía creer Estaba tan dopada o con tantos psicotrópicos encima que ¡era imposible recordar nada!. Abrí la página de Facebook y después de varios intentos fallidos perdí la clave y por ende la única posibilidad que tenía. Ni hablar de Hotmail, Gmail, Yahoo, y ni qué decir de You Tube. Mi mundo se derrumbaba cada vez más. No me acordaba de nada. Sólo recordaba a mis hijos y a Hernán. También a mis amigos, incluyendo a los franchutes, sus nombres, pero no sus direcciones ni números de teléfonos. ¡Menos sus correos!

La Directora entonces me dice —No te hagas problema, yo en quince días vuelvo. Si querés probamos de nuevo.
Yo le contesté —Es que estoy acá desde el diecinueve de febrero. ¿Qué día es hoy? Le volví a preguntar. — Hoy es 23 de marzo —me contesta.
—Bueno, gracias —le dije y bajé las escaleras de baldosones grises apoyándome de los caños rojos del pasamos como si me llevaba volando una bandada de gaviotas.. Tenía una angustia, una tristeza, una desazón, sentía que el mundo se había ensañado conmigo. Que todo estaba confabulando en mi contra. Que nunca iba a salir de ahí adentro. Que me iba a morir ahí. Que al mundo no le importaba si uno desaparece de un momento al otro. Tan sólo es noticia por un rato ¿y después? Después más nada. Tan sólo un número, una foto, una imagen.

El mundo era tan distinto para Hernán y para mí. Éramos indestructibles. Éramos Tarzán y Dalila, Romeo y Julieta. Éramos esos amores que vencen todas las guerras. De esos en los que él va a la guerra y ella se queda esperándolo tejiendo cerca de la orilla del mar. Ahí donde está el faro, cerca del muelle de los pescadores.. Ahí, donde después de las batallas se cobijaba en mi pecho y descansaba horas mirando la luna, observando las estrellas con una copa de vino, comiendo en patas huevos fritos de la sartén en el piso de baldosas frescas, en el piso de Junín. Ahí donde las risas se mezclaban con los secretos, los códigos y las confidencialidades acompañadas por la estación de música preferida. Sin contar todo lo demás..

Esos secretos se llevan a la tumba. Y cuando el amor existe sobrepasa murallas, mitos y realidades. ¡Vive! ¡Vibra y vuela! Cuando logra al fin entender la canción y abre su espíritu y su alma para comprender todo, tan sencillamente como dormir y vivir cada día y cada noche con su mejor fantasma vivo.

¡Ah! Te preguntarás qué pasó en el medio. ¿Cómo logré salir de ahí? Pues bueno… ese es el motivo de un próximo y pronto cuento.

 

Silvia Laura Piedrabuena

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